LAS CATEDRALES

La Edad Media es el período histórico que empieza con la caida del Imperio Romano en el año 475 cuando es destituido el último emperador Rómulo augústulo por Odoacro y termina en la segunda mitad del siglo XV en el año 1553 con la caida del Imperio Romano de Oriente con capital en Bizancio cuando los turcos otomanos se apoderafro de Constantinopla o en el año 1.492 cuando Cristóbal Colón descubre América.

Todavia se cree que la Edad Media pasó estancada en el atraso, y atrapada en una oscuridad mental promovida por la  Iglesia.  Sin embargo, fue una época brillantísima en que el arte resplandeción con fulgor, con grandes avances científicos y un gran desarrollo tecnológico. Y conste que al afirmar esto no pensamos tan sólo en los artistas en sentido estricto. La sociedad, en su conjunto, vivió en un ambiente de belleza. Como afirma Huizinga, la estética de la existencia se mostraba en el aspecto cotidiano de la ciudad y del campo. Ya el mismo modo de vestir, con tanta diversidad de telas, colores, gorras y caperuzas, confería a los distintos estamentos de la sociedad un marco externo de hermosura y dignidad, que permitía percibir tanto las diferentes dignidades cuanto las delicadas relaciones entre los amigos y los enamorados. La estética de las emociones no se restringía a las alegrías y dolores del nacimiento, el matrimonio y la muerte, en que el espectáculo estaba impuesto por las circunstancias especiales. Todo lo que se refería al valor, el honor y el amor, era considerado a través de formas bellas y estilizadas. (La Cristiandad. Una realidad histórica. Alfredo Sáenz).

Las catedrales son la expresión más majestuosa de la sociedad medieval      que impregnó de belleza a la Cristiandad. Ellas son un exponente de espiritualidad  elevándose hacia el cielo como plegarias, pero también son una maravilla del arte arquitectónico de los que no hay antecedentes y que después de setecientos años no ha sido superado. Las pirámides son de una simplicidad casi infantil: una pila de piedras -  una estructura tan básica como estable. Los templos griegos son poco más que galpones: techos colocados sobre columnas. Aún el Coliseo, impresionante como es, más ancho que alto. Pero las catedrales góticas son más altas que anchas, y sus altas torres son un verdadero encaje de piedra. No hay en el mundo antiguo una estructura tan ambiciosa como la Santa Capilla de Paris, con sus altas paredes de vidrio desafiando la gravedad, ni como tantos otros exponentes de la arquitectura gótica.

Los cielos relatan la gloria de Dios. Las catedrales agregan a ello la gloria de los  hombres. Ofrecen a todos los hombres un espectáculo espléndido, reconfortante, exaltador”.
“Los góticos han amontonado piedra sobre piedra, cada vez más alto, no como los gigantes  para atacar a Dios, sino para aproximarse a Él”
“El arte era para ellos (los góticos) una de las alas del amor. La religión era la otra”.
Fue así en la catedral donde la Cristiandad se sintió mejor expresada en sus anhelos más puros y sublimes. Su grandeza, al tiempo que suscita nuestra admiración más rendida, no deja de apabullarnos. «No somos más que despojos», exclamó Rodin, deslumbrado por el esplendor de la catedral de Chartres (cf. Daniel-Rops, La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada… 471-474). ¿Quién no ha experimentado una sensación semejante al contemplar los diversos pórticos de Chartres o al entrar en la catedral de Colonia?
Es evidente que el contacto permanente con la catedral no pudo dejar de influir sobre el pueblo cristiano. «Un hombre –o un pueblo– no se habitúa en vano a vivir rodeado de belleza –ha dicho con acierto Daniel-Rops–; algo de ella penetra en él, y le hará luego oponerse a las vulgaridades y a las caídas» (ibid., 471).
 “Leo Moulin –dice Vittorio Messori - me habla de aquella Edad Media que ha estudiado desde siempre: «¡Aquella vergonzosa mentira de los "siglos oscuros", por estar inspirados en la fe del Evangelio! ¿Por qué, entonces, todo lo que nos queda de aquellos tiempos es de una belleza y sabiduría tan fascinantes? También en la historia sirve la ley de causa y efecto...» (Leyendas negras de la Iglesia, Vittorio Messori).

