EL PROTESTANTISMO COMPARADO CON EL CATOLICISMO

Autor : JAIME BALMES  CAP 31 A 45 CON NOTAS

TOMO 3

 

CAPITULO XXXI 4

Suavidad de costumbres: en qué consiste. Diferencia entre costumbres suaves y costumbres muelles. Influencia de la Iglesia católica en suavizar las costumbres. Comparación entre las sociedades paganas y las cristianas. Esclavitud. Potestad patria. Juegos públicos. Una reflexión sobre los Toros de España. 4

CAPITULO XXXII 8

Elementos que se combinaron para perpetuar la dureza de costumbres en las sociedades modernas. Conducta de la Iglesia sobre este punto. Cánones y hechos notables. San Ambrosio y el emperador Teodosio. La Tregua de Dios. Disposiciones muy notables de la autoridad eclesiástica sobre este punto. 8

CAPÍTULO XXXIII 19

Beneficencia pública. Diferencia del Protestantismo y del Catolicismo con respecto a ella. Paradoja de Montesquieu. Cánones notables sobre este punto. Daños acarreados en esta parte por el Protestantismo. Lo que vale la filantropía. 19

CAPÍTULO XXXIV. 26

Intolerancia. Mala fe que ha presidido a esta cuestión. Definición de la tolerancia. Tolerancia de opiniones, de errores. Tolerancia del individuo. Tolerancia en los Hombres religiosos y en los incrédulos. De dónde nace en unos y otros. Dos clases de hombres religiosos y de incrédulos. Tole rancia en la sociedad, de dónde nace. Origen de la tolerancia que reina en las sociedades actuales. 26

CAPÍTULO XXXV. 34

La intolerancia es un hecho general en la historia. Diálogo con los partidarios de la tolerancia universal. Consideraciones sobre la existencia y el origen del derecho de castigar doctrinas. Resolución de esta cuestión. Funesta influencia del Protestantismo y de la incredulidad en esta materia. Justificación de la importancia dada por el Catolicismo al pecado de herejía. Inconsecuencia de los volterianos vergonzantes. Otra observación sobre el derecho de castigar doctrinas. Resumen. 34

CAPÍTULO XXXVI 43

La Inquisición. Instituciones y legislaciones de intolerancia. Causas del rigor desplegado en los primeros siglos de la Inquisición. Tres épocas de la Inquisición de España: contra los judíos y moros, contra los protestantes y contra los incrédulos. Judíos, causas del odio con que eran mirados. Rigores de la Inquisición, sus causas. Conducta de los papas en este negocio. Lenidad de la Inquisición de Roma. Principios intolerantes de Lutero con respecto a los judíos. ¡Moros y moriscos! 43

CAPITULO XXXVII 52

Nueva Inquisición atribuida a Felipe 11. El P. Lacordaire. Parcialidad contra Felipe II. Una observación sobre la obra titulada La Inquisición sin máscara. Rápida ojeada sobre aquella época. Causa de Carranza; observaciones sobre la misma y sobre las cualidades personales del ilustre reo. Origen de la parcialidad contra Felipe 11. Reflexiones sobre la política de este monarca. Curiosa anécdota de un predicador obligado a retractarse. Reflexiones sobre la influencia del espíritu del siglo. 52

CAPITULO XXXVIII 63

Institutos religiosos. Conducta del Protestantismo con respecto a los institutos religiosos. Importancia de dichos institutos a los ojos de la filosofía y de la historia. Sofisma que se emplea para combatirlos. Su definición. Asociaciones de los primeros fieles. Conducta de los papas con respecto a los institutos religiosos. Una necesidad del corazón humano. La tristeza cristiana. Conveniencia de la asociación para practicar la vida perfecta. El voto. Su relación con la libertad. Verdadera idea de la libertad. 63

CAPÍTULO XXXIX. 75

Punto de vista histórico de los institutos religiosos. L.1 imperio romano, los bárbaros, los cristianos. Situación de la Iglesia en la época de la conversión de los emperadores. Vida de los solitarios del desierto. Influencia de los solitarios sobre la filosofía y las costumbres. E1 heroísmo de la penitencia restaura la moral. Brillo de las virtudes más austeras en el clima más corruptor. 75

CAPÍTULO XL. 82

Influencia de los monasterios de Oriente. Por qué la civilización triunfó en Occidente y pereció en Oriente. Influencia de los monasterios de Oriente sobre la civilización árabe. 82

CAPITULO XLI 86

Carácter de los institutos religiosos de Occidente. San Benito. Lucha de los monjes contra la decadencia. Origen de los bienes de los monjes. Influencia de estas posesiones en arraigar el respeto a la propiedad. Observaciones sobre la vida del campo. La ciencia y las letras en los claustros. Graciano. 86

CAPITULO XLII 91

Carácter de las órdenes militares. Las Cruzadas. La fundación de las órdenes militares es la continuación de las Cruzadas. 91

CAPITULO XLIII 94

Caracteres del espíritu monástico en el siglo XIII. Nuevos institutos religiosos. Carácter de la civilización europea opuesto al de las otras civilizaciones. Mezcla de diversos elementos en el siglo XIII. Sociedad semibárbara. Cristianismo y barbarie, Fórmula para explicar la historia de aquella época, Situación de la Europa al principio del siglo XIII. Las guerras se hacen más populares. Por qué el movimiento de las ideas comenzó antes en España que en el resto de Europa. Efervescencia del mal durante el siglo XII. Tanchelmo. Eón. Los maniqueos. Los valdenses. Movimiento religioso al principio del siglo XIII. Órdenes mendicantes, su influencia sobre la democracia. Su carácter. Sus relaciones con Roma. 94

CAPITULO XLIV. 109

Órdenes redentoras de cautivos. Muchedumbre de cristianos reducidos a la esclavitud. Beneficios de dichas órdenes. Orden de la Trinidad. Orden de la Merced. San Juan de Mata, San Pedro Armengol. 109

CAPÍTULO XLV. 114

Efectos del Protestantismo sobre el curso de la civilización en el mundo, contando desde el siglo XVI. Causas de que en los siglos medios la civilización triunfase de la barbarie. Cuadro de Europa al principio del siglo XVI. El cisma de Lutero interrumpió y debilitó la misión civilizadora de Europa. Observaciones sobre la influencia de la Iglesia con respecto a los pueblos bárbaros en los últimos tres siglos, Examinase si en la actualidad es menos propio el cristianismo para propagar la fe que en los primeros siglos de la Iglesia. Misiones cristianas en los primeros tiempos. Formidable misión de Lutero. 114

NOTA 21. 122

Nota 22. 123

Nota 23. 126

NOTA 24. 128

NOTA 25. 130

               

 

 

 


CAPITULO XXXI

Suavidad de costumbres: en qué consiste. Diferencia entre costumbres suaves y costumbres muelles. Influencia de la Iglesia católica en suavizar las costumbres. Comparación entre las sociedades paganas y las cristianas. Esclavitud. Potestad patria. Juegos públicos. Una reflexión sobre los Toros de España.

CIERTA suavidad general de costumbres que en tiempo de guerra evita grandes catástrofes y en medio de la paz hace la vida más dulce v apacible, es otra de las calidades preciosas que llevo señaladas como características de la civilización europea. Éste es un hecho que no necesita de prueba; se le ve, se le siente por todas partes al dar en torno de nosotros una mirada; resalta vivamente abriendo las páginas de la historia, y comparando nuestros tiempos con otros tiempos, sean los que fueren. ¿En qué consiste esta suavidad de costumbres? ¿Cuál es su origen? ¿Quién la ha favorecido? ¿Quién la ha contrariado?

He aquí unas cuestiones a cual más interesante, y que se enlazan de un modo particular con el objeto que nos ocupa; porque en pos de ellas se ofrecen desde luego al ánimo estas preguntas: el Catolicismo ¿ha influido en algo en crear esta suavidad de costumbres?, ¿le ha puesto algún obstáculo o le ha causado algún retardo? Al Protestantismo ¿le ha cabido alguna parte en esta obra, en bien o en mal?

Conviene ante todo fijar en qué consiste la suavidad de costumbres; porque aun cuando esta sea una de aquellas ideas que todo el mundo conoce, o más bien siente; no obstante cuando se trata de esclarecerla y analizarla es necesario dar de ella una definición cabal y exacta, en cuanto sea posible.

La suavidad de costumbres consiste en la ausencia de la fuerza, de modo que serán más o menos suaves en cuanto se emplee menos o más la fuerza. Así costumbres suaves no es lo mismo que costumbres benéficas; éstas incluyen el bien, aquéllas excluyen la fuerza; costumbres suaves tampoco es lo mismo que costumbres morales, que costumbres conformes a la razón y a la justicia; no pocas veces la inmoralidad es también suave, porque anda hermanada, no con la fuerza, sino con la seducción y la astucia.

Así es que la suavidad de costumbres consiste en dirigir al espíritu del hombre, no por medio de la violencia hecha al cuerpo, sino por medio de razones enderezadas a su entendimiento, o de cebos ofrecidos a sus pasiones; y por esto la suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la razón, pero es siempre el reinado de los espíritus; por más que éstos sean no pocas veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos se labran.

269 Supuesto que la suavidad de costumbres proviene que en el trato de los hombres sólo se emplean la convicción, la persuasión o la seducción, claro es que las sociedades más adelantadas, es decir, aquellas donde la inteligencia ha llegado a gran desarrollo, deben participar más o menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia domina porque es fuerte, así como la fuerza material desaparece porque el cuerpo se enerva.

Además, en sociedades muy adelantadas que por precisión acarrean mayor número de relaciones y mayor complicación en los intereses, son necesarios aquellos medios que obran de un modo universal y duradero, siendo además aplicables a todos los pormenores de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales y morales; la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el obstáculo; o le remueve o se hace pedazos ella misma; y he aquí un eterno manantial de perturbación que no puede existir en una sociedad de relaciones numerosas y complicadas, so pena de convertirse ésta en un caos, y perecer.

En la infancia de las sociedades encontramos siempre un lastimoso abuso de la fuerza. Nada más natural; las pasiones se alían con ella porque se le asemejan; son enérgicas como la violencia, rudas como el choque. Cuando las sociedades han llegado a mucho desarrollo, las pasiones se divorcian de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser violentas y se hacen astutas.

En el primer caso, si son los pueblos los que luchan, se hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en el segundo pelean con las armas de la industria, del comercio, del contrabando; si son los gobiernos, se atacan, en el primer caso con ejércitos, con invasiones; en el segundo con notas; en una época los guerreros lo son todo; en la otra no son nada; su papel no puede ser de mucha importancia cuando en vez de pelear se negocia.

Echando una ojeada sobre la civilización antigua, se nota desde luego una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la suya; ni griegos, ni romanos alcanzaron jamás esta preciosa calidad en el grado que distingue la civilización europea. Aquellos pueblos más bien se enervaron, que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse muelles, pero no suaves; porque hacían uso de la fuerza siempre que este uso no demandaba energía en el ánimo ni vigor en el cuerpo.

270 Es sobremanera digna de notarse esa particularidad de la civilización antigua, sobre todo de la romana; y este fenómeno que a primera vista parece muy extraño, no deja de tener causas profundas. A más de la principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que han tenido los pueblos modernos, la caridad cristiana, descendiendo a algunos pormenores encontraremos las razones de que no pudiese llegar a establecerse entre los antiguos la verdadera suavidad de costumbres.

La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos de su organización doméstica y social, era un eterno obstáculo para introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre que puede arrojar a otro hombre a las murenas, castigando así con la muerte el haber quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho quitar la vida a uno de sus semejantes en medio de la algazara de un festín; quien puede acostarse en un blando lecho con los halagos de la voluptuosidad y el esplendor de la más suntuosa magnificencia, sabiendo que centenares de hombres están encerrados y amontonados en oscuros subterráneos por su interés y por sus placeres; quien puede escuchar el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan para atravesar una noche cruel que enlazará las fatigas y los sudores del día siguiente con los sudores y fatigas del día que pasó, ese tal podrá tener costumbres muelles pero no suaves; su corazón podrá ser cobarde pero no dejará de ser cruel. Y tal era cabalmente la situación del hombre libre en la sociedad antigua; esta organización era considerada como indispensable, otro orden de cosas no se concebía siquiera como posible.

¿Quién removió ese obstáculo? ¿No fue la Iglesia Católica aboliendo la esclavitud, después de haber suavizado el trato cruel que se daba a los esclavos?

Véanse los capítulos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX de esta obra con las notas que a ellos se refieren, donde se halla demostrada esta verdad con razones y documentos incontestables.

El derecho de vida y muerte concedido por las leyes a la potestad patria introducía también en la familia un elemento de dureza, que debía de producir resultados muy dañosos. Afortunadamente el corazón de padre estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la ley; pero si esto no pudo impedir algunos hechos cuya lectura nos estremece, ¿no hemos de pensar también que en el curso ordinario de la vida pasarían de continuo escenas crueles que recordarían a los miembros de la familia ese derecho atroz de que estaba investido su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, ¿no se dejará llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y a la aplicación de castigos inhumanos?

271Esa tiránica extensión de la potestad patria a derechos que no concedió la naturaleza fue desapareciendo sucesivamente por la fuerza de las costumbres y de las leyes secundadas también en buena parte por la influencia del Cristianismo (Ver Cáp. XIV). A esta causa puede agregarse otra que tiene con ella mucha analogía: el despotismo que el varón ejercía sobre la mujer, y la escasa consideración que ésta disfrutaba.

Los juegos públicos eran también entre los romanos otro elemento de dureza y crueldad. ¿Qué puede esperarse de un pueblo cuya principal diversión es asistir fríamente a un espectáculo de Homicidios, que se complace en mirar cómo perecen en la arena a centenares los hombres, o luchando entre sí, o en las garras de las bestias?

Siendo español no puedo menos de intercalar un párrafo para decir dos palabras en contestación a una dificultad, que no dejará de ocurrírsele al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates de hombres con fieras. ¿Y los toros en España?, se me preguntará naturalmente; ¿no es un país cristiano católico donde se ha conservado la costumbre de lidiar los hombres con las fieras?

Apremiante parece la objeción, pero no lo es tanto que no deje una salida satisfactoria. Y ante todo, Y para prevenir toda mala inteligencia, declaro que esa diversión popular es en mi juicio bárbara, digna si posible fuese de ser extirpada completamente.

Pero toda vez que acabo de consignar esta declaración tan explícita y terminante, permítaseme hacer algunas observaciones para dejar en buen puesto el nombre de mi Patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el corazón del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si una aventura ha de ser interesante, el héroe ha de verse rodeado de riesgos graves y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente nuestra curiosidad, lo puede ser una cadena no interrumpida de sucesos regulares y felices.

Pedimos encontrarnos a menudo con hechos extraordinarios y sorprendentes; y por más que nos cueste decirlo, nuestro corazón al mismo tiempo que abriga la compasión más tierna por el infortunio, parece que se fastidia si tarda largo tiempo en hallar escenas de dolor, cuadros salpicados de sangre. De aquí el gusto por la tragedia, de aquí la afición a aquellos espectáculos donde los actores corran, o en la apariencia o en la realidad, algún grave peligro.

No explicaré yo el origen de este fenómeno, bástame consignarlo aquí para hacer notar a los extranjeros que nos acusan de bárbaros, que la afición del pueblo español a la diversión de los toros no es más que la aplicación a un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra en el corazón del hombre.

272 Los que tanta humanidad afectan cuando se trata de la costumbre del pueblo español, deberían decirnos también: ¿de dónde nace que se vea acudir un concurso inmenso a todo espectáculo que por una u otra causa sea peligroso a los actores; de dónde nace que todos asistieran con gusto a una batalla por más sangrienta que fuese, si era dable asistir sin peligro; de dónde nace que en todas partes acude un numeroso gentío a presenciar la agonía y las últimas convulsiones del criminal en el patíbulo; de dónde nace finalmente que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cómplices también de la barbarie española asistiendo a la plaza de toros?

Digo todo esto, no para excusar en lo más mínimo una costumbre que me parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir que en esto como casi en todo lo que tiene relación con el pueblo español, hay exageraciones que es necesario reducir a límites razonables. A más de esto hay que añadir una reflexión importante, que es una excusa muy poderosa de esa reprensible diversión.

No se debe fijar la atención en la diversión misma, sino en los males que acarrea. Ahora bien: ¿cuántos son los hombres que mueren en España lidiando con los toros? Un número escasísimo, insignificante, en proporción a las innumerables veces que se repiten las funciones; de manera que si formara un estado comparativo entre las desgracias ocurridas en esta diversión y las que acaecen en otras clases de juegos, como las corridas de caballos y otras semejantes, quizás el resultado manifestaría que la costumbre de los toros, bárbara como es en sí misma, no lo es tanto sin embargo, que merezca atraer esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido a bien favorecernos los extranjeros.

Y volviendo al objeto principal, ¿cómo puede compararse una diversión donde pasan quizás muchos años sin perecer un solo hombre, con aquellos juegos horribles donde la muerte era una condición necesaria al placer de los espectadores?

Después del triunfo de Trajano sobre los lacios, duraron los juegos ciento veintitrés días, pereciendo en ellos el espantoso número de diez mil gladiadores.

Tales eran los juegos que formaban la diversión, no sólo del populacho romano, sino también de las clases elevadas; en esa repugnante carnicería se gozaba aquel pueblo corrompido que hermanaba con la voluptuosidad más refinada la crueldad más atroz. Y he aquí la prueba convincente de lo dicho más arriba, a saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves; antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con el instinto feroz del derramamiento de sangre.

273 En los pueblos modernos, por corrompidas que sean las costumbres, no es posible que se toleren jamás espectáculos semejantes. El principio de la caridad ha extendido demasiado sus dominios para que puedan repetirse tamaños excesos.

 Verdad es que no recaba de los hombres que se hagan recíprocamente todo el bien que deberían, pero al menos impide que se hagan tan fríamente el mal, que puedan asistir tranquilos a la muerte de sus semejantes, cuando no les impele a ello otro motivo que el placer causado por una sensación pasajera. Ya desde la aparición del Cristianismo comenzaron a echarse las semillas de esta aversión a presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos a los espectáculos de los gentiles, repugnancia que prescribían y avivaban las santas amonestaciones de los primeros pastores de la Iglesia. Era cosa reconocida que la caridad cristiana era incompatible con la asistencia a unos juegos, donde se presentaba el homicidio bajo las formas más crueles y refinadas. "Nosotros, decía bellamente uno de los apologistas de los primeros siglos, hacemos poca diferencia entre matar a un hombre o ver que se le mata". VER NOTA 21


CAPITULO XXXII

Elementos que se combinaron para perpetuar la dureza de costumbres en las sociedades modernas. Conducta de la Iglesia sobre este punto. Cánones y hechos notables. San Ambrosio y el emperador Teodosio. La Tregua de Dios. Disposiciones muy notables de la autoridad eclesiástica sobre este punto.

LA SOCIEDAD moderna debía al parecer distinguirse por la dureza y crueldad de sus costumbres, pues que siendo un resultado de la sociedad de los romanos, y de la de los bárbaros, debía heredar de ambas esa dureza y crueldad. En efecto, ¿quién ignora la ferocidad de costumbres de los bárbaros del Norte? Los historiadores de aquella época nos han dejado narraciones horrorosas cuya lectura nos hace estremecer. Se llegó a pensar que estaba cercano el fin del mundo, y a la verdad que los que hacían semejante presagio eran bien excusables de creer que estaba muy próxima la mayor de las catástrofes cuando eran tantas las que abrumaban a la triste humanidad.

274 La imaginación no alcanza a figurarse lo que hubiera sido del mundo en aquella crisis, si el Cristianismo no hubiese existido; y aun suponiendo que se hubiese llegado a organizar de nuevo la sociedad bajo una u otra forma, no hay duda en que las relaciones, así privadas como públicas, habrían quedado en un estado deplorable, tomando además la legislación un sesgo injusto e inhumano. Por esta razón fue un beneficio inestimable la influencia de la Iglesia en la legislación civil; y la misma prepotencia temporal del clero fue una de las primeras salvaguardias de los más altos intereses de la sociedad.

Mucho se ha dicho contra este poder temporal del clero, y contra este influjo de la Iglesia en los negocios temporales; pero ante todo era menester hacerse cargo de que ese poder y ese influjo fueron traídos por la misma naturaleza de las cosas; es decir, que fueron naturales, y por consiguiente el hablar contra ellos es un estéril desahogo contra la fuerza de acontecimientos cuya realización no era dado al hombre impedir.

Eran además legítimos; porque cuando la sociedad se hunde, es muy legítimo que la salve quien pueda; y en la época a que nos referimos sólo podía salvarla la Iglesia. Ésta, como que no es un ser abstracto, sino una sociedad real y sensible, debía obrar sobre la civil por medios también reales y sensibles. Supuesto que se trataba de los intereses materiales de la sociedad, los ministros de la Iglesia debían tomar parte de una u otra suerte en la dirección de estos negocios. Estas reflexiones son tan obvias y sencillas, que para convencerse de su verdad y exactitud basta el simple buen sentido.

En la actualidad están generalmente acordes sobre este punto cuantos entienden algo en historia; y si no supiésemos cuanto trabajo suele costar al entendimiento del hombre el entrar en el verdadero camino, y sobre todo cuanta mala fe se ha mezclado en esa clase de cuestiones, difícil fuera explicar cómo se ha tardado tanto en ponerse todo el mundo de acuerdo sobre una cosa que salta a los ojos, con la simple lectura de la historia. Pero volvamos al intento.

Esa informe mezcla de la crueldad de un pueblo culto pero corrompido, con la ferocidad atroz de un pueblo bárbaro, orgulloso además de sus triunfos, y abrevado de sangre vertida en tantas guerras continuadas por tan largo tiempo, dejó en la sociedad europea un germen de dureza y crueldad, que se hizo sentir por largos siglos y cuyo rastro ha llegado hasta épocas recientes.

El precepto de la caridad cristiana estaba en las cabezas, pero la crueldad de los romanos combinada con la ferocidad de los bárbaros dominaba todavía el corazón; las ideas eran puras, benéficas, como emanadas de una religión de amor; pero hallaban una resistencia terrible en los hábitos, en las costumbres, en las instituciones, en las leyes, porque todo llevaba el sello mas o menos desfigurado de los dos principios que se acaban de señalar.

275 Reparando en la lucha continua, tenaz, que se traba entre la Iglesia Católica y los elementos que le resisten, se conoce con toda evidencia que las ideas cristianas no hubieran alcanzado a dominar la legislación y las costumbres si el Cristianismo no hubiese sido mas que una idea religiosa abandonada al capricho del individuo, tal como la conciben los protestantes, si no se hubiese realizado en una institución robusta, en una sociedad fuertemente constituida, cual es la Iglesia Católica. Para que se forme concepto de los esfuerzos hechos por la Iglesia, indicaré algunas de las disposiciones tomadas con el objeto de suavizar las costumbres.

Las enemistades particulares tenían a la sazón un carácter violento; el derecho se decidía por el hecho, y el mundo estaba amenazado de no ser otra cosa que el patrimonio del más fuerte.

El poder público, que o no existía, o andaba como confundido en el torbellino de las violencias y desastres que su mano endeble no alcanzaba a evitar ni a reprimir, era impotente para dar a las costumbres una dirección pacífica haciendo que los hombres se sujetasen a la razón y a la justicia. Así vemos que la Iglesia a mas de la enseñanza y de las amonestaciones generales, inseparables de su augusto ministerio, adoptaba en aquella época ciertas medidas para oponerse al torrente devastador de la violencia, que todo lo asolaba y destruía.

El concilio de Arlés, celebrado a mediados del siglo V, por los años de 443 a 452, dispone en su canon 50 que no se debe permitir la asistencia a la iglesia a los que tienen enemistades públicas hasta que se hayan reconciliado con sus enemigos.

El concilio de Angérs, celebrado en el año 453, prohíbe en canon 34 las violencias y mutilaciones.

El concilio de Agde en Languedoc, celebrado en el año 506 ordena en su canon 31 que los enemigos que no quieran reconciliarse sean desde luego amonestados por los sacerdotes, y si no siguieren  los consejos de éstos sean excomulgados.

En aquella época tenían los galos la costumbre de andar siempre armados, y con sus armas entraban en la iglesia. Alcanzase fácilmente que una costumbre semejante debiera de traer graves inconvenientes, haciendo no pocas veces de la casa de oración arena de venganzas y de sangre. A mediados del siglo VII vemos que el concilio de Chalóns, en su canon 17, señala la pena de excomunión contra todos los legos que promuevan tumultos o saquen la espada para herir a alguno en las iglesias o en sus recintos.

276 Esto nos indica la prudencia y la previsión con que había sido dictado el canon 29 del tercer concilio de Orleáns, celebrado en el año 538, donde se manda que nadie asista con armas a misa ni a vísperas.

Es curioso observar la uniformidad de plan y la identidad de miras con que marchaba la Iglesia. En países muy distantes, y en época en que no podía ser frecuente la comunicación, hallamos disposiciones análogas a las que se acaban de apuntar. El concilio de Lérida, celebrado en el año 546, ordena en su canon 79 que el que haga juramento de no reconciliarse con su enemigo sea privado de la comunión del cuerpo y sangre de Jesucristo, hasta haber hecho penitencia de su juramento, y haberse reconciliado.

Pasaban los siglos, continuaban las violencias, y el precepto de caridad fraternal que nos obliga al amor de nuestros propios enemigos, encontraba abierta resistencia en el carácter duro y en las pasiones feroces de los descendientes de los bárbaros; pero la Iglesia no se cansaba de insistir en la predicación del precepto divino, inculcándole a cada paso, y procurando hacerle eficaz por medio de penas espirituales. Habían transcurrido más de 400 años desde la celebración del concilio de Arlés en que hemos visto privados de asistir a la iglesia a los que tenían enemistades públicas, y encontramos que el concilio de Worms, celebrado en el año 868, prescribe en su canon 41 que se excomulgase a los enemistados que no quieran reconciliarse.

Basta tener noticia del desorden de aquellos siglos para figurarse sí durante ese largo espacio se habían podido remediar las enemistades encarnizadas y violentas; parece que debiera haberse cansado la Iglesia de inculcar un precepto que tan desatendido estaba a causa de funestas circunstancias; sin embargo ella hablaba hoy como había hablado ayer, como siglos antes, no desconfiando nunca de que sus palabras producirían algún bien en la actualidad y serían fecundas en el provenir.

Éste es su sistema: no parece sino que oye de continuo aquellas palabras: clama y no ceses, levanta tu voz como una trompeta. Así alcanza el triunfo sobre todas las resistencias; así, cuando no puede ejercer predominio sobre la voluntad de un pueblo, hace resonar de continuo su voz en las sombras del santuario; allí reúne siete mil que no doblaron la rodilla ante Baal, y al paso que los afirma en la fe y en las buenas obras, protesta en nombre de Dios contra los que resisten al Espíritu Santo. Tal vez durante la disipación y las orgías de una ciudad populosa, penetramos en un sagrado recinto donde reinan la gravedad y la meditación en medio del silencio y de las sombras.

277 Un ministro del santuario, rodeado de un número escogido de fieles, hace resonar de vez en cuando algunas palabras austeras y solemnes: he aquí la personificación de la Iglesia en épocas desastrosas por el enflaquecimiento de la fe o la corrupción de costumbres.

Una de las reglas de conducta de la Iglesia Católica ha sido el no doblegarse jamás ante el poderoso. Cuando ha proclamado una ley la ha proclamado para todos, sin distinción de clases. En las épocas de la prepotencia de los pequeños tiranos que bajo distintos nombres vejaban los pueblos, esta conducta contribuyó sobremanera a hacer populares las leyes eclesiásticas; porque nada más propio para hacer llevadera al pueblo una carga, que ver sujeto a ella al noble y hasta al mismo rey.

En el tiempo a que nos referimos se prohibían severamente las enemistades y las violencias entre los plebeyos, pero la misma ley se extendía también a los grandes y a los mismos reyes. No hacía mucho que el Cristianismo se hallaba establecido en Inglaterra, y encontramos sobre este particular un ejemplo curioso.

Nada menos que tres príncipes excomulgados en un mismo año, y en una misma ciudad, y obligados a hacer penitencia de los delitos cometidos.

En la ciudad de Landaff, en el país de Gales, en Inglaterra, en la metrópoli de Canterbury, se celebraron en el año 560 tres concilios. En el primero fue excomulgado Monrico, rey de Clamargón, por haber dado muerte al rey Cinetha, a pesar de la paz que se habían jurado sobre las santas reliquias; en el segundo se excomulgaba al rey Alorcante, que había quitado la vida a Friaco, su tío, después de haberle jurado igualmente la paz; en el tercero se excomulgó al rey Guidnerto por haber dado muerte a su hermano que le disputaba la corona.

No deja de ser interesante ver a los jefes de los bárbaros que convertidos en reyes se asesinaban tan fácil y atrozmente, obligados a reconocer la autoridad de un poder superior que los precisaba a hacer penitencia de haber manchado sus manos con la sangre de sus parientes, y haber quebrantado la santidad de los pactos, y echase de ver los saludables efectos que de esto debían seguirse para suavizar las costumbres.

"Fácil era, dirán los enemigos de la Iglesia, los que se empeñan en rebajar el mérito de todos sus actos, fácil era, dirán, predicar la suavidad de costumbres exigiendo la observancia de los preceptos divinos a jefes de tan escaso poder y que no tenían de rey más que el nombre. Fácil era habérselas con reyezuelos bárbaros que fanatizados por una religión que no comprendían, inclinaban humildemente la cabeza ante el primer sacerdote que se presentaba a intimidarlos con amenazas de parte de Dios.

278 Pero ¿qué significa esto?, ¿qué influencia pudo tener en el curso de los grandes acontecimientos? La historia de la civilización europea ofrece un teatro inmenso, donde los hechos deben estudiarse en mayor escala, donde las escenas han de ser grandiosas, si es que han de ejercer influencia sobre el ánimo de los pueblos".

Despreciemos lo que hay de fútil en un razonamiento semejante; pero ya que se quieren escenas grandes, que hayan debido influir en desterrar el empleo brutal de la fuerza, sin suavizar las costumbres, abramos la historia de los primeros siglos de la Iglesia, y no tardaremos en encontrar una página sublime, eterno honor del Catolicismo.

Reinaba sobre todo el mundo conocido un emperador cuyo nombre era acatado en los cuatro ángulos de la tierra, y cuya memoria es respetada por la posteridad. En una ciudad importante, el pueblo amotinado degüella al comandante de la guarnición, y el emperador en su cólera manda que el pueblo sea exterminado.

Al volver en sí el emperador revoca la orden fatal, pero ya era tarde: la orden estaba ejecutada, y millares de víctimas habían sucumbido en una carnicería horrorosa. Al esparcirse la noticia de tan atroz catástrofe, un santo obispo se retira de la corte del emperador y le escribe desde la campaña estas graves palabras: "Yo no me atrevo a ofrecer el sacrificio, si vos pretendéis asistir a él; si el derramamiento de la sangre de un solo inocente bastaría a vedármelo, ¡cuánto más siendo tantas las muertes inocentes!"

El emperador, confiado en su poder, no se detiene por esta carta y se dirige a la iglesia. Llegado al pórtico se le presenta un hombre venerable que con ademán grave y severo le detiene y le prohíbe entrar. "Has imitado, le dice, a David en el crimen; imítale en la penitencia". El emperador cede, se humilla, se somete a las disposiciones del santo prelado; y la religión y la humanidad quedan triunfantes. La ciudad desgraciada se llamaba Tesalónica, el emperador era Teodosio el Grande, y el prelado era San Ambrosio, arzobispo de Milán

En este acto sublime se ven personificadas de un modo admirable y encontrándose cara a cara, la justicia y la fuerza. La justicia triunfa de la fuerza, pero ¿por qué? Porque el que representa la justicia la representa en nombre del cielo, porque los vestidos sagrados, la actitud imponente del hombre que detiene al emperador, recuerdan a éste la misión divina del santo obispo y el ministerio que ejerce en la sagrada jerarquía de la Iglesia.

Poned en lugar del obispo a un filósofo y decidle que vaya a detener al emperador amonestándole que haga penitencia de su crimen, y veréis si la sabiduría humana alcanza a tanto como el sacerdocio hablando en nombre de Dios; poned si os place a un obispo de una iglesia que haya reconocido la supremacía espiritual en el poder civil, y veréis si en su boca tienen fuerza las palabras para alcanzar tan señalado triunfo.

279 El espíritu de la Iglesia era el mismo en todas épocas, sus tendencias eran siempre hacia el mismo objeto, su lenguaje igualmente severo, igualmente fuerte, ora hablase a un plebeyo romano, ora a un bárbaro, sea que dirigiese sus amonestaciones a un patricio del imperio o a un noble germano; no le amedrentaba ni la púrpura de los Césares, ni la mirada fulminante de los reyes de la larga cabellera. El poder de que se halló investida en la Edad Media no dimanó únicamente de ser ella la sola que había conservado alguna luz de las ciencias y el conocimiento de principios de gobierno, sino también de esa firmeza inalterable que ninguna resistencia, ningún ataque, eran bastantes a desconcertar.

¿Qué hubiera hecho a la sazón el Protestantismo para dominar circunstancias tan difíciles y azarosas? Falto de autoridad, sin un centro de acción, sin seguridad en su propia fe, sin confianza en sus medios, ¿qué recursos hubiera empleado para contener el ímpetu de la fuerza que señoreada del mundo acababa de hacer pedazos los restos de la civilización antigua, y oponía un obstáculo poco menos que insuperable a toda tentativa de organización social?

El Catolicismo con su fe ardiente, su autoridad robusta, su unidad indivisible, su trabazón jerárquica, pudo acometer la alta empresa de suavizar las costumbres, con aquella confianza que inspira el sentimiento de las propias fuerzas, con aquel brío que alienta el corazón cuando se abriga en él la seguridad del triunfo.

No se crea sin embargo que la manera con que suavizó las costumbres la Iglesia Católica fuese siempre un rudo choque contra la fuerza; vémosla emplear medios indirectos, contentarse con prescribir lo que era asequible, exigir lo menos para allanar el camino al logro de lo más.

En un capitular de Carlo Magno formada en Aix-la-Chapelle en el año 813, que consta de 26 artículos que no son otra cosa que una especie de confirmación y resumen de cinco concilios, celebrados poco antes en las Galias, encontramos dos artículos añadidos, de los cuales el segundo prescribe que se proceda contra los que con pretexto del derecho llamado Fayda, excitan ruidos y tumultos en los domingos y fiestas, y también en los días de trabajo.

Ya hemos visto más arriba emplear las sagradas reliquias para hacer más respetable el juramento de paz y amistad que se prestaban los reyes; acto augusto en que se hacía intervenir el cielo para evitar la efusión de sangre y traer la paz a la tierra; ahora vemos que el respeto a los domingos y demás fiestas se utiliza también para preparar la abolición de la bárbara costumbre de que los parientes de un hombre muerto pudiesen vengar la muerte dándola al matador.

El lamentable estado de la sociedad europea en aquella época se retrata vivamente en los mismos medios que el poder eclesiástico se veía obligado a emplear para disminuir algún tanto los desastres ocasionados por la violencia de las costumbres. El no acometer a nadie para maltratarle, el no recurrir a la fuerza para obtener una reparación, o desahogar la venganza, nos parece a nosotros tan justo, tan conforme a razón, tan natural, que apenas concebimos posible que puedan las cosas andar de otra manera.

Si en la actualidad se promulgase una ley que prohibiese el atacar a su enemigo en este o aquel día, en esta o aquella hora, nos parecería el colmo de la ridiculez y de la extravagancia.

No lo parecía sin embargo en aquellos tiempos; y una prohibición semejante se hacía a cada paso, no en oscuras aldeas, sino en las grandes ciudades, en asambleas numerosísimas, donde se contaban a centenares los obispos, donde acudían los condes, los duques, los príncipes y reyes. Esa ley que a nosotros nos perecería tan extraña, y por la que se ve que la autoridad se tenía por dichosa si podía alcanzar que los principios de justicia fuesen respetados al menos algunos días, particularmente en las mayores solemnidades, esa ley fue por largo tiempo uno de los puntos capitales del derecho público y privado de Europa.

Ya se habrá conocido que estoy hablando de la Tregua de Dios. Muy necesaria debía ser a la sazón una ley semejante, cuando la vemos repetida tantas veces en países muy distantes unos de otros. Entre lo mucho que se podría recordar sobre esta materia me contentaré con apuntar algunas decisiones conciliares de aquella época.

El concilio de Tubuza en la diócesis de Elna en el Rosellón, celebrado por Guifredo, arzobispo de Narbona, en el año 1041, establece la Tregua de Dios, mandando que desde la tarde del miércoles hasta la mañana del lunes, nadie tomase cosa alguna por fuerza, ni se vengase de ninguna injuria, ni exigiese prendas de fiador. Quien contraviniese a este decreto debía pagar la composición de las leyes, como merecedor de la muerte, o ser excomulgado y desterrado del país.

Se consideraba tan beneficiosa la práctica de esta disposición, que en el mismo año se tuvieron en Francia otros muchos concilios sobre el mismo asunto.

281 Teníase también el cuidado de recordar con  frecuencia esta obligación, como lo vemos en el concilio de Saint Gilles en Languedoc, celebrado en el año 1042, y en el de Narbona celebrado en 1045.

A pesar de insistirse tanto sobre lo mismo, no se alcanzaba todo el fruto deseado, como lo indica la fluctuación que sufrían las disposiciones de la ley. Así vemos que en el año 1047, la Tregua de Dios se limitaba a un tiempo menor del que tenía en 1041, pues que el concilio de Telugis de la diócesis de Una, celebrado en 1047, dispone que en todo el condado del Rosellón nadie acometa a su enemigo desde la hora nona del sábado hasta la hora de prima del lunes; por manera que la ley era entonces mucho menos laxa que en 1041, donde hemos visto que la Tregua de Dios comprendía desde la tarde del miércoles hasta la mañana del lunes.

En el mismo concilio que acabo de citar, se encuentra una disposición notable, pues se manda que nadie pueda acometer a un hombre que va a la iglesia, o vuelve de ella, o que acompaña mujeres.

En el año 1054, la Tregua de Dios iba ganando terreno, pues no sólo vuelve a comprender desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por la mañana después de la salida del sol, sino que se extiende a largas temporadas. Así vemos que el concilio de Narbona celebrado por el arzobispo Guifredo en dicho año, a más de señalar comprendido en la Tregua de Dios desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por la mañana, la declara obligatoria para el tiempo y días siguientes: desde el primer domingo de Adviento hasta la octava de la Epifanía, desde el domingo de la Quincuagésima hasta la octava de Pascua, desde el domingo que precede la Ascensión hasta la octava de Pentecostés, en los días de fiestas de Nuestra Señora, de San Pedro, de San Lorenzo, de San Miguel, de Todos los Santos, de San Martín de los Santos Justo y Pastor, titulares de la iglesia de Narbona, y todos los días de ayuno; y esto so pena de anatema y de destierro perpetuo.

En el mismo concilio se encuentran otras disposiciones tan bellas que no es posible dejar de recordarlas, dado que se trata de manifestar y hacer sentir la influencia de la Iglesia Católica en suavizar las costumbres. En el canon 99 se prohíbe cortar los olivos señalándose una razón que, si a los ojos de los juristas no parecerá bastante general y adecuada, es a los de la filosofía de la historia un hermoso símbolo de las ideas religiosas, ejerciendo sobre la sociedad su benéfica influencia.

 La razón que señala el concilio es que los olivos suministran la materia del Santo Crisma y del alumbrado de las iglesias. Una razón semejante producía sin duda más efecto que todas las que pudieran sacarse de Ulpiano y Justiniano.

282 En el canon 10 se manda que en todo tiempo y lugar gocen de la seguridad de la Tregua los pastores y sus ovejas, disponiéndose lo mismo en el canon 11 con respecto a las casas situadas a treinta pasos alrededor de las iglesias.

 En el canon 18 se prohíbe a los que tienen pleito usar de procedimientos de hecho o cometer alguna violencia, antes que la causa haya sido juzgada en presencia del obispo y del señor del lugar. En los demás cánones se prohíbe robar a los mercaderes y peregrinos, y hacer daño a nadie bajo la pena de ser separados de la Iglesia los perpetradores de este delito, si lo hubiesen cometido durante la Tregua.

A medida que iba adelantando el siglo XI notamos que se inculca más y más la saludable práctica de la Tregua de Dios, interviniendo en este negocio la autoridad de los papas.

En el concilio de Gerona, celebrado por el cardenal Hugo el Blanco en 1068, se confirmó la Tregua de Dios por autoridad de Alejandro II, so pena de excomunión; y en 1080 el concilio de Lilebona en Normandía supone establecida ya muy generalmente esta Tregua, pues que manda en su canon 19 que los obispos y los señores cuiden de su observancia, aplicando a los prevaricadores censuras y otras penas.

En el año 1093 el concilio de Troya en la Pulla, celebrado por Urbano II, confirma también la Tregua de Dios; siendo notable el ensanche que debía de ir tomando esa disposición eclesiástica, pues que a dicho concilio asistían setenta y cinco obispos. Mucho mayor era el número en el concilio de Clermont en Auvernia, celebrado por el mismo Urbano II, en el año 1095, pues que contaba nada menos que trece arzobispos, doscientos veinte obispos y muchos abades.

En su canon 1º confirma la Tregua con respecto al jueves, viernes, sábado y domingo; pero quiere que se observe todos los días de la semana con respecto a los monjes, clérigos y mujeres.

En los cánones 29 y 30 se dispone que, si alguno perseguido por su enemigo se refugia junto a una cruz, debe estar allí tan seguro como si hubiese buscado asilo en la iglesia. Esta enseña sublime de redención, después de haber dado salud al linaje humano empapándose en la cima del Calvario con la sangre del Hijo de Dios, servía ya de amparo a los que en el asalto de Roma se refugiaban en ella huyendo del furor de los bárbaros; y siglos después encontramos que levantada en los caminos salvaba todavía al desgraciado que se abrazaba con ella huyendo de un enemigo, sediento de venganza.

283 El concilio de Ruan, celebrado en el año 1096, extiende todavía más el dominio de la Tregua mandando observarla desde el domingo antes del miércoles de ceniza hasta la segunda feria después de la octava de Pentecostés, desde la puesta del sol; en el miércoles antes del Adviento hasta la octava de la Epifanía, y en cada semana, desde el miércoles puesto el sol hasta su salida del lunes siguiente; y por fin, en todas las fiestas y vigilias de la Virgen y de los apóstoles.

En el canon 2º se ordena que gocen de una paz perpetua todos los clérigos, monjes y religiosas, mujeres, peregrinos, mercaderes y sus criados, los bueyes y caballos de arado, los carreteros, los labradores y todas las tierras que pertenecen a los santos, prohibiendo acometerlos, robarlos o ejercer en ellos alguna violencia.

En aquella época se conoce que la ley se sentía más fuerte, y que podía exigir la obediencia en tono más severo; pues vemos que en el canon 3º del mismo concilio se prescribe que todos los varones que hayan cumplido doce años presten juramento de conservar la Tregua; y en el canon 4º se excomulga a los que se resistan a prestarle, así como algunos años después, a saber, en 1115, la Tregua empieza a comprender no ya algunas temporadas, sino años enteros; el concilio de Trova en la Pulla, celebrado en dicho año por el Papa Pascual, establece la Tregua por tres años.

Los papas continuaban con ahínco la obra comenzada, sancionando con el peso de su autoridad y difundiendo con su influencia, entonces universal y poderosa en toda la Europa, la observancia de la Tregua. Ésta, aunque en la apariencia no fuese otra cosa que un acatamiento a la religión por parte de las pasiones violentas, que por respeto a ella suspendían sus hostilidades, era en el fondo el triunfo del derecho sobre el hecho, y uno de los más admirables artificios que se han visto empleados jamás para suavizar las costumbres de un pueblo bárbaro.

Quien se veía precisado a no poder echar mano de la fuerza, en cuatro días de la semana, y largas temporadas del año, claro es que debía de inclinarse a costumbres más suaves, no empleándola nunca. Lo que cuesta trabajo no es convencer al hombre de que obra mal, sino hacerle perder el hábito de obrar mal: y sabido es que todo hábito se engendra por la repetición de los actos, y se pierde cuanto se logra que éstos cesen por algún tiempo.

Así es sumamente satisfactorio el ver que los papas procuraban sostener y propagar esa Tregua renovando el mandamiento de su observancia en concilios numerosos, y por tanto de una influencia más eficaz y universal. En el concilio de Reims, abierto por el mismo pontífice Calixto II en 1119, se expidió un decreto en confirmación de la misma Tregua.

