LA
BASÍLICA
La
nave principal tiene 88,40 m. de longitud, 18,00 m. de anchura y 19,00
de altura y se halla dividida en cuatro tramos por tres anchos arcos
fajones de medio punto, que marcan los espacios de bóveda desnuda
y albergan las capillas dedicadas a la Virgen. En cada uno de los tramos
está un tapiz del Apocalipsis de San Juan. El pavimento es de
mármol y granito, perfectamente pulido.
La
cripta que alberga la Basílica se empezó a excavar en
1.942. De ella se extrajeron 130.000 toneladas de roca que fueron depositadas
en la explanda. Dos palas se encargaban de allanar la explanada.
La idea era excavarla al natural, pero las grandes oquedades y el la
meteorización,aconsejaron, si se quería que perdurase
en el tiempo, que fuerse cimbrada con hierro. Las piedras, que parecen
naturales,
no
lo son y encima está inyectado hormigón a presión.
Para canalizar las filtraciones existentes se hicieron taladros inclinados
hacia las galerías laterales que desaguan en una gran atarjea
visitable que se encuentra bajo la nave central a los largo de toda
la Basílica. En ella se alojan a su vez, las líneas generales
de abastecimiento, instalación eléctrica y canales de
aire acondicionado. Si caen goteras es porque se necesita limpiarlos
temporalmente para no se obstruyan por los sedimentos calcáreos.
En
el primer proyecto, con el arquitecto don
Pedro Muguruza, la excavación de la cripta era de
11 por 11 metros. La cripta semejaba un túnel. Un día
que Franco visitaba las obras dijo que parecía el metro de Madrid
y se amplió a 22 por 22 metros.
Toda
la iluminación se realiza de abajo para arriba. En la Basílica
mediante la luz de los hachones y la de la calle que entra por la puerta
y reflejándose en el pavimento de mármol y granito, perfectamente
pulido y reptando por las paredes y mediante incurvaciones, ofrece mil
contrastes, y sobre el suelo parecen deslizarse las pequeñas
siluetas de quienes lo atraviesan. La luz indirecta resbala sobre los
pilares de piedra de tosca labra y estira con su reflejo la curva de
los arcos. Sensación de riqueza en los brillos de los alabastros
y en el colorido de los tapices. Vibración de la bóveda,
que no es monótona y fría. Las distintas calidades de
la piedra y las diversas maneras de labrarla, le dan un movimiento que
supera la ingravidez.
En
este Monumento están integradas casi todas las artes: la arquitectura,
la escultura, la pintura, la rejería, la joyería, los
tapices, el arte bizantino y los guadameciles.
LA
BÓVEDA
Pero lo más llamativo es cuando el turista entra “cueva
cósmica”, y llega al altar mayor y eleva los ojos al cielo
y ve el gigantesco mosaico de Santiago Padrós. No sólo
es excelsa su calidad, sino también su dinámica en la
reflexión de la luz y en la organización del espacio.
Sin un mosaico reflejante de muy suaves y variadas intensidades cromáticas,
textuales y angulaciones de las teselas, el ámbito de la basílica
tendría una luz y una conformación espacial diferente
de las que tiene. La época de máximo esplendor del mosaico.
La época de máximo esplendor del mosaico no se dio en
la antigüedad clásica sino en Bizancio, pero es posible
que tras la caída de Constantinopla ningún musivario (autor
de mosaicos) haya recuperado el temblor y la luz de los bizantinos con
tanta sensibilidad como Santiago Padrós. Todo en él es
sencillo, y los más de 1.500 metros cuadrados de la superficie
de la cúpula se llenan con cuatro procesiones de mártires
y de santos que ascienden con ponderada movilidad rítmica hasta
la gloria de un Cristo sedente en majestad, que ha sido, acertadamente,
considerado como una versión moderna del Pantocrátor medieval.
Una quinta procesión asciende hasta la dulce imagen de la Virgen
María. Todas las procesiones se hallan guiadas por ángeles
o arcángeles de grandes alas. Entre las procesiones y las imágenes
de Jesús y su Madre hay grandes espacios sin figuras que ocupan
la mitad de la superficie de esta obra maestra. Son de teselas amarillas,
el más luminoso de todos los colores y tiene tonalidades tan
diversas y claras que intensifican de gran manera la refulgencia de
su luz que envuelve el altar mayor con sus reflejos vibrantes. En las
figuras predominan los dos colores casi únicos el blanco y el
azul claro. Padrós recuperó, en la refulgencia de las
teselas y en su luz aleteante, el mejor e imperecedero espíritu
de Bizancio y realizó, al conseguirlo, el más alígero
de todos los mosaicos de los tiempos modernos. Es una obra que nos transporta,
que nos hace ver en ella un símbolo de la “sabiduría
de Dios”, que nos permite intuir la plenitud de sentido de esa
gran rotonda a la que transfigura con su luminosidad en una entrega
y una dejación similar a la de los versos inefables de San Juan
de la Cruz:
Quedéme y olvidéme
El rostro recliné sobre el amado
Cesó todo y dejéme
Entre las azucenas olvidado.
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