Los artistas de las catedrales no pretendían hacer algo bello, sino algo útil, que por ser realmente tal, era, de hecho, bello. Querían expresar la verdad –natural y sobrenatural – y por eso lo que salía de sus manos era necesariamente bello. Por algo la belleza ha sido definida como el esplendor de la verdad. El arte por amor del arte no existía. Pero la resultante era verdaderos poemas de piedra. «No habrían tenido la idea de esculpir gárgolas –escribe R. Pernoud– que no cumpliesen la función de canales de agua, como no habrían pensado en delinear jardines para el solo placer de los ojos. Su sentido estético les permite hacer surgir por doquier la belleza, pero en ellos la belleza no se encuentra sin la utilidad. Es por otra parte sorprendente ver con qué facilidad los dos conceptos de bello y útil se armonizan en ellos, cómo, por una exacta adaptación a su fin, por una gracia en cierta manera natural, un simple utensilio de hogar, un vaso, un jarrón, una copa de cerveza adquieren verdadera belleza. Es de creer que no se encontraban en el dilema de sacrificar una a otra, o agregar una para hacer aceptar otra, según una concepción corriente en el siglo último» (Lumière du Moyen Âge... 250).
Señala Cohen que muy probablemente los constructores de catedrales no tuvieron conciencia de que estaban llevando a cabo obras sublimes. Hacían algo práctico y necesario para el culto divino. El ilustre medievalista basa su aserto en una constatación histórica, es a saber, el escaso eco que aquellas construcciones, que suscitan en nosotros tanta admiración y resonancias tan profundas, encontraron en las obras literarias de la época. Se hubiera esperado un coro de alabanzas a la gloria de los arquitectos ya la pericia de los albañiles que lograron dar a Dios un templo tan digno de su poder. Nada de eso podemos encontrar. Serán los poetas, los novelistas y los historiadores de los siglos XIX y XX –los Hugo, los Huysmans, los Verlaine, los Claudel– quienes tejan el elogio de la catedral. Los contemporáneos de aquellas obras tan esplendorosas habrán visto acumularse los materiales sin manifestar su admiración, y sobre todo, habrán orado en el coro o en las naves, sin imaginar que estaban en un lugar tan espléndido. Cosas propias de épocas de gloria (cf. La gran claridad de la Edad Media... 76-77).
Rodin, él sí, no ha ocultado su emoción frente a aquellos «admirables obreros que, a fuerza de concentrar su pensamiento en el cielo, llegaron a fijar su imagen sobre la tierra... Los góticos han amontonado piedras sobre piedras, cada vez más arriba, no como los gigantes, para atacar a Dios, sino para acercarse a El... Y es el poeta quien ha guiado al maestro de obra y el que realmente ha levantado la Catedral» (cf. Las Catedrales de Francia... 30-31).

La admiración de Rodin
El gran viajero que con tanto cariño recorrió las catedrales de Francia, August Rodin, nos ha dejado sobre las mismas algunas delicadas reflexiones;
«Las catedrales son Francia. Mientras las contemplo, siento a nuestros antepasados ascender y descender dentro de mí, como en otra escala de Jacob» (Las Catedrales de Francia... 77).
«Siento la savia gótica pasar por mis venas como los jugos de la tierra pasan por las plantas» (ibid. 123). «Soy uno de los últimos testigos de un arte que muere. El amor que lo inspiró está agotado. Las maravillas del pasado se deslizan hacia la nada; nada las reemplaza y pronto estaremos en la noche» (ibid., 136).
«Antes de desaparecer yo mismo, quiero por lo menos haber dicho mi admiración por ellas; quiero pagarles mi deuda de gratitud, yo que les debo tanta felicidad. Quiero celebrar esas piedras tan tiernamente convertidas en obras maestras por humildes y sabios artesanos; esas molduras admirablemente modeladas como labios de mujer; esas moradas de bellas sombras, donde la dulzura dormita en medio de la fuerza; esas nervaduras finas y potentes que se elevan hacia la bóveda y se inclinan al encuentro de una flor; esos rosetones de vitrales cuya pompa ha sido tomada del sol poniente o del alba» (ibid., 31-32). «Para comprender esas líneas tiernamente modeladas, perseguidas y acariciadas, hay que tener la suerte de estar enamorado» (ibid., 32).

La Catedral, maravilla de la civilización católica

Poned a las gentes a la vista de las pirámides de Egipto, y os dirán: “Por aquí ha pasado una civilización grandiosa y bárbara.” Ponedla a la vista de las estatuas griegas y de los templos griegos, y os dirán: “Por aquí ha pasado una civilización graciosa, efímera y brillante.” Ponedlas a la vista de un monumento romano, y os dirán: “Por aquí ha pasado un gran pueblo.” Ponedlas a la vista de una catedral, y al ver tanta majestad unida a tanta belleza, tanta grandeza unida a tanto gusto, tanta gracia junta con una hermosura tan peregrina, tan severa unidad en una tan rica variedad, tanta mesura junta con tanto atrevimiento, tanta morbidez en las piedras y tanta suavidad en sus contornos, y tan pasmosa armonía entre el silencio y la luz las sombras y los colores, os dirán: “Por aquí ha pasado el pueblo más grande de la historia y la más portentosa de las civilizaciones humanas; ese pueblo ha debido de tener del egipcio lo grandioso, del griego lo brillante, del romano lo fuerte; y sobre lo fuerte, lo brillante y lo grandioso, algo que vale más que lo grandioso, lo fuerte y lo brillante: lo inmortal y lo perfecto.”(Ensayos sobre el catolicismo, liberalismo y socialismo. Juan Donoso Cortés. Capitulo III).

Catedral de Burgos. Pinche aquí para ampliar.

Catedral de Burgos. Pulse aquí para ampliar. En marzo de 1539 el cimborrio se vino

abajo. Al día siguiente el cabildo catedralicio encargo a Juan de Vallejo uno nuevo.

Felipe II dijo que era "una obra de ángeles, que no de hombres".

Catedral de Salamanca

Catedral de Salamanca. Relieve. Pincha aquí para ampliar

Cimborrio de la Catedral de Salamanca

Catedral de Segovia

Catedral de Segovia

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