284 Asistieron a este concilio trece arzobispos, más de doscientos obispos, y un gran número de abades eclesiásticos distinguidos en dignidad. Se  inculcó la misma observancia en el concilio de Letrán IX, general, celebrado en 1123, congregado por Calixto II. Eran más de trescientos los prelados, entre arzobispos y obispos, y el número de los abades pasaba de seiscientos.

 En 1130 se insiste sobre lo mismo en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por Inocencio II, renovándose los reglamentos pertenecientes a la observancia de la Tregua; y en el concilio de Aviñón en 1209, celebrado por Hugo, obispo de Riez, y Alilón, notario del papa Inocencio III, ambos legados de la Santa Sede, se confirman las leyes anteriormente establecidas para la observancia de la paz y de la Tregua, condenándose a los revoltosos que la perturbaban. En el concilio de Montpellier celebrado en 1215, juntado por Roberto de Corceón, y presidido por el cardenal de Benevento como legado que era en la provincia, se renueva y confirma todo cuanto en distintos tiempos se había arreglado para la seguridad pública, y más recientemente para la subsistencia de la paz entre señor y señor y entre los pueblos.

A los que han mirado la intervención de la autoridad eclesiástica en los negocios civiles como una usurpación de las atribuciones del poder público, se podría preguntarles si puede ser usurpado lo que no existe, y si un poder incapacitado para ejercer sus atribuciones propias, se quejaría con razón de que las ejerciese otro que tuviese para ello la inteligencia y la fuerza necesarias.

No se quejaba entonces el poder público de esas pretendidas usurpaciones, y así los gobiernos como los pueblos las miraban como muy justas y legítimas, porque, como se ha dicho más arriba, eran naturales, necesarias, traídas por la fuerza de los acontecimientos, dimanadas de la situación de las cosas. Por cierto que sería ahora curioso ver que los obispos se ocupasen de la seguridad de los caminos, que publicasen edictos contra los incendiarios, los ladrones, los que cortasen los olivos o causasen otros estragos semejantes; pero en aquellos tiempos se consideraba este proceder como muy natural y muy necesario. Merced a estos cuidados de la Iglesia, a este solícito desvelo que después se ha culpado con tanta ligereza, pudieron echarse los cimientos de ese edificio social cuyos bienes disfrutamos, y llevarse a cabo una reorganización que hubiera sido imposible sin la influencia religiosa y sin la acción de la potestad eclesiástica.

¿Queréis saber el concepto que debe formarse de un hecho, descubriendo si es hijo de la naturaleza misma de las cosas, o efecto de combinaciones astutas?

285 Reparad el modo con que se presenta, los lugares en que nace, los tiempos en que se verifica; y cuando le veáis reproducido en épocas muy distantes, en lugares muy lejanos, entre hombres que no han podido concertarse, estad seguros de que lo que obra allí no es plan del hombre, sino la fuerza misma de las cosas.

Estas condiciones se verifican de un modo palpable en la acción de la potestad eclesiástica sobre los negocios públicos. Abrid los concilios de aquellas épocas y por doquiera os ocurrirán los mismos hechos; así, por ejemplo, el concilio de Palencia en el reino de León, celebrado en 1129, ordena en su canon 12º que se destierre o se recluya en un monasterio a los que acometan a los clérigos, monjes, mercaderes, peregrinos y mujeres.

Pasad a Francia, y encontraréis el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado en 1130, que en su canon 139 excomulga a los incendiarios.

En 1157 os ocurrirá el concilio de Reims mandando en su canon 39 que durante la guerra no se toque la persona de los clérigos, monjes, mujeres, viajantes, labradores y viñeros.

Pasad a Italia y encontraréis el concilio de Letrán XI, general, convocado en 1179, que prohíbe en su canon 224 maltratar e inquietar a los monjes, clérigos, peregrinos, mercaderes, aldeanos que van de viaje o están ocupados en la agricultura, y a los animales empleados en ella.

 En el canon 249 se excomulga a los que apresen o despojen a los cristianos que navegan para su comercio u otras causas legítimas y a los que roben a los náufragos, si no restituyen lo robado.

Pasando a Inglaterra, encontramos el concilio de Oxford, celebrado en 1222 por Esteban Langton, arzobispo de Canterbury, prohibiendo en el canon 209 que nadie pueda tener ladrones para su servicio.

En Suecia el concilio de Arbogen, celebrado en 1396 por Enrique, arzobispo de Upsal, dispone en su canon 5º que no se conceda sepultura eclesiástica a los piratas, raptores, incendiarios, ladrones de caminos reales, opresores de pobres y otros malhechores.

Por manera que en todas partes y en todos tiempos, se encuentra el mismo hecho: la Iglesia luchando contra la injusticia, contra la violencia, y esforzándose por reemplazarlas con el reinado de la justicia y de la ley.

Yo no sé con qué espíritu han leído algunos la historia eclesiástica que no hayan sentido la belleza del cuadro que se ofrece en las repetidas disposiciones que no he hecho más que apuntar, todas dirigidas a proteger al débil contra el fuerte. Si al clérigo y al monje, como débiles que son por pertenecer a una profesión pacífica, se les protege de una manera particular en los cánones citados, notamos que se dispensa la misma protección a las mujeres, a los peregrinos, a los mercaderes, a los aldeanos que van de viaje y se ocupan en los trabajos del campo, a los animales de cultivo, en una palabra, a todo lo débil.

286Y cuenta que esta protección no es un mero arranque de generosidad pasajera, es un sistema seguido en lugares muy diferentes, continuado por espacio de siglos, desenvuelto y aplicado por los medios que la caridad sugiere, inagotable en recursos y artificios cuando se trata de hacer el bien, y de evitar el mal. Y por cierto que aquí no puede decirse que la Iglesia obrase por miras interesadas, porque ¿cuál era el provecho material que podía resultarle de impedir el despojo de un oscuro viajante, el atropellamiento de un pobre labrador, o el insulto hecho a una desvalida mujer?

 El espíritu que la animaba entonces, a pesar de los abusos que consigo traía la calamidad de los tiempos, el espíritu que la animaba entonces como ahora, era el Espíritu de Dios; ese Espíritu que le comunica sin cesar una decidida inclinación a lo bueno, a lo justo, y que la impele de continuo a buscar los medios más a propósito para realizarlo.

Juzgue ahora el lector imparcial si esfuerzos tan continuados por parte de la Iglesia para desterrar de la sociedad el dominio de la fuerza debieron o no contribuir a suavizar las costumbres. Esto aun limitándonos al tiempo de paz; pues por lo que toca al de guerra, no es necesario siquiera detenerse en probarlo.

El voe victis de los antiguos ha desaparecido en la historia moderna, merced a la religión divina que ha inspirado a los hombres otras ideas y sentimientos; merced a la Iglesia católica que con su celo por la redención de los cautivos ha suavizado las máximas feroces de los romanos, que conceptuaban necesario para hacer a los hombres valientes no dejarles esperanza de salir de esclavitud, en caso que a ella los condujesen los azares de la guerra.

 Si el lector quiere tomarse la pena de leer el capítulo XVII de esta obra con el § 3 de la nota 15, donde se hallan algunos de los muchos documentos que se podrían citar sobre este punto, formará cabal concepto de la gratitud que se merece la Iglesia Católica por su caridad, su desprendimiento, su celo incansable en favor de los infelices que, privados de libertad, gemían en poder de los enemigos.

 A esto debe añadirse también la consideración de que, abolida la esclavitud, había de suavizarse por necesidad el sistema de la guerra. Porque, si al enemigo no era lícito matarle una vez rendido, ni tampoco retenerle en esclavitud, todo se reducía a detenerle el tiempo necesario para que no pudiese hacer daño, o hasta que se recibiese por él la compensación correspondiente. He aquí el sistema moderno que consiste en retener los prisioneros hasta que se haya terminado la guerra o verificado un canje.

287Bien que, según lo dicho más arriba, la suavidad de costumbres consista, propiamente hablando, en la exclusión de la fuerza, no obstante, como en este mundo todo se enlaza, no debe mirarse esta exclusión de un modo abstracto, considerando posible que exista por la sola fuerza del desarrollo de la inteligencia. Una de las condiciones necesarias para una verdadera suavidad de costumbres, es que no sólo se eviten en cuanto sean posibles los medios violentos, sino que además se empleen los benéficos.

Si esto no se verifica, las costumbres serán más bien enervadas que suaves, y el uso de la fuerza no será desterrado de la sociedad, sino que andará en ella disfrazado con artificio. Por estas razones, conviene echar una ojeada sobre el principio de donde ha sacado la civilización europea el espíritu de beneficencia que la distingue, pues que así se acabará de manifestar que al Catolicismo es debida principalmente nuestra suavidad de costumbres. Además, que aun prescindiendo del enlace que con esto tiene la beneficencia, ella por sí sola entraña demasiada importancia, para que sea posible desentenderse de consagrarle algunas páginas, cuando se hace una reseña analítica de los elementos de nuestra civilización         VER NOTA 22


CAPÍTULO XXXIII

Beneficencia pública. Diferencia del Protestantismo y del Catolicismo con respecto a ella. Paradoja de Montesquieu. Cánones notables sobre este punto. Daños acarreados en esta parte por el Protestantismo. Lo que vale la filantropía.

LAS COSTUMBRES no serán jamás suaves, si no existe la beneficencia pública. De suerte que la suavidad y esta beneficencia, si bien no se confunden, no obstante se hermanan. La beneficencia pública propiamente tal era desconocida entre los antiguos. El individuo podía ser benéfico una que otra vez, la sociedad no tenía entrañas. Así es que la fundación ele establecimientos públicos de beneficencia no entró jamás en su sistema de administración. "¿Qué hacían, pues, de los desgraciados?", se nos dirá; y nosotros responderemos a esta pregunta con el autor del Genio del Cristianismo: "tenían dos conductos para deshacerse de ellos: el infanticidio y la esclavitud".

Dominaba ya el Cristianismo en todas partes y vemos todavía que los rastros de costumbres atroces daban mucho que entender a la autoridad eclesiástica.

288 El concilio de Vaisón celebrado en el año 442, al establecer un reglamento sobre pertenencia legítima de los expósitos, manda castigar con censura eclesiástica a los que perturbaban con reclamaciones importunas a las personas caritativas que habían recogido un niño; lo que hacía el concilio con la mira de no apartar de esta costumbre benéfica, porque en el caso contrario, según añade, estaban expuestos a ser comidos por los perros.

 No dejaban todavía de encontrarse algunos padres desnaturalizados que mataban a sus hijos; pues que un concilio de Lérida, celebrado en 546, impone siete años de penitencia a los que cometan semejante crimen; y el de Toledo, celebrado en 589, dispone en su canon 179 que se impida que los padres y madres quiten la vida a sus hijos.

No estaba, sin embargo, la dificultad en corregir estos excesos, que por su misma oposición a las primeras ideas de moral, y por su repugnancia a los sentimientos más naturales, se prestaban de suyo a ser desarraigados y extirpados. La dificultad consistía en encontrar los medios para organizar un vasto sistema de beneficencia, donde estuviesen siempre a la mano los socorros, no sólo para los niños, sino también para los viejos inválidos, para los enfermos, para los pobres que no pudiesen vivir de su trabajo, en una palabra, para todas las necesidades.

Como nosotros vemos esto planteado ya y nos hemos familiarizado con su existencia, nos parece una cosa tan natural y sencilla que apenas acertamos a distinguir una mínima parte del mérito que encierra. Supóngase empero por un instante que no existiesen semejantes establecimientos, trasladémonos con la imaginación a aquella época en que no se tenía de ellos ni idea siquiera, ¿qué esfuerzos tan continuados no supone el plantearlos y organizarlos?

Es claro que, extendida por el mundo la caridad cristiana, debían ser socorridas todas las necesidades con más frecuencia y eficacia que no lo eran anteriormente, aun suponiendo que el ejercicio de ella se hubiese limitado a medios puramente individuales; porque nunca habría faltado un número considerable de fieles que hubieran recordado las doctrinas y el ejemplo de Jesucristo, quien, mientras nos enseñaba la obligación de amar a los demás hombres como a nosotros mismos, y esto no con un afecto estéril, sino dando de comer al hambriento, de beber al que tiene sed, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo y al encarcelado, nos ofrecía en su propia conducta un modelo de la práctica de esta virtud.

289  De mil maneras podía ostentar el infinito poder que tenía sobre el cielo y la tierra; al imperio de su voz se hubieran humillado dóciles todos los elementos, los astros se hubieran detenido en su carrera, y la naturaleza toda hubiera suspendido sus leyes; pero es de notar que se complace en manifestar su omnipotencia, en atestiguar su divinidad, haciendo milagros que servían de remedio o consuelo de los desgraciados. Su vida está comprendida en la sencillez sublime de aquellas dos palabras del sagrado texto: Pertransit benefaciendo. Pasó haciendo bien.

Sin embargo, por más que pudiese esperarse de la caridad cristiana entregada a sus propias inspiraciones y obrando en la esfera meramente individual, no era conveniente dejarla en semejante estado, sino que era menester realizarla en instituciones permanentes, por medio de las cuales se evitase que el socorro de las necesidades estuviese sujeto a las contingencias inseparables de todo lo que depende de la voluntad del hombre y de circunstancias de momento.

Por este motivo, fue sumamente cuerdo y previsor el pensamiento de plantear un gran número de establecimientos de beneficencia.

La Iglesia fue quien lo concibió y lo realizó; y en esto no hizo otra cosa que aplicar a un caso particular la regla general de su conducta: no dejar nunca a la voluntad del individuo lo que puede vincularse a una institución.

Y es digno de notarse que ésta es una de las razones de la robustez que tiene todo cuanto pertenece al Catolicismo; de manera que, así como el principio de la autoridad en materias de dogma le conserva la unidad y la firmeza en la fe, así la regla de reducirlo todo a instituciones asegura la solidez y duración a todas sus obras. Estos dos principios tienen entre sí una correspondencia íntima; porque, si bien se mira, el uno supone la desconfianza en el entendimiento del hombre, el otro en su voluntad y en sus medios individuales.

El uno supone que el hombre no se basta a sí mismo para el conocimiento de muchas verdades, el otro que es demasiado veleidoso y débil para que el hacer el bien pueda quedar encomendado a su inconstancia y flaqueza. Y ni uno ni otro hacen injuria al hombre, ni uno ni otro rebajan su dignidad; no hacen más que decirle lo que en realidad es sujeto al error, inclinado al mal, variable en sus propósitos y escaso en sus recursos. Verdades tristes, pero atestiguadas por la experiencia de cada día, y cuya explicación nos ofrece la religión cristiana asentando como dogma fundamental la caída del humano linaje en la prevaricación del primer padre.

El Protestantismo, siguiendo principios diametralmente opuestos, aplica también a la voluntad el espíritu de individualismo que predica para el entendimiento, y así es que de suyo es enemigo de instituciones.

Concretándonos al objeto que nos ocupa, vemos que su primer paso en el momento de su aparición fue destruir lo existente, sin pensar cómo podría reemplazarse.

290 Increíble parecerá que Montesquieu haya llegado al extremo de aplaudir esa obra de destrucción, y ésta es otra prueba de la maligna influencia ejercida sobre los espíritus por la pestilente atmósfera del siglo pasado. "Enrique VIII, dice el citado autor, queriendo reformar la Inglaterra destruyó los frailes; gente perezosa que fomentaba la pereza de los demás, porque practicando la hospitalidad, hacía que una infinidad de personas ociosas, nobles y de la clase del pueblo, pasasen su vida corriendo de convento en convento. Quitó también los hospitales donde el pueblo bajo encontraba su subsistencia, como los nobles la suya en los monasterios. Desde aquella época se estableció en Inglaterra el espíritu de industria y de comercio". (Espíritu de las leyes. Lib. 23, cap. 29.)

Que Montesquieu hubiese encomiado la conducta de Enrique VIII en destruir los conventos apoyándose en la miserable razón de que, faltando la hospitalidad que en ellos se encontraba, se quitaría a los ociosos este recurso, es cosa que no fuera de extrañar, supuesto que semejantes vulgaridades eran del gusto de la filosofía que empezaba a cundir a la sazón.

En todo lo que estaba en oposición con las instituciones del Catolicismo se pretendía encontrar profundas razones de economía y de política; cosa muy fácil, porque un ánimo preocupado encuentra en los libros, como en los hechos, todo lo que quiere.

Podía sin embargo preguntarse a Montesquieu cuál había sido el paradero de los bienes de los conventos; y como de esos pingues despojos cupo una buena parte a esos mismos nobles que antes encontraban allí la hospitalidad, quizás podría reconvenirse al autor del Espíritu de las leyes, por haber pretendido disminuir la ociosidad de éstos por un medio tan singular como era darles los bienes de aquéllos que los hospedaban.

Por cierto que teniendo los nobles en su casa los mismos bienes que sufragaban para darles hospitalidad, se les ahorraba el trabajo de correr de convento en convento. Pero lo que no puede tolerarse es que presente como un golpe maestro en economía política "el haber quitado los hospitales donde el pueblo bajo encontraba su subsistencia". ¡Qué! ¿A tan poco alcanza vuestra vista, tan despiadada es vuestra filosofía, que creáis conducente para el fomento de la industria y comercio la destrucción de los asilos del infortunio?

Y es lo peor, que seducido Montesquieu por el prurito de hacer lo que se llama observaciones nuevas y picantes, llega al extremo de negar la utilidad de los hospitales, pretendiendo que en Roma ésta es la causa de que viva en comodidad todo el mundo, excepto los que trabajan.

291 Si las naciones son pobres, no quieren hospitales; si son ricas, tampoco; y para sostener esa paradoja inhumana se apoya en las razones que verá el lector en las siguientes palabras: "Cuando la nación es pobre, dice, la pobreza particular dimana de la miseria general; y no es más, por decirlo así, que la misma miseria general. Todos los hospitales no sirven entonces para remediar esa pobreza particular; al contrario, el espíritu de pereza que ellos inspiran aumenta  la pobreza general, y por consiguiente la particular". He aquí los hospitales presentados como dañosos a las naciones pobres, y por tanto condenados.

Oigamos ahora por lo tocante a las ricas. "He dicho que las naciones ricas necesitaban hospitales, porque en ellas está sujeta la fortuna a mil accidentes; pero echase de ver que socorros pasajeros valdrían mucho mas que establecimientos perpetuos. El mal es momentáneo, de consiguiente es menester que los socorros sean de una misma clase y aplicables al accidente particular". (Espíritu de las leyes. Lib. 23, cap. 29.)

Difícil es encontrar nada más vacío y más falso que lo que se acaba de citar; de cierto que, si por semejante muestra se hubiese de juzgar esa obra cuyo mérito se ha exagerado tanto, merecería una calificación aun más severa de la que le da M. Bonald cuando la llama "la mas profunda de las obras superficiales".

Afortunadamente para los pobres, y para el buen orden de la sociedad, la Europa en general no ha adoptado esas máximas; y en este punto, como en muchos otros, se han dejado aparte las preocupaciones contra el Catolicismo, y se ha seguido con más o menos modificaciones el sistema que el había enseñado.

En la misma Inglaterra existen en considerable número los establecimientos de beneficencia, sin que se crea que, para aguijonear la diligencia del pobre, sea menester exponerle al peligro de perecer de hambre. Conviene sin embargo observar que ese sistema de establecimientos públicos de beneficencia, generalizado en la actualidad por toda Europa, no hubiera existido sin el Catolicismo; y puede asegurarse que, si el cisma religioso protestante hubiese tenido lugar antes de que se plantease y organizase el indicado sistema, no disfrutaría actualmente la sociedad europea de unos establecimientos que tanto la honran, y que además son un precioso elemento de buena policía y de tranquilidad pública.

No es lo mismo fundar y sostener un establecimiento de esta clase, cuando ya existen muchos otros del mismo género, cuando los gobiernos tienen a la mano inmensos recursos y disponen de la fuerza necesaria para proteger todos los intereses, que plantear un gran número de ellos cuando no hay tipos a que referirse, cuando se han de improvisar los recursos de mil maneras diferentes, cuando el poder público no tiene ni prestigio ni fuerza para mantener a raya las pasiones violentas que se esfuerzan en apoderarse de todo lo que les ofrece algún cebo.

292 Lo primero se ha hecho en los tiempos modernos desde la existencia del Protestantismo, lo segundo lo había hecho siglos antes la Iglesia Católica.

Y nótese bien que lo que se ha realizado en los países protestantes a favor de la beneficencia, no ha sido más que actos administrativos del gobierno, actos que necesariamente debía inspirarle la vista de los buenos resultados que hasta entonces habían producido semejantes establecimientos. Pero el Protestantismo en sí, y considerado como Iglesia separada, nada ha hecho. Ni tampoco podía hacer, pues que allí donde conserva algo de organización jerárquica, es un puro instrumento del poder civil, y por tanto no puede obrar por inspiración propia.

Para acabar de esterilizarse en este punto, tiene, además del vicio de su constitución, sus preocupaciones contra los institutos religiosos tanto de hombres como de mujeres; y así está privado de uno de los poderosos medios que tiene el Catolicismo para llevar a cabo las obras de caridad más arduas y penosas. Para los grandes actos de caridad es necesario el desprendimiento de todas las cosas, y hasta de sí mismo; y esto es lo que se encuentra eminentemente en las personas consagradas a la beneficencia en un instituto religioso; allí se empieza por el desprendimiento, raíz de todos los demás: el de la propia voluntad.

La Iglesia Católica, lejos de proceder en esta parte por inspiraciones del poder civil, ha considerado como objeto propio el cuidar del socorro de todas las necesidades; y los obispos han sido considerados como los protectores y los inspectores natos de los establecimientos de beneficencia. Y de aquí es que por derecho común los hospitales estaban sujetos a los obispos, y en la legislación canónica ha ocupado siempre un lugar muy principal el ramo de establecimientos de beneficencia.

Es antiquísimo en la Iglesia el legislar sobre esos establecimientos, y. así vemos que el concilio de Calcedonia, al prescribir que esté bajo la autoridad del obispo de la ciudad el clérigo constituido in ptochiis, esto es, según explicación de Zonaras, "en unos establecimientos destinados al alimento y cuidado de los pobres, como son aquéllos donde se reciben y mantienen los pupilos, los viejos y enfermos", usa la siguiente expresión: según la tradición de los santos Padres, indicando con esto que existían ya disposiciones antiguas de la Iglesia sobre tales objetos, pues que ya entonces se apelaba a la tradición tratándose de arreglar algún punto a ellos concerniente. Son conocidas también de los eruditos las antiguas Diaconías, lugares de beneficencia donde se recogían viudas pobres, huérfanos, viejos y otras personas miserables.

Cuando con la irrupción de los bárbaros se introdujo por todas partes el dominio de la fuerza, los bienes que habían adquirido, o que en lo sucesivo adquiriesen los hospitales, estaban muy mal seguros, pues que de suyo ofrecían un cebo muy, estimulante. No faltó empero la Iglesia a cubrirlos con su protección. La prohibición de apoderarse de ellos se hacía de un modo muy severo, y los perpetradores de este atentado eran castigados como homicidas de pobres.

El concilio de Orleáns, celebrado en el año 549, prohíbe, en su canon 139, el apoderarse de los bienes de hospitales; y en el canon 154 confirmando la fundación de un hospital hecho en Lyon por el rey Childeberto y la reina Ultragotha, encargando la seguridad y la buena administración de sus bienes, impone a los contraventores la pena de anatema como reos de homicidio de pobres.

Ciertas disposiciones sobre los pobres, que son a un tiempo de beneficencia y, de policía, y adoptadas en la actualidad en varios países, las encontramos en antiquísimos concilios; como el formar una lista de los pobres de la parroquia, el obligar a ésta a, mantenerlos, y otras semejantes.

Así el concilio de Tours, celebrado por los años de 566 ó 567, ordena en su canon 54 que cada ciudad mantenga sus pobres y que los sacerdotes rurales y sus feligreses alimenten los suyos, para evitar que los mendigos anden vagabundos por las ciudades y provincias.

Por lo que toca a los leprosos, el canon 219 del concilio de Orléans, poco ha citado, prescribe que los obispos cuiden particularmente de los pobres leprosos de su diócesis, suministrándoles del fondo de la Iglesia alimento y vestido; y el concilio de Lyon, celebrado en el año 583, manda en su canon 69 que los leprosos de cada ciudad y su territorio sean mantenidos a expensas de la Iglesia, cuidando de esto el obispo.

Teníase en la Iglesia una matrícula de los pobres para distribuirles una parte de los bienes, y estaba expresamente prohibido el recibir nada de ellos por inscribirlos en la misma. En el concilio de Reims, celebrado en el año 874, se prohíbe en el 29 de sus cinco artículos, el recibir nada de los pobres que se matriculaban, y esto so pena de deposición.

La solicitud por la mejora de la suerte de los presos que tanto se ha desplegado en los tiempos modernos, es antiquísima en la Iglesia; y es de notar que ya en el siglo vi había en ella un visitador de cárceles.

El arcediano, o el propósito de la iglesia, tenían la obligación de visitar los presos todos los domingos.

294 No se exceptuaba de esta solicitud ninguna clase de criminales; y el arcediano debía enterarse de sus necesidades y suministrarles el alimento y lo demás que necesitasen por medio de una persona recomendable elegida por el obispo. Así consta del canon 204 del concilio de Orléans, celebrado en el año 549.

Larga sería la tarea de enumerar ni aun una pequeña parte de las disposiciones que atestiguan el celo desplegado por la Iglesia en el consuelo y alivio de todos los desgraciados; ni esto fuera propio de este lugar, dado que sólo me he propuesto comparar el espíritu del Protestantismo con el del Catolicismo con respecto a las obras de beneficencia.

Pero ya que el mismo desarrollo de la cuestión me ha llevado como de la mano a algunas indicaciones históricas, no puedo menos de recordar el capítulo 141 del concilio de Aix-la-Chapelle, donde se ordena que los prelados, siguiendo los ejemplos de sus predecesores, funden un hospital para recibir tantos pobres cuantos alcancen a mantener las rentas de la Iglesia.

Los canónigos habían de dar al hospital el diezmo de sus frutos, y uno de ellos debía ser nombrado para recibir a los pobres y extranjeros, y para la administración del hospital. Esto en la regla para los canónigos. En la regla para las canonesas dispone el mismo concilio que se establezca un hospital cerca del monasterio y que dentro del mismo haya un sitio destinado para recibir a las mujeres pobres. De esta práctica resultó que muchos siglos después se veían en varias partes hospitales junto a la iglesia de los canónigos.

Llegando a tiempos más cercanos, son en muy crecido número los institutos que se fundaron con objetos de beneficencia, siendo de admirar la fecundidad con que brotaban por dondequiera los medios de socorrer las necesidades que se iban ofreciendo.

 No es dado calcular a punto fijo lo que hubiera sucedido sin la aparición del Protestantismo; pero discurriendo por analogía se puede conjeturar que, si el desarrollo de la civilización europea se hubiese llevada a su complemento bajo el principio de la unidad religiosa, y sin las revoluciones y reacciones incesantes en que se halló sumida la Europa, merced a la pretendida reforma, no habría dejado de nacer del seno de la religión católica algún sistema general de beneficencia, que organizado en una gran escala y conforme a lo que han ido exigiendo los nuevos progresos de la sociedad, quizás hubiera prevenido o remediado esa plaga del pauperismo que es el cáncer de los pueblos modernos.

¿Qué no podía esperarse de los esfuerzos de toda la inteligencia y de todos los recursos de Europa, obrando de concierto para lograr este objeto?

295 Desgraciadamente se rompió la unidad en la fe, se desconoció la autoridad que debía ser el centro en adelante como la había sido hasta allí, y desde entonces la Europa, que estaba desatinada a ser en breve un pueblo de hermanos, se convirtió en un campo de batalla donde se peleó con inaudito encarnizamiento.

El rencor, engendrado por la diferencia de religión, no permitió que se aunasen los esfuerzos para salir al paso a las nuevas complicaciones y necesidades que iban a brotar de la organización social y política alcanzada por la Europa a costa de los trabajos de tantos siglos; en lugar de esto se aclimataron entre nosotros las disputas rencorosas, la insurrección y la guerra.

Es menester no olvidar que con el cisma de los protestantes no sólo se ha impedido la reunión de todos los esfuerzos de Europa para alcanzar el fin indicado, sino que se ha causado además otro mal muy grave, cual es que el Catolicismo no ha podido obrar de una manera regular, aun en los países donde se ha conservado con predominio, o principal o exclusivo.

Casi siempre ha tenido que mantenerse en actitud de defensa, y así se ha visto precisado a gastar una gran parte de sus recursos en procurarse medios de salvar su existencia propia. Resulta de esto ser muy probable que el orden actual de cosas en Europa es del todo diferente del que hubiera sido en la suposición contraria, y que tal vez en este último caso no hubiera sido necesario fatigarse en esfuerzos impotentes contra un mal que, según todas las apariencias, si no se imaginan otros medios que los conocidos hasta aquí, es poco menos que incurable.

Se me dirá que en tal caso la Iglesia hubiera conservado una autoridad excesiva sobre todo el ramo de beneficencia, lo que habría sido una limitación injusta de las facultades del poder civil; pero esto es un error. Porque es falso que la Iglesia pretendiese nada que no estuviese muy de acuerdo con lo que exige el mismo carácter de protectora de todos los desgraciados de que se halla tan dignamente revestida.

 Verdad es que en ciertos siglos apenas se oye otra voz, ni se ve otra acción que la suya en todo lo tocante al ramo de beneficencia; pero es menester observar que en aquellos siglos estaba muy lejos el poder civil de poseer una administración ordenada y vigorosa, con que pudiese auxiliar como corresponde a la Iglesia. Tanto dista de haber mediado en esto ninguna ambición por parte de ella, que antes bien, llevada por su celo sin límites había cargado sobre sus hombros todo el cuidado así de lo espiritual como de lo temporal, sin reparar en ninguna clase de sacrificios y dispendios.

296 Tres siglos han pasado desde el funesto acontecimiento que lamentamos, y Europa, que durante este tiempo ha estado sujeta en buena parte a la influencia del Protestantismo, no ha dado un solo paso más allá de lo que estaba ya hecho antes de aquella época.

No puedo creer que si estos tres siglos hubiesen corrido bajo la influencia exclusiva del Catolicismo, no hubiese brotado de su seno alguna invención caritativa, que hubiese elevado los sistemas de beneficencia a toda la altura reclamada por la complicación de los nuevos intereses. Echando una ojeada sobre los varios sistemas que fermentan en el espíritu de los que se ocupan de esta cuestión gravísima, figura la asociación bajo una u otra forma. Cabalmente éste ha sido siempre uno de los principios favoritos del Catolicismo, el cual, así como proclama la unidad en la fe, así proclama también la unión en todo.

Pero hay la diferencia que muchas de las asociaciones que se conciben y plantean no son más que aglomeración de intereses, faltándoles la unión de voluntades, la unidad de fin, circunstancias que no se encuentran sino por medio de la caridad cristiana; y no obstante son necesarias estas circunstancias para llevar a cabo las grandes obras de beneficencia, si en ella se ha de encontrar algo más que una medida de administración pública. Esta administración de poco sirve cuando no es vigorosa; y desgraciadamente, cuando alcanza este vigor, su acción se resiente un poco de la dureza y tirantez de los resortes. Por esto se necesita la caridad cristiana que, filtrándose por todas partes a manera de bálsamo, suavice lo que tenga de duro la acción del hombre.

¡Ay de los desgraciados que no reciban el socorro en sus necesidades, sino por medio de la administración civil, sin intervención de la caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público la filantropía exagerará los cuidados que prodiga al infortunio, pero en la realidad las cosas pasarán de otra manera.

El amor de nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es tan abundante de palabras como escaso de obras. La vista del pobre, del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para que podamos soportarla por mucho tiempo, cuando no nos obligan a ello muy poderosos motivos. ¡Cuánto menos se puede esperar que los cuidados penosos, humillantes, de todas horas, que reclama el socorro de esos infelices, puedan ser sostenidos cual conviene por un vago sentimiento de humanidad! No, donde falte la caridad cristiana podrá haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiere de parte de los asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto a una buena Administración; pero faltará una cosa que con nada se suple, que no se paga, el amor. Mas se nos dirá: ¿no tenéis fe en la filantropía? No, porque, como ha dicho Chateaubriand, la filantropía es la moneda falsa de la caridad.

Muy razonable era, pues, que la Iglesia tuviese una intervención directa en todos los ramos de beneficencia, pues que ella era quien debía saber mejor que nadie el modo de hacer obrar la caridad cristiana, aplicándola a todo linaje de necesidades y miserias. No era esto satisfacer la ambición, sino dar pábulo al celo; no era reclamar un privilegio, sino hacer valer un derecho. Por lo demás, si os empeñareis en apellidar ambición a este deseo, al menos no podréis negarnos que es una ambición de nueva clase, una ambición bien digna de gloria y prez, la de reclamar el privilegio de socorrer y consolar el infortunio. VER NOTA 23.

CAPÍTULO XXXIV

Intolerancia. Mala fe que ha presidido a esta cuestión. Definición de la tolerancia. Tolerancia de opiniones, de errores. Tolerancia del individuo. Tolerancia en los Hombres religiosos y en los incrédulos. De dónde nace en unos y otros. Dos clases de hombres religiosos y de incrédulos. Tole rancia en la sociedad, de dónde nace. Origen de la tolerancia que reina en las sociedades actuales.

LA CUESTIÓN sobre la suavidad de costumbres, tratada en los capítulos anteriores, me conduce naturalmente a otra harto difícil ya de suyo, y que además ha llegado a ser en extremo espinosa a causa de las muchas preocupaciones que la rodean. Hablo de la tolerancia en materias religiosas. Para ciertos hombres la palabra Catolicismo es sinónima de intolerancia; y es tal el embrollo de ideas en este punto, que es tarea trabajosa el empeño de aclarárselas. Basta pronunciar el nombre de intolerancia, para que el ánimo de algunas personas se sienta asaltado de toda clase de ideas tétricas y horrorosas. La legislación, las instituciones, los hombres de los tiempos pasados, todo es condenado sin apelación, al menor asomo que se descubre de intolerancia. Las causas que a esto contribuyen son varias; pero si se quiere señalar la principal, se podría repetir la profunda sentencia de Catón, cuando acusado a la edad de 86 años, de no se qué delitos de su vida, en épocas muy anteriores, dijo: "Difícil es dar cuenta de la propia conducta a hombres de otro siglo del que uno ha vivido".

298 Cosas hay, sobre las que no es posible formar juicio acertado, sin poseer, no sólo el conocimiento, sino un sentimiento vivo de la época en que se realizaron. ¿Y cuántos son los hombres capaces de llegar a este punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento a cubierto del influjo de la atmósfera que los circunda; pero todavía son menos los que lo alcanzan con respecto al corazón. Cabalmente el siglo en que vivimos es el reverso de los siglos de la intolerancia, y he aquí la primera dificultad que ocurre en la discusión de esta clase de cuestiones.

El acaloramiento y la mala fe de algunos que las examinaron han tenido también no escasa parte en el extravío de la opinión. Nada existe en el mundo que no pueda desacreditarse si no se mira más que por un lado; porque las cosas miradas así, son falsas o, en otros términos, no son ellas mismas.

Todo cuerpo tiene tres dimensiones; quien no atienda más que a una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy diferente de él. Tomad una institución cualquiera, la más justa, la más útil que podáis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de los males e inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en pocas páginas lo que en realidad está desparramado en muchos siglos. Su historia resultará repugnante, negra, digna de execración.

Dejad que un amante de la democracia os pinte en breve cuadro y con hechos históricos los males e inconvenientes de la monarquía y los vicios y crímenes de los monarcas; ¿qué parece entonces la monarquía? Pero, a un amante de ésta, dejadle que a su vez pueda retrataros también con hechos históricos, la democracia y los demagogos; ¿qué resulta entonces la democracia? Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho adelanto de los pueblos; la civilización y la cultura os parecerán detestables. Andando en busca de hechos en los fastos del espíritu humano, se puede hacer de la historia de la ciencia la historia de la locura y hasta del crimen.

 Acumulando los accidentes funestos ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede presentar esta  profesión benéfica como la carrera del homicidio. En una palabra: todo se puede falsear procediendo de esta suerte. Dios mismo se nos ofrecerá como un monstruo de crueldad y tiranía, si haciendo abstracción de su bondad, de su sabiduría, de su justicia, no atendernos a otra cosa que a los males que presenciamos en un mundo, creado por su poder y sujeto a su providencia.

Apliquemos estos principios. Si dejando aparte el espíritu de los tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los católicos, cuidando de que los rigores de Fernando e Isabel, de Felipe II, de la reina María de Inglaterra, de Luís XIV, y todo lo acontecido en el espacio de tres siglos se vean reunidos en pocas páginas y con los colores tan recargados como posible sea.

299 El lector que recibe en pocos momentos la impresión de sucesos que se anduvieron realizando en trescientos años, el lector que viviendo en una sociedad donde las cárceles se van convirtiendo en casas de recreo, - y donde es vivamente combatida la pena de muerte, ve delante de sus ojos tanto lóbrego calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y hogueras, siente latir vivamente su corazón, llora sobre el infortunio de los desgraciados que perecen y se indigna contra los autores de lo que él apellida horrendas atrocidades.

 Nada se le ha dicho al cándido lector de los principios y de la conducta de los protestantes en la misma época, nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel de Inglaterra, y así todo su odio se concentra sobre los católicos y se acostumbra a mirar el Catolicismo como una religión de tiranía y de sangre. Pero el juicio que de ahí se forme ¿será recto?, ¿será un fallo dado con pleno conocimiento de causa?

 Veamos lo que haríamos al encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado más arriba, sobre la monarquía, sobre la democracia, sobre la civilización, sobre la ciencia, sobre las profesiones más benéficas. Lo que haríamos, o al menos lo que ciertamente debiéramos hacer, sería extender más allá nuestra vista, volver el objeto mirándole en sus diferentes caras, atender a los bienes después de habernos hecho cargo de los males; disminuir la impresión que éstos nos han causado y considerarlos como fueron en sí, es decir, distribuidos a grandes distancias en el curso de los siglos; en una palabra, procuraríamos ser justos tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal, para compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar debidamente las cosas en la historia de la humanidad.

Lo propio se habría de ejecutar en el caso en cuestión, para precaverse contra el error a que conducen las falsas relaciones y la exageración de ciertos hombres cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos, no presentándolos sino por un lado. Ahora no existe la Inquisición y por cierto que no hay probabilidades de que se restablezca; no existen tampoco las leyes severas que sobre este particular regían en otros tiempos: o están abrogadas o han caído en desuso; y así nadie puede tener un interés en que se las mire bajo un punto de vista falso. Se concibe que para algunos existiese ese interés, mientras se trató de hacerles la guerra con la mira de destruirlas; pero, una vez logrado el objeto, la Inquisición y esas leyes son un hecho histórico que conviene examinar con detenimiento e imparcialidad.

300 Aquí hay dos cuestiones: la del principio y la de su aplicación; o bien, de la intolerancia y del modo de ejercerla. Es menester no confundir estas dos cosas, que por más enlazadas que se hallen, son sin embargo muy diferentes. Empezaré por examinar la primera.

En la actualidad se proclama como un principio la tolerancia universal y se condena sin restricción todo linaje de intolerancia. ¿Quién cuida de examinar el verdadero sentido de esas palabras? ¿Quién analiza a la luz de la razón las ideas que encierran? ¿Quién, para aclararlas, echa mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos.

 Se pronuncian maquinalmente, se emplean a cada paso para establecer proposiciones de la mayor trascendencia sin recelo siquiera de que en ellas se envuelva un orden de ideas, de cuya buena o mala inteligencia y aplicación está pendiente la conservación de la sociedad.

Pocos se paran en que hay aquí cuestiones de derecho tan profundas como delicadas, que hay una gran parte de la historia en que, según como se resuelvan los problemas sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado, se derriba todo lo presente y no se deja, para edificar en el porvenir, más que un movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo más cómodo en semejantes casos es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la misma suerte que se toma y se da una moneda corriente, sin pararse en examinar si es o no de buena ley. Pero lo más cómodo no es siempre lo más útil; y así como en tratándose de monedas de algún valor nos tomamos la pena de examinarlas para evitar el engaño, es menester observar la misma conducta con respecto a palabras tuvo significado sea muy trascendental.

Tolerancia: ¿Qué significa esa palabra, Propiamente hablando, significa el sufrimiento de una cosa que se conceptúa mala, pero que se cree conveniente dejarla sin castigo. Así se toleran cierta clase de escándalos, se toleran las mujeres públicas, se toleran estos o aquellos abusos; de manera que la idea de tolerancia anda siempre acompañada de la idea del mal. Tolerar lo bueno, tolerar la virtud, serían expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia es en el orden de las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error. Nadie dirá jamás que tolere la verdad.

En contra de esto último puede hacerse una observación fundada en el uso generalmente introducido de decir: tolerar las opiniones; y opinión es muy diferente de error.

301 A primera vista la dificultad parece no tener solución; pero bien mirada la cosa es muy fácil encontrársela. Cuando decimos que toleramos una opinión, hablamos siempre de opinión contraria a la nuestra. En este caso, la opinión ajena es en nuestro juicio un error: pues que no es posible que tengamos una opinión sobre un punto, es decir, que pensemos que una cosa es o no es, o es de esta manera o de la otra, sin que al propio tiempo juzguemos que los que no piensan como nosotros, yerran.

Si nuestra opinión no pasa de tal, es decir, si el juicio, bien que afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado a una completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los otros será también una mera opinión; pero si llega la convicción a tal punto que se afirme y consolide del todo, esto es, si llegamos a la certeza, entonces estaremos también ciertos de que los que forman un juicio opuesto, yerran. De donde se infiere que en la palabra tolerancia referida a opiniones, se envuelve siempre la significación de tolerancia de errores.

Quien está por el sí, tiene por falso el no; y quien está por el no, tiene por falso el sí. Esto no es más que una simple aplicación de aquel famoso principio: es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo.

Pero entonces, se me dirá, ¿qué significamos cuando decimos respetar las opiniones? ¿Se sobreentenderá también que respetamos errores? No. El respetar la opiniones puede tener dos sentidos muy razonables.

El primero se funda en la misma flaqueza de convicción cíe la persona que respeta; porque cuando sobre un punto no hemos llegado a más que a formar opinión, se entiende que no hemos llegado a certeza; y por tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones por la parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que respetamos la opinión ajena; con lo que expresamos la convicción de que podemos engañarnos y de que quizás no está la verdad de nuestra parte.

Segundo: respetar las opiniones significa a veces respetar las personas que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. Así se dice a veces respetar las , preocupaciones, y claro es que no se habla entonces de un verdadero respeto que a ellas se profese.

De donde se ve que la expresión respetar las opiniones ajenas tiene significado muy diferente, según que la persona que las respeta tiene o no convicciones ciertas en sentido contrario.

Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cuál su origen y cuáles sus efectos, si antes de examinarla en la sociedad la analizamos de suerte que el objeto de nuestra observación se reduzca a su elemento inás simple: la tolerancia considerada en el individuo.

302 Se llama tolerante un individuo, cuando está habitualmente en tal disposición de ánimo que soporta, sin enojarse ni alterarse, las opiniones contrarias a la suya.

Esta tolerancia tendrá distintos nombres, según las diferentes materias sobre que verse. En materias religiosas la tolerancia así como la intolerancia pueden encontrarse en quien tenga religión y en quien no la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos últimas situaciones envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante. Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrédulos y la intolerancia de los hombres religiosos; pero esto es un error. ¿Quién más tolerante que San Francisco de Sales? ¿Quién más intolerante que Voltaire?

La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de dos principios: la caridad y la humildad. La caridad, que nos hace amar a todos los hombres, aun a nuestros mayores enemigos, que nos inspira la compasión de sus faltas y errores, que nos obliga a mirarlos como hermanos y a emplear los medios que estén en nuestro alcance para sacarlos de su mal estado, sin que nos sea lícito considerarlos privados de esperanza de salvación, mientras viven sobre la tierra.

Rousseau ha dicho que "es  imposible vivir en paz con gentes a quienes se cree condenadas"; nosotros no creemos ni podemos creer condenado a nadie mientras vive, pues que por grande que sea su iniquidad, todavía son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de Jesucristo; y tan lejos estamos de pensar lo que dice el filósofo de Ginebra que "amar a esos tales sería aborrecer a Dios", que antes bien dejaría de pertenecer a nuestra creencia quien sostuviese semejante doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la tolerancia; la humildad que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que no nos deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prójimos sino como mayores títulos de agradecimiento a la liberal mano de la Providencia.

La humildad que no limitándose a la esfera individual sino abrazando la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran familia del linaje humano, caído de su primitiva dignidad por el pecado del primer padre, con malas inclinaciones en el corazón, con tinieblas en el entendimiento y, por consiguiente, digno de lástima e indulgencia en sus faltas y extravíos; esa virtud sublime en su mismo anonadamiento y que, como ha dicho admirablemente Santa Teresa, agrada tanto a Dios, porque la humildad es la verdad, esa virtud nos hace indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento que nosotros, más tal vez que nadie, necesitamos también de indulgencia.

303 No bastará sin embargo para que un hombre religioso sea tolerante en toda la extensión de la palabra, el que sea caritativo y humilde; la experiencia nos lo enseña así y la razón nos indica las causas. Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala inteligencia embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentaré un paralelo de dos hombres religiosos cuyos principios serán los mismos, pero cuya conducta será muy diferente.

Supónganse dos sacerdotes, ambos distinguidos en ciencia y eminentes en virtud; pero de manera que el uno haya pasado su vida en el retiro, rodeado de personas piadosas y no tratando sino con católicos, mientras el otro, empleado en misiones en diferentes países donde se hallan establecida.; diversas religiones, se ha visto precisado a conversar con hombres de distintas creencias, a vivir entre ellos y a sufrir el altar de una religión falsa levantado a poca distancia del ele la religión verdadera. Los principios de la caridad cristiana serán los mismos en ambos, uno y otro mirarán como un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero a pesar de todo esto, su conducta será muy diferente, si se encuentran con un hombre que o tenga otras creencias o no profese ninguna.

 El primero, que jamás ha tratado sino con fieles, que siempre ha oído hablar con respeto de la religión, se estremecerá, se indignará, a la primera palabra que oiga contra la fe o las ceremonias de la Iglesia, siéndole poco menos que imposible sostener con serenidad la conversación o la disputa que sobre la materia se entablare; mientras el segundo, acostumbrado a oír cosas semejantes, a ver contrariada su creencia, a discutir con hombres que la tenían diferente, se mantendrá sosegado y calmoso, entrando reposadamente en la cuestión si necesario fuere, o esquivándola hábilmente si así lo dictare la prudencia.

¿De dónde esta variedad? No es difícil conocerlo; es que este último, con el trato, la experiencia, las contradicciones, ha llegado a poseer un conocimiento claro ele la verdadera situación del mundo, se ha hecho cargo de la funesta combinación de circunstancias que han conducido o mantienen a muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en el lugar en que ellos se encuentran, y así siente con más viveza el beneficio que él debe a la Providencia, y es para con los otros más benigno e indulgente.

Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan caritativo, tan humilde cuanto se quiera; pero ¿cómo se puede exigir de él que no se conmueva profundamente, que no deje traslucir las señales de su indignación, cuando oye negar por la primera vez lo que él ha creído siempre con la fe más viva, sin que haya encontrado otra oposición que los argumentos propuestos en algunos libros?

304No le faltaba por cierto la noticia de la existencia de herejes e incrédulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos a menudo, el haber oído la exposición de cien sistemas diferentes, el haber visto extraviadas personas de distintas clases, de diversas índoles, de variada disposición de ánimo; la susceptibilidad de su espíritu, como que nunca había sufrido, no había podido embotarse; y así con las mismas virtudes, y si se quiere con los mismos conocimientos que el otro, no había alcanzado aquella penetración, aquella viveza, por decirlo así, con que un entendimiento claro, y además ejercitado con la práctica, entra en el espíritu de aquéllos con quienes habla y ve las razones o los motivos o las pasiones que los ciegan para que no lleguen al conocimiento de la verdad.

Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo que tenga religión supone cierta blandura de ánimo, que nacida del trato y de los hábitos que éste engendra, se hermana no obstante con las convicciones religiosas más profundas y con el celo más puro y ardiente por la propagación de la verdad. En lo moral como en lo físico, el roce afina, el uso gasta, y no es posible que nada se sostenga por largo tiempo en actitud violenta.

El hombre se indignará una, dos, cien veces al oír que se impugna su manera de pensar, pero no es posible que continúe indignándose siempre; y así al cabo vendrá a resignarse a la oposición, se acostumbrará a sufrirla con templanza, y por más sagradas que conceptúe sus creencias, se contentará con defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y cuando no, tratará de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depósito, procurando preservarlas del viento disipador que oye soplar en sus alrededores.

La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos principios, sino más bien una calidad adquirida con la práctica, una disposición de ánimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hábito de sufrir formado con la repetición del sufrimiento.

Pasando ahora a considerar la tolerancia en el hombre no religioso, observaremos que éste puede serlo de dos maneras. Los hay que no sólo no tienen religión, sino que le profesan odio, ora por un funesto extravío de ideas, ora por mirarla como un obstáculo a sus pasiones o a sus particulares designios. Éstos son en extremo intolerantes; y su intolerancia es la peor, porque no va acompañada de ningún principio moral que pueda enfrenarla. El hombre en semejantes circunstancias siéntese, por decirlo así, en guerra consigo mismo y con el linaje humano; consigo mismo, porque tiene que sofocar los gritos de su conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra la doctrina insensata empeñada en desterrar de la tierra el culto de Dios.

305 Por esta causa se encuentra en los hombres de esta clase un fondo excesivo de rencor y despecho, por esto sus palabras destilan hiel, por esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia.

Hay empero otra clase de hombres que, si bien carecen de religión, no tienen en contra de ella una opinión determinada; viven en una especie de escepticismo, a que han sido conducidos o por la lectura de malos libros o por reflexiones de una filosofía superficial y ligera; no están adheridos a la religión, pero tampoco están enemistados con ella. Muchos conocen su alta importancia para el bien de la sociedad; y aun algunos abrigan cierto deseo de volver a poseerla; allá en momentos de recogimiento y meditación recuerdan con gusto los días en que ofrecían a Dios un entendimiento fiel y un corazón puro, y al ver cómo se precipitan los momentos de la vida, quizás conservan aún la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus padres, antes de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero si bien se mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud; es una simple necesidad que resulta de su posición.

 Mal puede indignarse contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y por tanto no encuentra oposición en ninguna; mal puede indignarse contra la religión quien la considera corno una cosa necesaria al bienestar de la sociedad; mal puede abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de menos en el fondo de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de esperanza al fijar sus ojos en un pavoroso porvenir. La tolerancia en tal caso nada tiene de extraño, es natural, necesaria, y lo que fuera inconcebible, lo que fuera extravagante y que indicaría un mal corazón, sería la intolerancia.

Elevando del individuo a la sociedad las consideraciones que se acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, así como la intolerancia, pueden mirarse, o en el gobierno o en la sociedad, porque sucede a veces que no andan acordes y que, mientras el gobierno sostiene un principio, predomina en la sociedad otro directamente opuesto. Como el gobierno está formado de un corto número de individuos, es aplicable a él todo cuanto se ha dicho de la tolerancia considerada en la esfera puramente individual, bien que debe tenerse en cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden abandonarse sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos y a menudo se ven precisados a sacrificarlos en las aras de la opinión pública.

306 Por algún tiempo, y favorecidos por circunstancias excepcionales, podrán contrariarla o falsearla; pero bien pronto la fuerza de las cosas les sale al paso obligándolos a cambiar de rumbo.

Limitándose, pues, a considerar la tolerancia en la sociedad, pues que al fin, tarde o temprano, el gobierno llega a ser la expresión de las ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podernos notar que sigue los mismos trámites que en el individuo. No es efecto de un principio, sino de un hábito.

Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan a sufrirse unos a otros, a tolerarse, porque a esto los conduce el cansancio de repetidos choques y el deseo de un tenor de vida más tranquilo y apacible; pero en el comienzo de esta discordancia de creencias, cuando se encuentran cara a cara por primera vez los hombres que las tienen distintas, el choque más o menos rudo es siempre inevitable. Las causas de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre, y vano es luchar contra ella.

Algunos filósofos modernos han creído que la sociedad actual les es deudora del espíritu de tolerancia que en ella domina; pero no han advertido que esa tolerancia es más bien un hecho que se ha consumado lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto de la doctrina por ellos predicada.

En efecto: ¿qué es lo que han dicho de nuevo? Han recomendado la fraternidad universal; pero esta fraternidad es una de las doctrinas del Cristianismo. Han exhortado a vivir en paz a los hombres de todas religiones; pero antes que ellos empezasen a decírselo, los hombres comenzaban ya a tomar este partido en muchos países de Europa, pues que desgraciadamente eran tantas y 'tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna alcanzase un predominio exclusivo.

Tienen, es verdad, ciertos filósofos incrédulos un triste título a sus pretensiones sobre la extensión de la tolerancia, y es que, habiendo llegado a sembrar la incredulidad y el escepticismo, han generalizado, así en los gobiernos como en los pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es ninguna virtud, sino la indiferencia por todas las religiones.

Y en verdad, ¿por qué es tan general la tolerancia en nuestro siglo? O mejor diremos, ¿en qué consiste esta tolerancia? Observadla bien, y veréis que no es más que el resultado de una situación social, en un todo conforme a la descrita más arriba con respecto al individuo, que carece de creencias, pero que no las rechaza porque las considera como muy útiles al bien público, y hasta alimenta una vaga esperanza de volver a ellas algún día.

307 En lo que hay en esto de bueno ninguna parte han tenido los filósofos incrédulos, es más bien una protesta contra ellos; ellos que mientras eran impotentes para apoderarse del mando, prodigaban la calumnia y el sarcasmo a todo lo más sagrado que hay en el cielo y en la tierra, y así que pudieron levantarse al poder derribaron con furor indecible todo lo existente, e hicieron perecer millones de víctimas en el destierro y en los cadalsos.

La multitud de religiones, la incredulidad, el indiferentismo, la suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras, la organización industrial y mercantil que han ido adquiriendo las sociedades, la mayor comunicación de las personas por medio de los viajes, y la de las ideas por la prensa, he aquí las causas que han producido en Europa esa tolerancia universal que lo ha ido invadiendo todo, estableciéndose de hecho donde no ha podido establecerse de derecho. Esas causas, como es fácil de notar, son de diferentes órdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una parte exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado simultáneamente en el desarrollo de la civilización.


CAPÍTULO XXXV

La intolerancia es un hecho general en la historia. Diálogo con los partidarios de la tolerancia universal. Consideraciones sobre la existencia y el origen del derecho de castigar doctrinas. Resolución de esta cuestión. Funesta influencia del Protestantismo y de la incredulidad en esta materia. Justificación de la importancia dada por el Catolicismo al pecado de herejía. Inconsecuencia de los volterianos vergonzantes. Otra observación sobre el derecho de castigar doctrinas. Resumen.

EN EL SIGLO anterior se declamó mucho contra la intolerancia; pero una filosofía menos ligera que la entonces dominante, hubiera reflexionado algo más sobre un hecho que sea cual fuere el juicio que de él se forme, no puede sin embargo negarse haber sido general a todos los países y a todos los tiempos. En Grecia, Sócrates muere bebiendo la cicuta; Roma, cuya tolerancia se ha encomiado, no tolera sino aquellos dioses extranjeros que lo son sólo por nombre, pues que formando parte de aquella especie de Panteísmo que era el fondo de su religión, sólo necesitan para ser declarados dioses de Roma, una mera formalidad: que se les libre, por decirlo así, el título de ciudadanos.

Pero no consiente los dioses de los egipcios, ni tampoco la religión de los judíos ni de los cristianos, de quienes tenía ideas muy equivocadas en verdad, pero bastantes para entender que esas religiones eran muy diferentes de la suya.

308 La historia de los emperadores gentiles es la historia de la persecución de la Iglesia; y así que los emperadores se hicieron cristianos, empieza una legislación penal contra los que siguen una religión diferente de la que domina en el Estado. En los siglos posteriores la intolerancia continuó en diferentes formas, y también ha continuado hasta nosotros, que no estamos de ella tan libres como se quisiera hacernos creer.

La emancipación de los católicos en Inglaterra es de fecha muy reciente; las ruidosas desavenencias del gobierno de Prusia con el Sumo Pontífice por causa de las arbitrariedades de aquél con respecto a la religión católica son de ayer; la cuestión de Argovia en Suiza está pendiente aún; y la persecución del gobierno ruso contra el Catolicismo sigue tan escandalosa como nunca. Esto en cuanto a los hombres de las sectas disidentes; pues por lo que toca a la tolerancia de los humanos filósofos del siglo XVIII, menester es confesar que hubiera sido muy amable, a no recibir su digna sanción de la mano de Robespierre.

Todo gobierno que profesa una religión es más o menos intolerante con las otras: y esta intolerancia sólo disminuye o cesa, cuando los que profesan la religión odiada se hacen temer por ser muy fuertes, o despreciar por muy débiles. Aplicad a todos los tiempos y países la regla que se acaba de establecer; por todas partes la encontraréis exacta; es un compendio de la historia de los gobiernos con respecto a las religiones. El gobierno inglés ha sido siempre intolerante con los católicos, y continuará siéndolo más o menos según las circunstancias; los gobiernos de Prusia y de Rusia seguirán como hasta aquí, bien que con las modificaciones que exigirá la variedad de los tiempos; así como en los países donde predomine el principio católico se pondrán trabas más o menos fuertes al ejercicio del culto protestante.

Se me citará como prueba de lo contrario el ejemplo de la Francia, donde a pesar de ser el Catolicismo la religión de la inmensa mayoría, son tolerados los demás cultos sin que se trasluzca la menor señal de reprimirlos ni molestarlos. Esto se atribuirá quizás al espíritu público; pero yo creo que dimana del estado de aquella sociedad, en la cual ha dejado profundas huellas la filosofía del siglo pasado y también de que en las regiones del poder de aquel país no prevalece ningún principio fijo; no siendo más toda su política interior y exterior que una continua transacción para salir del paso del mejor modo que se pueda. Esto dicen los hechos, esto expresan las bien conocidas opiniones del reducido número de hombres, que de algunos años a esta parte disponen de los destinos de la Francia.

Se ha pretendido establecer como un principio la tolerancia universal, negando a los gobiernos el derecho de violentar las conciencias en materias religiosas; sin embargo, y a pesar de cuanto se ha dicho, los filósofos no han podido poner su aserción bien en claro; y mucho menos hacerla adoptar generalmente como sistema de gobierno.

 Para demostrar que la cosa no es tan sencilla como se ha querido suponer, me han de permitir esos pretendidos filósofos que les dirija algunas preguntas.

Si viene a establecerse en vuestro país una religión cuyo culto demande sacrificios humanos, ¿la toleraréis? -No. -¿Y por qué? -Porque no podemos tolerar un crimen semejante. -Pero entonces seréis intolerantes, violentaréis las conciencias ajenas, prohibiendo como un crimen lo que a los ojos de esos hombres es un obsequio a la Divinidad.

Así lo pensaron muchos pueblos antiguos, así lo piensan todavía algunos en nuestros tiempos; ¿con qué derecho, pues, queréis que vuestra conciencia prevalezca sobre la suya?

 -No importa, seremos intolerantes, pero nuestra intolerancia será en pro de la humanidad.

 -Aplaudo vuestra conducta; pero no podréis negarme que se ha ofrecido un caso en que la intolerancia de una religión os ha parecido un derecho y un deber.

Pero si proscribís el ejercicio de ese culto atroz, ¿al menos permitiréis enseñar la doctrina donde se encarezca como santa y saludable la práctica de los sacrificios humanos?

-No, porque esto equivaldría a permitir la enseñanza del asesinato. -Enhorabuena; pero reconoced al mismo tiempo que se os ha presentado una doctrina, con la cual os habéis creído con derecho y obligación de ser intolerantes.

Prosigamos la tarea comenzada. Vosotros no ignoráis por cierto los sacrificios ofrecidos en la antigüedad a la diosa del amor, y el nefando culto que se le tributaba en los templos de Babilonia y Corinto; si un culto semejante renaciese entre vosotros ¿le toleraríais?

 -No, por contrario a las sagradas leyes del pudor.

-¿Toleraríais que se enseñara al menos la doctrina que le apoyase? -No, por la misma razón.

 -Entonces, encontramos otro caso en que os creéis con derecho y obligación de ser intolerantes, de violentar la conciencia ajena, y no podéis alegar otra razón, sino que a esto os obliga vuestra conciencia propia.

Todavía más: supongamos que con la lectura de la Biblia vuelven a calentarse algunas cabezas, y tratan de fundar un nuevo Cristianismo a imitación del de Matías Harlem o Juan de Leyde, que empiezan los sectarios a difundir sus doctrinas, a reunir conciliábulos, y que con sus peroratas fanáticas arrastran una parte del pueblo; ¿toleraréis esa nueva religión?

310 -No, porque esos hombres podrían renovar en nuestros tiempos las sangrientas escenas de Alemania en el siglo XVI, cuando en nombre de Dios, y para cumplir, según decían, las órdenes del Altísimo, los anabaptistas atacaban la propiedad, destruían todo poder existente, y sembraban por todas partes la desolación y el exterminio.

 -Obraréis con tanta justicia como prudencia, pero al fin tampoco podéis negar que ejerceréis un acto de intolerancia. ¿Qué se ha hecho, pues, de la tolerancia universal, de ese principio tan claro, tan cierto, si a cada paso os encontráis vosotros mismos con la necesidad de restringirle, mejor diré, de arrumbarle y de obrar en sentido diametralmente opuesto? Diréis que la seguridad del Estado, el buen orden de la sociedad, la moral pública os obligan a obrar así; pero entonces, ¿qué viene a ser un principio que, en ciertos casos, se halla en oposición con los intereses de la moral pública, del bien social y la seguridad del Estado? ¿Y creéis por ventura que aquéllos contra quienes declamáis, no pensaban también poner a cubierto esos intereses, cuando eran intolerantes?

En todos tiempos y países, se ha reconocido como un principio indisputable que el poder público tiene el derecho, en algunos casos, de prohibir ciertos actos, no obstante la mayor o menor violencia que con esto se haga a la conciencia de los individuos que los ejercían o pretendían ejercerlos. Si no bastara el constante testimonio de la historia, debiera ser suficiente a convencernos de esta verdad el breve diálogo que se acaba de leer, donde se ha visto que los más ardientes encomiadores de la tolerancia podían verse obligados a ser intolerantes.

Ellos se veían precisados a serlo en nombre de la humanidad, en nombre del pudor, en nombre del orden público; luego la tolerancia universal de doctrinas y religiones proclamada como un deber de todo gobierno es un error, una regla sin aplicación; pues que hemos demostrado hasta la evidencia que la intolerancia ha sido siempre, y es todavía, un principio reconocido por todo gobierno, y cuya aplicación más o menos severa o indulgente depende de la diversidad de circunstancias, y sobre todo del punto de vista bajo el cual mira las cosas el gobierno que la ha de ejercer.

Surge aquí una gravísima cuestión de derecho, cuestión que a primera vista parece conducir a la condenación de toda intolerancia relativa a doctrinas y a los actos que a consecuencia de ellas se practican. Sin embargo, mirada la cosa a fondo, no es así; y aun dado que el entendimiento no alcanzara a disipar completamente la dificultad por medio de razones directas, con todo, indirectamente, y con la argumentación que llaman ad absurd, se llega a conocer la verdad; al menos hasta aquel punto que es necesario para servir de guía a la incierta prudencia humana.

He aquí la cuestión. "¿Con qué derecho puede prohibirse a un hombre que profese una doctrina, y que obre conforme a ella, si él está convencido de que aquella doctrina es verdadera, y que cumple con su obligación o ejerce un derecho, cuando obra conforme a lo que la misma le prescribe?

Si la prohibición no ha de ser ridícula, ha de llevar la sanción de la pena; y cuando apliquéis esa pena, castigaréis a un hombre, que en su conciencia es inocente. La justicia supone el culpable; y nadie es culpable, si primero no lo es en su conciencia. La culpabilidad radica en la misma conciencia, y sólo podemos ser responsables de la infracción de una ley cuando esta ley ha hablado por el órgano de nuestra conciencia. Si ella nos dice que una acción es mala, no podemos ejecutarla por más que nos la prescriba la ley, y si nos dicta que tal acción es un deber, no podemos omitirla, por más que esté prohibida por la ley".

 He aquí presentado en pocas palabras, y con la mayor fuerza posible, todo cuanto puede alegarse contra la intolerancia de las doctrinas y de los actos que de ellas emanan; veamos ahora cuál es el verdadero peso cíe estas reflexiones que a primera vista parecen tan concluyentes.

Por de pronto salta a la vista, que la admisión de este sistema haría imposible todo castigo de los crímenes políticos. Bruto clavando el puñal en el pecho de César, Jacobo Clernent asesinando a Enrique III, obraban sin duda a impulsos de una exaltación de ánimo que les hacía mirar su atentado como un acto de heroísmo; y, sin embargo, si uno y otro hubiesen sido conducidos a un tribunal, ¿os parecería razonable exigir que se libertasen de la pena, el uno alegando su amor de la patria, el otro su celo por la religión?

La mayor parte de los crímenes políticos se cometen con la convicción de que se obra bien; aun prescindiendo de las épocas turbulentas donde los hombres de los diferentes bandos están íntimamente persuadidos de tener cada cual la razón de su parte. Las mismas conspiraciones que se traman contra un gobierno en épocas pacíficas son, por lo común, obra de algunos individuos que tienen por ilegítimo o tiránico el poder; y trabajando para derribarle obran conforme a sus principios.

El juez los castiga justamente aplicándoles la ley impuesta por el legislador; y, sin embargo, ni el legislador al señalar la pena, ni el juez al aplicarla, ignoran ni ignorar pueden la disposición de ánimo en que debía de hallarse el delincuente cuando la infringía.

Se dirá que atendiendo a la fuerza de estas razones se va aumentando cada día la compasión y la indulgencia por los crímenes políticos; pero yo replicaré que si establecemos el principio de que la justicia humana no tiene derecho a castigar cuando el delincuente ha obrado en fuerza de sus principios, no sólo deberían endulzarse esas penas, sino abolirse.

312 En tal caso la pena capital sería un verdadero asesinato, la pecuniaria un robo, y las demás un atropellamiento. Y advertiré de paso que no es verdad que tanto se disminuya el rigor contra los crímenes políticos; la historia de Europa en los últimos años nos suministraría algunas pruebas de lo contrario. No se ven en la actualidad aquellos castigos atroces que estaban en uso en otras épocas; pero esto no dimana que se atienda a la conciencia del que ha cometido el crimen, sino de la suavidad y dulzura de costumbres que va difundiéndose por todas partes, y que no ha podido menos de afectar la legislación criminal.

Lo que es extraño es la severidad que todavía les queda a las leyes relativas a los crímenes políticos, cuando tantos y tantos de los mismos legisladores en las diferentes naciones de Europa, sabían muy bien que ellos a su tiempo habían cometido el mismo crimen. No serán pocos seguramente los que al votarse una ley penal habrán opinado con indulgencia, porque presentían o preveían, que aquella misma ley habría de pesar un día sobre sus propias cabezas.

La impunidad de los crímenes políticos traería consigo la subversión del orden social, porque haría imposible todo gobierno. Pero aun dejando aparte ese mal gravísimo, que, como acabamos de ver, dimana naturalmente de la doctrina que pretende dejar impune al criminal cuando ha obrado a impulsos de su conciencia, se nota por otra parte que no son únicamente los crímenes políticos los que vendrían a quedar sin castigo, sino también los delitos comunes. Los atentados contra la propiedad pertenecen a este género, y sin embargo es bien sabido que no han faltado en otras épocas, y desgraciadamente no faltan en la nuestra, muchos hombres que miran la propiedad como una usurpación, como una injusticia.

 Los atentados contra la santidad del matrimonio son también delitos comunes, y no obstante se han visto sectas que le declaraban ilícito, y otras han opinado y opinan por la comunidad de mujeres. Las santas leves del pudor y el respeto a la inocencia han sido también consideradas por algunas sectas corno una injusta limitación de la libertad del hombre, y su atropellamiento como una obra meritoria. ¿Y qué?

Aun cuando no se pudiese dudar del extravío de ideas, del ciego fanatismo de esos hombres que han profesado semejantes doctrinas, ¿quién se atrevería a negar la justicia del castigo que se les impusiese cuando a consecuencia de ellas perpetrasen un crimen, o cuando se empeñasen en difundir por la sociedad su funesta enseñanza?

313 Si injusto fuese el castigo que se impone cuando el criminal obra conforme a su conciencia, libres serían ele cometer todos los crímenes que se les antojasen los ateos, los fatalistas, los partidarios de la doctrina del interés privado, porque destruyendo como destruyen la base de toda moralidad, no obrarían jamás contra su conciencia, pues que no tienen ninguna. Si hubiese de tener fuerza el argumento que se ha querido hacer valer, ¿cuántas y cuántas veces podría echarse en cara a los tribunales de nuestros tiempos, la injusticia que cometen cuando aplican el castigo a esa clase de hombres? Entonces podemos decirles: "¿Con qué derecho castigáis a ese hombre que no admitiendo la existencia de Dios, no puede reconocerse culpable a sus ojos, y por tanto ni a los vuestros?

Vosotros habíais hecho la ley en cuya fuerza le castigáis, pero esa ley ningún valor tenía en su conciencia, porque vosotros sois sus iguales, y él no reconoce la existencia de ningún ser superior que haya podido concederos el derecho de coartar la libertad. ¿Con qué justicia castigáis a ese otro que esta convencido de que todas sus acciones son efecto de causas necesarias, que el libre albedrío es una quimera y que cuando se arroja a cometer la acción que vosotros tacháis de .criminal, no piensa ser más libre para dejar de obrar, que el bruto al precipitarse sobre el alimento que tiene a la vista, o sobre otro bruto que le ha enfurecido?

¿Con qué justicia castigáis a quien está persuadido de que la moral es una mentira, que no hay otra cosa que ese mismo interés bien o mal entendido? Si le hacéis sufrir una pena, será, no porque sea culpable según su conciencia, sino porque ha errado un cálculo, porque se ha equivocado en las probabilidades del resultado que su acción le había de acarrear". He aquí las consecuencias necesarias, inevitables, de la doctrina que niega al poder público la facultad de castigar los crímenes que se cometen a consecuencias de un error de entendimiento.

Pero se dirá que el derecho de castigar se entiende con respecto a las acciones, no a las doctrinas, que las primeras deben sujetarse a la ley, las segundas deben campear con ilimitada libertad. Si se habla de las doctrinas en cuanto están únicamente en el entendimiento sin manifestarse en lo exterior, claro es que no sólo no hay, derecho, pero ni siquiera posibilidad de castigarlas, porque sólo Dios puede conocer los secretos del espíritu del hombre; pero si se trata de las doctrinas manifestadas, entonces es falso principio, y acabamos de demostrar que ni los mismos que le sostienen en teoría pueden atenerse a el en la práctica. Por fin se nos podrá replicar que aun cuando la doctrina que impugnamos conduce a grandes absurdos, sin embargo no deja de permanecer en pie la dificultad capital que consiste en la incompatibilidad de la justicia del castigo con la acción dictada o permitida por la conciencia de quien la comete.

 314¿Cómo se suelta esa dificultad? ¿Cómo se salva tamaño inconveniente? ¿Podrá ser lícito en ningún caso tratar como culpable a quien no lo es en el tribunal de su propia conciencia?

Al parecer, los hombres de todas opiniones y religiones deben estar de acuerdo en los puntos principales sobre que gira la presente cuestión; y sin embargo no es así; y entre los católicos de una parte, y los incrédulos y protestantes de otra, media una diferencia profunda.

Los primeros tienen por principio inconcuso que hay errores de entendimiento que son culpables; los segundos piensan al contraria que todos los errores del entendimiento son inocentes.

 Los católicos miran como una de las primeras ofensas que puede el hombre hacer a Dios, el error acerca de las importantes verdades religiosas y morales; sus adversarios excusan esa clase de errores con la mayor indulgencia; y no pueden conducirse de otro modo so pena de ser inconsecuentes.

Los católicos admiten la posibilidad de la ignorancia invencible de algunas verdades muy graves, pero esta posibilidad la limitan a ciertas circunstancias, fuera de las cuales declaran al hombre culpable; pero sus adversarios, ponderando de continuo la libertad de pensar, no poniéndole más trabas que las que sean del gusto ele cada individuo, afirmando sin cesar que cada cual es libre de tener las opiniones que más le agraden, han llegado a inspirar a todos sus partidarios la convicción de que no hay opiniones culpables ni errores culpables, que no tiene el hombre la obligación de escudriñar cuidadosamente el fondo de su alma para examinar si hay algunas causas secretas que le impelen a apartarse de la verdad;

Han llegado por fin a confundir monstruosamente la libertad física del entendimiento con la libertad moral, han desterrado del orden de las opiniones las ideas de lícito o ilícito, han dado a entender que estas ideas no tenían aplicación cuando se trataba del pensamiento. Es decir, que en el orden de las ideas han confundido el derecho con el hecho, han declarado inútiles e incompetentes todas las leves divinas v humanas.

¡Insensatos! ¡Como si fuera posible que lo que hay más alto y más noble en la humana naturaleza no estuviera sujeto a ninguna regla; como si fuera posible que lo que hace al hombre rey de la creación no debiese concurrir a la inefable armonía de las partes del universo entre sí, y del todo con Dios; como si esta armonía pudiese ni subsistir ni concebirse siquiera en el hombre, no declarando como la primera de sus obligaciones la de mantenerse adherido a la verdad.

315 He aquí una razón profunda que justifica a la Iglesia católica cuando considera el pecado de herejía como uno de los mayores que el hombre puede cometer. ¡Qué! Vosotros que os sonreís de lástima y desprecio al solo mentar el nombre de pecado de herejía, vosotros que le consideráis corno una invención sacerdotal para dominar las conciencias y escatimar la libertad del pensamiento, ¿con qué derecho os arrogáis la facultad de condenar las herejías que se oponen a vuestra ortodoxia?

¿Con qué derecho condenáis esas sociedades donde se enseñan máximas atentatorias a la propiedad, al orden público, a la existencia del poder? Si el pensamiento es libre, si quien pretende coartarle en lo más mínimo viola derechos sagrados, si la conciencia no debe estar sujeta a ninguna traba, si es un absurdo, un contrasentido el pretender obligar a obrar contra ella o a desobedecer sus inspiraciones, ¿por qué no dejáis hacer a esos hombres que quieren destruir todo el orden social existente, a esas asociaciones subterráneas que de vez en cuando envían algunos de sus miembros a disparar el plomo homicida contra el pecho de los reyes?

Sabed que si para declarar injusta y cruel la intolerancia, que se ha tenido en ciertas épocas con vuestros errores invocáis vosotros vuestras convicciones, ellos también pueden invocar las suyas.

Vosotros decíais que las doctrinas de la Iglesia eran invenciones humanas, ellos dicen que las doctrinas reinantes en la sociedad son también invenciones humanas; vosotros decíais que el orden social antiguo era un monopolio, ellos dicen que es un monopolio el orden actual; vosotros decíais que los poderes antiguos eran tiránicos, y ellos dicen que los poderes actuales tiránicos son; vosotros decíais que queríais destruir lo existente para fundar instituciones nuevas, que harían la dicha de la humanidad, ellos, dicen que quieren derribar todo lo existente para plantear también otras instituciones, que labrarán la dicha del humano linaje; vosotros declarabais santa la guerra que se hacía al poder antiguo, y ellos declaran santa la guerra que se hace al poder actual; vosotros apelasteis a los medios de que podías disponer, y los pretendisteis legitimados por la necesidad, ellos declaran también legítimo el único medio que tienen, que consiste en concertarse, en prepararse para el momento oportuno procurando acelerarle asesinando personas augustas.

Habéis pretendido hacer respetar todas vuestras opiniones, hasta el ateísmo, y habéis enseñado que nadie tenía el derecho de impediros el obrar conforme a vuestros principios: pues bien, principios tienen también, y principios horribles, los fanáticos de quienes estamos hablando; convicciones tienen también, y convicciones terribles.

316 ¿Qué prueba más convincente de que existen entre ellos esa convicción espantosa, que verlos en medio de la alegría y de las fiestas públicas, deslizarse pálidos y sombríos entre la alborozada muchedumbre, escoger el puesto oportuno, y aguardar imperturbables el momento fatal, para sumergir en la desolación una augusta familia, y cubrir de luto una nación, con la seguridad de atraer sobre la propia cabeza la execración pública y acabar la vida en un cadalso?

Pero, nos dirán nuestros adversarios, estas convicciones no tienen excusa: bien la tendrían, si tenerla hubieran podido las vuestras; con la diferencia que vosotros labrasteis vuestros funestos y ambiciosos sistemas en medio de la comodidad y de los regalos, quizás en medio de la opulencia y a la sombra del poder; y ellos formaron sus abominables doctrinas, en medio de la oscuridad de la pobreza, de la miseria, de la desesperación.

En verdad, que la inconsecuencia de ciertos hombres es en extremo chocante. El burlarse de todas las religiones, el negar la espiritualidad e inmortalidad del alma, la existencia de Dios, el derribar toda la moral y socavar sus más profundos cimientos, todo ha sido para ellos una cosa muy excusable; y hasta, si se quiere, digna de alabanza.

Los escritores que desempeñaron tan funesta tarea, son todavía dignos de apoteosis; es menester lanzar la Divinidad de los templos para colocar en ellos los nombres y las imágenes de los jefes de aquellas escuelas: debajo las bóvedas de la magnífica Basílica, en los lugares destinados al reposo de las cenizas del cristiano que espera la resurrección, es necesario levantar los sepulcros de Voltaire y de Rousseau, para que las generaciones venideras desciendan a recogerse algunos momentos en aquellas mansiones silenciosas y sombrías, y a recibir las inspiraciones de aquellos genios.

Entonces, ¿cómo es posible quejarse con razón de qué se ataque la propiedad, la familia, el orden social? La propiedad es sagrada, pero ¿es acaso más sagrada que Dios? Por más trascendentales que quieran suponerse las verdades relativas a la familia y a la sociedad, ¿son por ventura de un orden superior a los eternos principios de la moral? O, por mejor decir, ¿son acaso otra cosa que la aplicación de esos eternos principios?

Pero volvamos al hilo del discurso. Una vez sentado el principio de que hay errores culpables, principio que si no en la teoría, al menos en la práctica todo el mundo debe admitir; pero principio que en teoría sólo el Catolicismo sostiene cumplidamente, resulta bien clara la razón de la justicia con que el poder humano castiga la propagación y la enseñanza de ciertas doctrinas, y los actos que a consecuencia de ellas se cometen, sin pararse en la convicción que pudiera abrigar el delincuente. La ley conviene en que existió o pudo existir ese error de entendimiento, pero en tal caso declara culpable ese mismo error: y cuando el hombre invoca el testimonio de la propia conciencia, la ley le recuerda el deber que tenía de rectificarla.

317 He aquí el fundamento de la justicia de una legislación que parecía tan injusta; fundamento que era necesario encontrar, si no se quería dejar una gran parte de las leyes humanas con la mancha más negra; porque negra mancha fuera la de arrogarse el derecho de castigar a quien no fuese verdaderamente culpable; derecho absurdo, que tan lejos está de pertenecer a la justicia humana, que no compete ni al mismo Dios. La misma justicia infinita dejaría de ser lo que es, si pudiese castigar al inocente,

Podríase señalar quizás otro origen al derecho que tienen los gobiernos de castigar la propagación de ciertas doctrinas y las acciones que a consecuencia de ellas se cometen, aun en el caso en que la convicción de los criminales sea la más profunda. Podríase decir que los gobiernos obran en nombre de la sociedad, la cual, como todo ser, tiene un derecho a su propia defensa.

Hay doctrinas que amenazan la existencia misma de la sociedad, y por tanta ésta se halla en la necesidad y en el derecho de combatir a sus autores. Por más plausible que parezca una razón semejante, adolece sin embargo de un inconveniente muy grave, y es que hace desaparecer de un golpe la idea de castigo y de justicia. Quien se defiende cuando hiere al invasor no le castiga, sino que le rechaza; y si se mira la sociedad bajo este punto de vista, el criminal conducido al patíbulo no será un verdadero criminal, no será más que un desgraciado que sucumbe en una lucha desigual en que temerariamente se empeñó.

La voz del jaez que le condena no será la augusta voz de la justicia; su fallo no representará otra cosa que la acción de la sociedad vengándose de quien ha osado atacarla. La palabra pena tiene entonces un sentido muy diferente: y la graduación de ella sólo depende del cálculo, no de un principio de justicia. Es menester no olvidarlo; en suponiéndose que la sociedad, por derecho de defensa, impone castigo al que ella por otra parte considera como del todo inocente, la sociedad no juzga, no castiga, sino que lucha. Esto asienta muy bien tratándose de sociedad con sociedad, pero muy mal, tratándose de sociedad con individuo. Parécenos entonces ver la lucha desigual de un desmesurado gigante con un pequeñísimo pigmeo. El gigante le toma en sus manos y le aplasta contra una roca.

Con la doctrina que acabo de exponer se ve con toda evidencia lo que vale el tan ponderado principio de la tolerancia universal: demostrado está que es tan impracticable en la región de los hechos como insostenible en teoría; y por tanto vienen al suelo todas las acusaciones que se han hecho al Catolicismo por su intolerancia.

318 En claro queda que la intolerancia es en cierto modo un derecho de todo poder público; que así se ha reconocido siempre; que así se reconoce ahora todavía; a pesar de que generalmente hablando, se han elevado a las regiones del poder los filósofos partidarios de la tolerancia. Sin duda que los gobiernos han abusado mil veces de este principio; sin duda que en su nombre se ha perseguido también la verdad; pero ¿de qué no abusan los hombres?

Lo que debía hacerse, pues, en buena filosofía, no era establecer proposiciones insostenibles, y además altamente peligrosas; no era declamar hasta el fastidio contra los hombres y las instituciones de los siglos que nos han precedido, sino procurar la propagación de sentimientos suaves e indulgentes, y sobre todo no combatir las altas verdades sin las cuales no puede sostenerse la sociedad, y cuya desaparición dejaría el mundo entregado a la fuerza y por consiguiente a la arbitrariedad y a la tiranía.

Se han atacado los dogmas, pero no se ha reflexionado bastante que con ellos estaba ligada íntimamente la moral, y que esa moral misma es un dogma. Con la proclamación de una libertad de pensar ilimitada, se ha concedido al entendimiento la impecabilidad: el error ha dejado de figurar entre las faltas de que puede el hombre hacerse culpable.

 Se ha olvidado que para querer es necesario conocer, y que para querer bien, es indispensable conocer bien. Si se examinan la mayor parte de los extravíos de nuestro corazón, se encontrará que tienen su origen en un concepto errado; ¿cómo es posible, pues, que no sea para el hombre un deber el preservar su entendimiento de error?

Pero desde que se ha dicho que las opiniones importaban poco, que el hombre era libre en escoger las que quisiese sin ningún género de trabas, aun cuando perteneciesen a la religión y a la moral, la verdad ha perdido de su estimación y no disfruta a los ojos del hombre aquella alta importancia que antes tenía por sí misma, por su valor intrínseco; y muchos son los que no se creen obligados a ningún esfuerzo para alcanzarla. Lamentable situación de los espíritus, y que encierra uno de los más terribles males que afligen a la sociedad  VER NOTA 24

 

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CAPÍTULO XXXVI

La Inquisición. Instituciones y legislaciones de intolerancia. Causas del rigor desplegado en los primeros siglos de la Inquisición. Tres épocas de la Inquisición de España: contra los judíos y moros, contra los protestantes y contra los incrédulos. Judíos, causas del odio con que eran mirados. Rigores de la Inquisición, sus causas. Conducta de los papas en este ne­gocio. Lenidad de la Inquisición de Roma. Principios intolerantes de Lutero con respecto a los judíos. ¡Moros y moriscos!

HÁLLOME naturalmente conducido a decir cuatro palabras sobre la intolerancia de algunos príncipes católicos, sobre la Inquisición, y particularmente la de España; a examinar brevemente qué es lo que puede echarse en cara el Catolicismo por la conducta que ha seguido en los últimos siglos. Los calabozos y las hogueras de la Inquisición, y la intolerancia de algunos príncipes católicos, ha sido uno de los argumentos de que más se han servido los enemigos de la Iglesia para desacreditarla, y hacerla objeto de animadversión y de odio. Y me­nester es confesar que en esta especie de ataque, tenían de su parte muchas ventajas que les daban gran probabilidad de triunfo. En efecto, y como ya llevo indicado más arriba, para el común de los lectores que no cuidan de examinar a fondo las cosas, que se dejan llevar candorosamente adonde quiere el sagaz autor, que abrigan un corazón sensible y, dispuesto a interesarse por el infortunio, ¿qué me­dio más a propósito para excitar la indignación, que presentar a su vista negros calabozos, caballetes, san benitos y hogueras?

En medio de nuestra tolerancia, de nuestra suavidad de, costumbres, de la be­nignidad de los códigos criminales, ¿qué efecto no debe producir el resucitar de golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo agrupado, presentando en un solo cuadro las desagra­dables escenas que anduvieron ocurriendo en diferentes lugares, y en el espacio de largo tiempo?

 Entonces teniendo el arte de recordar que, todo esto se hada en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece más vivo el contraste, la imaginación se exalta, el corazón se indigna; y resulta que el clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos, son considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar y desolar a la humanidad. Los es­critores que así han procedido no se han acreditado por cierto de muy concienzudos; porque es regla que no deben perder nunca de vista ni el orador ni el escritor, que no es legítimo el movimiento que; excitan en el ánimo, si antes no le convencen o no le suponen convencido; y además es una especie de mala fe el tratar únicamente con: argumentos de sentimiento, materias que por su misma naturaleza; sólo pueden examinarse cual conviene, mirándolas a la luz de la fría, razón. En tales casos no debe empezarse moviendo sino convenciendo: lo contrario es engañar al lector.  

No es mi ánimo hacer aquí la historia de la Inquisición, ni del sistema que en diferentes países se ira seguido en punto de intolerancia en materias religiosas; esto me fuera imposible atendidos los estrechos límites a que me hallo circunscrito; y sería, además, inconducente I para el objeto de esta obra. De la Inquisición en general, de la del, España en particular, y de la legislación mas o menos intolerante que; ha regido en varios países, ¿puede resultar un cargo contra el Catolicismo? Bajo este respecto, ¿puede sufrir un parangón con el Protes­tantismo? Éstas son las cuestiones que yo debo examinar.

Tres cosas se presentan desde luego a la consideración del obser­vador: la legislación e instituciones de intolerancia; el uso que de ella ­se ha hecho; y, finalmente, los actos de intolerancia que se han cometido fuera del orden de dichas leves e instituciones. Por lo que a este último corresponde, diré, en primer lugar, que nada tiene que ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolomé, y las demás atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religión, en nada deben embarazar a los apologistas de la misma; porque la religión no puede hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si no se quiere proceder con la más evidente injusticia.

 El hombre tiene un sentimiento tan fuerte y tan vivo de la excelencia de la virtud, que aun los mayores crímenes procura disfrazarlos con su manto; ¿y sería razonable el desterrar por esto la virtud de la tierra?

1 Hay en la historia de la humanidad épocas terribles en que se apo­dera de las cabezas un vértigo funesto; el furor encendido por la discordia ciega los entendimientos  desnaturaliza los corazones; llamase bien al mal y mal al bien; los más horrendos atentados se cometen invocando nombres augustos. En encontrándose en semejantes épocas, el historiador y el filósofo tienen señalada bien claramente; la conducta que han de seguir: veracidad rigurosa en la narración de los hechos, pero guardarse de juzgar por ellos, ni las ideas ni las ins­tituciones dominantes. Están entonces las sociedades como un hombre en un acceso de delirio; y mal se juzgaría, ni de las ideas, ni de la índole, ni de la conducta del delirante por lo que dice y hace mien­tras se halla en ese lamentable estado.

En tiempos tan calamitosos ¿qué bando puede gloriarse de no haber cometido grandes crímenes? Ateniéndonos a la misma época que aca­bamos de nombrar, ¿no vemos los caudillos de ambos partidos, asesi­nados de una manera alevosa? El almirante Coligny muere a manos de los asesinos que comienzan el degüello de los hugonotes, pero el duque de Guisa había sido también asesinado por Poltrot delante de Orleáns; Enrique III muere asesinado por Jacobo Element, pero éste es el mismo Enrique que había hecho asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los corredores de palacio, y al cardenal hermano del duque en la torre de 1Ioulins; y que además había tenido parte también en el degüello de San Bartolomé. Entre los católicos se co­metieron atrocidades, pero ¿no las cometieron también sus adversa­rios? Tiéndase pues, un velo sobre esas catástrofes, sobre esos aflictivos monumentos de la miseria y perversidad del corazón del hombre.

El tribunal de la Inquisición considerado en sí, no es más que la aplicación a un caso particular de la doctrina de intolerancia, que con más o menos extensión, es la doctrina de todos los poderes existentes. Así es que sólo nos resta examinar el carácter de esa aplicación, y ver si con justicia se le pueden hacer los cargos que le han hecho sus enemigos. En primer lugar es necesario advertir que los encomiado­res de todo lo antiguo falsean lastimosamente la historia si pretenden que esa intolerancia sólo se vio en los tiempos en que, según ellos, la Iglesia había degenerado de su pureza. Yo lo que veo es que, desde los siglos en que empezó la Iglesia a tener influencia pública, comienza la herejía a figurar en los códigos como delito; y hasta ahora no he podido encontrar una época de completa tolerancia.

Hay, también que hacer otra observación importante que indica una de las causas del rigor desplegado en los siglos posteriores. Cabal­mente la Inquisición tuvo que empezar sus procedimientos contra herejes maniqueos; es decir, contra los sectarios que en todos tiempos habían sido tratados con más dureza.

En el siglo XI, cuando no se aplicaba todavía a los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla general los maniqueos; y, hasta en tiempo de los emperadores gentiles eran tratados esos sectarios con mucho rigor; pues que Dio­cleciano y Maximiano publicaron en el año 296 un edicto que conde­naba a diferentes penas a los maniqueos que no abjurasen sus dogmas, y a los jefes de la secta a la pena de fuego. Esos sectarios han sido mirados siempre como grandes criminales; su castigo se ha considerado necesario, no sólo por lo que toca a la religión, sino también por lo relativo a las costumbres, y al buen orden de la sociedad. Ésta fue una de las causas del rigor que se introdujo en esta materia; y añadiéndose el carácter turbulento que presentaron las sectas que bajo varios nombres aparecieron en los siglos XI , XII y XIII, se atinará en otro de los motivos que produjeron escenas que a nosotros nos parecen inconcebibles.

Estudiando la historia de aquellos siglos, y fijando la atención sobre las turbulencias y desastres que asolaron el mediodía de Francia, se ve con toda claridad que no sólo se disputaba sobre este o aquel punto de dogma, sino que todo el orden social existente se hallaba en peligro.    

Los sectarios de aquellos tiempos eran los precursores de los del siglo XVI; mediando empero la diferencia de que estos últimos eran en ge­neral menos democráticos, menos aficionados a dirigirse a las masas, si se exceptúan los frenéticos anabaptistas. En la dureza de costum­bres de aquellos tiempos, cuando a causa de largos siglos de trastornos y violencias, la fuerza había llegado a obtener una preponderancia excesiva, ¿qué podía esperarse de los poderes que se veían amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su aplicación habían de resentirse del espíritu de la época.

En cuanto a la Inquisición de España, la cual no fue más que una extensión de la misma que se había establecido en otras partes, es necesario dividir su duración en tres grandes épocas, aun dejando aparte el tiempo de su existencia en el reino de Aragón, anteriormen­te a su importancia en Castilla.

La primera comprende el tiempo en que se dirigió principalmente contra los judaizantes y los moros, desde su instalación en tiempos de los Reyes Católicos hasta muy entrado el reinado de Carlos V;

la segunda abraza desde que comenzó a dirigir todos sus esfuerzos para impedir la introducción del Protes­tantismo en España, hasta que cesó este peligro, la que contiene desde mediados del reinado de Carlos V, hasta el advenimiento de los Bor­bones; y finalmente la última encierra la temporada en que se, ciñó a reprimir vicios nefandos, y a cerrar el paso a la filosofía de Voltaire, hasta su desaparición en el primer tercio del presente siglo. Claro es que siendo en dichas épocas una misma la institución, pero que se andaba modificando según las circunstancias, no pueden deslindarse a punto fijo, ni el principio de la una ni el fin de la otra. Pero no deja por esto de ser verdad que tres épocas existen en la historia de la Inquisición, y que presentan caracteres muy diferentes.

Nadie ignora las circunstancias particulares en que fue establecida la Inquisición en tiempo de los Reyes Católicos; pero bueno será hacer notar que quien solicitó del Papa la bula para el establecimiento de la Inquisición, fue la reina Isabel, es decir, uno de los monarcas que rayan más alto en nuestra historia, y que todavía conserva, después de tres siglos, el respeto y la veneración de todos los españoles.

Tan lejos anduvo la reina de ponerse con esta medida en contradicción con la voluntad del pueblo, que antes bien no haya más que realizar uno de sus deseos. La Inquisición se establecía principalmente contra los judíos; la bula del Papa había sido expedida en 1478; y antes que la Inquisición publicase su primer edicto en Sevilla en 1481, las Cortes de Toledo en 1480, cargaban reciamente la mano en el negocio, dis­poniendo que para impedir el daño que el comercio de judíos con cristianos podía acarrear a la fe católica, estuviesen obligados los no bautizados a llevar un signo distintivo, a vivir en barrios separados, que tenían el nombre de juderías, y a retirarse antes de la noche.

 Se renovaban los antiguos reglamentos contra los judíos, y se les prohibía ejercer las profesiones de médico, cirujano, mercader, barbero y tabernero. Por ahí se ve que a la sazón, la intolerancia era popular; y que si queda justificada a los ojos de los monárquicos por haber sido conforme a la voluntad de los reyes, no debiera quedarlo menos delante de los amigos de la soberanía del pueblo.

Sin duda que el corazón se contrista al leer el destemplado rigor con que a la sazón se perseguía a los judíos; pero menester es confesar que debieron de mediar algunas causas gravísimas para provocarlo. Se ha señalado como la principal, el peligro de la monarquía española, aun no bien afianzado, si dejaba que obrasen con libertad los judíos, a la sazón muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias judías influyentes. La alianza de éstos con los moros y contra los cristianos era muy de temer, pues que estaba fundada en la respec­tiva posición de los tres pueblos; y así es que se consideró necesario quebrantar un poder que podía comprometer de nuevo la indepen­dencia de los cristianos.

También es necesario advertir que al establecerse la Inquisición, no estaba finalizada todavía la guerra de ocho siglos contra los moros. La Inquisición se proyecta antes de 1478, y no se plantea hasta 1480; y la conquista de Granada no se verifica hasta 1492. En el momento pues de establecerse la Inquisición, estaba la obstinada lucha en su tiempo crítico, decisivo; faltaba saber todavía si los cristianos habían de quedar dueños de toda la Península, o si los moros conservarían la posesión de una de las provincias más her­mosas y más feraces; si continuarían establecidos allí, en una situación excelente para sus comunicaciones con África y sirviendo de núcleo y de punto de apoyo para todas las tentativas que en adelante pudiese ensayar contra nuestra independencia el poder de la media Luna. Poder que a la sazón estaba todavía tan pujante como lo dieron a entender en los tiempos siguientes sus atrevidas empresas sobre el resto de Europa.

En crisis semejantes, después de siglos de combates, en los momentos que han de decidir de la victoria para siempre, ¿cuándo se ha visto que los contendientes se porten con moderación y dulzura?

No puede negarse que en el sistema represivo que se siguió contra los judíos y los moros pudo influir mucho el propio instinto de la conser­vación; y que quizás los Reyes Católicos tendrían presente este motivo cuando se decidieron pedir para sus dominios el estableci­miento de la Inquisición. El peligro no era imaginario, sino muy positivo; y para formarse idea del estado a que hubieran podido llegar las cosas, si no se hubiesen adoptado algunas precauciones, basta re­cordar lo mucho que dieron que entender en los tiempos sucesivos las insurrecciones de los restos de los moros.

Sin embargo, conviene no atribuirlo todo a la política de los reyes, y guardarse del prurito de realzar la previsión y los planes de los hombres, más de lo que corresponde. Por mi parte, me inclino a creer que Fernando e Isabel siguieron naturalmente el impulso de la gene­ralidad de la nación, la cual miraba con odio a los judíos que per­manecían en su secta, y con suspicaz desconfianza a los que habían abrazado la religión cristiana. Esto traía su origen de dos causas: la exaltación de los sentimientos religiosos, general a la sazón en toda Europa y muy particularmente en España, y la conducta de los mis­mos judíos que habían atraído sobre sí la indignación pública.

Databa de muy antiguo en España la necesidad de enfrenar la co­dicia de los judíos para que no resultase en opresión de los cristianos: las antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que poner en esto la mano repetidas veces. En los siglos siguientes llegó el mal a su colmo; gran parte de las riquezas de la Península habían pasado a manos de los judíos; y casi todos los cristianos habían llegado a ser sus deudores. 

De aquí resultó el odio del pueblo contra ellos; de aquí los tumultos frecuentes en muchas poblaciones de la Península, tumultos que fue­ron más de una vez funestos a los judíos, pues que se derramó su  sangre en abundancia. Difícil era, en efecto, que un pueblo acostum­brado por espacio de largos siglos a librar su fortuna en la suerte de las armas, se resignase tranquilo y pacífico a la suerte que le iban deparando las artes y las exacciones de una raza extranjera, que lleva­ba además en su propio nombre el recuerdo de una maldición terrible.

En los tiempos siguientes se convirtió a la religión cristiana un in­menso número de judíos; pero ni por esto se disipó la desconfianza, ni se extinguió el odio del pueblo. Y a la verdad es muy probable que muchas de esas conversiones no serían demasiado sinceras, dado que eran en parte motivadas por la triste situación en que se encontraban permaneciendo en el judaísmo. Cuando la razón no nos llevara a con­jeturarlo así, bastante fuera para indicárnoslo el crecido número de judaizantes que se encontraron luego que se investigó con cuidado cuáles eran los reos de ese delito.

 Como quiera, lo cierto es que se introdujo la distinción de cristianos nuevos y cristianos viejos, siendo esta última denominación un título de honor, s, la primera una tacha de ignominia; y que los judíos convertidos eran llamados por despre­cio  marranos.

Con más o menos fundamento se los acusaba también de crímenes horrendos. Decíase que en sus tenebrosos conciliábulos perpetraban atrocidades que debe uno creer difícilmente, siquiera para honor de la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religión y en venganza de los cristianos, crucificaban niños de éstos, escogiendo para el sacrificio los días señalados de las festividades cristianas. Sabida es la historia que se contaba del caballero de la familia de Guz­mán, que enamorado de una doncella judía, estuvo una noche oculto en la familia de ésta, y vio con sus ojos cómo los judíos cometían el crimen de crucificar un niño cristiano, en el mismo tiempo en que los cristianos celebraban la institución del sacramento de la Eucaristía.

A más de los infanticidios se les imputaban sacrilegios, envenena­mientos, conspiraciones y otros crímenes; y que estos rumores anda­ban muy acreditados lo prueban las leyes que les prohibían las profe­siones de médico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce la desconfianza que se tenía de su moralidad.

No es menester detenerse en examinar el mayor o menor funda­mento que tenían semejantes acusaciones; ya sabemos a cuánto llega la credulidad pública, sobre todo cuando está dominada por un senti­miento exaltado que le hace ver todas las cosas de un mismo color; bástanos que estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir a cuán alto punto se elevaría la indignación contra los judíos, y por consiguiente cuán natural era que el poder, siguiendo el impulso del espíritu público, se inclinase a tratarlos con mucho rigor.

Que los judíos procurarían concertarse para hacer frente a los cris­tianos, ya se deja entender por la misma situación en que se encontra­ban, y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de Arbués, indica lo que practicarían en otras ocasiones. Los fondos necesarios para la perpetración del asesinato, pago de los asesinos y demás gastos que consigo llevaban la trama, se reunieron por medio de una contri­bución voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza judía. Esto indica una organización muy avanzada, y que en efecto podía ser fatal si no se la hubiese vigilado.

A propósito de la muerte de San Pedro de Arbués, haré una obser­vación sobre lo que se ha dicho para probar la impopularidad del establecimiento de la Inquisición en España, fundándose en este trágico acontecimiento. ¿Qué señal más evidente de esta verdad, se nos dirá, que la muerte dada al inquisidor? ¿No es un claro indicio de que la indignación del pueblo había llegado a su colino, y de que no quería en ninguna manera la Inquisición, cuando para deshacerse de ella se arrojaba a tamaños excesos? No negaré, que si por pueblo entendemos los judíos y sus descendientes, llevaban muy a mal el establecimiento de la Inquisición; pero no era así con respecto a lo restante del pueblo. Cabalmente, el mismo asesinato de que hablamos dió lugar a un suceso que prueba todo lo contrario de lo que pretenden los adversarios. Difundida por la ciudad la muerte del inquisidor, se levantó el pueblo con tumulto espantoso para vengar el asesinato.

Los sublevados se habían esparcido por la ciudad, distribuidos en grupos andaban persi­guiendo a los cristianos nuevos; de suerte que hubiera ocurrido una catástrofe sangrienta, si el joven arzobispo de Zaragoza, Alfonso de Aragón, no se hubiese resuelto a montar a caballo, y presentarse al pueblo para calmarle, con la promesa de que caería sobre los culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que la Inquisición fuese tan impopular como se ha querido suponer, ni que los enemigos de ella tuviesen la mayoría numérica; mucho más si se considera, que ese tumulto popular no pudo prevenirse, a pesar de las precauciones que para el efecto debieron de emplear los conjurados, a la sazón muy poderosos por sus riquezas e influencia.

Durante la temporada del mayor rigor desplegado contra los judai­zantes, observase un hecho digno de llamar la atención. Los encausa­dos por la Inquisición o que temen serlo, procuran de todas maneras sustraerse a la acción de este tribunal, huyen de España, y se van a Roma. Quizás no pensarían que así sucediese los que se imaginan que Roma ha sido siempre el foco de la intolerancia y el incentivo de la persecución: y, sin embargo, nada hay, más cierto. Son innumerables las causas formadas en la Inquisición, que de España se avocaron a Roma en el primer siglo de la existencia de este tribunal; siendo de notar, además, que Roma se inclinaba siempre al partido de la indul­gencia.

No sé que pueda citarse un solo reo de aquella época que habiendo acudido a Roma, no mejorase su situación. En la historia de la Inquisición de aquel tiempo ocupan una buena parte las contesta­ciones de los reyes con los papas, donde se descubre siempre por parte de éstos, el deseo de limitar la Inquisición a los términos de la justicia y de la humanidad. No siempre se siguió cual convenía la línea de conducta prescrita por los Sumos Pontífices. Así vemos que éstos se vieron obligados a recibir un sinnúmero de apelaciones, y a endulzar la suerte que hubiera cabido a los reos si su causa se hubiese fallado definitivamente en España.

Vemos también que solicitado el Papa por los Reyes Católicos, que deseaban que las causas se fallasen definitivamente en España, se nombra un juez de apelación, siendo el primero D. Iñigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran sin em­bargo aquellos tiempos, y tan urgente la necesidad de impedir que la exaltación de ánimo no llevase a cometer injusticias, o no se arrojase a medidas de una severidad destemplada, que el mismo Papa, y al cabo de muy poco tiempo, dada en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483, que había continuado recibiendo las apelaciones de muchos es­pañoles de Sevilla que no habían osado presentarse al juez de apelación por temor de ser presos.

Añadía el Papa que unos habían recibido ya la absolución de la Penitenciaría apostólica, y otros se disponían a recibirla; continuaba quejándose de que en Sevilla no se hiciese el de­bido caso de las gracias recientemente concedidas a varios reos, y por fin, después de varias prevenciones, hada notar a los reyes Fernando e Isabel que la misericordia para con los culpables era más agradable a Dios que el rigor de que se quería usar, como lo prueba el ejemplo del buen Pastor corriendo tras la oveja descarriada; y concluía exhor­tando a los reyes a que tratasen benignamente a aquellos que hiciesen confesiones voluntarias, permitiéndoles residir en Sevilla o donde qui­siesen, dejándoles el goce de todos sus bienes como si jamás hubiesen cometido el crimen de herejía.

Y no se crea que en las apelaciones admitidas en Roma, y en que se suavizaba la suerte de los encausados, se descubriesen siempre vicios en la formación de la causa en primera instancia, e injusticias en la aplicación de la pena; los reos no siempre acudían a Roma para pedir reparación de una injusticia, sino porque estaban seguros de que allí encontrarían indulgencia. Buena prueba tenemos de esto en el número considerable de los refugiados españoles, a quienes se les probó que habían recaído en el judaísmo. Nada menos que 258 resultaron de una sola vez convictos de reincidencia; pero no se hizo una sola ejecución capital; se les impusieron algunas penitencias, y cuando fueron absuel­tos pudieron volverse a sus casas sin ninguna nota de ignominia. Este hecho ocurrió en Roma en el año 1498.

Es cosa verdaderamente singular lo que se ha visto en la Inquisición de Roma, de que no haya llegado jamás a la ejecución de una pena capital, a pesar de que durante este tiempo han ocupado la Silla Apos­tólica papas muy rígidos, y muy severos en todo lo tocante a la administración civil. En todos los puntos de Europa se encuentran levan­tados cadalsos por asuntos de religión, en todas partes se presencian escenas que angustian el alma; y Roma es una excepción de esa regla general: Roma, que se nos ha querido pintar como un monstruo de intolerancia y de crueldad. Verdad es que los papas no han predicado como los propietarios y los filósofos la tolerancia universal, pero los hechos están diciendo lo que va de unos a otros; los papas, con un tribunal de intolerancia, no derramaron una gota de sangre, y los pro­testantes y los filósofos la hicieron verter a torrentes. ¿Qué les im­porta a las víctimas el oír que sus verdugos proclaman la tolerancia? Esto es acibarrar la pena con el sarcasmo.

La conducta de Roma en el uso que ha hecho del tribunal de la Inquisición, es la mejor apología del Catolicismo contra los que se empeñan en tildarle de bárbaro y sanguinario. Y a la verdad, ¿qué tiene que ver el Catolicismo con la severidad destemplada que pudo desplegarse en este o aquel lugar, a impulsos de la situación extraordi­naria das razas rivales, los peligros que amenazaban a una de ellas, o del interés que pudieron tener los reyes en consolidar la tranquilidad de sus estados y poner fuera de riesgo sus conquistas?

No entraré en el examen detallado de la Inquisición de España con respecto a los judaizantes; y estoy muy lejos de pensar que su rigor contra ellos sea preferible a la benignidad empleada y recomendada por los papas; lo que deseo consignar aquí es que aquel rigor fue un resultado de cir­cunstancias extraordinarias, del espíritu de los pueblos, de la dureza de costumbres todavía muy general en Europa en aquella época, Y que nada puede echarse en cara al Catolicismo por los excesos que pudie­ron cometerse.

Aun hay más: atendido el espíritu que domina en todas las providencias de los papas relativas a la Inquisición, y la inclinación manifiesta a ponerse siempre del lado que podía templar el rigor, y a borrar las marcas de ignominia de los reos y de sus familias, puede conjeturarse que si no hubiesen temido los papas indisponerse dema­siado con los reyes, y provocar escisiones que hubieran podido ser funestas, habrían llevado mucho más allá sus medidas. Para conven­cerse de esto recuérdense las negociaciones sobre el ruidoso asunto de las reclamaciones de las Cortes de Aragón, y véase a qué lado se inclinaba la corte de Roma.

Dado que estamos hablando de la intolerancia contra judaizantes, bueno será recordar la disposición de ánimo de Lutero con respecto a los judíos. Bien parece que el pretendido reformador, el fundador de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra la opresión y tiranía de los papas, debía de estar animado de los sentimientos más benignos hacia los judíos; y así deben de pensarlo sin duda los encomiadores del corifeo del Protestantismo.

Desgraciadamente para ellos, la historia no lo atestigua así; y según todas las apariencias, si el fraile apóstata se hubiese encontrado en la posición d, Torquemada, no hubieran salido mejor parados los judaizantes. H, aquí cuál era el sistema aconsejado por Lutero, según refiere su mismo apologista Seckendorff. "Hubiera debido arrasar sus sinagogas, destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y hasta lo libros del viejo "Testamento, prohibir a los rabinos que enseñasen, obligarlos a ganarse la vida por medio de trabajos penosos". Al menos la Inquisición de España procedía no contra los judíos sino contra los judaizantes; es decir, contra aquellos que habiéndose convertido a Cristianismo reincidían en sus errores, y unían a su apostasía el sacrilegio, profesando exteriormente una creencia que detestaban en secreto, y que profanaban además con el ejercicio de su religión antigua Pero Lutero extendía su rigor a los mismos judíos; de suerte que según sus doctrinas nada ¡)odia echarse en cara a los reyes de España cuando los expulsaron de sus dominios.

Los moros y moriscos ocuparon también mucho por aquellos tiempos la Inquisición de Espina; a ellos puede aplicarse con pocas modi­ficaciones cuanto se ha dicho sobre los judíos. También era una raza aborrecida, fina raza con la que se había combatido por espacio de ocho siglos, que permaneciendo en su religión excitaba el odio, abjurándola, no inspiraba confianza. También se interesaron por ello los papas de un modo muy particular, siendo notable a este propósito una bula expedida en 1530, donde se habla en su favor un lenguaje evangélico, diciéndose en ella que la ignorancia de aquellos desgracia­dos era una de las principales causas de sus faltas y errores, y que para hacer sus conversiones sinceras y sólidas, debía primeramente procu­rarse ilustrar su entendimiento con la luz de la sana doctrina.

Se dirá que el Papa otorgó a Carlos y la bula en que le relajaba del juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de 1519, de no alterar nada en punto a los moros, y que así pudo el Emperador llevar a cabo la medida de expulsión; pero conviene también advertir que el Papa se resistió largo tiempo a esta concesión, y que si condescendió con la voluntad del monarca fue porque éste juzgaba que la expulsión era indispensable para asegurar la tranquilidad de sus reinos.

Si esto era así en la realidad o no, el Emperador era quien debía saberlo, no el Papa, colocado a mucha distancia y sin conocimiento detallado de la verdadera situación de las cosas. Por lo demás, no era sólo el monarca español quien opinaba así: cuéntase que estando prisionero en Madrid Francisco I, rey de Francia, dijo un día a Carlos y que la tranquilidad no se solidaría nunca en España hasta que se expeliesen los moros y moriscos.

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CAPITULO XXXVII

Nueva Inquisición atribuida a Felipe 11. El P. Lacordaire. Parcialidad contra Felipe II. Una observación sobre la obra titulada La Inquisición sin máscara. Rápida ojeada sobre aquella época. Causa de Carranza; observaciones sobre la misma y sobre las cualidades personales del ilustre reo. Origen de la parcialidad contra Felipe 11. Reflexiones sobre la política de este monarca. Curiosa anécdota de un predicador obligado a retractarse. Reflexiones sobre la influencia del espíritu del siglo.

SE HA DICHO que Felipe II fundó en España una nueva Inquisición, más terrible que la del tiempo de los Reyes Católicos, y aun se ha dispen­sado a la de éstos cierta indulgencia que no se ha' concedido a la de aquél. Por de pronto resalta aquí una inexactitud histórica muy gran­de, porque Felipe 11 no fundó una nueva Inquisición; sostuvo la que le habían legado los Reyes Católicos, y recomendado muy, particular­mente en testamento su padre y predecesor Carlos V.

La comisión de las Cortes de Cádiz en el proyecto de abolición de dicho tribunal, al paso que excusa la conducta de los Reyes Católicos, vitupera severa­mente la de Felipe II, y procura que recaigan sobre este príncipe toda la odiosidad y toda la culpa. Un ilustre escritor francés que ha tra­tado poco ha esta cuestión importante, se ha dejado llevar de las mismas ideas, con aquel candor que es no pocas veces el patrimonio del genio. "Hubo en la Inquisición de Espada, dice el ilustre Lacor­daire, dos momentos solemnes que es preciso no confundir: uno al fin del siglo xv bajo Fernando e Isabel, antes que los moros fuesen echa­dos de Granada, su último asilo; otro, a mediados del siglo xvi, bajo Felipe II, cuando el Protestantismo amenazaba introducirse en España.

La comisión de las Cortes distinguió perfectamente estas dos épocas, marcando de ignominia la Inquisición de Felipe 11, y expresándose con mucha moderación con respecto a la de Isabel y de Fernando". Cita en seguida un texto donde se afirma que Felipe II fue el verdadero fundador de la Inquisición, y que si ésta se elevó en seguida a tan alto poder, todo fue debido a la refinada política de aquel príncipe, aña­diendo un poco más abajo el citado escritor que Felipe II fue el inventor de los autos de fe para aterrorizar la herejía, y que el primero se celebró en Sevilla en 1559. (Memoria para el restablecimiento en Francia del orden de los Frailes Predicadores por el abate Lacordaire. Cap. 6.)

Dejemos aparte la inexactitud histórica sobre la invención de los autos de fe, pues es bien sabido que ni los sambenitos ni las hogueras fueron invención de Felipe II. Estas inexactitudes se le escapan fácil­mente a todo escritor, mayormente cuando no recuerda un hecho sino por incidencia; y así es que ni siquiera debemos detenernos en eso; pero enciérrase en dichas palabras una acusación a un monarca, a quien ya de muy antiguo no se le hace la justicia que merece. Felipe II continuó la obra empezada por sus antecesores; y si a éstos no se los culpa, tampoco se le debe culpar a él. Fernando e Isabel emplearon la Inquisición contra los judíos apóstatas; ¿por qué no pudo emplearla Felipe II contra los protestantes? Se dirá empero que abusó de su de­recho y que llevó su rigor hasta el exceso; finas a buen seguro que no se anduvo muy abundante de indulgencia en tiempo de Fernando e Isabel. ¿Se han olvidado acaso las numerosas ejecuciones de Sevilla y otros puntos? ¿Se ha olvidado lo que dice en su historia el padre Mariana? ¿Se han olvidado las medidas que tornaron los papas para poner coto a este rigor excesivo?

Las palabras citadas contra Felipe son sacadas de la obra La Inqui­sición sin máscara, que se publicó en España en 1811; pero se calculará fácilmente el peso de autoridad semejante, en sabiéndose que su autor se ha distinguido hasta su muerte por un odio profundo contra los reyes de España. La portada de la obra llevaba el nombre de Nata­nael Jonntob, pero el verdadero autor es un español bien conocido, que en los escritos publicados al fin de su vida no parece sino que se propuso vindicar con su desmedida exageración y sus furibundas in­vectivas, todo lo que anteriormente había atacado: tan insoportable es su lenguaje contra todo cuanto se le ofrece al paso. Religión, reyes, patria, clases, individuos, aun los de su mismo partido y opiniones, todo lo insulta, todo lo desgarra, como atacado de un acceso de rabia.

No es extraño, pues, que mirase a Felipe II como han acostumbrado a mirarle los protestantes y los filósofos; es decir, como un príncipe arrojado sobre la tierra para oprobio y tormento de la humanidad, como un monstruo de maquiavelismo que escarda las tinieblas para cebarse a mansalva en la crueldad y tiranía.

No seré yo quien me encargue de justificar en todas sus partes la política de Felipe II, ni negaré que haya alguna exageración en los elogios que le han tributado algunos escritores españoles; pero tampoco puede ponerse en duda que los protestantes, y los enemigos políticos de este monarca, han tenido un constante empeño en des­acreditarle. Y ¿sabéis por qué los protestantes le han profesado a Fe­lipe II tan mala voluntad? Porque él fue quien impidió que no pe­netrara en Espacia el Protestantismo, él fue quien sostuvo la causa de la Iglesia católica en aquel agitado siglo.

Dejemos aparte los aconte­cimientos trascendentales al resto de Europa, de los cuales cada uno juzgará como mejor le agradare; pero ciñéndonos a España puede asegurarse que la introducción del Protestantismo era inminente, inevi­table, sin el sistema seguido por aquel monarca. Si en este o aquel caso hizo servir la Inquisición a su política, éste es otro punto que no nos. toca examinar aquí; pero reconózcase al menos que la Inquisición no era un mero instrumento de miras ambiciosas, sino una institución sostenida en vista de un peligro inminente.

De los procesos formados por la Inquisición en aquella época, re­sulta con toda evidencia que el Protestantismo andaba cundiendo en España de una manera increíble. Eclesiásticos distinguidos, religiosos, monjas, seglares de categoría; en una palabra, individuos de las clases más influyentes, se hallaron contagiados de los nuevos errores: bien se echa de ver que no eran infructuosos los esfuerzos de los protestan­tes para introducir en España sus doctrinas, cuando procuraban de todos modos llevarnos los libros que las contenían, hasta valiéndose de la singular estratagema de encerrarlos en botas de vino de Champaña y Borgoña, con tal arte, que los aduaneros no podían alcanzar a des­cubrir el fraude, como escribía a la sazón el embajador de España en París.

Una atenta observación del estado de los espíritus en España en aquella época, haría conjeturar el peligro, aun cuando hechos incon­testables no hubieran venido a manifestarle. Los protestantes tuvieron gran cuidado de declamar contra los abusos, presentándose como re­formadores, y trabajando por atraer a su partido a cuantos estaban animados de un vivo deseo de reforma.

Este deseo existía, en la Igle­sia, de mucho antes; y si bien es verdad que en unos el espíritu de reforma era inspirado por malas intenciones, o en otros términos, dis­frazaban con este nombre su verdadero proyecto, que era de destruc­ción, también es cierto que en muchos católicos sinceros había un deseo tan vivo de ella, que llegaba a celo imprudente y rallaba en ardor destemplado. Es probable que este mismo celo llevado hasta la exal­tación se convertiría en algunos en acrimonia; y que así prestarían más fácilmente oídos a las insidiosas sugestiones de los enemigos de la Iglesia.

Quizás no fueron pocos los que empezaron por un celo indiscreto, cayeron en la exageración, pasaron en seguida a la animosidad, y al fin se precipitaron en la herejía.

 No faltaba en España esta dis­posición de espíritu, que desenvuelta con el curso de los aconteci­mientos hubiera dado frutos amargos, por poco que el Protestantismo hubiese podido tomar pie. Sabido es que en el concilio de Trento se distinguieron los españoles por su celo reformador y por la firmeza en expresar sus opiniones: y es necesario advertir que una vez intro­ducida en un país la discordia religiosa, los ánimos se exaltan con las disputas, se irritan con el choque continuo, y a veces hombres respe­tables llegan a precipitarse en excesos, de que poco antes ellos mismos se habrían horrorizado. Difícil es decir a punto fijo lo que hubiera sucedido por poco que en este punto se hubiese aflojado; lo cierto es que cuando uno lee ciertos pasajes de Luís Vives, de Arias Montano, de Carranza, de la consulta de Melchor Cano, parece que está sin­tiendo en aquellos espíritus cierta inquietud y agitación, como aque­llos sordos mugidos que anuncian en lontananza el comienzo de la tempestad.

La famosa causa del arzobispo de Toledo, fray Bartolomé de Ca­rranza, es uno de los hechos que se han citado más a menudo en prueba de la arbitrariedad con que procedía la Inquisición de España. Ciertamente es mucho el interés que excita el ver sumido de repente en estrecha prisión, y continuando en ella largos años, uno de los hom­bres más sabios de Europa, arzobispo de Toledo, honrado con la íntima confianza de Felipe II y de la reina de Inglaterra, ligado en amistad con los Hombres más distinguidos de la época, y conocido en toda la cristiandad por el brillante papel que había representado en el concilio de Trento. Diez y siete años duró la causa, y a pesar de haber sido avocada a Rozna, donde no faltarían al arzobispo protectores poderosos, todavía no pudo recabarse que en el fallo se declarase su inocencia.

Prescindiendo de lo que podía arrojar de sí una causa tan extensa y complicada, y de los mayores o menores motivos que pu­dieron dar las palabras y los escritos' de Carranza para hacer sospechar de su fe, yo tengo por cierto que en su conciencia, delante de Dios, era del todo inocente. Hay de esto una prueba que lo deja fuera de toda duda: hela aquí. Habiendo caído enfermo al cabo de poco de fallada su causa, se conoció luego que su enfermedad era mortal y se le administraron los santos sacramentos. En el acto de recibir el sagrado Viático, en presencia de un numeroso concurso, declaró del modo más solemne que jamás se había apartado de la fe de la Iglesia católica, que de nada le remordía la conciencia de todo cuanto se le había acusado, y confirmó su dicho poniendo por testigo a aquel mismo Dios que tenía en su presencia, a quien iba a recibir bajo las sagradas especies, y a cuyo tremendo tribunal debía en breve com­parecer.

 Acto patético que hizo derramar lágrimas a todos los cir­cunstantes, que disipó de un soplo las sospechas que contra él se habían podido concebir, y aumentó las simpatías excitadas ya du­rante la larga temporada de su angustioso infortunio. El Sumo Pon­tífice no dudó de la sinceridad de la declaración, como lo indica el que se puso sobre su tumba un magnífico epitafio, que por cierto no se hubiera permitido de quedar alguna sospecha de la verdad de sus palabras. Y de seguro que fuera temeridad no dar fe a tan explícita declaración, salida de la boca de un hombre como Carranza, y mori­bundo, y en presencia del mismo Jesucristo.

Pagado este tributo al saber, a las virtudes y al infortunio de Ca­rranza, resta ahora examinar, si por más pura' que estuviese su con­ciencia, puede decirse con razón que su cansa no fue más que una traidora intriga tramada por la enemistad y la envidia. Ya se deja entender que no se trata aquí de examinar el inmenso proceso de aquella causa; pero así como suele pasarse ligeramente sobre ella, echando un borrón sobre Felipe TI y sobre los adversarios de Ca­rranza, séame permitido también hacer algunas observaciones sobre la misma para llevar las cosas a su verdadero punto de vista. En pri­mer lugar salta a los ojos que es bien singular la duración tan extre­mada de una causa destituida de todo fundamento, o al menos que no hubiese tenido en su favor algunas apariencias. Además, si la causa hubiese continuado siempre en España, no fuera tan de extrañar su prolongación; pero no fue así, sino que estuvo pendiente muchos años también en Roma. ¿Tan ciegos eran los jueces o tan malos, que o no viesen la calumnia, o no la desechasen, si esta calumnia era tan clara, tan evidente, como se ha querido suponer?

Se puede responder a esto que las intrigas de Felipe 11, empeñado en perder al arzobispo, impedían que se aclarase la verdad, como lo prueba la morosidad que hubo en remitir a Roma al ilustre preso, a pesar de las reclamaciones del Papa, hasta verse, según dicen, obli­gado Pío y a amenazar con la excomunión a Felipe II, si no se en­viaba a Roma a Carranza. No negaré que Felipe 11 haya tenido empeño en agravar la situación del arzobispo, y deseos de que la causa diera un resultado poco favorable al ilustre reo; sin embargo, para saber si la conducta del rey era criminal o no, falta averiguar si el motivo que le impelía a obrar así, era de resentimiento personal, o si en realidad era la convicción, o la sospecha, de que el arzobispo fuese luterano.

 Antes de su desgracia era Carranza muy favorecido y hon­rado de Felipe; dióle de ello abundantes pruebas con las comisiones que le confió en Inglaterra, y finalmente nombrándole para la pri­mera dignidad eclesiástica de España; y así es que no podemos pre­sumir que tanta benevolencia se cambiase de repente en un odio personal, a no ser que la historia nos suministre algún dato donde fundar esta conjetura. Este dato es el que yo no encuentro en la historia, ni sé que hasta ahora se haya encontrado. Siendo esto así, resulta que si en efecto se declaró Felipe 11 tan contrario del arzo­bispo, fue porque creía o al menos sospechaba fuertemente, que Carranza era hereje. En tal caso pudo ser Felipe II imprudente, te­merario, todo lo que se quiera; pero nunca se podrá decir que per­siguiese por espíritu de venganza, ni por miras personales.

También se ha culpado a otros hombres de aquella época, entre los cuales figura el insigne Melchor Cano. Según parece, el mismo Carranza desconfió de él; y aun llegó a estar muy quejoso por haber sabido que Cano se había atrevido a decir que el arzobispo era tan hereje como Lutero.

 Pero Salazar de Mendoza, refiriendo el hecho en la Vida de Carranza, asegura que sabedor Cano de esto, lo des­mintió abiertamente, afirmando que jamás había salido de su boca expresión semejante. Y a la verdad, el ánimo se inclina fácilmente a dar crédito a la negativa; hombres de un espíritu tan privilegiado como Melchor Cano, llevan en su propia dignidad un preservativo demasiado poderoso contra toda bajeza, para que sea permitido sos­pechar que descendiera al infame papel de calumniador.

Yo no creo que las causas del infortunio de Carranza sea menester buscarlas en rencores ni envidias particulares; sino que se las encuen­tra en las circunstancias críticas de la época, y en el mismo natural de este hombre ilustre. Los gravísimos síntomas que se observaban en España de que el luteranismo estaba haciendo prosélitos, los es­fuerzos de los protestantes para introducir en ella sus libros y emi­sarios, y la experiencia de lo que estaba sucediendo en otros países, y en particular en el fronterizo reino de Francia, tenía tan alarmados los ánimos y los traía tan asustadizos y suspicaces, que el menor indicio de error, sobre todo en personas constituidas en dignidad, o señaladas por su sabiduría, causaba inquietud y sobresalto.

Conocido es el ruidoso negocio de Arias Alontano sobre la Políglota de Am­beres, como también los padecimientos del insigne fray Luís de León y de otros nombres ilustres de aquellos tiempos. Para llevar las  cosas al extremo, mezclábase en esto la situación política de España con respecto al extranjero; pues que teniendo la monarquía española tantos enemigos y rivales, terníase con fundamento que éstos se valdrían de la herejía para introducir en nuestra patria la discordia religiosa, y por consiguiente la guerra civil.

Esto hada naturalmente que Felipe 11 se mostrase desconfiado y suspicaz, y que combinán­dose en su espíritu el odio a la herejía y el deseo de la propia con­servación, se manifestase severo e inexorable con todo lo que pudiese alterar en sus dominios la pureza de la fe católica.

Por otra parte, menester es confesar que el natural de Carranza no era el más a propósito para vivir en tiempos tan críticos sin dar algún grave tropiezo.

 Al leer sus Comentarios sobre el Catecismo, conócese que era hombre de entendimiento muy despejado, de erudición vasta, de ciencia profunda, de un carácter severo, y de un corazón gene­roso y franco. Lo que piensa lo dice con pocos rodeos, sin pararse mucho en el desagrado que en estas o aquellas personas podían ex­citar sus palabras. Donde cree descubrir un abuso lo señala con el dedo y le condena abiertamente, de suerte que no son pocos los puntos de semejanza que tiene con su supuesto antagonista Melchor Cano. En el proceso se le hicieron cargos, no sólo por lo que resul­taba de sus escritos, sino también por algunos sermones y conversa­ciones. No sé hasta qué punto pudiera haberse excedido; pero desde luego no tengo reparo en afirmar, que quien escribía con el tono que él lo hace, debía expresarse de palabra con mucha fuerza, y quizás con demasiada osadía.

Además, es necesario también añadir en obsequio de la verdad, que en sus Comentarios sobre el Catecismo, tratando de la justificación, no se explica con aquella claridad y limpieza que era de desear, y que reclamaban las calamitosas circunstancias de aquella época. Los versados en estas materias saben cuán delicados son ciertos puntos, que cabalmente eran entonces el objeto de los errores de Alemania; y fácilmente se concibe cuánto debían de llamar la atención las pala­bras de un hombre como Carranza, por poca ambigüedad que ofre­ciesen. L o cierto es que en Roma no salió absuelto de los cargos, que se le obligó a abjurar una serie de proposiciones, de las cuales se le consideró sospechoso, y que se le impusieron por ello algunas peni­tencias. Carranza en el lecho de la muerte protestó de su inocencia, pero tuvo el cuidado de declarar, que no por esto tenía por injusta la sentencia del Papa. Esto explica el enigma; pues no siempre la inocencia del corazón anda acompañada de la prudencia en los labios.

Me he detenido un poco en esta causa célebre porque se brinda a consideraciones que hacen sentir el espíritu de aquella época; consi­deraciones que sirven además para restablecer en su puesto la verdad, y para que no se explique todo por la miserable clave de la perversidad de los hombres.

 Desgraciadamente hay una tendencia a explicarlo todo así; y por cierto que no es escaso el fundamento que muchas veces dan los hombres para ello; pero mientras no haya un evidente necesidad de hacerlo, deberíamos abstenernos de acrimina El cuadro de la historia de la humanidad es de suyo demasiado sombrío para que podamos tener gusto en oscurecerle, echándole nueva manchas; y es menester pensar que a veces acusamos de crimen 1 que no fue más que ignorancia. El hombre está inclinado al mal pero no está menos sujeto al error; y el error no siempre es culpable

Yo creo que pueden darse las gracias a los protestantes del rigor y de la suspicacia que desplegó en aquellos tiempos la Inquisición de España. Los protestantes promovieron una revolución religiosa; y es una ley constante que toda revolución, o destruye el poder atacado o le hace más severo y duro. Lo que antes se hubiera juzgado indiferente, se considera como sospechoso y lo que en otras circunstancias sólo se hubiera tenido por una falta, es mirado entonces como un crimen.

Se está con un temor continuo de que la libertad se  convierta en licencia; y como las revoluciones destruyen invocando la reforma, quien se atreva a hablar de ella corre peligro de ser culpado de perturbador. La misma prudencia en la conducta será tildada de precaución hipócrita; un lenguaje franco y sincero calificado de insolencia y de sugestión peligrosa; la reserva lo será de mañosa reticencia; y hasta el mismo silencio será tenido por significativo, por disimulo alarmante. En nuestros tiempos hemos presenciado tantas cosas, que estamos en excelente posición para comprender fácilmente todas las fases de la historia de la humanidad.

Es un hecho indudable la reacción que produjo en España el Protestantismo: sus errores y excesos hicieron que así el poder eclesiástico como el civil concediesen en todo lo tocante a religión mucha menor latitud de la que antes se permitía. La España se preservó de las doctrinas protestantes, cuando todas las probabilidades estabas indicando que al fin se nos llegarían a comunicar de un modo u otro y claro es que este resultado no pudo obtenerse sin esfuerzos extraordinarios. Era aquello una plaza sitiada, con un poderoso enemigo a la vista, donde los jefes andan vigilantes de continuo, en guardia contra los ataques de afuera y en vela contra las traiciones de adentro

En confirmación de estas observaciones aduciré un ejemplo, que servirá por muchos otros; quiero hablar de lo que sucedió con respecto a las Biblias en lengua vulgar, pues que esto nos dará una idea de lo que anduvo sucediendo en lo demás, por el mismo curso natural de las cosas. Cabalmente tengo a la mano un testimonio tan respetable como interesante: el mismo Carranza de quien acabo de hablar. Oigamos lo que dice en el prólogo que precede a sus Comen­tarios sobre el Catecismo Cristiano. "Antes que las herejías de Lutero saliesen del infierno a esta luz del inundo, no sé yo que estuviese vedada la Sagrada Escritura, en lenguas vulgares entre ningunas gen­tes.

En España, había Biblias trasladadas en vulgar por mandato de reyes católicos, en tiempo que se consentían vivir entre cristianos los moros y judíos en sus leyes. Después que los judíos fueron echa­dos de España, hallaron los jueces de la religión que algunos de los que se convirtieron a nuestra santa fe, instruían a sus hijos en el judaísmo, enseñándoles las ceremonias de la ley de Moisés, por aquellas Biblias vulgares; las cuales ellos imprimieron después en Italia en la ciudad de Ferrara. Por esta causa tan justa se vedaron las Biblias vulgares en España; pero siempre se tuvo miramiento a los colegios y monasterios, y a las personas nobles que estaban fuera de sospecha, y se les daba licencia que las tuviesen y leyesen".

Continúa Carranza haciendo en pocas palabras la historia de estas prohibiciones en Ale­mania, Francia y otras partes, y después prosigue: "En España, que estaba y está limpia de la cizaña, por merced y gracia de Nuestro Señor, proveyeron en vedar generalmente todas traslaciones vulgares de la Escritura, por quitar la ocasión a los extranjeros de tratar de sus diferencias con personas simples y sin letras. Y también porque tenían y tienen experiencia de casos particulares y errores que co­menzaban a nacer en España, y hallaban que la raíz era haber leído algunas partes de la Escritura sin entenderlas. Esto que he dicho aquí es historia verdadera de lo que ha pasado. Y por este fundamento se ha prohibido la Biblia en lengua vulgar".

Este curioso pasaje de Carranza nos explica en pocas palabras el curso que anduvieron siguiendo las cosas. Primero no existe nin­guna prohibición, pero el abuso de los judíos la provoca; bien que dejándose, como se ve por el mismo texto, alguna latitud. Vienen en seguida los protestantes, perturban la Europa con sus Biblias, ame­naza el peligro de introducirse los nuevos errores en España, se des­cubre que algunos extraviados lo han sido por mala inteligencia de algún pasaje de la Biblia, lo que obliga a quitar esta arilla a los extran­jeros que intentasen seducir a las personas sencillas y así la prohibi­ción se hace general y rigurosa.

Volviendo a Felipe II, conviene no perder de vista que este mo­narca fue uno de los más firmes defensores de la Iglesia católica, que fue la personificación de la política de los siglos fieles en medio del vértigo que a impulsos del Protestantismo se había apoderado de la política europea.

A él se debió en gran parte que a través de tantos trastornos pudiese la Iglesia contar con la poderosa protección de los príncipes de la tierra.

La época de Felipe II fue crítica y decisiva en Europa; y si bien es verdad que no fue afortunado en Flandes, tam­bién lo es que su poder y su habilidad formaron un contrapeso a la política protestante, a la que no permitió señorearse de Europa como ella hubiera deseado. Aun cuando supiéramos que entonces no se hizo más que ganar tiempo, quebrantándose el primer ímpetu de la política protestante, no fue poco beneficio para la religión católica, por tantos lados combatida. ¿Qué hubiera sido de la Europa si en España se hubiese introducido el Protestantismo como en Francia, si los hugonotes hubiesen podido contar con el apoyo de la Península?

Y si el poder de Felipe II no hubiese infundido respeto, ¿qué no hubiera podido suceder en Italia? Los sectarios de Alemania ¿no hubieran alcanzado a introducir allí sus doctrinas? Posible fuera -y en esto abrigo la seguridad de obtener el asentimiento de todos los hombres que conocen la historia-, posible fuera que si Felipe II hu­biese abandonado su tan acriminada política, la religión católica se hubiese encontrado al entrar en el siglo XVII, en la dura necesidad de vivir, no más que como tolerada, en la generalidad de los reinos de Europa. Y lo que vale esta tolerancia, cuando se trata de la Iglesia católica, nos lo dice siglos ha la Inglaterra, nos lo dice en la actuali­dad la Prusia, y finalmente la Rusia, de un modo todavía más doloroso.

Es menester mirar a Felipe II bajo este punto de vista; y fuerza es convenir que considerado así, es un gran personaje histórico, de los que han dejado un sello mas profundo en la política de los siglos siguientes, y que más influjo han tenido en señalar una dirección al curso de los acontecimientos.

Aquellos españoles que anatematizan al fundador del Escorial, es menester que hayan olvidado nuestra historia, o que al menos la tengan en poco. Vosotros arrojáis sobre la frente de Felipe II la mancha de odioso tirano, sin reparar que disputándole su gloria, o trocándola en ignominia, destruís de una plumada toda la nuestra, y hasta arrojáis en el fango la diadema que orló las sienes de Fernando y de Isabel.

Si no podéis perdonar a Felipe II el que sostuviese la Inquisición, si por esta sola causa no podéis legar a la posteridad su nombre sino cargado de execraciones, haced lo mismo con el de su ilustre padre Carlos V, y, llegando a Isabel de Castilla escribid tam­bién en la lista de los tiranos, de los azotes de la humanidad, el nombre que acataron ambos mundos, el emblema de la gloria y pu­janza de la monarquía española. Todos participaron en el hecho que tanto levanta vuestra indignación; no anatematicéis, pues, al uno, per­donando a los otros con una indulgencia hipócrita; indulgencia que no empleáis por otra causa, sino porque el sentimiento de nacionalidad que late en vuestros pechos os obliga a ser parciales, inconsecuentes, para no veros precisados a borrar de un golpe las glorias de España, a marchitar todos sus laureles, a renegar de vuestra patria.

Ya que des­graciadamente nada nos queda sino grandes recuerdos, no los des­preciemos; que estos recuerdos en una nación son como en una familia caída los títulos de su antigua nobleza; elevan el espíritu, for­tifican en la adversidad, y alimentando en el corazón la esperanza, sirven a preparar un nuevo porvenir.

El inmediato resultado de la introducción del Protestantismo en España, habría sido como en los demás países la guerra civil. Ésta nos fuera a nosotros más fatal por hallarnos en circunstancias mucho más críticas. La unidad de la monarquía española no hubiera podido resistir a las turbulencias y sacudimientos de una disensión intestina; porque sus partes eran tan heterogéneas, y estaban, por decirlo así, tan mal pegadas que el menor golpe hubiera deshecho la soldadura. Las leyes y las costumbres de los reinos de Navarra y de Aragón eran muy diferentes de las de Castilla; un vivo sentimiento de indepen­dencia, nutrido por las frecuentes reuniones de sus Cortes, se abri­gaba en esos pueblos indómitos; y sin duda que hubieran aprovechado la primera ocasión de sacudir un yugo que no les era lisonjero.

Con esto, y las facciones que hubieran desgarrado las entrañas de todas las provincias, se habría fraccionado miserablemente la monarquía; cabalmente cuando debía hacer frente a tan multiplicadas atenciones, en Europa, en África y en América. Los moros estaban aún a nues­tra vista, los judíos no se habían olvidado de España; y por cierto que unos y otros hubieran aprovechado la coyuntura, para mediar de nuevo a favor de nuestras discordias. Quizás estuvo pendiente de la política de Felipe II, no sólo la tranquilidad, sino también la exis­tencia de la monarquía española. Ahora se le acusa de tirano; en el caso contrario se le hubiera acusado de incapaz e imbécil.

Una de las mayores injusticias de los enemigos de la religión al atacar a los que la han sostenido, es el suponerlos de mala fe; el acu­sarlos de llevar en todo segundas intenciones, miras tortuosas e inte­resadas. Cuando se habla por ejemplo del maquiavelismo de Felipe 11, se supone que la Inquisición, aun cuando en la apariencia tenía un objeto puramente religioso, no era más en realidad que un dócil ins­trumento político puesto en las manos del astuto monarca. Nada más especioso para los que piensan que estudiar la historia es ofrecer esas observaciones picantes y maliciosas, pero nada más falso en presencia de los hechos.

Viendo en la Inquisición un tribunal extraordinario, no han podido concebir algunos cómo era posible su existencia sin suponer en el monarca que le sostenía y fomentaba, razones de estado muy pro­fundas, las que alcanzaban mucho mas allá de lo que se descubre en la superficie de las cosas. No se ha querido ver que cada época tiene su espíritu, su modo particular de mirar los objetos, y su sistema de acción, sea para procurarse bienes, sea para evitarse males. En aquellos tiempos, en que por todos los reinos de Europa se apelaba al hierro y al fuego, en las cuestiones religiosas, en que así los protes­tantes como los católicos quemaban a sus adversarios, en que la Ingla­terra, la Francia, la Alemania estaban presenciando las escenas más crueles, se encontraba tan natural, tan en el orden regular la quema de un hereje, que en nada chocaba con las ideas comunes. A nosotros se nos erizan los cabellos a la sola idea de quemar a un hombre vivo.

Hallándonos en una sociedad donde el sentimiento religioso se ha amortiguado en tal manera, y, acostumbrados a vivir entre hombres que tienen religión diferente de la nuestra, y a veces ninguna, no alcanzamos a concebir que pasaba entonces como un suceso muy ordinario el ser conducidos al patíbulo esta clase de hombres. Léanse empero los escritores de aquellos tiempos, se notará la inmensa diferencia que va de nuestras costumbres a las suyas; se observará que nuestro lenguaje templado y tolerante hubiera sitio para ellos incom­prensible. ¿Qué más? El mismo Carranza, que tanto sufrió de la Inquisición, ¿piensan quizás algunos cómo opinaba sobre estas ma­terias? En su citada obra, siempre que se ofrece la oportunidad de tocar este punto, emite las mismas ideas de su tiempo, sin detenerse siquiera en probarlas, dándolas como cosa fuera de duda. Cuando en Inglaterra se encontraba al lado de la reina María, sin ningún reparo ponía también en planta sus doctrinas sobre el rigor con que debían ser tratados los herejes; y a buen seguro que lo hacía sin sospechar en su intolerancia, que tanto había de servir su nombre para atacar esa misma intolerancia.

Los reyes y, los pueblos, los eclesiásticos y los seglares, todos es­taban acordes en este punto. ¿Qué se diría ahora de un rey que con sus manos aproximase la leña para quemar a un hereje, que impusiese la pena de horadar la lengua a los blasfemos con un hierro? Pues lo primero se cuenta de San Fernando, y lo segundo lo hacía San Luís.

Aspavientos hacemos ahora, cuando vemos a Felipe II asistir a un auto de fe; pero si consideramos que la corte, los grandes, lo más escogidos de la sociedad, rodeaban en semejante caso al rey, veremos que si esto a nosotros nos parece horroroso, insoportable, no lo era para aquellos hombres que tenían ideas y sentimientos muy diferen­tes. No se diga que la voluntad del monarca lo prescribía así, y que era fuerza obedecerle; no, no era la voluntad del monarca lo que obraba, era el espíritu de la época. No hay monarca tan poderoso que pueda celebrar una ceremonia semejante, si estuviere en contra­dicción con el espíritu de su tiempo; no hay monarca tan insensible que no esté él propio afectado del siglo en que reina. Suponed el más poderoso, más absoluto de nuestros tiempo: Napoleón en su apogeo, el actual emperador de Rusia, y ved si alcanzar podría su voluntad a violentar hasta tal punto las costumbres de su siglo.

A los que afirman que la Inquisición era un instrumento de Feli­pe II, se les puede salir al encuentro con una anécdota, que por cierto no es muy a propósito para confirmarnos en esta opinión. No quiero dejar de referirla aquí, pues que a más de ser muy curiosa e intere­sante, retrata las ideas y costumbres de aquellos tiempos. Reinando en Madrid Felipe II, cierto orador dijo en un sermón en presencia del rey, que los reyes tenían poder absoluto sobre las personas de los vasallos y sobre sus bienes.

No era la proposición para desagradar a un monarca, dado que el buen predicador le libraba de un tajo, de todas las trabas en el ejercicio de su poder.

A lo que parece, no es­taría entonces todo el inundo en España tan encorvado bajo la in­fluencia de las doctrinas despóticas como se ¡la querido suponer, pues que no faltó quien delatase a la Inquisición las palabras con que el predicador había tratado de lisonjear la arbitrariedad de los reyes. Por cierto que el orador no se había guarecido bajo un techo débil; y así es que los lectores darán por supuesto que rozándose la denun­cia con el poder de Felipe II, trataría la Inquisición de no hacer de ella ningún mérito.

No fue así sin embargo: la Inquisición instruyó su expediente, encontró la proposición contraria a las sanas doctrinas, y el pobre predicador, que no esperaría tal recompensa, a más de varias penitencias que se le impusieron, fue condenado a retractarse públicamente, en el mismo lugar, con todas las ceremonias de auto jurídico, con la particular circunstancia de leer en un papel, confor­me se le había ordenado, las siguientes notabilísimas palabras: "Por­que, señores, los reyes no tienen más poder sobre sus vasallos del que les permite el derecho divino y humano; y no por su libre y absoluta voluntad". Así lo refiere D. Antonio Pérez, como se puede - ver en el pasaje que se inserta por entero en la nota correspondiente a este capítulo. Sabido es que D. Antonio Pérez no era apasionado de la Inquisición.

Este suceso se verificó en aquellos tiempos que algunos no nom­bran jamás, sin acompañarles el título de oscurantismo, de tiranía, de superstición; yo dudo sin embargo, que en los más cercanos, y en que se dice que comenzó a lucir para España la aurora de la ilustra­ción y de la libertad, por ejemplo de Carlos III, se hubiese llevado a término una condenación pública, solemne, del despotismo.

Esta con­denación era tan honrosa al tribunal que la mandaba, como al mo­narca que la consentía.

Por lo que toca a la ilustración, también es una calumnia lo que se dice: que hubo el plan de establecer y perpetuar la ignorancia. No lo indica así por cierto la conducta de Felipe II, cuando a más de favorecer la grande empresa de la Políglota de Amberes, recomen­daba a Arias Montano, que las sumas que se fuesen recobrando del impresor Platino, a quien para dicha empresa había suministrado el monarca una crecida cantidad, se empleasen en la compra de libros exquisitos, así impresos como de mano, para ponerlos en la librería del monasterio del Escorial, que entonces se estaba edificando; ha­biendo hecho también el encargo, como dice el rey en la carta a Arias Montano, a D. Francés de Alaba su embajador en Francia, que pro­curase de haber los mejores libros que pudiere en aquel Reino.

No, la historia de España bajo el punto de vista de la intolerancia religiosa, no es tan negra como se ha querido suponer. A los extran­jeros cuando nos echan en cara la crueldad, podemos responderles, que mientras la Europa estaba regada de sangre por las guerras reli­giosas, en España se conservaba la paz; y  por lo que toca al número de los que perecieron en los patíbulos, o murieron en el destierro, podernos desafiar a las dos naciones que se pretenden a la cabeza de la civilización, la Francia y la Inglaterra, a que muestren su estadística de aquellos tiempos sobre el mismo asunto, y la comparen con la nuestra. Nada tememos de semejante cotejo.

A medida que anduvo menguando el peligro de introducirse en España el Protestantismo, el rigor de la Inquisición se disminuyó también; y además podemos observar que suavizaba sus procedimien­tos, siguiendo el espíritu de la legislación criminal en los otros países de Europa. Así vernos que los autos de fe van siendo más raros, según los tiempos van aproximándose a los nuestros; de suerte que a fines del siglo pasado sólo era la Inquisición una sombra de lo que había sido. No es necesario insistir sobre un punto que nadie ignora, y en que están de acuerdo hasta los más acalorados enemigos de dicho tribunal: en esto encontramos la prueba más convincente de que se ha de buscar en las ideas y costumbres de la época lo que se ha pretendido hallar en la crueldad, en la malicia, o en la ambición de los hombres.

 Si llegasen a surtir efecto las doctrinas de los que abo­gan por la abolición de la pena de muerte, cuando la posteridad leyere las ejecuciones de nuestros tiempos, se horrorizaría del propio modo que nosotros con respecto a los anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figurarían en la misma línea que los antiguos quema­deros.  VER NOTA 25.

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CAPITULO XXXVIII

Institutos religiosos. Conducta del Protestantismo con respecto a los ins­titutos religiosos. Importancia de dichos institutos a los ojos de la filosofía y de la historia. Sofisma que se emplea para combatirlos. Su definición. Asociaciones de los primeros fieles. Conducta de los papas con respecto a los institutos religiosos. Una necesidad del corazón humano. La tristeza cristiana. Conveniencia de la asociación para practicar la vida perfecta. El voto. Su relación con la libertad. Verdadera idea de la libertad.

Los INSTITUTOS religiosos son otro de los puntos en que el Protes­tantismo y el Catolicismo se hallan en completa oposición: aquél los aborrece, éste los ama; aquél los destruye, éste los plantea y fo­menta; uno de los primeros actos de aquél, dondequiera que se intro­duce, es atacarlos con las doctrinas y con los hechos, procurar que desaparezcan inmediatamente; diríase que la pretendida Reforma no puede contemplar sin desazonarse aquellas santas mansiones, que le recuerdan de continuo la ignominiosa apostasía del hombre que la fundó. Los votos religiosos, particularmente el de castidad, han sido el objeto de las más crueles invectivas de parte de los protestantes; pero es menester reflexionar que lo que dicen ahora y se ha repetido durante tres siglos, no es más que un eco de la primera voz que se levantó en Alemania.

¿Y sabéis lo que era esa voz? Era el grito de un fraile sin pudor, que penetraba en el santuario y arrebataba una víctima. Todo el aparato de la ciencia para combatir un dogma sacrosanto no será bastante a encubrir un origen tan impuro. Al través de la exaltación del falso profeta se trasluce el fuego impúdico que devoraba su corazón.

Obsérvese, de paso, que lo propio sucedió con respecto al celibato del clero: los protestantes no pudieron sufrirle ya desde un prin­cipio, le condenaron sin rebozo, procuraron combatirle con cierta ostentación de doctrina; pero en el fondo de todas las declamaciones ¿qué se encuentra? El grito de un sacerdote que se ha olvidado de sus deberes, que se agita contra los remordimientos de su conciencia que se esfuerza en cubrir su vergüenza, disminuyendo la fealdad del escándalo con las ínfulas de una ciencia mentida.

Si una conducta semejante la lambiesen tenido los católicos, toda las armas del ridículo se Habrían empleado para cubrirla de baldón para sellarla con la ignominia que merece; ha sido necesario que fuese el Hombre que declaró la guerra a muerte al Catolicismo, para que a ciertos filósofos no les inspirasen el más profundo desprecio las peroratas de un fraile, que por primer argumento contra el celi­bato profana sus votos y consuma un sacrilegio. Los demás pertur­badores de aquel siglo imitaron el ejemplo de su digno maestro, y todos pidieron y exigieron a la Escritura y a la filosofía un velo para cubrir su miseria.

Merecido castigo, que la obcecación del entendi­miento resultase de los extravíos del corazón; que la impudencia soli­citase el acompañamiento del error. Nunca se muestra más villano el pensamiento que cuando por excusar una falta se hace su cómplice; entonces no yerra, se prostituye.

La filosofía ha heredado del Pro­testantismo ese odio contra los institutos religiosos; y así es que todas las revoluciones promo­vidas y dirigidas por los protestantes o filósofos se han señalado por su intolerancia contra la institución y por la crueldad con los miem­bros de ella. Lo que la ley no hizo, lo consumaron el puñal o la tea incendiaria; y, los restos que pudieron salvarse de la catástrofe viéronse abandonados al lento suplicio de la miseria y del hambre.

En este punto, como en muchos otros, se manifiesta con mayor claridad que la filosofía incrédula es hija de la Reforma. No cabe prueba más convincente que el paralelo de las historias de ambas, en lo tocante a la destrucción de los institutos religiosos: la misma adu­lación a los reyes, la misma exageración de los derechos del poder civil, las mismas declamaciones contra los pretendidos males acarreados a la sociedad, las mismas calumnias; no hay más que cambiar los nombres y las fechas; con la notable particularidad de que en esta materia apenas se ha dejado sentir la diferencia que consigo debían traer la mayor tolerancia y la suavidad de costumbres de  la época.

¿Y es verdad que los institutos religiosos sean cosa tan despre­ciable, como se ha querido suponer? ¿Es verdad que no merezcan siquiera llamar la atención, y que todas las cuestiones a ellos tocantes queden completamente resueltas con sólo pronunciar enfáticamente la palabra fanatismo?

El hombre observador, el verdadero filósofo, ¿nada podrá encontrar en ellos que sea digno objeto de investiga­ción? Difícil se hace creer que a tanta nulidad puedan reducirse instituciones que tienen una grande historia, y que conservan todavía una existencia, pronóstico de un ancho porvenir; difícil se hace el creer que instituciones semejantes no sean altamente dignas de llamar la atención, y que su estudio haya de carecer de vivo interés y de sólido provecho.

Al encontrarse sin ellas en todas las épocas de la historia eclesiástica; al tropezar en todas partes con sus recuerdos y monumentos; al verlas todavía en las regiones del Asia, en los are­nales del África y en las ciudades y soledades de la América; al notar cómo después de tan recios contratiempos se conservan con más o menos prosperidad en muchos países de Europa, retoñando aún en aquellos terrenos donde al parecer se había cortado más hondamente la raíz, despiértase naturalmente en el ánimo una viva curiosidad de examinar este fenómeno, de investigar cuál es el origen, el espíritu y carácter de instituciones tan singulares; pues que, aun antes de internarse en la cuestión, columbrase desde luego que aquí debe de haber algún rico minero de preciosos conocimientos para la ciencia de la religión, de la sociedad y del hombre.

Quien haya leído las vidas de los antiguos padres del desierto, sin conmoverse, sin sentirse poseído de una admiración profunda, sin que brotase en su espíritu pensamientos graves y sublimes; quien haya pisado con indiferencia las ruinas de una antigua abadía, sin evocar de la tumba las sombras de los cenobitas que vivieron y murieron allí; quien recorra fríamente los corredores y estancias de los conventos medio demolidos, sin que se agolpen a su mente inte­resantes recuerdos; quien sea capaz de fijar su vista sobre esos cuadros, sin alterarse, sin que se excite en su alma el placer de meditar, ni siquiera la curiosidad de examinar; bien puede cerrar los anales de la historia, bien puede abandonar sus estudios sobre lo bello y lo sublime, para él no existen ni fenómenos históricos, ni belleza, ni sublimidad; su entendimiento está en tinieblas, su corazón en el polvo.

Con la mira de ocultar el íntimo enlace que existe entre los insti­tutos religiosos y la religión, se ha dicho que ésta puede subsistir sin ellos. Verdad indisputable, pero abstracta, inútil del todo, pues que, colocada en lugar aislado y muy distante del terreno de los hechos, no puede comunicar luz alguna a la ciencia, ni servir de guía en los senderos de la práctica; verdad insidiosa, pues que tiende nada menos que a cambiar enteramente el estado de la cuestión y a persuadir de que, cuando se trata de los institutos religiosos, la reli­gión no entra para nada.

Hay aquí un sofisma grosero y que no obstante se emplea dema­siado, no sólo en el caso que nos ocupa, sino también en muchos otros. Consiste este sofisma en responder a todas las dificultades con una proposición muy verdadera, pero que nada tiene que ver con aquello de que se trata.

Así se llama la atención de los espíritus hacia otro punto, y con lo palpable de la verdad que se les presenta, se desvían del objeto principal, tomando por solución lo que no es más que distracción. Se trata, por ejemplo, de la manutención del 'culto y clero, y se dice: "lo temporal no es lo espiritual".

Se quiere ca­lumniar sistemáticamente a los ministros de la religión; se dice: "una cosa es la religión, otra cosa son sus ministros". Se pretende pintar la conducta de Roma durante muchos siglos, como una serie no in­terrumpida de injusticias, de corrupción y de atentados; a todas las observaciones que podrían hacerse, se contesta de antemano ad­virtiendo "que el primado del Sumo Pontífice nada tiene que ver con los vicios de los papas y la ambición de su corte". Verdades palmarias por cierto, y que sirven de mucho en algunos casos, pero que los escritores de mala fe emplean astutamente, para que el lector no advierta cuál es el blanco de los tiros, imitando a los prestigia­dores que procuran atraer las miradas de la cándida muchedumbre a una parte, mientras verifican sus maniobras en lado diferente.

El no ser una cosa necesaria para la existencia de otra, no le quita el que tenga en ella su origen, que esté vivificada por su espíritu, y que exista entre ambas un sistema de íntimas y delicadas relaciones; el árbol puede existir sin sus flores y fruto; de cierto, que aun cuando éstos caigan, el robusto tronco no perderá su vida; pero mientras el frutal exista, ¿dejará nunca de presentar las muestras de su vigor y lozanía, ofreciendo a la vista un encanto, y al paladar un regalo?

El arroyo puede seguir en su cristalina corriente sin los verdes tapices que engalanan su orilla; pero mientras mane la fuente que presta al arroyo sus ondas, mientras pueda filtrarse por debajo la tierra el benéfico y fecundante licor, ¿ se quedarán las favorecidas márgenes secas, estériles, sin matices ni alfombras?

Apliquemos estas ideas al objeto que nos ocupa. Es cierto que la religión puede subsistir sin las comunidades religiosas, que la ruina de éstas no lleva necesariamente consigo la destrucción de aquélla, y se ha visto repetidas veces que un país donde ellas han sido ex­tirpadas, ha conservado largo tiempo la religión católica; pero no deja de ser cierto también que hay una dependencia necesaria entre las comunidades religiosas y la religión, es decir, que ella les ha dado el ser, las vivifica con su espíritu, las nutre con su jugo; y así es que, dondequiera que ella se arraiga, se las ve brotar inmediatamen­te, y cuando se las ha echado de un país, si la religión permanece en él, no tardan tampoco en renacer.

Dejando aparte los ejemplos de otros países, se está verificando en Francia este fenómeno de un modo admirable; es muy crecido el número de los conventos, así de Hombres como de mujeres, que se hallan de nuevo establecidos en el territorio francés. ¡Quién se lo dijera a los hombres de la asamblea Constituyente, de la Legisla­tiva, de la Convención, que no había de pasar medio siglo antes que renaciesen y prosperasen en Francia los institutos religiosos, a pesar de lo mucho que trabajaron, para que se perdiese hasta su memoria! "No es posible, dirían ellos; si esto llega a suceder, será porque la revolución que nosotros estamos haciendo no habrá llegado a triun­far; será que la Europa nos habrá sojuzgado imponiéndonos de nue­vo las cadenas del despotismo; entonces y sólo entonces, será dable que se vean en Francia, en París, en esa capital del mundo civilizado, nuevos establecimientos de institutos religiosos, de esos legados de superstición y fanatismo, transmitidos hasta nosotros por ideas y costumbres de tiempos chic pasaron para no volver jamás".

¡Insensa­tos! Vuestra revolución triunfó; la Europa fue vencida por vos­otros; los antiguos principios de la monarquía francesa se borraron de la legislación, de las instituciones, de las costumbres; el genio de la guerra paseó triunfantes por toda la Europa vuestras doctrinas, disminuyéndoles la negrura con el brillo de la gloria. Vuestros prin­cipios, todos vuestros recuerdos triunfaron de nuevo en una época reciente, y se conservan todavía pujantes, orgullosos, personificados en algunos hombres, que se envanecen de ser los herederos de lo que ellos apellidan la gloriosa revolución de 1789.

 Sin embargo, a pesar de tantos triunfos, a pesar de que vuestra revolución no ha retroce­dido más de lo necesario para asegurar mejor sus conquistas, los institutos religiosos han vuelto a renacer, se extienden, se propagan por todas partes, y ocupan un puesto señalado en los anales de la época presente. Para impedir este renacimiento era necesario extir­par la religión, no bastaba perseguirla; la fe había quedado como un germen precioso cubierto de piedras y espinas; la Providencia le hizo llegar un rayo de aquel astro divino, que ablanda y fecunda la nada, y el árbol volvió a levantarse lozano, a pesar de las malezas que embarazaban su crecimiento y desarrollo, y en sus ramas se han visto retoñar desde luego, como hermosas flores, esos institutos que vosotros creíais anonadados para siempre.

El ejemplo que se acaba de recordar indica muy claramente la verdad que estamos demostrando sobre el íntimo enlace que existe entre la religión y los institutos religiosos, pero además los anales de la Iglesia vienen en apoyo de esta verdad, y el simple conocimien­to de la religión, y de la naturaleza de dichos -institutos, sería bastante a probárnosla, aun cuando no tuviéramos en nuestro favor la historia y la experiencia.

La fuerza de las preocupaciones difundidas sobre la materia hace necesarias algunas observaciones que, llegando a la raíz de las cosas, muestren la sinrazón de nuestros adversarios. Qué son los institutos religiosos? Considerados en toda su generalidad, prescindiendo de las diferencias, mudanzas y alteraciones que consigo trae la diversidad de tiempos, países y demás circunstancias, podemos decir que "ins­tituto religioso es una sociedad de cristianos, que viven reunidos bajo ciertas reglas, con el objeto de poner en planta los consejos del Evan­gelio".

Compréndense en esta definición aun aquellos que no se ligan por ningún voto; porque ya se echa de ver que tratamos aquí del instituto religioso en su mayor generalidad, dando de mano a cuanto dicen los teólogos y los canonistas sobre las condiciones in­dispensables para constituir o completar la esencia de la institución. Además, es necesario advertir que no convenía dejar excluidas de la honrosa categoría de institutos religiosos aquellas asociaciones que reunían todos los requisitos, excepto el voto.

La religión católica es tan fecunda que produce el bien por medios muy distintos, y bajo formas muy diversas; en la generalidad de los institutos religiosos, nos ha mostrado lo que puede hacer del hombre, ligándole con un voto por toda la vida a una santa abdicación de la propia voluntad; pero ha querido también hacernos palpar que, dejándole libre, tiene recursos bastante poderosos para retenerle con suavísimos lazos, y hacerle perseverar hasta la muerte, del propio modo que si se hubiese­ obligado por voto perpetuo. La congregación del Oratorio de San Felipe Neri se halla en esta clase; es digna, por cierto, de figurar en este número como uno de los ornamentos de la Iglesia católica.

No ignoro que en la esencia de instituto religioso, tal como se en­tiende comúnmente, se encierra el voto; pero recuérdese que lo que me propongo en la actualidad es vindicar contra los protestantes esa especie de asociaciones; y, bien sabido, es que, ora los asociados se liguen con voto, ora se abstengan de emitirle, no merecen por esto la gracia de que los exceptúen del anatema general, los que miran con sobreceño todo cuanto lleva la forma de comunidad religiosa. Cuan­do se ha tratado de proscribirlas, se han visto igualmente envueltas en la proscripción las que tenían voto y las que carecían de él; por consiguiente, tratándose de su defensa, menester es hablar de unas y de otras. Por lo demás, no dejaré de considerar el voto en sí mis­mo, y de presentar las observaciones que le justifican, hasta en el tribunal de la filosofía.

Que el objeto de semejantes sociedades, es decir, el poner en planta los consejos del Evangelio, sea conforme al espíritu del mismo, no creo que haya necesidad de insistir en demostrarlo. Y nótese bien que, con este o aquel nombre, bajo esta o aquella forma, el ob­jeto de los institutos religiosos es algo más que la mera observancia de los preceptos; entraña siempre la idea de la perfección, ora sea en la vida activa, ora en la contemplativa.

La guarda de los santos mandamientos es indispensable a todos los cristianos que quieren en­trar en la vida eterna; los institutos religiosos se proponen ca­minar por un sendero más difícil, se enderezan a la perfección. A ellos se recogen los hombres, que después de haber oído de la boca del Divino Maestro aquellas palabras, "Si quieres ser perfecto, vete, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres", no se van tristes como el mancebo del Evangelio, sino que acometen animosos la empresa de dejarlo todo y seguir a Jesucristo.

Fáltanos ahora manifestar si para el logro de tan santo objeto es el medio más a propósito la asociación. Fácil me fuera para de­mostrarlo traer aquí varios textos de la Sagrada Escritura, que mani­festarían cuál es el verdadero espíritu de la religión cristiana sobre este particular, y la voluntad expresa del Divino Maestro; pero como quiera que el gusto de nuestro siglo y hasta lo vidrioso de la materia está amonestando que se evite en cuanto cabe todo lo que tenga sa­bor de discusión teológica, sacaré la cuestión de este terreno, y me ceñiré a considerarla desde puntos de vista meramente históricos y fi­losóficos.

Quiero decir que, sin amontonar citas ni textos, probaré que los institutos religiosos son muy conformes al espíritu de la reli­gión cristiana, N> que por lo tanto los protestantes la desconocieron lastimosamente cuando los condenaron y destruyeron; probaré ade­más que los filósofos, que sin admitir la verdad de la religión confie­san sin embargo su utilidad y belleza, no pueden reprobar unos ins­titutos que son los necesarios resultados de la misma.

En la cuna del cristianismo, cuando conservaban los corazones en todo su vigor y en toda su pureza las centellas de fuego desprendi­das de las lenguas del Cenáculo, cuando eran tan recientes las palabras y los ejemplos del Divino Fundador, cuando era tan crecido el nú­mero de los fieles que habían tenido la inefable dicha de verle y de oírle durante su paso sobre la tierra, hallamos que bajo la misma di­rección de los apóstoles los fieles se reúnen, y confunden sus bienes formando una misma familia que tenía su padre en los cielos, y cu­yo corazón era uno y el alma una.

No entraré en controversias sobre la extensión que tendría este hecho, sobre las circunstancias que le acompañaban y sobre la mayor o menor semejanza que se descubre entre él y los institutos religio­sos; me basta que exista, y que pueda consignarle aquí, para indicar cuál es el verdadero espíritu de la religión sobre los medios más conducentes para alcanzar la perfección evangélica.

Recordaré, sin embargo, que Casiano, al describir la manera con que principiaron los institutos religiosos, encuentra su cuna en el mismo hecho a que hemos aludido, y que nos refieren las Actas de los apóstoles.

 Según el mismo autor, no se interrumpió nunca totalmente ese género de vida, de suerte que existieron siempre algunos cristianos fervorosos que la continuaron, enlazándose de este modo la existencia de los monjes con las asociaciones primitivas.

Después de haber trazado la historia del tenor de vida de los primeros cristianos, y de las alteraciones que sobrevinieron, continúa:

"Aquellos que conservaban el "fervor apostólico recordando la primitiva perfección, se apartaron "de las ciudades, y del trato de los que pensaban serles lícito un género de vida menos severo, y empezaron a escoger lugares retira­dos y secretos donde pudiesen practicar particularmente lo que "recordaban que los apóstoles habían establecido en general, por to­do el cuerpo de la Iglesia; y así comenzó a formarse la disciplina de los que se habían separado de aquel contagio.

Andando el tiem­po, como vivían apartados de los fieles que se abstenían del matrimo­nio, y además se privaban de la comunicación del mundo aun "de sus propias familias, se los llamó monjes a causa de su vida sin guiar y solitaria". (Collat. 18, Cáp. 5).

Entró inmediatamente la época de la persecución, que con algunas interrupciones, como momentos de descanso, se prolongó hasta la conversión de Constantino. En este período no faltaban algunos que continuaban el sistema de vida de los primitivos tiempos, como lo in­dica claramente Casiano en el pasaje que se acaba de leer; bien que con las modificaciones traídas necesariamente por las calamidades  que afligían a la Iglesia.

Claro es que a la sazón no se ha de buscar a los cristianos viviendo en comunidad; quien desee encontrarlos, los hallará confesando a Jesucristo con imperturbable serenidad en los potros y demás tormentos, en los circos dejándose despedazar por las fieras, en los cadalsos entregando tranquilamente sus cuellos a la cuchilla del verdugo.

Pero, aun durante la persecución, observad lo que sucede: los cristianos, de quienes izo era digno el mundo, aco­sados como bestias feroces en las ciudades, andan errantes en la so­ledad, buscan un refugio en los desiertos. Los yermos del Oriente, los arenales y riscos de Arabia, los lugares más inaccesibles de la Tebaida, reciben aquellas tropas de fugitivos que se acogen a las mansiones de las fieras, a los sepulcros abandonados, a las cisternas secas, a las horas más profundas, no demandando sino un asilo para meditar y orar. ¿Y sabéis lo que resulta de ahí?

Los desiertos donde anduvieron errantes poco ha los cristianos, cual granos de arena arre­batados por la tempestad, se pueblan como por encanto de un sin­número de comunidades religiosas. ¿Cuál es la causa? Allí se medi­taba, allí se oraba, allí se leía el Evangelio; y la preciosa planta brota por doquiera en el instante de llegar al suelo la semilla fecunda. ¡Ad­mirables designios de la Providencia!

 El cristianismo perseguido en las ciudades, fertiliza y hermosea los desiertos; el precioso grano no ha menester para su desarrollo, ni el jugo de la tierra, ni el delicado ambiente de una atmósfera templada. Cuando la tempestad le lleva por los aires en las alas del huracán, nada pierde de su vida; arro­jado sobre la roca, no perece; la furia de los elementos nada puede contra la obra del Dios que cabalga los aquilones. Y no es estéril la roca, cuando quiere fecundarla el que hizo surgir de un peñasco manantiales de agua pura al contacto misterioso de la vara de su profeta.

Dada la paz a la Iglesia por el vencedor de Maxencio, se pudieron desarrollar en todas partes los gérmenes preciosos contenidos en el seno del cristianismo, y desde entonces no se ha visto jamás, ni por breve espacio, la Iglesia sin comunidades religiosas. Con la historia en la mano se puede desafiar a los enemigos de ella a que señalen esa época, ese breve espacio, en que hagan desaparecido del todo: bajo una u otra forma, en este o aquel país, han continuado, siempre en la existencia que recibieron desde los primeros siglos del cristianismo.

El hecho es cierto, constante; se halla a cada paso en todas las pá­ginas de la historia eclesiástica, ocupa un lugar distinguido en todos los grandes acontecimientos de los fastos de la Iglesia. El se ha re­producido en Occidente como en Oriente, en los tiempos modernos como en los antiguos, en las épocas prósperas como en las desgra­ciadas, cuando esos institutos han sido objeto de grande estima, igual­mente que cuando lo fueron de persecución, de burlas y calumnias.

¿Qué prueba más evidente de la existencia de relaciones íntimas en­tre esos institutos y la religión? ¿Qué indicio más claro de que son con respecto a ella un fruto espontáneo? En el orden físico domo en el moral se estima congo una prueba de la dependencia de dos fenó­menos la constante aparición del uno en pos del otro; si los fenómenos son tales, que consientan la relación de causa y efecto, y en la esencia del uno se encuentran los principios que ha debido produ­cir el otro, se apellida al primero causa, y al segundo efecto. Donde quiera que se establece la religión de Jesucristo, se presentan bajo una u otra forma las comunidades religiosas; luego, éstas son un es­pontáneo efecto de aquélla. Ignoro lo que puedan responder nues­tros adversarios a una prueba tan concluyente.

Mirada la cuestión bajo este aspecto, explicase muy naturalmente la protección y el favor, que los institutos religiosos han obtenido siempre del Sumo Pontífice .Este ha de obrar conforme al espíritu que anima a la Iglesia, de la que es el jefe supremo sobre la tierra; y no es ciertamente el Papa quien ha dispuesto que uno de los me­dios más a propósito para llevar a los hombres a la perfección fuese el reunirse en asociaciones bajo ciertas reglas, conforme a la ense­ñanza del Divino Maestro.

El Eterno lo había ordenado así en los ar­canos de su infinita sabiduría, y la conducta de los papas no podía ser contraria a los designios del Altísimo. Se ha dicho que mediaron fines interesados, que la política de los papas encontró aquí un po­deroso recurso para sostenerse y engrandecerse; pero ¿también eran sórdidos instrumentos de una política astuta las sociedades de los fieles de los primeros tiempos, los monasterios de las soledades de Oriente, tantos institutos que no han tenido otro objeto que la santi­ficación de los mismos que los profesaban, o el socorro y consuelo de alguno de los grandes infortunios que afligen a la humanidad?

Un hecho tan general, tan grande, tan benéfico, no se explica por miras interesadas, por designios mezquinos; su origen es más alto, más noble, y quien no lo halle en el cielo, deberá buscarlo cuando menos en algo más grande que los proyectos de un hombre, que la política de una corte; deberá buscarlo en ideas elevadas, en sentimien­tos sublimes que, ya que no lleguen al cielo, abarquen por lo menos un vasto ámbito de la tierra; en algunos de aquellos pensamientos que presiden a los destinos de la humanidad.

Quizás algunos se inclinarían a suponer particulares designios a los papas, viendo intervenir su autoridad en todas las fundaciones de los últimos siglos, y pendientes de su aprobación las reglas a que habían de sujetarse los diferentes institutos; pero el curso seguido por la disciplina eclesiástica en este negocio nos indica que, lejos de haber dimanado de miras particulares la mayor intervención de los papas, procedió de la necesidad de impedir que un celo indiscreto multiplicase en demasía las órdenes religiosas, y que se intro­dujeran abusos.

En los siglos XII y XIII se desplegó de tal manera la inclinación a nuevas fundaciones, que sin la vigilancia de la auto­ridad eclesiástica hubieran resultado inconvenientes de cuantía; y por esta causa vemos que el Sumo Pontífice Inocencio III acude muy oportunamente al remedio, ordenando en el concilio de Letrán que si alguien quiere fundar de nuevo una casa religiosa tome una de las reglas o instituciones aprobadas. Pero prosigamos nuestro intento.

Si se niega la verdad de la religión cristiana, si se ridiculizan los consejos del Evangelio, se comprende muy bien cómo puede reducir­se a nada el espíritu de las comunidades religiosas en lo que tiene de celestial y divino; pero, asentada la verdad de la religión, no es posi­ble concebir cómo hombres que se glorían de profesarla pueden mostrarse enemigos de los institutos religiosos, considerados en sí mismos. Quien admite el principio, ¿cómo puede desechar la con­secuencia? Quien ama la cosa, ¿por qué rechaza el afecto? Esos hombres o afectan hipócritamente una religión que no tienen, o pro­fesan una religión que no comprenden.

Cuando no tuviéramos otra señal del espíritu anti evangélico que guió a los corifeos de la pretendida Reforma, debería bastarnos su odio a una institución tan evidentemente fundada en el mismo Evan­gelio. Pues ¿qué? ellos, los entusiastas de la lectura de la Biblia, sin notas ni comentarios, ellos que tan clara la querían encontrar en todos los pasajes, ¿no vieron, no comprendieron el sentido tan obvio, tan fácil de aquellos lugares, donde se recomienda la abnegación de sí mismo, la renuncia de todos los bienes, la privación de todos los placeres? Claros están los textos, no pueden torcerse a otra significa­ción, no piden para su inteligencia el estudio profundo de las ciencias sagradas, ni de las lenguas y, sin embargo, no fueron entendidos; ¡Oh! ¡Cuánto mejor diremos que no fueron escuchados! La inteli­gencia bien los comprendía, pero la pasión los rechazaba.

Por lo que toca a esos filósofos que han mirado los institutos reli­giosos como cosa inútil y despreciable, cuando no dañosa, harto se conoce que han meditado muy poco sobre el espíritu humano, sobre los sentimientos más profundos y delicados de nuestro misterioso corazón. Cuando nada han dicho al suyo tantas reuniones de hom­bres y de mujeres con la mira de santificarse a sí mismos, o de santi­ficar a los demás, o de consagrarse al socorro de la necesidad y al consuelo del infortunio, disecada debía de estar su alma por el alien­to del escepticismo.

El renunciar para siempre a todos los placeres de la vida, el sepultarse en una mansión solitaria para ofrecerse en la austeridad y la penitencia, como un holocausto en las aras del Altí­simo, horroriza sin duda a esos filósofos que jamás han contemplado el mundo sino al través de sus preocupaciones groseras; pero la hu­manidad piensa de otro modo; la humanidad siente un atractivo por los mismos objetos, que los filósofos escépticos encontraron tan va­dos, tan desnudos de interés, tan aborrecibles.

¡Admirables arcanos de nuestro corazón! Sedientos de placeres y disipados con su loco cortejo de danzas y de risas, se apodera de nosotros una emoción profunda a la vista de la austeridad de cos­tumbres, y de la abstracción del alma. La soledad, la tristeza misma, tienen para nosotros un indecible hechizo. ¿De qué nace ese entu­siasmo que remueve un pueblo entero, que le levanta y le arrastra como por encanto tras la huella del hombre que lleva pintada en su frente la abstracción de su alma, cuyas facciones indican la austeri­dad de la vida, cuyo traje y modales revelan el desasimiento de todo lo terreno, el olvido del mundo?

Consignado se halla este hecho en la historia de la religión verdadera, y también de las falsas; medio tan poderoso para granjearse estimación y respeto no fue desconocido de la impostura; la licencia y la corrupción, deseosas de medrar en el mundo, han sentido más de una vez la necesidad imperiosa de dis­frazarse con el traje de la austeridad y de la pureza.

Cabalmente lo mismo que a primera vista pudiera parecer más contrario, más repugnante a nuestro corazón, es decir, esa sombra de tristeza derramada sobre el retiro y la soledad de la vida religiosa, es lo que más nos encanta y atrae.

La vida religiosa es solitaria y triste; será, pues, bella, y su belleza será sublime, y esta sublimidad será muy a propósito para conmover profundamente nuestro corazón, para grabar en él impresiones indelebles. Nuestra alma tiene en ver­dad el carácter de desterrada; sólo la afectan vivamente objetos tris­tes, y hasta los que andan acompañados de la bulliciosa alegría nece­sitan de hábiles contrastes que les comuniquen un baño de tristeza.

Si la hermosura no de ha carecer de su más hechicero realce, menes­ter será que fluya de sus ojos una lágrima de angustia, que oscile en su frente un pensamiento de amargura, que palidezcan sus mejillas con un recuerdo de dolor.

 Las aventuras de un héroe, ¿han de exci­tar vivo interés? La desdicha ha de ser su compañera, el llanto su consuelo, la recompensa de sus méritos la ingratitud y el infortunio. Un cuadro de la naturaleza o del arte, ¿ha de llamar fuertemente nuestra atención, embargar nuestras potencias, absorber nuestra al­ma?

Necesario es que vague entonces por nuestra mente un recuerdo de la nada del hombre, una sombría imagen de la muerte; sentimien­tos de apacible tristeza han de brotar en nuestro corazón; necesitamos ver el color rojizo que distingue algún monumento en ruina, la cruz solitaria que nos señala la mansión de los muertos, los paredones mus­gosos que nos indican los restos de la antigua morada de un grande, que pasó algunos instantes sobre la tierra, y desapareció.

La alegría no nos satisface, no cumple nuestro corazón; lo embria­ga, lo disipa por algunos momentos, pero el hombre no encuentra en ella su dicha, porque la alegría de la tierra es frívola, y la frivo­lidad no puede agradar al viajero, que lejos de su patria camina penosamente por un valle de lágrimas. Esta es la razón de que mien­tras la tristeza y el llanto son admitidos, mejor diremos, cuidadosa­mente buscados, siempre que se trate de producir en el alma impre­siones profundas, la alegría y hasta la más ligera sonrisa son evitadas, desterradas inexorablemente.

La oratoria, la poesía, la escultura, la pintura, la música, se han dirigido constantemente por la misma re­gla, o más bien se han hallado dominadas por un mismo instinto. Mente elevada y corazón de fuego tenía seguramente quien dijo que el alma era naturalmente cristiana; pues que acertó a encerrar en tan breves palabras las inefables relaciones que enlazan el dogma, la moral y los consejos de esta religión divina, con todo lo más íntimo, más delicado y más noble que se alberga en nuestro corazón.

Ahora bien: ¿conocéis la tristeza cristiana, ese sentimiento austero y elevado, que se retrata en la frente del fiel como un recuerdo de dolor en la sien de un ilustre proscrito, que templa los gozos de la vida con la imagen del sepulcro, que ilumina la lobreguez de la tum­ba con los rayos de la esperanza, esa tristeza tan sencilla y consola­dora, tan grande y severa, que hace despreciar el esplendor y las grandezas del mundo corno ilusión pasajera?

Esa tristeza, llevada a su perfección, vivificada y fecundada por la gracia y sujetada a una santa regla, es la que preside a la fundación de los institutos religio­sos, la que los acompaña siempre, mientras conservan el fervor pri­mitivo que recibieron de hombres guiados por la luz celestial, y ani­mados por el espíritu de Dios. Esta santa tristeza, que consigo lleva la abstracción de todas las cosas terrenas, es la que procura infun­dirlas y conservarles la Iglesia, cuando rodea de inspiradoras sombras sus calladas mansiones.

Que en medio del furor y convulsión de los partidos la sacrílega mano de un frenético, secretamente atizada por la perversidad, clave en un pecho inocente el puñal fratricida, o arroje sobre una pacífica vivienda la tea incendiaria, bien se concibe, porque desgraciadamente la historia del hombre ofrece abundantes ejemplos de crimen y frenesí; pero que se ataque la misma esencia de la institución, que se la quiera encerrar en los estrechos límites del apocamiento y pequeñez de espíritu, despojándola de los nobles títulos que honran su origen, y de las bellezas que decoran su historia, esto no pueden consentirlo ni el entendimiento ni el corazón.

Esa filosofía mentida, que marchita y seca cuanto toca, ha podido empeñarse en tan insensata tarea; pero cuando la religión y la razón no le salieran al paso para confundirla, protestarían sin duda contra ellas las bellas letras y las bellas artes; ellas, que se alimentan de antiguos recuerdos, que hallan el manantial de sus maravillas en elevados pensamientos, en cuadros grandes y sombríos, en sentimientos profundos y melancólicos; ellas, que se complacen en alzar la mente del hombre a las regiones de la luz, en conducir la fantasía por nuevos y extraviados senderos, en domi­nar sobre el corazón con inexplicables hechizos.

No, mil veces no; mientras exista sobre la tierra la religión del Hombre-Dios que no tenía donde reclinar su cabeza, y que fatigado del camino se sentaba cual oscuro viajero a descansar junto a un pozo; del Hombre-Dios cuya aparición fue anunciada a los pueblos por una voz misteriosa salida del desierto, por la voz de un hombre  cuyo vestido era de pelos de camello, que ceñía sus lomos con una zona de pieles, y se alimentaba de langostas y miel silvestre; mientras exista, repetimos, esa religión divina, serán santos, altamente respeta­bles unos institutos, cuyo objeto primordial y genuino es realizar lo que el cielo se proponía enseñar a los hombres con tan elocuentes y sublimes lecciones.

Unos tiempos sucederán a otros tiempos, unas vicisitudes a otras vicisitudes, unos trastornos a otros trastornos; la institución cambiará de formas, sufrirá alteraciones y mudanzas, se resentirá más o menos de la flaqueza de los hombres, de la acción roedora de los siglos, del desmoronador embate de los acontecimien­tos; pero la institución continuará viviendo, no perecerá. Si una sociedad la rechaza, buscará en otra su asilo; echada de las ciudades fijará su morada en los bosques; y si allí se la persigue irá a refu­giarse en el horror de los desiertos.

Jamás dejará de encontrar eco en algunos corazones privilegiados la voz de la religión sublime, que teniendo en la mano una enseña de amor y de dolor, la augusta en­seña de los tormentos y de la muerte del Hijo de Dios, la Cruz, se dirige a los hombres  y les dice: "Velad y orad, para que no entréis en la tentación; reuníos para orar, que el Señor estará en medio de vosotros; toda carne es heno, la vida es un sueño; sobre vuestra cabeza hay un piélago de luz y de dicha, a vuestras plantas un abismo; vuestra vida sobre la tierra es una peregrinación, un destierro"; y que inclinándose sobre la cabeza del mortal, pone sobre su frente la misteriosa ceniza, diciendo: "eres polvo y a polvo volverás."

Se nos preguntará, tal vez, por qué no pueden los fieles practicar la perfección evangélica, viviendo cada cual en su familia sin reunirse en comunidad; pero nosotros responderemos que no es nuestro ánimo negar la posibilidad de esta práctica aun en medio del mundo; y reconocemos gustosos que un gran número de cristianos lo han ve­rificado en todos tiempos, y lo están verificando todavía en los nues­tros; pero eso no impide que el medio más seguro y expedito sea el de la vida común con otros dedicados al mismo objeto y con separa­ción de todas las cosas de la tierra.

 Prescindamos por un momento de toda consideración religiosa; ¿no sabéis el ascendiente que ejercen sobre el ánimo los repetidos ejemplos de aquellos con quienes vivi­mos? ¿No sabéis cuán fácilmente desfallece nuestro espíritu cuando se encuentra solo en alguna empresa muy penosa? ¿No sabéis que hasta en los mayores infortunios es un consuelo el ver que otros los comparten? En este punto, como en los demás, la religión se halla de acuerdo con la sana filosofía: ambas nos enseñan el profundo sentido que encierran aquellas palabras de la Sagrada Escritura: ¡Ay del que está solo!

Antes de concluir este capítulo quiero decir dos palabras sobre el voto, que por lo común acompaña a todo instituto religioso. Quizás sea esta circunstancia una de las principales causas que producen la fuerte antipatía del Protestantismo contra dichos institutos. El voto fija, y el principio fundamental del Protestantismo no consiente fijeza ni estabilidad.

Esencialmente múltiplo y anárquico, rechaza la uni­dad, destruye la jerarquía; disolvente por naturaleza, no permite al espíritu ni permanecer en una fe, ni sujetarse a una regla. La virtud misma es para él un ser vago, que no tiene determinado asiento, que se alimenta de ilusiones, que no sufre la aplicación de una norma invariable y constante. Esa santa necesidad de obrar bien, de andar por el camino de la perfección, debía serle incomprensible, repug­nante en sumo grado; debía parecerle contraria a la libertad: como si el hombre que se obliga por un voto perdiese su libre albedrío, como si la sanción que adquiere un propósito, cuando le acompaña la promesa hecha a Dios, rebajase en nada el mérito de aquel que muestra la necesaria firmeza para cumplir lo que tuvo la resolución de prometer.

Los que han condenado esa necesidad que el hombre se impone a sí mismo, e invocando en contra los derechos de la libertad, olvidan, al parecer, que ese esfuerzo en hacerse esclavo del bien, en encadena su propio porvenir, a más del sublime desprendimiento que supone, es el ejercicio más lato que puede hacerse de la libertad. En un solo acto el hombre dispone de toda su vida; y, cuando va cumpliendo " los deberes que de este acto resultan, cumple también su voluntad propia. "Pero, se nos dirá, el hombre es tan inconstante. . .", pues para prevenir los efectos de esa inconstancia se liga con voto; y mi­diendo de una ojeada las eventualidades del porvenir, se hace superior a ellas y de antemano las domina.

"Pero, se replicará, entonces el bien se hace por obligación, es decir, por una especie de necesidad"; es cierto, mas ¿no sabéis que la necesidad de hacer bien es una nece­sidad feliz, y que asemeja en algún modo al hombre a Dios?

¿Ignoráis que la bondad infinita es incapaz de obrar mal, y que la santidad infini­ta no puede hacer nada que no sea santo? ¿No recordáis aquella admi­rable doctrina de los teólogos que explicando por qué el ser criado es capaz de pecar, señalan la profunda razón, diciendo que esto pro­cede que la criatura ha salido de la nada?

Cuando el hombre se esfuerza, en cuanto le es posible, a obrar bien, cuando esclaviza de esta suerte su voluntad, entonces la ennoblece, se asemeja más a Dios, y se acerca al estado de los bienaventurados, que no disfrutan de la triste libertad de obrar mal, que tienen la dichosa necesidad de amar al Sumo Bien.

El nombre de libertad parece condenado a ser mal comprendido en todas sus aplicaciones, desde que se apoderaron de él los protes­tantes y los falsos filósofos. En el orden religioso, en el moral, en el social, en el político, anda envuelto en tales tinieblas, que bien se descubre cuánto se ha trabajado para oscurecerle y falsearle. Cicerón dió una admirable definición de la libertad, cuando dijo que consistía en ser esclavo de la ley; de la propia suerte puede decirse que la libertad del entendimiento consiste en ser esclavo de la verdad, la libertad de la voluntad en ser esclavo de la virtud; trastornad ese orden y matáis la libertad.

Quitad la ley, entronizáis la fuerza; quitad la verdad, entronizáis el error; quitad la virtud, entronizáis el vicio. Sustraed el mundo a la ley eterna, a esa ley que abarca al hombre y a la sociedad, que se extiende a todos los órdenes, que es la razón divina aplicada a las criaturas racionales; buscad fuera de ese inmenso desculo una libertad imaginaria, nada queda en la sociedad sino el dominio de la fuerza bruta, y en el hombre el imperio de las pasiones: en uno y otro la tiranía, por consiguiente la esclavitud.

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CAPÍTULO XXXIX

Punto de vista histórico de los institutos religiosos. L.1 imperio romano, los bárbaros, los cristianos. Situación de la Iglesia en la época de la conversión de los emperadores. Vida de los solitarios del desierto. In­fluencia de los solitarios sobre la filosofía y las costumbres. E1 heroísmo de la penitencia restaura la moral. Brillo de las virtudes más austeras en el clima más corruptor.

Acabo de examinar los institutos religiosos en general, considerán­dolos en sus relaciones con la religión y con el espíritu humano; voy ahora a dar una ojeada a los principales puntos de su historia, de donde resulta, en ni¡ concepto, una importante verdad, a saber: que' la aparición de esos institutos, bajo diferentes formas, ha sido la ex­presión y la satisfacción de grandes necesidades sociales; un medio poderoso de que se ha servido la Providencia para procurar no sólo' el bien espiritual de la Iglesia, sino también la salvación y regenera­ción de la sociedad. Claro es que no me será posible descender a pormenores, pasando en revista los numerosos institutos que han exis­tido, y además esto sería inútil para el objeto qué me propongo.

Me limitaré, pues, a recorrer las principales fases de la institución, pre­sentando sobre cada una algunas observaciones; como el viajero que no pudiendo permanecer largo tiempo en un país se contenta con­templándole algunos momentos desde los puntos más culminantes. Empiezo por los solitarios de Oriente.

Amenazaba próxima y estrepitosa ruina el coloso del Imperio Ro­mano. Su espíritu de vida se iba por instantes extinguiendo, no había esperanza de un soplo que pudiera reanimarle. La sangre circulaba en sus venas lentamente, pero el mal era incurable; síntomas de corrupción se manifestaban ya por todas partes; y esto acontece cabal­mente en el momento crítico y terrible en que debía apercibirse para luchar, para resistir al recio golpe que iba a precipitar su muerte. Se presentaban en la frontera del imperio los bárbaros, como las ma­nadas de carnívoros atraídos por las exhalaciones de un cadáver; y en tan formidable crisis estaba la sociedad en vigilias de una catástrofe, espantosa. Todo el mundo conocido iba a sufrir un cambio profundo; lo de mañana no había de parecerse a lo de ayer.

El árbol debía ser arrancado, pero su raíz era muy honda, y no podía desgajarse del suelo, sin cambiar la faz de la anchurosa base donde tuviera su asiento. Encarada la más refinada cultura con la ferocidad de 1a barbarie, la energía de los robustos hijos de las selvas con la muelle afeminación de los pueblos del mediodía, el resultado de la lucha no podía ser dudoso. Leyes, hábitos, costumbres, monumentos, arte ciencias, toda la civilización y cultura recogidas en el transcurso de muchos siglos, todo estaba zozobrando, todo estaba presintiendo, la  próxima ruina; todo auguraba que Dios había señalado el momento supremo al poder y a la existencia misma de los dominadores del orbe

Los bárbaros no eran más que un instrumento de la Providencia; 1a mano que había herido de muerte a la señora del mundo, a la reina de las naciones, era aquella mano formidable que toca a las montaña y las hace humear y las reduce a pavesas; que toca los peñascos los liquida como metal derretido; que envía su aliento abrasador sobre, las naciones, y las devora como una paja.

El mundo debía ser por algunos momentos la presa del caos: ¿pera de este caos había de surgir la luz? ¿La humanidad había de fundirse como el oro en el crisol, para salir luego más brillante y más pura? ¿Debían rectificarse las ideas sobre Dios y el hombre? ¿Debían difundirse nociones de moral más santa y más elevada?        ¿El corazón humano había de recibir inspiraciones severas y sublimes, para levantarse del fango de la corrupción en que yacía, para vivir en una atmósfera más alta, más digna de un ser inmortal?

Sí; la Providencia lo había destinado de esta suerte; y su infinita sabiduría andaba conduciendo los sucesos por caminos incomprensibles al hombre.

El cristianismo se hallaba ya propagado por toda la faz de la tierra,  sus santas doctrinas fecundadas por la gracia celestial iban llevando el mundo a una regeneración admirable; pero la humanidad debía recibir de sus manos un nuevo impulso, el espíritu del hombre un nuevo sacudimiento, para que tomando brío se levantase de un golpe a la altura conveniente, y no descendiese de ella jamás. La historia nos atestigua los obstáculos que se opusieron al establecimiento desarrollo del cristianismo; fue necesario que Dios tomase sus armas y embrazase su escudo, según la valiente expresión del profeta, y que a fuerza de estupendos prodigios quebrantase la resistencia de la pasiones, destruyese toda ciencia que se levantaba contra la ciencia  de Dios, arrollase todos los poderes que le hacían frente, y sofocar el orgullo y la obstinación del infierno.

Pasados los tres siglos de tormentas, cuando la victoria se iba declarando en favor de la religión verdadera por los cuatro ángulos del inundo, cuando los templos de las falsas divinidades se iban quedando desiertos, y los ídolos que no habían venido al suelo temblaban ya sobre sus pedestales, cuando la enseña del Calvario flotaba en el Lábaro de los Césares, y las legiones del imperio se inclinaban religiosamente ante la cruz, entonces debía el cristianismo realizar en instituciones permanentes, en aquellas ins­tituciones sublimes que sólo él plantea y sólo él concibe, los altos consejos que tres siglos antes oyó asombrada la Palestina salir de la boca de un hombre, que sin Haber aprendido las letras, daba y en­señaba verdades que jamás se ofrecieran al espíritu del más privile­giado mortal.

Las virtudes de los cristianos habían salido ya de la oscuridad de las catacumbas; debían brillar a la luz del cielo y en medio de la paz, como antes resplandecieran en la lobreguez de los calabozos y en el horror de los cadalsos.

 Señoreado el cristianismo del cetro del im­perio, como del hogar doméstico, siendo muy crecido el número de sus discípulos, no vivían ya éstos en comunidad de bienes; y es claro que una continencia absoluta y un completo abandono de las cosas terrenas no podía ser la forma de vida de la generalidad de las fa­milias cristianas.

El mundo debía continuar en su existencia, el linaje humano no debía acabar su duración; y así es que no todos los cris­tianos habían de observar aquel alto consejo, que hace llevar a los hombres sobre la tierra la vida de un ángel. Muchos se contentaron con la guarda de los mandamientos para alcanzar la vida eterna, sin aspirar a la perfección sublime, que lleva consigo la renuncia de todo lo terreno, la completa abnegación de sí mismo. Sin embargo, no quería el fundador de la religión cristiana que los consejos dados por él a los hombres dejasen de tener incesantemente algunos discípulos en medio de la frialdad y disipación del mundo.

El no los había dado en vano; y además la misma práctica de estos consejos, por más que estuviera ceñida a un número reducido, ex­tendía por todas partes una influencia benéfica que facilitaba y ase­guraba la observancia de los preceptos.

La fuerza del ejemplo ejerce tanto ascendiente sobre el corazón del hombre, que él solo basta muchas veces a triunfar de las resistencias más tenaces y obstinadas. Hay algo en nuestro corazón que le induce a simpatizar con todo lo que tiene a la vista, sea bien, sea mal; y parece que un secreto estímulo aguijonea al hombre cuando ve que los demás en un sentido o en otro le aventajan. Por esta causa era altamente saludable el estable­cimiento de institutos religiosos, que con sus virtudes y la austeridad de su vida sirviesen de ejemplo a la generalidad de los fieles y fuesen además una elocuente represión contra el extravío de las pasiones

Este alto objeto quería alcanzarlo la Providencia por medios sin­gulares y extraordinarios: el espíritu de Dios sopló sobre la tierra, y aparecieron de repente los hombres que debían dar principio a la grande obra. En los espantosos desiertos de la Tebaida, en las abra­sadas soledades de la Arabia, de la Palestina y de la Siria, se presentan unos hombres cubiertos de tosco y áspero vestido; un manto de pelo de cabra sobre sus espaldas, y un grosero capucho sobre sus cabezas, es todo el lujo con que responden a la vanidad y al orgullo de los mundanos. Sus cuerpos expuestos a los rayos del sol más ardiente, como a los rigores del frío más intenso, extenuados además por dila­tados ayunos, parecen espectros ambulantes salidos del polvo de las tumbas.

La hierba de los campos forma su único alimento, el agua es su única bebida; con el sencillo trabajo de sus manos cuidan de procurarse los escasos recursos que han menester para acudir a sus reducidas necesidades. Sujetos a la dirección de un anciano venerable, cuyos títulos para el gobierno han sido una prolongada vida en el desierto, y el haber encanecido en medio de privaciones y austeridades inauditas, guardan constantemente el más profundo silencio; sus la­bios no se despliegan sino cuando articulan palabras de oración; su voz no resuena sino cuando entonan al Señor algún himno de ala­banza.

 Para ellos el mundo ha dejado de existir; las relaciones de amistad, los dulces lazos de familia y de parentesco, todo está que­brantado por el anhelo de perfección llevado a una altura superior a todas las consideraciones terrenas. El cuidado de sus patrimonios no los inquieta en la soledad; antes de retirarse al desierto los aban­donaron sin reserva al sucesor inmediato, o vendieron cuanto tenían y lo distribuyeron a los pobres. Las Escrituras santas son el alimento de su espíritu, aprenden de memoria las palabras de aquel libro divino, meditan de continuo sobre ellas suplicando humildemente al Señor que les conceda la gracia de alcanzar la verdadera inteligencia. En sus reuniones silenciosas, sólo se oye la voz de algún solitario vene­rable que explica con la más cándida sencillez y afectuosa unción el sentido del sagrado texto; pero siempre de manera que los oyentes puedan sacar algún jugo para mayor purificación de sus almas.

El número de estos solitarios era inmenso, increíble, si testigos oculares y dignos de gran respeto no lo refirieran. Y por lo que toca a la santidad, al espíritu de penitencia, al sistema de vida de perfec­ción que acabamos de pintar, lo dejan a cubierto de toda sospecha, Rufino, Paladio, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, San Agustín y cuantos hombres ilustres se distinguieron en aquellos tiempos. El hecho es singular, extraordinario, prodigioso, pero su verdad histórica nadie ha podido contestarla; su testigo fue el mundo entero, que de todas partes acudía al desierto a buscar la luz en sus dudas, el remedio en sus males, y el perdón de sus pecados.

Mil y mil autoridades me sería fácil aducir en confirmación de lo que acabo de asentar; pero me contentaré con una que basta por todas: San Agustín. He aquí cómo describe la vida de aquellos hom­bres extraordinarios el santo doctor. "Esos padres no sólo santísimos en costumbres, sitio muy aventajados en la divina doctrina, y exce­lentes en todos sentidos, no gobiernan con soberbia a aquellos a quienes con razón llaman sus hijos, por la mucha autoridad de los que mandan y por la pronta voluntad de los que obedecen. Al caer del día, estando todavía en ayunas, acuden todos, saliendo cada cual de su habitación, para oír a su respectivo superior. Cada uno de estos padres tiene bajo su dirección tres mil a lo menos, porque a, veces es todavía mucho mayor el número. Escuchan con increíble atención, en profundo silencio; y según los sentimientos que excita en el ánimo el discurso del que habla, los manifiestan o con gemidos o con llanto, o con gozo modesto y reposado." (S. Aug. L. 1, De moribus Ecelesia, cap. 31.)

Pero ¿de qué servían aquellos hombres, se nos dirá, sino para santificarse a sí mismos? ¿Qué provecho traían a la sociedad? ¿Qué influencia ejercieron en las ideas? ¿Qué cambio produjeron en las costumbres? Demos que la planta fuese muy bella y olorosa, ¿qué valía siendo estéril?"

Grave error fuera, por cierto, el pensar que tantos millares de soli­tarios no hubiesen tenido una grande influencia. En primer lugar, y por lo que toca a las ideas, conviene advertir que los monasterios de Oriente se erigieron a la vista de las escuelas de los filósofos; el Egipto fue el país donde más florecieron los cenobitas; y sabido es el alto renombre que poco antes alcanzaban las escuelas de Alejandría.

En toda la costa del Mediterráneo, y en toda la zona del terreno que comenzando en la Libia iba a terminar en el Mar Negro, estaban a la sazón los espíritus en extraordinario movimiento. El cristianismo y el judaísmo, las doctrinas del Oriente y del Occidente, todo se ha­bía reunido y amontonado allí; los restos de  las antiguas escuelas de la Grecia se encontraban con los caudales reunidos por el curso de los tiempos, y por el tránsito que hicieran en aquellos países los pue­blos más famosos de la tierra. Nuevos y colosales acontecimientos habían venido a echar raudales de luz sobre el carácter y valor de las ideas; los espíritus habían recibido un sacudimiento, que no les permitía contentarse con los sosegados diálogos de los antiguos maes­tros.

 Los hombres más eminentes de los primeros tiempos del cris­tianismo salen de aquellos países; en sus obras se descubre la amplitud y el alcance a que había llegado entonces el espíritu humano. Y ¿es posible que un fenómeno tan extraordinario como el que acabamos de recordar, que una línea de grutas y monasterios ocupando la zona en cuya vista se hallaban todas las escuelas filosóficas, no ejerciese sobre los espíritus poderosa influencia? Las ideas de los solitarios pasaban incesantemente del desierto a las ciudades; pues que a pesar de todo el cuidado que ellos ponían en evitar el contacto del mundo, el mundo los buscaba, se les acercaba, y recibía de continuo sus inspiraciones.

Al ver cómo los pueblos acuden a los solitarios más eminentes en santidad, para obtener de ellos el remedio en sus dolencias y el con­suelo en los infortunios; al ver cómo aquellos hombres venerables derraman con unción evangélica las sublimes lecciones aprendidas en largos años de meditación y oración en el silencio de la soledad, es imposible no concebir cuánto contribuiría semejante comunicación a rectificar y elevar las ideas sobre la religión y la moral, y a corregir y purificar las costumbres.

Necesario es no perder de vista que el entendimiento del hombre se hallaba, por decirlo así, materializado, a causa de la corrupción y grosería entrañadas por la religión pagana. El culto de la naturaleza, de las formas sensibles, había echado raíces tan profundas, que para elevar los espíritus a la concepción de cosas superiores a la materia, era necesaria una reacción fuerte, extraordinaria, era indispensable anonadar en cierto modo la materia, y presentar al hombre nada, más que el espíritu.

La  vida de los solitarios era lo más a propósito para producir este efecto; al leer la interesante historia de aquellos hom­bres, parece que uno se halla fuera de este mundo; la carne ha des­aparecido, no queda más que el espíritu; y tanta es la fuerza con que se ha procurado sujetarla, tanto se ha insistido sobre la vanidad de las cosas terrenas, que en efecto diríase que la misma realidad va trocándose en ilusión, el mundo físico se disipa para ceder su puesto al intelectual y moral; y rotos todos los lazos de la tierra, pónese el hombre en íntima comunicación con el cielo.

Los milagros se mul­tiplican asombrosamente en aquellas vidas, las apariciones son ince­santes, las moradas de los solitarios son una arena donde no entran para nada los medios terrenos; allí luchan los ángeles buenos con los ángeles malos, el cielo con el infierno, Dios con Satanás; la tierra no está allí sino para servir de campo al combate; el cuerpo no existe sino para ser un holocausto en las aras de la virtud, en presencia del demonio que lucha furioso para hacerle esclavo del vicio.

¿Dónde está ese culto idólatra que dispensara la Grecia a las formas sensibles, esa adoración que tributara a la naturaleza cuando divini­zaba todo lo voluptuoso, todo lo bello, todo cuanto pudiera interesar los sentidos, la fantasía, el corazón? ¡Qué cambio más profundo! Esos mismos sentidos están sujetos a las privaciones más terribles; una circuncisión la más dura se está aplicando al corazón; y el hom­bre, que poco antes no levantara su riente de la tierra, la tiene sin cesar fija en el cielo.

Es imposible formarse una idea de lo que estarnos describiendo, sin leer las vidas de aquellos solitarios; no es dable concebir todo el efecto que de ello debía resultar, sin haber pasado largas horas recorriendo páginas donde apenas se encuentra nada que vaya por el curso ordi­nario. No basta imaginar vida pura, austeridades, visiones, milagros: es preciso amontonarlo todo y realizarlo, y llevarlo al más alto punto de singularidad en el camino de la perfección.

Cuando no quiera verse en hechos tan extraordinarios la acción de la gracia, ni reconocerse en este movimiento religioso ningún efecto sobrenatural; todavía más, aun cuando se quiera suponer temeraria­mente que la mortificación de la carne y la elevación del espíritu se llevaban hasta una exageración reprensible, siempre será necesario convenir en que una reacción semejante era muy a propósito para espiritualizar las ideas, para despertar en el hombre las fuerzas inte­lectuales y morales, para concentrarle dentro de sí mismo, dándole el sentimiento de esa vida interior, íntima, moral que hasta entonces nunca le había ocupado. La frente antes hundida en el polvo debía levantarse hacia la Divinidad; campo más noble que el de los goces materiales se ofrecía al espíritu; y el brutal abandono autorizado por el escandaloso ejemplo de las mentidas deidades del paganismo, se presentaba como ofensivo de la alta dignidad de la naturaleza humana.

Bajo el aspecto moral el efecto debía ser inmenso. Hasta entonces el hombre no había imaginado siquiera que le fuese posible resistir al ímpetu de sus pasiones; en la fría moralidad de algunos filósofos, se encontraban algunas máximas de conducta para oponerse al des­bordamiento de las inclinaciones peligrosas; pero esta moral se hallaba sólo en los libros, el mundo no la miraba como posible; y si algunos se propusieron realizarla, lo hicieron de tal manera, que lejos de darle crédito lograron hacerla despreciable. ¿Qué importa el abandonar las riquezas y el manifestarse desprendido de todas las cosas del mundo, como quisieron aparentar algunos filósofos, si al propio tiempo se muestra el hombre tan vano, tan lleno de sí mismo, que todos sus sacrificios no se ofrezcan a otra divinidad que al orgullo?

 Esto es derribar todos los ídolos para colocarse a sí mismo sobre el altar, reinando allí sin dioses rivales; esto no es dirigir las pasiones, no es sujetarlas a la razón, es criar una posición monstruo, que se alza sobre todas las demás y las devora. La humildad, piedra fundamental sobre la que levantaban los solitarios el edificio de su virtud, los colocaba de golpe en una posición infinitamente superior a la de los filósofos antiguos, que se entregaron a una vida más o menos severa; así se enseñaba al hombre a huir el vicio y ejercer la virtud, no por el liviano placer de ser visto y admirado, sino por motivos superiores, fundados en sus relaciones con Dios, y en los destinos de un eterno porvenir.

En adelante, sabía el hombre que no le era imposible triunfar del mal en la obstinada lucha que siente de continuo dentro de sí mismo; cuando se veía el ejemplo de tantos millares de personas de ambos sexos siguiendo una regla de vida tan pura y tan austera, la huma­nidad debía cobrar aliento y adquirir la convicción de que no eran impracticables para ella los caminos de la virtud.

Esta generosa confianza, inspirada al hombre por la vista de tan sublimes ejemplos, nada perdía de su vigor por razón del dogma cristiano que no le permite atribuir a las propias fuerzas las acciones meritorias de la vida eterna y le enseña la necesidad de un auxilio divino, si es que no ha de extraviarse por senderos de perdición. Este dogma, que por otra parte se halla muy de acuerdo con las lecciones de la experiencia de cada día sobre la fragilidad humana, tan lejos está de abatir las fuerzas del espíritu, ni de enervar su brío, que antes bien le alienta más y más para continuar impávido a través de todos los obstáculos.

Cuando el hombre se cree solo, cuando no se siente apoyado por la poderosa mano de la Providencia, marcha vacilante como un niño que da los primeros pasos, fáltale la confianza en sí mismo, en sus propias fuerzas, y viendo demasiado distante el objeto a que se encamina, parécele la empresa sobrado ardua y desfallece. El dogma de la gracia, tal como lo explica el Catolicismo, no es aque­lla doctrina fatalista, que llena de desesperación, y que, como se la­mentaba Grocio, ha helado los corazones entre los protestantes; sino una doctrina, que dejando al hombre la entera libertad de su albedrío, le enseña la necesidad de un auxilio superior; auxilio que derramará sobre él en abundancia la infinita bondad de un Dios, que vino al mundo para redimirle, que vertió por él su sangre entre tormentos y afrentas, exhalando el último suspiro en la cima del Calvario.

Hasta parece que la Providencia quiso escoger un clima particular donde la humanidad pudiese hacer un ensayo de sus fuerzas, vivi­ficadas y sostenidas por la gracia. En el clima más pestilente para la corrupción del alma, allí donde la relajación de los cuerpos conduce naturalmente a la relajación de los espíritus, allí donde el aire mismo que se respira está incitando a la voluptuosidad, allí fue donde se desplegó la mayor energía del espíritu, donde se practicaron las ma­yores austeridades, donde los placeres de los sentidos fueron arran­cados y extirpados con más rigor que dureza.

Los solitarios fijaron su morada en desiertos adonde llegar podían los embalsamados aromas que se respiraban en las comarcas vecinas; y desde sus montañas y arenales alcanzaban sus ojos a mirar las amenas y apacibles campiñas, que convidaban al goce y, al placer; semejantes a aquella virgen cristiana, que dejó su oscura gruta para irse a colocar en la quiebra  de una roca, desde donde contemplaba el palacio de sus padres rebosante de riquezas, de comodidades y de regalos, mientras ella ge­mía allí cual solitaria paloma en las hendiduras de una piedra.

Desde entonces todos los climas eran buenos para la virtud; la austeridad de la moral no dependía de la mayor o menor aproximación a la línea del Ecuador; la moral del hombre era como el hombre mismo, podía vivir en todos los climas. Pues que la continencia más absoluta se practicaba de un modo tan admirable en tan voluptuosos países, bien podía establecerse y conservarse en ellos la monogamia del cristia­nismo; y cuando en los arcanos del Eterno sonase la hora de llamar un pueblo a la luz de la verdad, nada importaba que este pueblo viviese entre las escarchas de la Escandinavia, o en las ardorosas lla­nuras de la India. El espíritu de las leyes de Dios no debía encerrarse en el estrecho círculo que intentara señalarle el Espíritu de las leyes de Montesquieu. 369

 


CAPÍTULO XL

Influencia de los monasterios de Oriente. Por qué la civilización triunfó en Occidente y pereció en Oriente. Influencia de los monasterios de Oriente sobre la civilización árabe.

LA INFLUENCIA de los solitarios de Oriente, bajo el aspecto religioso y moral, es un hecho fuera de duda. Verdad es que no es fácil apre­ciarla a punto fijo, en toda su extensión y en todos sus efectos, pero no deja por eso de ser muy real y verdadera.

No obró sobre los destinos de la humanidad como aquellos acontecimientos ruidosos, cuyos resultados se hallan a menudo en mucha desproporción con lo que habían prometido; fue semejante a aquella lluvia benéfica que se desata suavemente sobre una tierra agostada, fecundando las pra­deras y las campiñas. Pero si fuera posible al hombre abarcar y deslindar el vasto conjunto de causas que han contribuido a levantar su espíritu, a darle una viva conciencia de su inmortalidad, haciendo poco menos que imposible su vuelta a la degradación antigua, quizás se encontraría que el prodigioso fenómeno de los solitarios de Orien­te tuvo una parte considerable en este cambio inmenso.

No olvide­mos que los grandes hombres de Occidente recibieron de allí sus inspiraciones, que San Jerónimo vivió en la gruta de Belén, y que la conversión de San Agustín va acompañada del sentimiento de una santa emulación, excitada por la lectura de la vida de San Antonio abad.

Los monasterios que se anduvieron fundando en Oriente y en Occidente, a imitación de los primitivos establecimientos de los soli­tarios, fueron una continuación de éstos, por más que la diferencia de tiempos y circunstancias los modificasen en varios sentidos. De allí salieron los Basilios, los Gregorios, los Crisóstomo y otros hom­bres insignes que ilustraron la Iglesia; y quizás, si el mezquino espíritu de disputas, si la ambición y el orgullo no hubiesen sembrado el germen de discordia, preparando una ruptura que había de privar a las iglesias orientales de la vivificadora influencia de la Silla Romana, los antiguos monasterios de Oriente hubieran podido servir, como los de Occidente, para preparar una regeneración social, que fun­diera en un solo pueblo a los vencidos y a los vencedores.

Es evidente que la falta de unidad ha sido una de las causas de flaqueza de los orientales. No negaré que la situación en que se encontraron fuese muy diferente de la nuestra; el enemigo que tu­vieron al frente en nada se parece a los bárbaros del Norte; pero yo dudo que fuera más fácil Habérselas con éstos que con los pue­blos conquistadores de Oriente. Allí quedó la victoria por los que atacaban, como quedó también aquí; pero un pueblo vencido no es muerto, no carece todavía de grandes ventajas, que pueden darle un ascendiente moral sobre el vencedor, preparando en silencio una trans­formación, cuando no la expulsión. Los bárbaros del Norte con­quistaron el mediodía de Europa, pero el mediodía triunfó de ellos a su vez, con la ayuda de la religión cristiana; no fueron arrojados, pero sí transformados.

España fue conquistada por los árabes; los árabes no pudieron ser transformados, pero al fin fueron arro­jados. Si el Oriente hubiese conservado la unidad, si Constantinopla y las demás sillas episcopales hubiesen continuado sumisas a Roma , como las de Occidente; en un palabra, si el Oriente todo se hubiese contentado con ser miembro del gran cuerpo en vez de la ambiciosa pretensión de ser por sí solo un gran cuerpo, tengo por indudable que, aun suponiendo las conquistas de los sarracenos, se habría tra­bado una lucha a la vez intelectual, moral y física; que al fin hubiera acabado, o por producir un cambio profundo en el pueblo conquis­tador, o por rechazarle a sus antiguos desiertos.

Se dirá que la transformación de los árabes era obra de siglos; pero ¿no lo fue acaso la de los bárbaros del Norte? ¿Estuvo quizás consu­mado este trabajo por su conversión al cristianismo? Una parte con­siderable de ellos eran arrianos; y además, comprendían tan mal las ideas cristianas, y se les hada tan recio el practicar la moral evan­gélica, que durante largo tiempo fue poco menos difícil tratar con ellos que con pueblos de una religión diferente.

Por otra parte, con­viene no perder de vista que la irrupción de los bárbaros no fue una sola, sino que por espacio de largos siglos hubo una continuación de irrupciones; pero tal era la fuerza del principio religioso que obraba en Occidente, que todos los pueblos invasores, o se vieron forzados a retroceder, o precisados a plegarse a las ideas y a las costumbres de los países nuevamente ocupados.

La derrota de las huestes de Atila, las victorias de Carlo Magno contra los sajones y demás pue­blos de la otra parte del Rin, las sucesivas conversiones de las naciones idólatras del Norte por los misioneros enviados de Roma, en fin, las vicisitudes y el resultado de las invasiones de los normandos y el definitivo triunfo de los cristianos de España sobre los moros después de una guerra de ocho siglos, son una prueba decisiva de lo que acabo de establecer; esto es, que el Occidente vivificado y ro­bustecido por la unidad católica ha tenido el secreto de asimilarse y apropiarse lo que no ha podido rechazar, y la fuerza bastante para rechazar todo aquello que no se ha podido asimilar.

Esto es lo que ha faltado al Oriente; la empresa no era más difícil allí que aquí. Si el Occidente por sí solo rescató el santo sepulcro, el Occidente y Oriente unidos o no le hubieran perdido nunca, o des­pués de rescatado le habrían conservado para siempre. La misma causa produjo que los monasterios de Oriente no alcanzaran la vida y la robustez que distinguió los de Occidente; y por esto anduvieron debilitándose con el tiempo, sin hacer nada grande que sirviese a prevenir la disolución social, que preparase en silencio y elaborase lentamente una regeneración de que pudiera aprovecharse la posteridad, ya que la Providencia había querido que las generaciones presentes viviesen abrumadas de calamidades y catástrofes.

 Cuando se ha visto en la historia el brillante principio de los monasterios de Oriente, estrechase el corazón al notar cómo van perdiendo de su fuerza y lustre con el transcurso de los siglos, al observar cómo des­pués de los estragos sufridos por aquel desgraciado país a causa de t- las invasiones, de las guerras, y finalmente por la acción mortífera del cisma de Constantinopla, las antiguas moradas de tantos varones eminentes en sabiduría y santidad van desapareciendo de las páginas de la historia, cual antorchas que se extinguen, cual fuegos dispersos . ¡¡Y amortiguados, que se descubren acá y acullá en un campamento abandonado!!

Inmenso fue el daño que recibieron todos los ramos de los cono­cimientos humanos, de esa debilidad que comenzó por esterilizar el Oriente, y terminó por hacerle morir. Si bien se observa, en vista de los grandes sacudimientos y trastornos que estaban sufriendo la Europa, el África y el Asia, el depósito natural de los restos del an­tiguo saber no era el Occidente sino el Oriente.

No eran nuestros monasterios, donde debían archivarse los libros y demás preciosidades que generaciones más felices y tranquilas habían de explotar un día, sino los establecidos en aquellos mismos lugares, que siendo las fron­teras donde se habían tocado y mezclado civilizaciones muy dife­rentes, y en que el espíritu humano había desplegado más actividad y levantado más alto su vuelo, reunían un preciosísimo caudal de tradiciones, de ciencias, de bellezas artísticas, que eran, en una pa­labra, el grande emporio donde se hallaban amontonadas las riquezas de la civilización y cultura de todos los pueblos del mundo conocido.

No se crea sin embargo que yo pretenda significar que los monas­terios de Oriente de nada sirvieron para prestar este beneficio al entendimiento humano; la ciencia y las bellas letras de Europa re­cuerdan todavía con placer el impulso recibido con la venida de los preciosos materiales arrojados a las costas de Italia por la toma de Constantinopla.

 Pero las mismas riquezas llevadas a Europa por aque­llos hombres lanzados a nuestras plantas como por el soplo de una tempestad, y que habiendo apenas alcanzado a salvar sus vidas, lle­gaban entre nosotros como el náufrago desfallecido que a través de las ondas conserva todavía en sus ateridas manos una cantidad de oro y piedras preciosas; esto mismo hace que nos quejemos más viva­mente, porque comprendemos mejor la inmensa riqueza que debía de encerrarse en la nave que zozobró; esto mismo nos hace lamentar que los primeros tiempos de los monjes ilustres de Oriente no hayan podido eslabonarse con los nuestros.

Cuando vemos sus obras ates­tadas de erudición sagrada y profana, cuando sus trabajos nos ofrecen las muestras de una actividad infatigable, pensamos con dolor en el precioso depósito que debían de contener sus ricas bibliotecas.

Sin embargo, y a pesar de la triste verdad de las reflexiones que preceden, menester es confesar que la influencia de aquellos monas­terios no dejó de ser beneficiosa a la conservación de los conoci­mientos. Los árabes en el tiempo de su pujanza se mostraron inteli­gentes y cultos, y bajo muchos aspectos les debe la Europa considerables adelantos: Bagdad y Granada recuerdan dos hermosos, centros de movimiento intelectual y de bellezas artísticas, que sirven a disminuir el desagradable efecto del conjunto histórico de los sec­tarios de Mahoma, como dos figuras apacibles y risueñas, que hacen más soportable la vista de un cuadro repugnante y horroroso.

Si fuera posible seguir la historia del progreso de la inteligencia entre los árabes, en medio de las transformaciones y catástrofes de Oriente, quizás se encontraría el origen de muchos de sus adelantos en los conocimientos de aquellos mismos pueblos, que ellos conquistaban o destruían. Lo cierto es que en su civilización no se entrañan prin­cipios vitales que favorezcan el desarrollo de la inteligencia; así lo dice su misma organización religiosa, social y política, así lo en­señan los resultados recogidos por este pueblo después de tantos siglos de pacífico establecimiento en el país conquistado.

Todo su sistema por lo tocante a las letras y al cultivo de la inteligencia ha venido a formularse en aquellas estúpidas palabras de uno de sus caudillos, en el momento de condenar a las llamas una inmensa biblioteca: "si esos libros son contrarios al Alcorán, deben quemarse por dañosos; si le son favorables, deben quemarse por inútiles." Leemos en Paladio que los monjes de Egipto, no contentos con la elaboración de objetos sencillos y toscos, ejercían además todo gé­nero de oficios.

Los muchos millares de hombres de todas clases y de muy diferentes países que abrazaron la vida solitaria, debieron de llevar al desierto un caudal considerable de conocimientos. Sabido es a lo que puede llegar el espíritu del hombre, entregado a sí mismo en la soledad, y consagrado a una ocupación determinada; así, es una conjetura no destituida de fundamento el pensar que muchas de las noticias raras sobre los secretos de la naturaleza, sobre la utilidad y propiedades de ciertos ingredientes, sobre los principios de algunas ciencias y artes de que se mostraron muy ricos los árabes cuando su aparición en Europa, no serían más que restos de la ciencia antigua recogidos por ellos en aquellos países de antes habían sido poblados por hombres venidos de todas las regiones.

Necesario es recordar que en las primeras invasiones de los bár­baros, cuando España, el mediodía de Francia, Italia, el norte del África y las islas adyacentes a todos esos países eran devastados de un modo horroroso, adyacentes a buscar un asilo en Oriente todos cuantos estaban en disposición de emprender el viaje. De esta suerte se amontonaría más y más en aquellas regiones todo el caudal de la ciencia de Occidente; pudiendo esto haber contribuido sobremanera a depositar allí los restos del antiguo saber, que luego nos llegaron transformados y desfigurados por medio de los árabes.

El profundo desengaño de la nada del mundo, avivado por tan dilatada serie de grandes infortunios, fortificó en los desgraciados el sentimiento religioso; y los fugitivos acogidos en Oriente escuchaban con profunda emoción la voz enérgica del solitario de la gruta de Belén. Así es que gran parte de los refugiados se acogían a los monas­terios donde encontraban a un tiempo un socorro en sus necesidades y un consuelo para sus almas; resultando de aquí la acumulación en los monasterios de Oriente de una mayor cantidad de noticias pre­ciosas y conocimientos de todas clases.

Si un día llega la civilización europea a señorearse del todo de aquellas comarcas, que gimen ahora bajo la opresión musulmana, quizás pueda la historia de la ciencia añadir una hermosa página a sus trabajos, buscando entre la oscuridad de los tiempos, y por medio de los manuscritos descubiertos por la diligencia y la casualidad, el hilo que manifestaría más y más el enlace de la ciencia árabe con la antigua, y explicar así las transformaciones que anduvo sufriendo y que la hicieron parecer de objeto diferente. Las riquezas conservadas en los archivos de España relativas al tiempo de la dominación sarra­cena, archivos cuya explotación puede decirse que no se ha comen­zado todavía, pudieran quizás arrojar algunas luces sobre este punto, que sin duda ofrecería ocasión de entregarse a investigaciones ex­quisitas, las que conducirían a una apreciación sumamente curiosa de dos civilizaciones tan diferentes como la mahometana y la cristiana.

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CAPITULO XLI

Carácter de los institutos religiosos de Occidente. San Benito. Lucha de los monjes contra la decadencia. Origen de los bienes de los monjes. Influencia de estas posesiones en arraigar el respeto a la propiedad. Obser­vaciones sobre la vida del campo. La ciencia y las letras en los claustros. Graciano.

PASAMOS a examinar los institutos religiosos, tales como se presen­taron en Occidente; omitiendo el hablar de aquellos, que aunque establecidos en puntos de este último país, no eran más que una es­pecie de ramificación de los monasterios orientales. Entre nosotros, a más del espíritu evangélico que presidió a su fundación, tomaron el carácter de asociaciones conservadoras, reparadoras y regenerado­ras. Los monjes no se contentan con santificarse a sí mismos, sino que influyen desde luego sobre la sociedad. La luz y la vida que se encierran en sus santas moradas, procuran abrirse paso para alumbrar y fecundar el caos en que yace el mundo.

No sé que haya en la historia un punto de vista más hermoso y consolador que el ofrecido a nuestros ojos por la fundación, exten­sión y progreso de los institutos religiosos en Europa. La sociedad necesitaba de grandes esfuerzos para resistir sin anonadarse las terri­bles crisis que debía atravesar; el secreto de la fuerza social está en la reunión de las fuerzas individuales, en la asociación.

No es por cierto admirable que este secreto fuese conocido de la sociedad europea, como por una revelación del cielo. Todo se desmorona en ella, todo se cae a pedazos, todo perece. La religión, la moral, el poder pú­blico, las leyes, las costumbres, las ciencias, las artes, todo ha sufrido pérdidas enormes, todo está zozobrando; y si el porvenir del mundo se calcula por probabilidades humanas, los males son tantos y tan graves que el remedio se halla imposible.

Al Hombre observador, que fija aterrado su mirada en aquellos tiempos, cuando se le ofrece San Benito dando impulso a los insti­tutos monásticos, prescribiéndoles su sabia regla, procurando de esta suerte constituirlos en forma estable, parécele que un ángel de luz surge del medio de las tinieblas. La inspiración sublime que guió a este hombre extraordinario era lo más conveniente que podía ima­ginarse para depositar en el seno de la sociedad disuelta un principio de vida y reorganización.

¿Quién ignora cuál era a la sazón el estado de Italia, mejor diré, de la Europa entera? ¡Cuánta ignorancia, cuán­ta corrupción, cuántos elementos de disolución social, cuánta devas­tación en todas partes! En situación tan lamentable, aparece el santo solitario, hijo de una ilustre familia de Nusia, resuelto a combatir el mal que amenaza señorearse del mundo. Sus armas son sus virtudes; con la elocuencia de su ejemplo ejerce sobre los demás un ascen­diente irresistible; elevado a una altura superior a su siglo, ardiendo de celo, y lleno al mismo tiempo de discreción y prudencia, funda el instituto que ha de permanecer a través de los trastornos de los tiempos como una pirámide inmóvil en medio de los huracanes del desierto.

¡Qué idea más grande, más benéfica, más llena de previsión y sabiduría!, cuando el saber y las virtudes no hallaban donde refu­giarse, cuando la ignorancia, la corrupción y la barbarie iban exten­diendo rápidamente sus conquistas, levantar un asilo al infortunio, formar como un depósito donde pudieran conservarse los preciosos monumentos de la antigüedad, y abrir escuelas de ciencia y virtud donde recibieran sus lecciones los jóvenes destinados a figurar un día en el torbellino de los negocios de la tierra.

 Cuando el hombre pensador contempla la silenciosa mansión de Casino, cuando ve que se dirigen allí, de todas partes, hijos de las familias más ilustres del imperio, unos con la idea de permanecer para siempre, otros para recibir esmerada educación y llevarse luego en medio del inundo un recuerdo de las graves inspiraciones recibidas por el santo fundador en el desierto de Sublac, cuando observa que los monasterios de la orden van multiplicándose por doquiera, estableciéndose como gran­des centros de actividad en las campiñas, en los bosques y en los lugares más inhabitados, no puede menos que sentir una profunda veneración hacia el barón extraordinario que concibiera tan altos pensamientos. Si no quisiéramos mirar a San Benito como inspirado del cielo, a lo menos deberíamos considerarle como uno de aquellos hombres que de vez en cuando aparecen sobre la tierra cual ángeles tutelares del humano linaje.

Amenguada inteligencia manifestaría quien se negase a reconocer el ventajosísimo efecto que debían de producir semejantes institucio­nes. Cuando la sociedad se disuelve, lo que se necesita no son pala­bras, no son proyectos, no son leyes tampoco; son instituciones fuer­tes que resistan al ímpetu de las pasiones, a la inconstancia del espíritu humano, a los embates del curso de los acontecimientos; instituciones que levanten el entendimiento, que purifiquen y ennoblezcan el corazón, produciendo así en el fondo de la sociedad un movimiento de reacción y de resistencia contra los malos elementos que la llevan a la muerte.

Entonces, si existe un entendimiento claro, un corazón generoso, un alma poseída de sentimientos de virtud, se apresura a refugiarse en el sagrado asilo. No siempre les es dado cambiar la corriente del mundo, pero a lo menos trabajan en silencio para ins­truirse, para purificarse; derraman una lágrima de compasión sobre las generaciones insensatas que se agitan estrepitosamente en derredor; de vez en cuando alcanzan todavía a que se oiga su voz en medio del tumulto, y que sus acentos hieran el corazón del perverso, como terrible amonestación descendida de lo alto de los cielos.

 Así dis­minuyen la fuerza del mal, ya que no les sea dable remediarle del todo; protestando sin cesar contra él, le impiden que prescriba; y transmitiendo a las generaciones futuras un testimonio solemne de que en medio de las tinieblas y de la corrupción existían hombres que se esforzaban en ilustrar el mundo, y en oponer una barrera al desbor­damiento del vicio y del crimen, conservan la fe en la verdad y en la virtud, sostienen y animan la esperanza de los presentes y venideros que puedan encontrarse en circunstancias parecidas.

Esta fue la obra de los monjes en los calamitosos tiempos a que nos referimos; así cumplieron la misión más bella y sublime en pro de los grandes intereses de la humanidad.

Se dirá quizás que los inmensos bienes adquiridos por los monas­terios fueron una recompensa abundante de sus trabajos, y tal vez una seña del poco desinterés que presidía a los grandes esfuerzos; por cierto que si se miran las cosas desde el punto de vista en que las han presentado algunos escritores, las riquezas de los monjes se ofrecerán a nuestra consideración como el fruto de una codicia desmedida y de una conducta astuta e insidiosa; pero la historia entera viene a desmentir las calumnias de los enemigos de la religión; y el filósofo imparcial, haciéndose cargo de que debieron de introducirse abusos, como se introducen en todo lo humano, procura considerar las cosas en globo, en el vasto cuadro donde figuran durante largos siglos; y despreciando el mal, que no fue más que la excepción, contempla y admira el bien que fue la regla.

A más de los muchos motivos religiosos que llevaban los bienes a las manos de los monjes, había uno muy legítimo, que se ha consi­derado siempre como uno de los títulos más justos de adquisición.

Los monjes desmontaban terrenos incultos, secaban pantanos, cons­truían calzadas, encerraban en su cauce los ríos, levantaban puentes, es decir, que en una sociedad y en unas regiones que habían pasado por una nueva especie de diluvio universal, hadan lo mismo en cierto modo que ejecutaban los primeros pobladores, cuando procuraban devolver al globo desfigurado su faz primitiva. Una parte conside­rable de Europa no había recibido nunca la cultura de la mano del hombre; los bosques, los ríos, los lagos, las malezas de todas clases, se hallaban en bruto, tales como las dejara la naturaleza; los monas­terios plantados acá y acullá pueden considerarse como aquellos cen­tros de acción, que establecen las naciones civilizadas en los países nuevos, cuya faz se proponen cambiar por medio de grandes colo­nias.

 ¿Qué títulos más legítimos existieron nunca para la adquisición de cuantiosos bienes? Quien desmonta un país inculto, quien lo cul­tiva y lo puebla, ¿no es digno de conservar en él grandes propie­dades? ¿No es éste el curso natural de las cosas? ¿Quién ignora las villas y ciudades que nacieron y se engrandecieron a la sombra de las abadías?

Las propiedades de los monjes, a más de su utilidad material, pro­dujeron otra, que quizás no ha llamado cual debe la atención. La situación de una buena parte de los pueblos de Europa, en el tiempo  de que vamos hablando, estaba muy cercana de la fluctuación y movilidad en que se hallan las naciones que no han dado todavía ningún pasó en la carrera de la civilización y cultura. Por esta causa, la idea de la propiedad, que es una de las más fundamentales en toda organización social, se hallaba muy poco arraigada. En aquellas épo­cas eran muy frecuentes los ataques contra la propiedad, así como contra las personas; y del mismo modo que el hombre se encontraba a menudo obligado a defender lo que poseía, así también se dejaba llevar fácilmente a invadir la propiedad de los otros.

El primer paso para remediar un mal tan grave, era dar asiento a los pueblos por medio de la vida agrícola, y luego acostumbrarlos al respeto de la propiedad, no tan sólo por razones de moral y de interés privado, sino también por el hábito; lo que se lograba poniéndoles a la vista propiedades extensas, pertenecientes a establecimientos que se mira­ban como inviolables, y que no podían atacarse sin cometer un sacrilegio. Así las ideas religiosas se ligaban con las sociales, y prepa­raban lentamente una organización que debía llevarse a término en días más bonancibles.

Añádase a esto una nueva necesidad acarreada por el cambio que se estaba verificando en aquella época. Entre los antiguos, apenas se ve otra vida que la de las ciudades; la habitación en los campos, ese desparramamiento de una población inmensa que ha formado en los tiempos modernos una nueva nación en las campiñas, no se conocía entre ellos; y es bien notable que ese cambio en la manera de vivir se realizó cabalmente, cuando circunstancias calamitosas y tur­bulentas parecían hacerle más difícil.

Debido a la existencia de los monasterios en los campos y lugares retirados, es que pudiese arraigarse este nuevo género de vida, que sin duda se habría hecho imposible sin el ascendiente benéfico y, protector ejercicio por las grandes abadías. Ellas tenían al propio tiempo todas las riquezas y el poderío de los señores feudales, con la influencia benéfica y suave de la autoridad religiosa.

¿Cuánto no debió Alemania a los monjes? ¿No fueron ellos los que desmontaron sus tierras incultas, haciendo florecer la agricultura y creando poblaciones considerables? ¿Cuánto no les debe Fran­cia? ¿Cuánto España e Inglaterra? Esta última, a buen seguro que no llegara jamás al elevado punto de civilización de que se mues­tra tan ufana, si los trabajos apostólicos de los misioneros que pene­traron en ella en el siglo sexto, no la hubieran sacado de las tinieblas de una grosera idolatría. ¿Y quiénes eran esos misioneros? ¿No fue el principal un celoso monje llamado Agustín, enviado por un Papa que también había sido monje, San Gregorio el Grande?                                     

Al atravesar la confusión de los siglos medios, ¿dónde encuentra el lector los grandes centros de saber y de virtud, sino en aquellas mansiones solitarias, de las que salen San Isidro, arzobispo de Sevilla, el santo abad Columbano, el obispo de Arlés San Aureliano, el apóstol de Inglaterra San Agustín, el de Alemania San Bonifacio, Beda, Cuthe­berto, Aupherto, Paulo monje de Casino, Hinemaro de Reims edu­cado en el monasterio de San Dionisio, San Pedro Damián, San Bruno, San Iván, Lanfranco y  otros, que forman una clase privilegiada de hombres que en nada se parecen a los de sus tiempos?

A más del servicio que hicieron los monjes a la sociedad bajo el aspecto religioso y moral, es inapreciable el que dispensaron a las ciencias y a las letras.

Ya se ha observado repetidas veces que éstas se refugiaron en los claustros, y que los monjes conservando y co­piando los antiguos manuscritos preparaban los materiales para la época de la restauración de los conocimientos humanos.

Pero es me­nester no limitar el mérito de los monjes considerándolos como meros copiantes; muchos de ellos se elevaron a un alto punto de sabiduría, adelantándose algunos siglos a la época en que vivían. Además, no contentos con la penosa tarea de conservar y ordenar los manuscritos antiguos, dispensaban a la historia un beneficio importante por medio de las crónicas; con éstas, al paso que cultivaban un ramo tan impor­tante de estudios, recogían la historia contemporánea, que quizás sin sus trabajos se hubiera perdido.

Adón, arzobispo de Vienne, educado en la abadía de Ferriéres, es­cribe una historia universal desde la creación del mundo hasta su tiempo; Abbón, monje de San Germán des Pres, compone un poema en latín en que narra el sitio de París por los normandos; Aimón de Aquitania escribe en cuatro libros la historia de los francos; San Iván publica una crónica de los reyes de los mismos francos; el monje alemán Dithmar nos deja la crónica de Enrique I de los Oto­nes I y II y de Enrique II; crónica estimada, como escrita con sin­ceridad, que se ha publicado repetidas veces, y de la cual se valió Leibnitz para ilustrar la historia de Brunswich. Adernaro es autor de una crónica que abraza desde 829 hasta 1029; Glabero, monje de Cluny, lo es de otra historia muy estimada de los sucesos ocurridos en Francia desde 980 hasta su tiempo; Hernán de una crónica que  abarca las seis edades del mundo hasta 1054.

En fin, sería de nunca aca­bar si quisiéramos recordar los trabajos históricos de Sigeberto, de Guiberto, de Hugo, de San Víctor y otros hombres insignes, que elevándose sobre su tiempo, se dedicaban a esa clase de tareas. La dificultad y alto mérito de ellas difícilmente podemos apreciarlo nos­otros, viviendo en época en que son tan fáciles los medios de ins­truirse, y en que heredadas las riquezas de tantos siglos, el espíritu encuentra por todas partes caminos anchurosos y trillados.

Sin la existencia de los institutos religiosos, sin el asilo de los claustros, hubiera sido imposible que se formasen hombres tan escla­recidos. No sólo se habían perdido las ciencias y las letras, sino que habían llegado a ser muy raros los seglares que sabían leer y escribir; y por cierto, que semejantes circunstancias no eran a propósito para formar hombres tan eminentes, que podrían muy bien honrarse con ellos siglos mucho más adelantados.

¿Quién no se ha parado repe­tidas veces a contemplar el insigne triunvirato de Pedro el Venerable? San Bernardo y el abad Suger? ¿No puede decirse que el siglo doce se salió de su lugar, produciendo un escritor como Pedro el Venerable, un orador como San Bernardo, un hombre de Estado como Suger?

Otro monje célebre se nos presenta también en aquellos tiempos, y cuya influencia en el adelanto de los conocimientos no ha sido estimada, cual merece, por aquellos críticos que sólo se complacen en señalar los defectos; hablo de Graciano. Los que han declamado contra él, recogiendo afanosos los yerros en que pudo incurrir, se hubieran conducido harto mejor, colocándose en el lugar del com­pilador del siglo doce, con la misma falta de medios, sin las luces de la crítica, y ver entonces si la atrevida empresa no fue llevada a cabo mucho más felizmente de lo que era de esperar.

 El provecho que resultó de la colección de Graciano es incalculable. Presentando en breve volumen mucho de lo más selecto de la antigüedad con res­pecto a la legislación civil y canónica, recogiendo en abundancia textos de santos padres aplicados a toda clase de materias, a más de excitar el estudio y el gusto de ese género de investigaciones, daba un paso inmenso para que las sociedades modernas satisficiesen una de las primeras necesidades, así en lo eclesiástico corno en lo civil cual era la formación de los códigos.

Se dirá que los errores de Gra­ciano fueron contagiosos, y que más hubiera valido recurrir directa­mente a los originales; pero para leer los originales es necesario conocerlos, tener noticia de su existencia, hallarse incitado por el deseo de aclarar alguna dificultad, haber tomado gusto a esta clase de investigaciones, todo lo cual faltaba antes de Graciano, y todo se 1a promovía por la empresa de Graciano. La general aceptación de sus trabajos es la prueba más convincente del mérito que encerraban; y si se responde que esa aceptación la debieron a la ignorancia de los tiempos, yo añadiré que siempre debemos agradecer el que se arroje un rayo de luz, por débil que sea, en medio de las tinieblas.

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CAPITULO XLII

Carácter de las órdenes militares. Las Cruzadas. La fundación de las órdenes militares es la continuación de las Cruzadas.

DE LA RÁPIDA oleada que acabamos de echar sobre los institutos reli­giosos desde la irrupción de los bárbaros hasta el siglo XII, se infiere que durante esta temporada fueron un robusto sostén para impedir el completo desmoronamiento de la sociedad, un asilo del infortunio, de la virtud y del saber, un depósito de las preciosidades de los an­tiguos, y una especie de asociaciones civilizadoras que trabajaban en silencio en la reconstrucción del edificio social, en neutralizar la fuerza de los principios disolventes, y un plantel donde pudieron formarse los hombres de que habían menester los altos puestos de la  Iglesia y del Estado.

En el siglo XII y siguiente aparecen nuevos - institutos que presentan un carácter muy, distinto. Su objeto es tam­bién altamente religioso y social, pero los tiempos han cambiado, y es menester recordar las palabras del apóstol: onnua omnibus. Exa­minemos cuáles fueron las causas y los resultados de semejantes innovaciones.

Antes de pasar más adelante, diré dos palabras sobre las órdenes militares, cuyo nombre indica ya bastante la reunión del doble ca­rácter de religioso y de soldado. ¡La unión del monacato con la milicia!, exclamarán algunos, ¡qué conjunto tan monstruoso! No obstante, esa pretendida monstruosidad fue muy conforme al curso natural y regular de las cosas, fue un poderoso remedio aplicado a males gravísimos, un reparo contra peligros inminentes; en una pala­bra, fue la expresión y satisfacción de una gran necesidad europea.

No es propio de este lugar el tejer la historia de las órdenes militares, historia que, tanto como otra cualquiera, ofrece cuadros her­mosísimos e interesantes, con aquella mezcla de heroísmo e inspiración religiosa, que aproxima la historia a la poesía. Basta pronunciar los - nombres de los  caballeros templarios, de los hospitalarios, de los teu­tónicos, de San Raimundo, abad de Fitero; de los de Calatrava, para - que el lector recuerde una serie de acontecimientos raros, que forman una de las más bellas páginas de la historia. Dejemos, pues, aparte una narración que no nos pertenece, y detengámonos un momento a examinar el origen y el espíritu de aquellos famosos institutos.

La enseña de los cristianos y el pendón de la Media Luna eran dos enemigos irreconciliables por naturaleza, y enconados además sobremanera, a causa de su dilatada y encarnizada lucha. Ambos abrigaban vastos planes; ambos eran muy poderosos; ambos contaban con pueblos decididos, entusiasmados, prontos a precipitarse unos sobre otros; ambos tenían grandes probabilidades en que podían fundar esperanzas de triunfo. ¿De qué parte quedará la victoria?

¿Cuál es la conducta que deben seguir los cristianos para preservarse del peligro que les amenaza? ¿Es más conveniente que tranquilos en Europa esperen el ataque de los musulmanes, o que levantándose en masa se arrojen sobre el enemigo, buscándole en su propio país, allí donde se considera invencible?

El problema se resolvió en este último sentido, se formaron las Cruzadas, y los siglos siguientes han venido a confirmar el acierto de la resolución. ¿Qué importan algunas declamaciones en que se afecta interés por la justicia y la humanidad? Nadie se deja deslumbrar por ellas; la filosofía de la historia amaestrada con las lecciones de la experiencia y con mayor caudal de conocimientos, fruto de un más detenido estudio de los hechos, ha fallado irrevocablemente la causa; y en esto, como en todo lo demás, la religión ha salido triunfante en el tribunal de la filosofía.

Las Cruzadas, lejos de considerarse como un acto de barbarie y de temeridad, son justamente miradas como una obra maestra de política que aseguró la independencia de Europa, adquirió a los pueblos cristianos una decidida preponderancia sobre los musulmanes, fortificó y agrandó el espíritu militar de las naciones europeas, les comunicó un sentimiento de fraternidad que hizo de ellas un solo pueblo, desenvolvió en muchos sentidos el espíritu humano, contribuyó a mejorar el estado de los vasallos, preparó la entera ruina del feudalismo, creó la marina, fomentó el comercio y la industria, dando de esta suerte un poderoso impulso para adelantar por diferentes senderos en la carrera de la civilización.

No es esto decir que los hombres que concibieron las Cruzadas y los papas que las promovieron y los pueblos que las siguieron, y los señores y príncipes que las apoyaron, calculasen toda la extensión de su propia obra, ni columbrasen siquiera los inmensos resultados; basta que la cuestión existiese y que se resolviese en el sentido más favorable a la independencia y prosperidad de Europa; basta, repito, y además advierto, que cuanto menos parte haya tenido la previsión de los hombres, más será lo que debe atribuirse a las cosas; y las cosas aquí no son más que los principios y sentimientos religiosos en sus relaciones con la conservación y felicidad de las sociedades, no son más que el Catolicismo cubriendo con su égida y vivificando con su soplo la civilización europea.

383 Tenemos ya las Cruzadas; recordad ahora que este pensamiento, tan grande y generoso, fue concebido empero con cierta vaguedad, y ejecutado con aquella precipitación, fruto de la impaciencia de un celo ardoroso; recordad que este pensamiento, corno hijo del Catolicismo que convierte siempre sus ideas en instituciones, debía también realizarse en una institución que le expresara fielmente, que le sirviera como de órgano para hacerse más sensible, de apoyo para hacerse duradero y fecundo, y entonces buscaréis un medio de unir la religión y las armas; os complaceréis en encontrar bajo la coraza de hierro un corazón lleno de ardor por la religión de Jesucristo, en hallaros con esa nueva clase de hombres, que se consagran sin reserva a la defensa de la religión, al propio tiempo que renuncian todas las cosas del mundo: más mansos que corderos, más fuertes que leones, según expresión de San Bernardo. "tan pronto se reúnen en comunidad para levantar al cielo una oración fervorosa, tan pronto marchan impávidos al combate blandiendo la formidable lanza, terror de las huestes agarenas”.

No, no se encuentra en los fastos de la historia un acontecimiento más colosal que el de las Cruzadas; no se encuentra tampoco una institución más generosa .y bella que la de las órdenes militares. En las Cruzadas se levantan innumerables naciones, marchan a través de los desiertos, se engolfan en países que no conocen, se abandonan sin reserva a todo el rigor de las estaciones y de los climas; y ¿para qué? ¡Para libertar un sepulcro! ...

 Sacudimiento grande, inmortal, donde cien y cien pueblos marchan a una muerte segura; no en busca de intereses mezquinos, no con el afán de establecerse en países más gratos y feraces, no con el ansia de encontrar ningún emolumento terreno; y sí sólo inspirados por una idea religiosa, por el anhelo de poseer el sepulcro de aquel que murió en una cruz por la salud del humano linaje. En comparación de ese memorable acontecimiento, ¿a qué se reducen las hazañas de los griegos cantadas por Hornero? La Grecia se levanta para vengar el ultraje de un marido; la Europa se levanta para rescatar el sepulcro de un Dios.

Cuando después de los desastres v de los triunfos de las Cruzadas aparecen las órdenes militares, ora peleando en Oriente, ora sosteniéndose en las islas del Mediterráneo, y resistiendo las rudas acometidas del islamismo, que ufano de sus victorias quiere abalanzarse de nuevo sobre la Europa, parécenos ver aquellos valientes, que en el día de una gran batalla quedan solos en el campo, peleando uno contra cien, comprando con su heroísmo y sus vidas la seguridad de sus compañeros de armas, que se retiran a sus espaldas.

384 ¡Gloria y prez a la religión, que ha sido capaz de inspirar tan elevados pensamientos, que ha podido realizar tan arduas y generosas empresas!

 


CAPITULO XLIII

Caracteres del espíritu monástico en el siglo XIII. Nuevos institutos religiosos. Carácter de la civilización europea opuesto al de las otras civilizaciones. Mezcla de diversos elementos en el siglo XIII. Sociedad semibárbara. Cristianismo y barbarie, Fórmula para explicar la historia de aquella época, Situación de la Europa al principio del siglo XIII. Las guerras se hacen más populares. Por qué el movimiento de las ideas comenzó antes en España que en el resto de Europa. Efervescencia del mal durante el siglo XII. Tanchelmo. Eón. Los maniqueos. Los valdenses. Movimiento religioso al principio del siglo XIII. Órdenes mendicantes, su influencia sobre la democracia. Su carácter. Sus relaciones con Roma.

QUIZÁS el lector, por más contrario que fuera de las comunidades religiosas, no estará ya mal avenido con los solitarios de Oriente, habiéndole mostrado en ellos una clase de hombres que, poniendo en, planta los más sublimes y austeros consejos de la religión, dieron un brioso impulso a la humanidad, para que, levantándose del cieno en que la tenía sumida el paganismo, desplegase sus hermosas alas hacia regiones más puras.

El acostumbrar al hombre a una moral grave y severa, el concentrar el alma dentro de sí misma, el comunicarle un vivo sentimiento de la dignidad de su naturaleza y de la altura de su origen y destino, el inspirarle por medio de extraordinarios ejemplos la seguridad de que el espíritu ayudado de la gracia del cielo puede triunfar de las pasiones brutales, y llevar sobre la tierra una vida de ángel, son beneficios señalados en demasía, para que un corazón noble pueda menos de agradecerlos, interesándose vivamente por los hombres que los dispensaron.

Por lo que toca a los monasterios de Occidente, también salta de tal modo a los ojos su influencia benéfica y civilizadora, que no puede mirarlos con desvío ningún amante de la humanidad. Por fin, los caballeros de las órdenes militares ofrecen una idea tan hermosa, tan poética, realizan de un modo tan admirable uno de aquellos sueños dorados que desfilan por la fantasía en momentos de entusiasmo, que por cierto no dejarán de tributarles respetuoso homenaje todos los corazones capaces de latir en presencia de lo sublime y de lo bello.

385 Empresa más difícil me aguarda, queriendo presentar en el tribunal de la filosofía, de esa filosofía indiferente o incrédula, las comunidades religiosas, no comprendidas en la reseña que acabo de trazar. El fallo contra éstas se ha lanzado con una severidad terrible; pero en tales materias la injusticia no puede prescribir: ni los aplausos de los hombres irreligiosos, ni los golpes de la revolución derribando cuanto encontrara a su paso, impedirán que se restablezca en su punto la verdad, y que se marquen con un sello de ignominia la sinrazón y el crimen.

Érase allá a principios del siglo XIII, cuando empiezan a presentarse tina nueva clase de hombres que, con diferentes títulos, con varias denominaciones, bajo distintas formas, profesan una vida singular y extraordinaria.

Unos cubren a su cuerpo con tosco sayal, renuncian a toda riqueza, a toda propiedad, se condenan a mendicidad perpetua, esparciéndose por los campos y ciudades para ganar almas a Jesucristo; otros llevan sobre su hábito el distintivo de la redención humana, y se proponen rescatar de las cadenas a los innumerables cautivos, que la turbación de' los tiempos llevara a la esclavitud en los países musulmanes; unos levantan la cruz en medio de un pueblo numeroso, que se precipita tras de su huella, e instituyen una nueva devoción, himno continuo de alabanza a Jesús y a María, predicando al propio tiempo sin cesar la fe del Crucificado; otros van en busca de todas las miserias humanas, se sepultan en los hospitales, en todos los asilos de la desgracia, para socorrerla y consolarla; todos llevan nuevas enseñas, todos muestran gran desprecio del mundo, todos forman una porción separada del resto de los hombres, y no se parecen ni a los solitarios de Oriente, ni a los hijos de San Benito.

 Ellos no nacen en el desierto, sino en medio de la sociedad; no se proponen vivir encerrados en los monasterios, sino derramarse por las campiñas y aldeas, penetrar en las grandes poblaciones, hacer que resuene su voz evangélica, así en la choza del pastor como en el palacio del monarca. Crecen, se multiplican por todas partes de un modo prodigioso; la Italia, la Alemania, la Francia, la España, la Inglaterra, los acogen en su seno; numerosos conventos se levantan como por encanto en las campiñas, en las poblaciones, en las grandes ciudades; los papas los protegen y les conceden mil privilegios; los príncipes les dispensan señalados favores y les ayudan en sus empresas; los pueblos los miran con veneración y los escuchan con docilidad y acatamiento. Un movimiento religioso despliega por todas partes; nuevos institutos, más o menos parecidos, brotan como ramos de un mismo tronco; y el hombre observador que contempla atónito el inmenso cuadro se pregunta a si mismo: ¿cuáles son las causas que producen tan singular fenómeno?

386¿De dónde nace ese movimiento tan extraordinario? ¿Cuál es su tendencia? ¿Cuáles los efectos que va a producir en la sociedad?

Cuando se verifica un hecho de tanta magnitud, extendiéndose a muchos países y continuando por largos siglos, señal es que existían causas muy poderosas para ello. Aun cuando se quieran desconocer enteramente las miras de la Providencia, no puede negarse que un hecho de tal naturaleza debió de encontrar su raíz en las mismas cosas; y por consiguiente, inútil es declamar contra los hombres v contra las instituciones, El verdadero filósofo no debe entonces gastar el tiempo en anatematizar el hecho; lo que conviene es examinarle y analizarle; todos los discursos, todas las invectivas contra los frailes no borrarán por cierto su historia; ellos existieron largos siglos, y los siglos no vuelven atrás.

Prescindiendo de toda providencia extraordinaria de Dios, dejando aparte las reflexiones sugeridas por la religión al verdadero fiel, y considerando únicamente los institutos modernos bajo un aspecto meramente filosófico, puede explicarse el hecho, no sólo como muy conducente al bienestar de la sociedad, sino también como muy adaptado a la situación en que ella se encontraba; puédese demostrar que nada medió, ni de astucia, ni de malignidad, ni de designios interesados; que esos institutos tuvieron un objeto altamente provechoso, que fueron a un tiempo la expresión y la satisfacción de grandes necesidades sociales.

La cuestión se brinda de suyo a ser traída a semejante terreno; y es extraño que no se haya dado toda la importancia que merecen a los hermosos puntos de vista que en él se pueden encontrar.

Con la mira de aclarar esta interesante materia, entraré en algunas consideraciones relativas al estado social de Europa en dicha época, A la primera ojeada que se echa sobre aquellos tiempos, se nota que, a pesar de la rudeza de los espíritus, rudeza que a lo que parece había de sumir a los pueblos en una postración abyecta y silenciosa, hay no obstante una inquietud que remueve y agita profundamente los ánimos.

 Hay ignorancia, pero es una ignorancia que se conoce a sí misma, que se afana en pos del saber; hay, falta de armonía en las relaciones e instituciones sociales, pero esa falta es sentida y conocida por doquiera; un continuo sacudimiento está indicando que esa armonía es deseada con ansia, buscada con ardor. No se qué carácter tan singular presentan esos pueblos europeos; jamás se descubren en ellos síntomas de muerte; son bárbaros, ignorantes, corrompidos, todo lo que se quiera; pero como si estuviesen oyendo siempre una voz que los llama a la luz, a la civilización, a nueva vida, se agitan sin cesar por salir del mal estado en que los sumergieron circunstancias calamitosas.

387 Nunca duermen tranquilos en medio de las tinieblas, nunca viven sin remordimiento en la depravación de costumbres; el eco de la virtud resuena continuamente a sus oídos, ráfagas de luz se abren paso a través de las sombras. Mil y mil esfuerzos se hacen para avanzar en la carrera de la civilización, mil y mil veces se frustran las tentativas; pero otras tantas vuelven a emprenderse, nunca se abandona la generosa tarea, el mal éxito nunca desanima, se la acomete de nuevo con un aliento y brío que no desfallecen jamás. Diferencia notable, que los distingue de los demás pueblos, donde no ha penetrado la religión cristiana, o donde se ha llegado a desterrarla.

La antigua Grecia cae, y cae para no levantarse; las repúblicas de la costa de Asia desaparecen, y no vuelven a alzarse de sus ruinas; la antigua civilización de Egipto es hecha pedazos por los conquistadores, y la posteridad ha podido a duras penas conservar su recuerdo; todos los pueblos de la costa de África no presentan ciertamente ninguna muestra que pueda indicarnos la patria de San Cipriano, de Tertuliano y de San Agustín.

Todavía más: en una parte considerable de Oriente se ha conservado el cristianismo, pero separado de Roma; y hele aquí impotente para regenerar ni restaurar. La política le ha tendido su mano, le ha cubierto con su égida; pero la nación favorecida es débil, no puede tenerse en pie; es un cadáver que se hace andar; no es el Lázaro que haya oído la voz todopoderosa: Lázaro, ven afuera; Lazare, veni foras.

Esa inquietud, esa agitación, ese ardiente anhelo de un porvenir más grande y venturoso, ese deseo de reforma en las costumbres, de ensanche y rectificación en las ideas, de mejora en las instituciones, que forman uno de los principales distintivos de los pueblos de Europa, se hacían sentir de un modo violento en la época a que nos referimos. Nada diré de la historia militar y política de aquellos tiempos, historia que nos suministraría abundantes pruebas de esta verdad; me ceñiré únicamente a los hechos que más analogía tienen con el objeto que me ocupa, a causa de ser religiosos y sociales. 

Terrible energía de ánimo, gran fondo de actividad, simultáneo desarrollo de las pasiones más fuertes, espíritu emprendedor, vivo anhelo de independencia, fuerte inclinación al empleo de medios violentos, extraordinario gusto de proselitismo; la ignorancia combinada con la sed del saber, y hasta con el entusiasmo y el fanatismo por todo cuanto lleva el nombre de ciencia; alto aprecio de los títulos de nobleza y de sangre, junto con espíritu democrático y con profundo respeto al mérito dondequiera que se halle; un candor infantil, una credulidad extremada, y al propio tiempo la indocilidad más terca, el espíritu de más tenaz resistencia, una obstinación espantosa; la corrupción y licencia de costumbres hermanadas con la admiración por la virtud, con la afición a las prácticas más austeras, con la propensión a usos y costumbres los más extravagantes; he aquí los rasgos que nos presenta la historia en aquellos pueblos.

388 Extraña parecerá a primera vista tan singular mezcolanza; y sin  embargo nada había más natural; las cosas no podían suceder de otra manera. Las sociedades se forman bajo el influjo de ciertos principios y de particulares circunstancias, que les comunican la índole y carácter, y determinan su fisonomía. Lo propio que sucede con el individuo se verifica con la sociedad; la educación, la instrucción, la complexión, y mil otras circunstancias físicas y morales, concurren a formar un conjunto de influencias, de donde resultan las calidades más diferentes, y a veces contradictorias.

En los pueblos de Europa se había verificado esta concurrencia de causas de un modo singular y extraordinario; y así es que los efectos eran tan extravagantes y discordes como acabamos de indicar. Recuérdese la historia desde la caída del imperio romano hasta el fin de las Cruzadas, y se verá que jamás se encontró un conjunto de naciones donde se combinaran elementos tan varios y se realizaran sucesos más colosales. Los principios morales que presidían al desarrollo de los pueblos europeos se hallaban en la más abierta contradicción con la índole y la situación de los mismos.

Esos principios eran puros por naturaleza, invariables como Dios que los había establecido, luminosos como emanados de la fuente de toda luz y de toda vida; los pueblos eran ignorantes, rudos, movedizos como las olas del mar, corrompidos como resultado de mezclas impuras; por esta causa se estableció una terrible lucha entre los principios y los hechos, y se vieron las contradicciones más singulares, conforme lo traía el respectivo predominio alcanzado ora por el bien, ora por el mal. Jamás se vio de un modo más patente la lucha de elementos que no podían vivir en paz; el genio del bien y el del mal parecían descendidos a la arena y batirse cuerpo a cuerpo.

Los pueblos de Europa no eran pueblos que se hallasen en la infancia, pues que estaban rodeados de instituciones viejas, se encontraban llenos de recuerdos de la civilización antigua, conservaban de ella notables restos, y ellos mismos eran el resultado de la mezcla de cien otros de diferentes leyes, usos y costumbres. No eran tampoco pueblos adultos; pues que no debe aplicarse esta denominación ni al individuo ni a la sociedad, hasta que han llegado a cierto desarrollo de que a la sazón se hallaban ellos muy distantes.

389 De suerte, que es difícil encontrar una palabra que explique aquel estado social, porque no siendo el de la civilización, no era tampoco el de la barbarie; dado que existían tantas leyes e instituciones, que no merecen por cierto tal nombre. Si se los apellida semi bárbaros, quizás nos acercaremos a la verdad; bien que por otra parte poco hacen las palabras con tal que tengamos bien clara la idea de las cosas.

No puede negarse que los pueblos europeos a causa de una larga cadena de acontecimientos trastornadores y de la extraña mezcla de las razas, y de las ideas y costumbres de los conquistadores entre sí y con los conquistados, tenían inoculada una buena cantidad de barbarie, y un germen fecundo de agitación y desorden; pero el maligno influjo de estos elementos estaba contrarrestado por la acción del cristianismo que, habiendo logrado decidido predominio sobre los ánimos, se hallaba apoyado además por instituciones muy robustas, y hasta disponía de grandes medios materiales para llevar a cabo sus obras.

Las doctrinas cristianas se habían filtrado por todas partes, y cual jugo balsámico tendían a endulzarlo y suavizarlo todo; pero el espíritu tropezaba a cada paso con la materia, la moral con las pasiones, el orden con la anarquía, la caridad con la fiereza, el derecho con el hecho; y de aquí una lucha que, si bien es general en cierto modo a todos los tiempos y países, como fundada en la naturaleza del hombre, era a la sazón más recia, más ruda, más estrepitosa, a causa de hallarse en la misma arena, cara a cara, sin ningún mediador, dos principios tan opuestos como son la barbarie y el cristianismo.

Observad atentamente aquellos pueblos, leed con reflexión su historia, y veréis que esos dos principios se hallan en lucha constante, se disputan la influencia y la preponderancia, y que de ahí resultan las más extrañas situaciones y los contrastes más raros. Estudiad el carácter de las guerras de la época, y oiréis la incesante proclamación de las máximas más santas, la invocación de la legitimidad, del derecho de la razón, de la justicia, oiréis que se apela de continuo al tribunal de Dios; he aquí la influencia cristiana; pero afligirán al propio tiempo vuestra vista innumerables violencias, crueldades, atrocidades, el despojo, el rapto, la muerte, el incendio, desastres sin fin; he aquí la barbarie.

Dando una mirada a las Cruzadas notaréis cual bullen en las cabezas grandes ideas, vastos planes, altas inspiraciones, designios sociales y políticos de la mayor importancia; sentimientos nobles y generosos rebosan en todos los corazones, un santo entusiasmo tiene fuera de sí todas las almas, haciéndolas capaces de las empresas más heroicas; he aquí la influencia del cristianismo; pero atended a la ejecución, y veréis en ella el desorden, la imprevisión, la falta de disciplina en los ejércitos, los atropellamientos, las violencias; echaréis de menos el concierto, la buena armonía entre los que toman parte en la arriesgada y gigantesca empresa; he aquí la barbarie.

 390 Una juventud sedienta de saber acude desde los países más distantes a escuchar las lecciones de maestros famosos; el italiano, el alemán, el inglés, el español, el francés se hallan mezclados y confundidos alrededor de las cátedras de Abelardo, de Pedro Lombardo, de Alberto Magno, del doctor de Aquino; una voz poderosa resuena a los oídos de aquella juventud, llamándola a dejar las tinieblas de la ignorancia y a remontarse a las  regiones de la ciencia; el ardor de saber la consume, los más largos viajes no la arredran, el entusiasmo por sus maestros más distinguidos es una exaltación que no puede describirse; he aquí la influencia cristiana, que sacudiendo e iluminando de continuo el espíritu del hombre, no sólo no le deja dormir tranquilo en medio de las sombras, sino que le incita sin reposo a que ocupe dignamente su entendimiento en busca de la verdad.

Pero, ¿veis esa juventud que manifiesta tan hermosas disposiciones e infunde tan legítimas y halagüeñas esperanzas? Es esa misma juventud licenciosa, inquieta, turbulenta, que se entrega a las más lamentables violencias, que anda de continuo a estocadas por las calles, y que forma en medio de ciudades populosas una pequeña república, una democracia difícil de enfrentar, y donde a duras penas puede alcanzarse que dominen el orden y la ley; he aquí la barbarie.

Muy bueno es, y muy conforme al espíritu de la religión, que el hombre culpable, cuando ofrece a Dios un corazón contrito y humillado manifieste el dolor y la pesadumbre de su alma por medio de actos externos, procurando además fortificar su espíritu y refrenar sus malas inclinaciones, empleando contra la carne los rigores de una austeridad evangélica. Todo esto es muy razonable, muy justo, muy santo, muy conforme a las máximas de la religión cristiana, que así lo prescribe para la justificación y santificación del pecador, y reparación del daño causado a los demás con el escándalo de una mala vida; pero que esto se exagere hasta tal punto que anden divagando por la tierra penitentes desnudos, cargados de hierro, inspirando con su presencia horror y espanto, como sucedía en aquellos tiempos, hasta verse obligada la autoridad a reprimir el abuso, esto lleva ya la marca del espíritu duro y feroz que acompaña el estado de barbarie.

391 Nada más verdadero, más bello y más saludable a la sociedad que el suponer a Dios tomando la defensa de la inocencia, protegiéndola contra la injusticia y la calumnia, y haciendo que tarde o temprano salga pura y radiante de en medio del polvo y de las manchas con que se haya querido oscurecerla y afearla; esto es el resultado de la fe en la Providencia, fe dimanada de las ideas cristianas, que nos presentan a Dios abarcando con su mirada el mundo entero, llegando con ojo penetrante hasta el mas recóndito pliegue de los corazones, y no descuidando en su paternal amor la mas ínfima de sus criaturas.

Pero, ¿quién no ve cuán inmensa distancia va de semejantes creencias hasta las pruebas del agua hirviente, del fuego, del duelo? ¿Quién no descubre aquí aquella rudeza que todo lo confunde, aquel espíritu de violencia que se empeña en forzarlo todo, pretendiendo en alguna manera obligar al mismo Dios a que se ponga de continuo a merced de nuestras necesidades o caprichos, dando por medio de milagros un solemne testimonio sobre cuanto nos conviene o nos place averiguar?

Presento aquí esos contrastes para excitar recuerdos a los que hayan leído la historia, y para poder sacar en pocas palabras la fórmula sencilla y general, que resume todos aquellos tiempos: la barbarie templada por la religión, la religión afeada por la barbarie.

Cuando estudiamos la historia, tropezamos con un gravísimo inconveniente que nos hace siempre difícil, y a menudo imposible, el comprenderla con perfección: todo lo referimos a nosotros mismos y a los objetos que nos rodean. Falta disculpable hasta cierto punto, por tener su raíz en nuestra propia naturaleza, pero contra la cual es necesario prevenirse con cuidado, si queremos evitar las equivocaciones lastimosas en que incurrimos a cada instante.

A los hombres de otras épocas nos los figuramos como a nosotros; sin advertirlos, les comunicamos nuestras ideas, costumbres, inclinaciones, nuestro temperamento mismo; cuando hemos formado esos hombres, que sólo existen en nuestra imaginación, queremos, exigimos que los hombres reales y verdaderos obren de la misma suerte que los imaginarios; y al notar la discordancia de los hechos históricos con nuestras desatentadas pretensiones, tachamos de extraño y monstruoso lo que a la sazón era muy regular y ordinario.

Lo propio hacemos con las leyes y las instituciones: en no viéndolas calcadas sobre los tipos que tenernos a la vista, declamamos desde luego contra la ignorancia, la iniquidad, la crueldad de los hombres que las concibieron y las plantearon. Cuando se desea formar idea cabal de una época, es necesario trasladarse en medio de ella, hacer un esfuerzo de imaginación para vivir, digámoslo así, y conversar con sus hombres; no contentarse con oír la narración de los acontecimientos, sino verlos, asistir a su realización, hacerse uno de los espectadores, de los actores si es posible; evocar del sepulcro las generaciones, haciéndolas hablar y obrar de nuevo en nuestra presencia. Esto, se me dirá, es muy, difícil; convengo en ello; pero replicaré que este trabajo es necesario, si el conocimiento de la histeria ha de significar algo más que una simple noticia de nombres y de fechas.

392 Por cierto que no es conocido un individuo hasta que se sabe cuáles son sus ideas, cuál su índole, su carácter, su conducta; lo propio sucede con una sociedad. Si ignoramos cuáles eran las doctrinas que la dirigían, cuál su moda de mirar y sentir las cosas, veremos los acontecimientos sólo en la superficie, conoceremos las palabras de la ley, pero no alcanzaremos su espíritu y su mente; contemplaremos una institución, pero sin ver más de ella que la armazón exterior, sin penetrar su mecanismo, ni adivinar los resortes que le comunican el movimiento. Si se quieren evitar esos inconvenientes, resulta el estudio de la historia el más difícil de todos, es cierto; pero tiempo ha que debiera conocerse que los arcanos del hombre y de la sociedad, así como son el objeto más importante de nuestro entendimiento, son también el más arduo, el más trabajoso, el menos accesible a la generalidad de los espíritus.

El individuo de los siglos a que nos referimos no era el individuo de ahora; sus ideas eran muy distintas; su modo de ver y sentir las cosas muy diferente; el temple de su alma no se parecía al de la nuestra; lo que para nosotros es inconcebible, era para aquellos hombres muy natural; lo que a nosotros nos repugna, era para ellos muy agradable.

Al entrar en el siglo XIII había recibido ya la Europa el fuerte sacudimiento producido por las Cruzadas; empezaban a germinar las ciencias, se desplegaba el espíritu mercantil, asomaba la afición a la industria; y el gusto de comunicarse unos hombres con otros, unos pueblos con otros, iba tomando cada día extensión e incremento, El sistema feudal comenzaba a desmoronarse, el movimiento de los Comunes se desarrollaba rápidamente, el espíritu de independencia se hacía sentir por todas partes; y con la abolición casi completada de la esclavitud, con el cambio acarreado por las Cruzadas en la posición de los vasallos y siervos, encontrábase la Europa con una población muy crecida, que no estaba bajo las cadenas que en las antiguas sociedades privaban al mayor número de los derechos de ciudadano y hasta de hombre, que sufría a duras penas el yugo del feudalismo, y que además estaba muy distante de reunir las circunstancias necesarias para ocupar dignamente el puesto que corresponde a ciudadanos libres.

393 La democracia moderna se presentaba ya desde un principio con sus grandes ventajas, sus muchos inconvenientes, sus inmensos problemas, que nos agobian y desconciertan todavía en la actualidad, después de tantos siglos de experiencia y ensayos. Los mismos señores conservaban aún en buena parte los hábitos de barbarie y ferocidad con que se habían tristemente señalado en los anteriores tiempos; y el poder real estaba muy lejos de haber adquirido la fuerza y el prestigio necesarios para dominar tan encontrados elementos y levantarse en medio de la sociedad, como un símbolo de respeto a todos los intereses, un centro de reunión de todas las fuerzas, y una personificación sublime de la razón y de la justicia.

En aquel mismo siglo empiezan las guerras a tener un carácter más popular, y por consiguiente más trascendental y más vasto. Los alborotos del pueblo comienzan a presentar el aspecto de turbulencias políticas; ya se descubre algo mas que la ambición de los emperadores pretendiendo imponer el yugo a la Italia; ya no son reyezuelos que se disputan una corona o una provincia; ya no son condes y barones que seguidos de sus vasallos luchan entre sí o con las municipalidades vecinas, regando de sangre y cubriendo de destrozos las comarcas; en los movimientos de aquella época se nota algo más grave, más alarmante.

Pueblos numerosos se levantan y se agolpan en torno de una bandera que no lleva los blasones de un barón, ni las insignias de un monarca, sino el nombre de un sistema de doctrinas. Sin duda que los señores se mezclan en la reyerta, y que a causa de su poderío se alzan todavía muy alto sobre la turba que los rodea y los sigue; pero la causa que se ventila ya no es la causa de los señores; ésta forma en verdad una parte de los problemas de la época, pero la humanidad ha extendido sus miradas más allá del horizonte de los castillos. Aquella agitación y movimiento producidos por la aparición de nuevas doctrinas religiosas y sociales, son el anuncio y el principio de la cadena de revoluciones que van a recorrer las naciones europeas.

No estaba el mal en que los pueblos anduvieran en pos de las ideas, y se resistiesen a tomar por única guía los intereses y la enseña de cualquier tirano; muy al contrario, esto era un gran paso en el camino de la civilización, una señal de que el hombre sentía y conocía su dignidad; un indicio de que extendiendo su ojeada a un ámbito más anchuroso, comprendía mejor su situación, sus verdaderos intereses.

Resultado natural del vuelo que iban tomando cada día las facultades del espíritu, vuelo a que contribuyeron sobremanera las Cruzadas; pues, desde entonces, todos los pueblos de Europa se acostumbraron a pelear no por un reducido terreno, no por satisfacer la ambición o la venganza de un hombre, sino por el sostén de un principio, por borrar el ultraje hecho a la religión verdadera; en una palabra, se acostumbraron los pueblos a moverse, a luchar, a morir por una idea grande, digna del hombre, y que lejos de limitarse a un país reducido, abarcaba el cielo y la tierra.

394 Así es notable que el movimiento popular, el desarrollo de las ideas, empezaron mucho antes en España que en el resto de Europa, a causa de que la guerra con los moros hizo que se adelantase para la Península el tiempo de las Cruzadas. El mal, repito, no estaba en el interés que tomaban los pueblos por las ideas, sino en el inminente riesgo de que, siendo todavía muy groseros e ignorantes, no se dejasen alucinar y arrastrar de un fanático cualquiera.

En medio de tanto movimiento, la dirección que éste tomase debía decidir de la suerte de Europa; y si no me engaño, el siglo XII y XIII fueron épocas críticas, en que, no sin probabilidad en sentidos contrarios, se resolvió la inmensa cuestión de si la Europa bajo el aspecto social y político debía aprovechar de los beneficios del cristianismo, o si se habían de echar a perder todos los elementos que prometían un mejor porvenir.

Al fijar los ojos sobre aquellos tiempos, se descubre en distintos puntos de Europa no sé qué germen funesto, indicio aciago de los mayores desastres. Doctrinas horribles brotan de aquellas masas que comienzan a agitarse; desórdenes espantosos señalan sus primeros pasos en la carrera de la vida. Hasta allí, no se habían descubierto más que reyes y señores; entonces se presentan en escena los pueblos. Al ver que han penetrado en aquel informe conjunto algunos rayos de luz y de calor, el corazón se ensancha y se alienta, pensando en el nuevo porvenir reservado al humano linaje; pero tiembla también de espanto al reflexionar que aquel calor podría producir una fermentación excesiva, acarrear la corrupción, y cubrir de inmundos insectos el campo feraz que prometiera convertirse en jardín encantador.

Las extravagancias del espíritu humano se presentaran a la sazón con aspecto tan alarmante, con un carácter tan turbulento, que los pronósticos en la apariencia más exagerados podían fundarse en hechos que les daban mucha probabilidad. Séame permitido recordar algunos sucesos que pintan el estado de los espíritus en aquella época, y que además se enlazan con el punto principal cuyo examen nos ocupa.

A principios del siglo XII encontramos al famoso Tanchelmo o Tanquelino enseñando delirios, cometiendo los mayores crímenes; y no obstante arrastra un pueblo numeroso en Amberes, en la Zelandia, en el país de Utrecht y en muchas ciudades de aquellas comarcas.

395 Propalaba este miserable que él era más digno del culto supremo que el mismo Jesucristo; pues si Jesucristo había recibido el Espíritu Santo, Tanchelmo tenía la plenitud de este mismo Espíritu. Añadía que en su persona y en sus discípulos estaba contenida la Iglesia. El pontificado, el episcopado y el sacerdocio eran según él puras quimeras.

 En su enseñanza y peroratas, se dirigía a las mujeres de un modo particular; el fruto de sus doctrinas y de su trato era la corrupción más asquerosa. Sin embargo, el fanatismo por ese hombre abominable llegó a tal punto, que los enfermos bebían con afán el agua con que se había bañado, creyéndola muy saludable remedio para el cuerpo y el alma. Las mujeres se tenían par dichosas si podían alcanzar los favores del monstruo, las madres por honradas cuando sus hijas eran escogidas para víctimas del libertinaje, y los esposos por ofendidos si sus esposas no eran mancilladas con la infame ignominia.

Conociendo este malvado el ascendiente que había llegado a ejercer sobre los ánimos, no descuidaba el explotar el fanatismo de sus secuaces; siendo una de las principales virtudes que procuraba infundirles, la liberalidad en pro de los intereses de Tanchelmo.

Hallábase un día rodeado de gran concurso, y mandó que le trajesen un cuadro de la Virgen; entonces tocando sacrílegamente la mano de la imagen, dijo que la tomaba por esposa. Volviéndose en seguida a los espectadores añadió que se había unido en matrimonio con la reina del cielo como acababan de presenciar; y así, ellos debían hacer los regalos de la boda. Inmediatamente dispuso la colocación de dos cepos, una a la derecha, otro a la izquierda del cuadro, sirviendo el uno para recibir las ofrendas de los hombres, y el otro las de las mujeres, para que así pudiera conocer cuál de los dos sexos le amaba con preferencia.

Un artificio tan sacrílego, tan sórdido y grosero, sólo parecía a propósito para concitar la indignación de los circunstantes; los resultados empero correspondieron a la previsión del antiguo impostor. Los regalos se hicieron en grande abundancia, de mucho precio; y las mujeres, siempre celosas del afecto de Tanchelmo, excedieron en larguezas a los hombres, despojándose frenéticas de sus collares, pendientes y demás joyas preciosas.

Apenas comenzó a sentirse bastante fuerte, no quiso contentarse con la predicación; procuró formar en torno de sí una reunión armada, que le presentara a los ojos del mundo como algo más que un simple apóstol. Tres mil hombres le acompañaban por todas partes; rodeado de tan respetable guardia, vestido con la mayor magnificencia y precedido de un estandarte, marchaba con la pompa de un monarca.

396 Cuando se paraba a predicar, estaban en su alrededor los tres mil satélites con las espadas en alto. Ya desde entonces asomaba el carácter violento y agresor de las falsas sectas en los siglos venideros.

Nadie ignora los muchos partidarios que tuvo Eón, a quien se le calentó la cabeza por haber oído repetidas veces aquellas palabras: per eum qui judicaturas est vivos et wortuos; llegando a persuadirse y a propalar que él era ese juez que habla de juzgar a los vivos y a los muertos. Bien conocidos son los disturbios excitados por los discursos sediciosos de Arnaldo de Brescia, así como el fanatismo iconoclasta de Pedro de Bruis y de Enrique.

Si no temiese fatigar a los lectores, fácil me fuera ofrecer escenas muy repugnantes, que retratarían al vivo el espíritu de las sectas de aquellos tiempos, y la funesta predisposición que hallaban en los ánimos, amantes de novedades, sedientos de espectáculos extravagantes, y tocados de no sé qué vértigo fatal para dejarse arrastrar a los más extraños errores y lamentables excesos. Como quiera, no puedo menos de decir cuatro palabras sobre los Cátaros, Valdenses, Patarinos de Arras, Albigenses v Pobres de León, sectas que, a más de haber tenido no poca influencia en los desastres de aquellos tiempos y en los sucesivos acontecimientos de Europa, sirven muchísimo para hacernos profundizar mas y más la cuestión que nos está ocupando.

Ya desde los primeros siglos de la Iglesia fue muy nombrada la secta de los maniqueos por sus errores y extravagancias. Con distintos títulos, con más o menos prosélitos, con más o menos variedad en sus doctrinas, continuó en los siguientes, hasta que en el decimoprimero vino a perturbar la tranquilidad de la Francia. Heriberto y Lisoy se hicieron ya tristemente célebres por su obstinación y fanatismo.

En tiempo de San Bernardo sabemos, también, que los sectarios apellidados Apostólicos se distinguían por el horror al matrimonio; mientras por otra parte se abandonaban a la más torpe y desenfrenada licencia. Tamaños extravíos encontraban no obstante favorable acogida en la ignorancia y corrupción de los pueblos; pues por dondequiera que se presentan, los vemos prender en las masas, y extenderse rápidamente como un contagio. Esta secta a más de la hipocresía común a todas, excogitó el ardid más a propósito para seducir a pueblos ignorantes y groseros, cual fue el presentarse bajo las formas de la más rígida austeridad y en un traje muy miserable.

397 Ya antes del año 1181, vemos que son bastante atrevidos para aventurarse a salir de sus conciliábulos, propalando sus doctrinas a la luz del día con el mayor descaro, y que asociándose con los famosos bandidos llamados Corterales, se arrojan a cometer toda clase de excesos. Como habían llegado a seducir algunos caballeros, y obtenido la protección de varios señores del país de Tolosa, alcanzaron a formar una sublevación temible, que sólo pudo reprimirse con la fuerza de las armas. Un testigo ocular, Esteban, abad de Santa Genoveva, enviado a la sazón por el rey a Tolosa, nos describe en pocas palabras las tropelías cometidas por los sectarios: "he visto, dice, en todas partes, quemadas las iglesias y arruinadas hasta los cimientos; he visto las habitaciones de los hombres transformadas en guaridas de brutos."

Por aquellos tiempos se hicieron famosos los valdenses o pobres de León, llamados así por su extremada pobreza, su desprecio de todas las riquezas y su traje andrajoso; y a quienes por el calzado que llevaban, se les dió también el nombre de Sabots. Sectarios que eran unos perversos imitadores de otra clase de pobres, célebres en aquella edad, que se distinguieron por sus virtudes, y particularmente por su espíritu de humildad v desprendimiento. Estos últimos formaban una especie de asociaciones en que entraban legos y clérigos, se granjearon el aprecio y respecto de los verdaderos cristianos, y obtuvieron la protección de los pontífices, quienes hasta les otorgaron el permiso de dar instrucciones públicas.

Los discípulos de Valdo se señalaron por un alto desprecio de la autoridad eclesiástica y llegaron en seguida a formar gran cúmulo dé° monstruosos errores, presentándose finalmente como una secta contraria a la religión, dañosa a la buena moral e incompatible con la tranquilidad pública.

Lejos de haberse podido extirpar con el tiempo esos errores, germen de tantas calamidades y turbulencias, se habían arraigado más y más en diferentes puntos; y tan mal camino llevaban las cosas, que a principios del siglo XIII no se veían ya únicamente sediciones pasajeras y disturbios aislados. Los errores se habían extendido en grande escala, se habían presentado en la arena con recursos formidables, por ellos se hallaba en el mayor conflicto el mediodía de la Francia, encendida con la discordia civil la guerra más espantosa.

En una organización política, donde el trono no tenía bastante fuerza para ejercer la necesaria acción enfrenadora, donde los señores conservaban todavía los medios suficientes para resistir a los reyes y atropellar a los pueblos; cuando difundido por todas partes un indócil espíritu de agitación y movimiento entre las masas, no se veía ningún medio para contenerlas, excepto la religión; cuando cabalmente el ascendiente mismo ejercido por las ideas religiosas era aprovechado de los fanáticos y perversos, para extraviar la muchedumbre con violentas peroratas en que se hacía una confusa mezcla de religión y de política,

398 Así se afectaba hipócritamente el espíritu de austeridad y desinterés; cuando los nuevos errores no se limitaban a sutiles ataques contra éste o aquel dogma, sino que empezando por trastornar las ideas más fundamentales de la religión, penetraban hasta el santuario de la familia, condenando el matrimonio, y provocando de otra parte abominaciones infames; cuando por fin el mal no se circunscribía a los países, que, o por no haber recibido más tarde el cristianismo, o por otras causas, no habían participado tanto del movimiento europeo; cuando la arena principalmente escogida era el mediodía, donde se desplegaba con más vivacidad y presteza el espíritu humano; en semejante conjunto de funestas circunstancias, consignadas en la historia de una manera incontestable.

¿No era negro, no era proceloso el porvenir de la Europa? ¿No existía el inminente riesgo de que tomando las ideas y las costumbres una dirección errada, quebrantados los lazos de la autoridad, rotos los vínculos de familia, arrastrados los pueblos por el fanatismo y la superstición, volviese la Europa a sumergirse en el caos de que andaba saliendo a duras penas?

Cuando el estandarte de la Media Luna tremolaba poderoso en España, dominante en África, victorioso en Asia, ¿era conveniente que la Europa perdiese su unidad religiosa, que cundiesen los nuevos errores, sembrando por todas partes el cisma, y con él la discordia y la guerra?

 Tantos elementos de civilización y cultura creados por el cristianismo, ¿debían dispersarse, inutilizarse para siempre? Las grandes naciones que se iban formando bajo la influencia católica, las leyes e instituciones empapadas en esta religión divina, ¿todo debía corromperse, adulterarse, perecer con la alteración de las antiguas creencias?

El curso de la civilización europea ¿debía torcerse con violencia?, las naciones, que se abalanzaban a un porvenir mas tranquilo, más próspero, más grande, ¿debían ver disipadas en un instante sus esperanzas más halagüeñas y retroceder lastimosamente hacia la barbarie? Éste era el inmenso problema social que se ofrecía en aquellos tiempos; y yo me atrevo a asegurar que el movimiento religioso desplegado a la sazón de una manera tan extraordinaria, que los nuevos institutos tachados tan ligeramente de simpleza y extravagancia fueron un medio muy poderoso de que la Providencia se valió para salvar la religión, y con ella la sociedad. Sí; el ilustre español Santo Domingo de Guzmán, y el Hombre admirable de Asís, cuando no ocuparan un lugar en los altares recibiendo por su eminente santidad el acatamiento de los fieles, merecerían que la sociedad y la humanidad agradecidas les hubiesen levantado estatuas.

399 ¿Qué? ¿Os escandalizáis de estas palabras, los que no habéis leído la historia, o no la habéis mirado sino a través del mentiroso prisma de las preocupaciones protestantes y filosóficas? Decidme; en aquellos hombres cuyas santas fundaciones han sido el objeto de vuestras eternas diatribas, cual si se tratase de una de las mayores calamidades del linaje humano, ¿qué encontráis de reprensible?

Sus doctrinas son las del Evangelio; son esas mismas, a cuya elevación y santidad os habéis visto precisados a rendir solemnes homenajes; y su vida es pura, santa, heroica, conforme en todo a su enseñanza. Demandadles qué objeto se proponen; y os dirán, el predicar a todos los hombres la verdad católica, el procurar con todas sus fuerzas la destrucción del error y la reforma de las costumbres, el inspirar a los pueblos el debido respeto por las autoridades legítimas, así eclesiásticas como civiles; es decir, encontraréis en ellos la firme resolución de consagrar su vida al remedio de los males de la Iglesia y de la sociedad.

No se contentan con estériles veleidades, no se satisfacen con algunos discursos, ni con esfuerzos pasajeros, no encierran el designio en la esfera de sus personas, sino que, extendiendo su ojeada a todos los países y a los tiempos del porvenir, fundan institutos cuyos miembros puedan esparcirse por toda la faz de la tierra v trasmitir a las generaciones venideras el espíritu apostólico que les infunde tan elevadas miras.

La pobreza a que se condenan es extremada, los hábitos con que se cubren son groseros y miserables; pero si no comprendéis una de las profundas razones de semejante conducta, recordad que se proponen renovar el espíritu evangélico a la sazón tan olvidado, recordad que van a encontrarse muy a menudo, cara a cara, con emisarios de sectas corrompidas, y que estos emisarios se esfuerzan en remedar la humildad cristiana, afectan un extremo desprendimiento, y hacen gala de presentarse al público con el traje de mendigos; recordad que van a predicar a pueblos semibárbaros y que para apartarlos del vértigo del error que ha comenzado a señorearse de las cabezas, no bastan palabras, aunque vayan acompañadas de la regularidad de una conducta ordinaria; necesitan ejemplos  sorprendentes, un modo de vida edificante en extremo, y todo acompañado de un exterior que hiera vivamente la fantasía.

400 El número de los nuevos religiosos es muy crecido, se aumentan sin tasa en todos los países donde se establecen; no se limitan a los campos y a las aldeas, sino que penetran en las ciudades más populosas; pero adviértase que la Europa no está ya formada de un conjunto de pequeñas poblaciones y miserables caseríos apiñados alrededor de un castillo feudal, obedeciendo humildemente los mandatos y las insinuaciones de un orgulloso barón, ni tampoco de algunas aldeas en torno de opulentas abadías, escuchando dócilmente la palabra de los monjes y recibiendo con gratitud les favores que se les dispensan.

Número considerable de vasallos ha sacudido ya el yugo de los señores, poderosas municipalidades van apareciendo en todas partes; en  presencia de ellas el feudalismo tiembla y repetidas veces se humilla. Las ciudades van haciéndose cada día más populosas, cada día van recogiendo familias nuevas por la emancipación que se va realizando en las campiñas: la industria y el comercio, comenzando a brotar, ofrecen mayores medios de subsistencia y promueven la multiplicación.

Así es, que la acción religiosa y moral sobre los pueblos de Europa debe ejercerse en una escala más vasta, deben emplearse medios más generales, que, partiendo de un centro común y libres de las trabas ordinarias, puedan llenar el objeto que les señalan las apremiadoras necesidades de la época. He aquí los nuevos institutos religiosos, con su asombroso número, sus muchos privilegios y su inmediata dependencia de la autoridad del Papa.

El mismo carácter algo democrático, que en estos institutos se observa, no sólo por reunir en su seno hombres de todas las clases del pueblo, sino también por su organización gubernativa, era muy a propósito para hacer eficaz su influjo sobre aquella democracia turbulenta y fiera, que orgullosa de su reciente libertad, no simpatizaba fácilmente con nada que presentase formas aristocráticas y exclusivas.

En los nuevos institutos religiosos se encuentra cierta analogía con su propia existencia y origen. Aquellos hombres han salido del pueblo, viven en continua comunicación con el pueblo, visten groseramente como el pueblo, son pobres como el mismo pueblo; y así como el pueblo tiene sus reuniones y nombra sus municipalidades y sus alcaldes, así ellos tienen sus capítulos y eligen sus respectivos superiores.

Los nuevos religiosos no son anacoretas que habiten en lejanos desiertos, no son monjes que se alberguen en opulentas abadías, no son eclesiásticos cuyas tareas y funciones estén circunscriptas a un país determinado; son hombres sin morada fija, que tan pronto se los halla en la ciudad populosa como en la miserable aldea; hoy se encuentran en el centro del continente, mañana están a bordo de una nave, que los conduce a peligrosas misiones en los países más remotos; tan presto se los ve en el palacio de un monarca, ilustrándole con sus consejos y tomando parte en los altos negocios del Estado, como en el hogar de una familia oscura, consolándola en sus infortunios, apaciguando discordias o dándole parecer sobre los asuntos domésticos.

401 Los mismos hombres que figuran con lustre en las cátedras de las universidades, enseñan el catecismo a los niños en un humilde pueblo; los mismos que predican en la corte en presencia del rey y de los grandes, explican el Evangelio en el púlpito de la más desconocida parroquia. El pueblo los ve en todas partes, con ellos se encuentra siempre, tanto en medio de la dicha como de la desgracia; siempre los halla dispuestos, ora sea para tomar parte en la alegre fiesta de un bautismo que llena de regocijo a la familia, ora para llorar una muerte que la ha cubierto de luto.

Fácil es concebir la fuerza y el ascendiente de semejantes instituciones; su influencia sobre el ánimo de los pueblos debió de ser incalculable; y las falsas sectas que con sus pestilentes doctrinas se proponían extraviar la muchedumbre, se encontraron con un nuevo adversario que las desbarataba completamente. ¿Se quiere seducir a los incautos ostentando mucha austeridad, mucho desprendimiento e hiriendo la imaginación con un exterior mortificado, con trajes pobres y groseros? Los nuevos institutos reúnen estas cualidades de un modo extraordinario, y así la doctrina de la verdad no carece del cortejo con que se hace acompañar el error.

 ¿Surgen de entre las clases populares violentos declamadores, cautivando la atención y señoreando los ánimos de la multitud con su elocuencia fogosa? Encuéntranse en todos los puntos de Europa con ardientes oradores que abogan por la causa de la verdad, y conociendo a fondo las pasiones, las ideas, los gustos de la multitud, saben interesarla, conmoverla, dirigirla, haciendo que sirva para defensa de la religión lo que otros pretendieran aprovechar para atacarla. Allí donde hay la necesidad de resistir al esfuerzo de una secta, allí acuden, allí están; faltos de lazos con el mundo, sin estar ligados a ninguna iglesia particular, a ninguna provincia, a ningún reino, tienen toda la movilidad necesaria para pasar rápidamente de un punto a otro y encontrarse a debido tiempo en el lugar donde reclamen su presencia necesidades urgentes.

La fuerza de la asociación, conocida por los sectarios y empleada con tanto éxito, está en los nuevos institutos de una manera admirable. El individuo carece de voluntad propia; un voto de obediencia perpetua le ha puesto a disposición de la voluntad plena; esta voluntad se halla a su vez sujeta a la de otro, formándose de esta suerte una cadena cuyo primer eslabón está en las manos del Papa.

402 De modo que se hallan a un tiempo reunidas la fuerza de la asociación y la de unidad en el poder; todo el movimiento, todo el calar de una democracia y todo el vigor y rapidez de acción de la monarquía. Se ha dicho que los institutos religiosos de que estamos hablando, habían sido un fuerte sostén de la autoridad de los papas; esto es cierto y hasta puede añadirse que a no existir ellos, quizás el funesto cisma de Lutero se hubiera verificado tres siglos antes. Pero es necesario convenir en que la fundación de estos institutos no es debida a proyectos de los papas; no son ellos los que la concibieron, sino hombres particulares, que guiados por inspiración superior, formaban el designio, trazaban el plan y sujetándole al juicio de la Sede apostólica, le pedían la autorización para realizar la empresa.

Las instituciones civiles, fundadas con la idea de consolidar o ensanchar el poder de los monarcas, dimanaron o bien de éstos, o bien de alguno de sus ministros, que identificado en miras e intereses con el poder real, formulaba y ejecutaba el pensamiento del trono; no así en lo tocante al poder do los papas; el apoyo de los nuevos institutos religiosos contribuye a sostenerle contra los embates de las sectas disidentes; pero el pensamiento de fundarlos no ha salido ni de los papas ni de sus ministros.

Hombres desconocidos se levantaron de repente de en medio del pueblo; en sus antecedentes nada se encuentra que pueda hacerlos sospechosos de previa inteligencia con Roma; su vida entera atestigua que obraron guiados por la inspiración que surgió en sus cabezas, no consintiéndoles reposo hasta haber ejecutado lo que se les prescribía. Para nada entraron ni entrar pudieron designios particulares de Roma; la ambición no tuvo en esto ninguna parte.

De aquí se infiere para todos los hombres sensatos una de las dos consecuencias siguientes: a saber, o que la aparición de esos nuevos institutos fue la obra de Dios que quería salvar su Iglesia, sosteniéndola contra los nuevos ataques y escudando la autoridad del pontífice romano; o bien que existió en el Catolicismo un instinto salvador, que le condujo a crear aquellas instituciones que le eran convenientes para salir airoso de la terrible crisis en que se encontraba.

A los ojos de los católicos las dos proposiciones vienen a parar a lo mismo, pues que no vemos aquí otra cosa que el cumplimiento de aquella promesa: sobre esta piedra fundaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Los filósofos que no miren los objetos a la luz de la fe, podrán explicar el fenómeno con los términos que fueren de su gusto; pero no podrán menos de convenir en que en el fondo de los hechos se descubre una sabiduría admirable, la más elevada previsión.

403 Si se empeñan en no ver aquí el dedo de Dios, en no descubrir en el curso de los acontecimientos más que el fruto de planes bien concertados, o el resultado de una organización bien combinada, imposible les ha de ser el negar el debido homenaje a esos planes, a esa organización; y así como confiesan que el poder del pontífice romano, aun mirado con ojos puramente filosóficos, es el más admirable de los poderes que se vieron jamás sobre la tierra, así tampoco les será permitido el negar que esta sociedad, llamada Iglesia católica, muestra en su conducta, en su espíritu de vida, en su instinto para sostenerse contra los mayores enemigos, el más incomprensible conjunto que nunca se vio en sociedad alguna.

Que esto se llame instinto, secreto, espíritu, o con otros nombres, poco importa a la verdad: el Catolicismo desafía a todas las sociedades, a todas las sectas, a todas las escuelas a que realicen lo que él ha realizado, a que triunfen de lo que el ha triunfado, a que atraviesen las formidables crisis que él ha atravesado. Podrán presentarse algunas muestras en que se remede más o menos la obra de Dios; pero los magos de Egipto colocados en presencia de Moisés encontrarán un término a sus artificios; el enviado de Dios hará milagros a que ellos no podrán llegar; veránse precisados a decir: Digitus Dei est hic; aquí hay el dedo de Dios.


CAPITULO XLIV

Órdenes redentoras de cautivos. Muchedumbre de cristianos reducidos a la esclavitud. Beneficios de dichas órdenes. Orden de la Trinidad. Orden de la Merced. San Juan de Mata, San Pedro Armengol.

AL ECHAR una ojeada sobre los institutos religiosos, que se presentaron en la Iglesia desde el siglo XIII, no hemos hecho mención detenida de uno que, a más de ser participante de la gloria de los otros, lleva un carácter particular de sublimidad y belleza, digno sobremanera de llamar la atención; hablo del instituto cuyo objeto fue la redención de los cautivos de manos de los infieles.

Le apellido en singular, porque no me propongo descender a las diferentes clases en que se distinguió; considero la unidad del objeto y por esta unidad llamo también uno al instituto. Cambiadas felizmente las circunstancias que motivaron dicha fundación, nosotros podemos apenas estimarla en su justo valor, ni apreciar debidamente la grata impresión y el santo entusiasmo que debió de producir en todos los países cristianos.

404 A causa de las dilatadas guerras con los infieles, gemían en poder de éstos un sinnúmero de cristianos, privados de su patria y libertad, y expuestos a los peligros en que su penosa situación los colocaba a menudo, de apostatar de la fe de sus padres. Ocupando todavía los moros una parte considerable de España, dominando exclusivamente en la costa de África, pujantes y orgullosos en Oriente a causa de los reveses sufridos por los cruzados, tenían los infieles ceñido el mediodía de Europa con una línea muy extendida y cercana, desde donde podían acechar el momento oportuno, y procurarse considerable número de esclavos cristianos.

Las revoluciones y vaivenes de aquellos tiempos les ofrecían a cada paso coyunturas favorables; y el odio y la codicia estimulaban de consuno sus corazones a satisfacer su venganza en los cristianos desapercibidos. Puede asegurarse, que era éste uno de los gravísimos males que afligían Europa, Si la palabra caridad no había de ser un nombre vano; si los pueblos europeos no querían olvidarse de sus lazos de fraternidad y de su comunidad de intereses, era necesario, urgente, tratar del remedio que debía aplicarse a calamidad tan dolorosa.

El veterano que en vez del premio de largos servicios hechos a la religión y a la patria, había encontrado la esclavitud en las tinieblas de una mazmorra, el mercader que surcando los mares para llevar bastimentos al ejército cristiano había caído en poder de enemigos implacables v pagaba su emprendedora osadía cargado de pesadas cadenas, la tímida doncella, que al tiempo de solazarse distraída a las orillas del mar, había sido alevosamente sorprendida y arrebatada por desalmados piratas, como paloma en las garras del azor, todos estos desgraciados tenían derecho sin duda a que sus hermanos de Europa les dispensaran una mirada de compasión e hiciesen un esfuerzo para libertarlos.

¿Cómo se conseguirá este caritativo objeto? ¿Qué medios podrán emplearse para llevar a cabo una empresa, que ni puede confiarse a las armas, ni tampoco á la astucia? Nada más fecundo en recursos que el Catolicismo; en presentándose una necesidad, si se le deja obrar libremente, excogitará desde luego los medios más a propósito para socorrerla. Las reclamaciones y negociaciones de las potencias cristianas nada podrían recabar en favor de los cautivos; nuevas guerras emprendidas por esta causa aumentarían las calamidades públicas, empeorarían la suerte de los que gimen en el cautiverio, y quizás acrecentarían el número, enviándoles nuevos compañeros de desgracia, los medios pecuniarios, faltos de un punto céntrico de dirección y acción, producirían escaso fruto, y vendrían a desperdiciarse en manos de los agentes subalternos; ¿qué recurso quedaba pues?

405 El recurso poderoso que tiene siempre a mano la religión católica, su secreto para llevar a cabo las mayores empresas: la caridad.

Pero ¿cómo había de obrar esa caridad?; del modo que obran en el Catolicismo todas las virtudes. Esta religión divina que bajada del cielo levanta de continuo el entendimiento del hombre a meditaciones sublimes, tiene sin embargo un carácter singular que la distingue de las escuelas y sectas que han pretendido imitarla. A pesar del espíritu de abstracción que la mantiene despegada de las cosas terrenas, nada se encuentra en ella de vago, de ocioso, de puramente teórico. Todo es especulativo y práctico, y sublime y llano, a todo se acomoda, a todo se adapta, con tal que sea compatible con la verdad de sus dogmas v la severidad de sus máximas.

Con los ojos fijos en el cielo, no se olvida de que está sobre la tierra, de que trata con hombres mortales, sujetos a calamidades y miserias; con una mano les señala la eternidad, con la otra socorre sus infortunios, alivia sus penas, enjuga sus lágrimas.

 No se contenta con palabras estériles: para ella el amor del prójimo no es nada si no se manifiesta dando de comer al hambriento, de beber al que tiene sed, cubriendo al desnudo, consolando al afligido, visitando al enfermo, aliviando al preso, rescatando al cautivo. Por valerme de una expresión favorita del siglo actual, es positiva en grado eminente.

Así es que sus pensamientos procura realizarlos por medio de instituciones benéficas, fecundas; distinguiéndose en esto de la filosofía humana, cuyas pomposas palabras y gigantescos proyectos contrastan tan miserablemente con la pequeñez, con la nada de sus obras.

La religión habla poco, pero medita y ejecuta mucho; digna hija del Ser infinito, que abismado en la contemplación del piélago de luz que encierra en su esencia, no ha dejado de criar ese universo que nos asombra, no deja de conservarle con inefable bondad, y de regirle con inconcebible sabiduría.

Para acudir al socorro de los infelices cautivos hubiera parecido sin duda pensamiento muy feliz el de una vasta asociación que extendida por todas las comarcas de Europa se hallase en relaciones con cuantos cristianos pudiesen contribuir con sus limosnas a obra tan santa; y que además tuviera siempre a mano una porción de individuos prontos a surcar los mares, y resueltos, si fuese menester, a arrostrar por el rescate de sus prójimos el cautiverio y la muerte. De esta manera se lograba la reunión de muchos medios, se aseguraba la buena inversión de los caudales; las negociaciones para la redención de los cautivos tenían la seguridad de ser conducidas por hambres celosos y experimentados; es decir, que esta asociación llenaba cumplidamente su objeto, y desde su planteo podían los cristianos esperar socorros más prontos y eficaces. He aquí cabalmente el pensamiento realizado en la institución de las órdenes para la redención de los cautivos.

406 Los religiosos que las profesan, se ligan con voto de atender a esa obra de caridad. Libres de los embarazos que consigo traen las relaciones de familia y el cuidado de los negocios mundanos, pueden consagrarse a esta tarea con todo el ardor de su celo.

Los viajes dilatados, los peligros del mar, los riesgos de climas malsanos, la ferocidad de los infieles, nada los arredra; en sus propios vestidos, en las oraciones de su instituto, hallan el recuerdo continuo del voto con que se ligaron en presencia de Dios. Su reposo, sus comodidades, su vida misma, ya no les pertenecen, son de los infelices cautivos que gimen en un calabozo o arrastran a los pies de sus amos una pesada cadena allende el Mediterráneo.

Las familias de las desgraciadas víctimas tienen fijos sus ojos sobre el religioso, y le exigen el cumplimiento de la promesa, obligándole a excogitar arbitrios y a exponer, si necesario fuese, la vida para devolver el padre al hijo, el hijo al padre, el esposo a la esposa, la inocente doncella a la madre desolada.

Ya desde los primeros siglos del cristianismo se desplegó en la Iglesia el celo por la redención dé los cautivos; celo que se fué conservando siempre, y a cuyo impulso se hacían los mayores sacrificios. En el capítulo XVII de esta obra, y en las notas que le corresponden, queda demostrada esta verdad de una manera incontestable; y así no me es necesario detenerme en confirmarla; sin embargo, aprovecharé la ocasión de observar, que se aplicó también a este caso la regla de conducta de  la Iglesia, a saber, el realizar sus pensamientos por medio de instituciones.

Seguid con atención sus pasos, y veréis que comienza por enseñar y encarecer una virtud, induce suavemente su ejercicio; éste se va extendiendo, afirmando, y al fin lo que era simplemente una obra buena, pasa a ser para algunos una obra obligatoria, lo que era un simple consejo, se convierte para un número escogido en riguroso deber.

En todas épocas procuró la Iglesia la redención de los cautivos; en todos tiempos algunos cristianos de caridad heroica supieron desprenderse de sus bienes y hasta de su libertad, para acudir a esa obra de misericordia; pero esto quedaba encomendado a la discreción de los fieles, y no había un cuerpo que representase ese pensamiento de caridad. Nuevas necesidades se presentan, los medios ordinarios no bastan; conviene que los socorros se reúnan con prontitud, que se empleen con discernimiento; la caridad ha menester, por decirlo así, un brazo siempre pronto a ejecutar sus órdenes; una institución permanente se hace necesaria: la institución nace, la necesidad queda satisfecha.

407 Estamos tan acostumbrados a lo sublime y a lo bello en las obras de la religión, que apenas reparamos en los mayores prodigios; de la propia suerte que aprovechándose de los beneficios de la naturaleza, contemplamos indiferentes sus operaciones y productos más admirables. En los varios institutos religiosos que bajo distintas formas se han visto desde el principio de la Iglesia, hemos tenido ocasión de observar cosas altamente dignas de asombrar al filósofo, como al cristiano; pero dudo mucho que en la historia de esos institutos pueda encontrarse nada más hermoso, más interesante, más tierno, que el cuadro que nos ofrecen las órdenes redentoras. ¡Qué símbolo más bello de la religión protegiendo al desgraciado!

¡Qué emblema más sublime de la redención consumada en al augusto Madero, extendiéndose a la redención cíe la cautividad terrena, que las visiones que precedieron a la fundación de estos santos institutos! Dirán algunos que esas apariciones no eran más que pura ilusión; ¡ilusiones dichosas, replicaremos nosotros, que así conducen al consuelo de la humanidad!

Corno quiera, las recordaremos aquí, sin temer la sonrisa del incrédulo; que abrigando en su corazón sentimientos generosos, fuerza le será convenir, en que si no le parece descubrir verdad histórica, encuentra por lo menos elevada poesía, y sobre todo amor de la humanidad, ardiente deseo de socorrerla, heroico desprendimiento en el sublime sacrificio de entregarse un hombre a la esclavitud por el rescate de sus hermanos.

Un doctor de la universidad de París, conocido por sus virtudes y sabiduría, acababa de ser promovido al orden del presbiterado, y celebrada por primera vez el sacrificio del altar. El santo sacerdote, al verse favorecido con tanta dignación del Altísimo, redobla su ardor, aviva su fe, y procura ofrecer el Cordero sin mancilla con todo el recogimiento, con toda la pureza, con todo el fervor de que es capaz su corazón, inundado de gracia y abrasado de caridad. No sabe cómo manifestar a Dios el profundo reconocimiento por tanto beneficio; y su vivo deseo es poder probarle de alguna manera su gratitud y su amor.

 Aquel que dijo: "lo que habéis hecho a uno de mis pequeñitos, me lo habéis hecho a mí", le indica bien pronto un camino para desahogar el fuego de la caridad; y la visión comienza. Preséntase a la vista del sacerdote un ángel, cuyo vestido es blanco como la nieve, brillante como la luz; lleva en el pecho una cruz roja y azul, a cada lado tiene un cautivo, el uno cristiano, el otro moro, sobre cuyas cabezas extiende sus brazos.

408 El santo varón queda en éxtasis, y conoce que Dios le llama a la piadosa obra de redimir cautivos, Pero antes de pasar adelante, se retira a la soledad, y por medio de la oración y de la penitencia durante tres años implora humildemente del Señor que le manifieste su voluntad soberana.

Se encuentra en el desierto con un santo ermitaño, y los dos solitarios se ayudan recíprocamente con sus oraciones y sus ejemplos. Embebidos un día en santos coloquios junto a una fuente, se les presenta de improviso un ciervo, llevando entrelazada en sus astas la misteriosa cruz de dos colores: el santo sacerdote cuenta a su atónito compañero la primera visión; ambos redoblan sus oraciones y penitencias, ambos reciben por tres veces el aviso del cielo; y resueltos a no diferir un instante el cumplimiento de la voluntad divina, acuden a Roma, piden al Sumo Pontífice sus luces y su permisión, y el Papa, que en el entretanto había tenido una visión semejante, accede gustoso a la demanda de los dos piadosos solitarios, para fundar la orden de la Santísima Trinidad de la redención de los cautivos.

El sacerdote se llamaba Juan de Mata, y el ermitaño Félix de Valois.

Dedicados con ardoroso celo a su obra de caridad, enjugaron sobre la tierra las lágrimas de gas, y la Iglesia celebra su memoria teniéndolos colocados sobre los muchos desgraciados; ahora reciben en el cielo el premio de sus fatigas en los altares.

La fundación de la orden de la Merced tuvo un origen semejante. San Pedro Nolasco, después ele haber gastado cuanto poseía, empleándolo en el rescate de cautivos, y no sabiendo de que echar mano para continuar su piadosa tarea, recurrió a la oración para fortificarse más en el santo propósito que había formado, de vender su propia libertad, o de quedarse en el cautiverio en lugar de alguno de sus hermanos. Durante la oración, se le apareció la Santísima Virgen, manifestándole cuán agradable le sería a ella y, a su divino Hijo la institución de una orden cuyo objeto fuera la redención de cautivos.

Puesto de acuerdo el santo con el rey de Aragón y con San Raimundo de Peñafort, procedió a la fundación de dicha orden; y el deseo que antes había tenido de entregarse en cautiverio para rescatar a los demás, lo convirtió entonces en voto, no sólo para sí mismo, sino también para cuantos profesasen el nuevo instituto.

Repetiré aquí lo indicado más arriba: sea cual fuere el juicio que se quiera formar sobre esas apariciones, y aun cuando se pretendiese desecharlas como ilusión, siempre resulta lo que nos hemos propuesto probar, a saber, la influencia de la religión católica en socorrer un grande infortunio, y la utilidad del instituto en que tan maravillosamente se personificaba el heroísmo de la caridad. En efecto: suponed que el santo fundador hubiese padecido una ilusión, tomando por revelaciones celestiales las inspiraciones de su ferviente celo; los beneficios para los desgraciados ¿dejan de ser los mismos?

409 Vosotros me habláis mucho de ilusiones; pero lo cierto es que esas ilusiones producían la realidad. Cuando San Pedro Armengol, no teniendo recursos para libertar a unos infelices, se quedaba por ellos en rehenes, y pasado el día de pago y no llegando el dinero, sufría resignadamente que le ahorcasen, por cierto que las ilusiones no quedaban estériles, y que ninguna realidad produciría mayores prodigios de celo y heroísmo. El condenar las cosas de la religión como ilusiones y locura, data de muy antiguo: desde los primeros tiempos del cristianismo fue tratado de locura el misterio de la Cruz; pero esto no impidió que esa pretendida locura cambiase la faz del mundo.


CAPÍTULO XLV

Efectos del Protestantismo sobre el curso de la civilización en el mundo, contando desde el siglo XVI. Causas de que en los siglos medios la civilización triunfase de la barbarie. Cuadro de Europa al principio del siglo XVI. El cisma de Lutero interrumpió y debilitó la misión civilizadora de Europa. Observaciones sobre la influencia de la Iglesia con respecto a los pueblos bárbaros en los últimos tres siglos, Examinase si en la actualidad es menos propio el cristianismo para propagar la fe que en los primeros siglos de la Iglesia. Misiones cristianas en los primeros tiempos. Formidable misión de Lutero.

EN LA RÁPIDA reseña que acabo de presentar, no ha sido mi ánimo, ni hubiera tampoco cumplido a mi propósito, tejer la historia de los institutos religiosos, sino únicamente ofrecer algunas consideraciones, que manifestando la importancia de ellos vindicasen al Catolicismo de los cargos que se han pretendido hacerle, por la protección que en todos tiempos les ha dispensado.

Imposible, era poner en parangón el Catolicismo y el Protestantismo en sus relaciones con la civilización europea, sin consagrar algunas páginas al examen de la influencia que en ella habían ejercido los institutos religiosos; pues que una vez demostrado que esta influencia fue saludable, el Protestantismo, que con tanto odio y encarnizamiento los ha perseguido y calumniado, queda convicto de haber adulterado la historia de esta civilización, de no haber comprendido su espíritu, y de haber atentado contra su legítimo desarrollo.

410Estas reflexiones me llevan naturalmente a recordar al Protestantismo otra de las faltas que ha cometido, quebrantando la unidad de la civilización europea, introduciendo en su seno la discordia, y debilitando su acción física y moral sobre el resto del mundo.

La Europa estaba al parecer destinada a civilizar el orbe entero. La superioridad de su inteligencia, la pujanza de sus fuerzas, la sobreabundancia de su población, su carácter emprendedor y valiente, sus arranques de generosidad y heroísmo, su espíritu comunicativo y propagador parecían llamarla a derramar sus ideas, sus sentimientos, sus leyes, sus costumbres, sus instituciones por los cuatro ángulos del universo. ¿Cómo es que no lo haya verificado? ¿Cómo es que la barbarie está todavía a sus puertas? ¿Cómo es que el islamismo conserve aún su campamento en uno de los climas más hermosos, en una de las situaciones más pintorescas de Europa?

El Asia con su inmovilidad, su postración, su despotismo, su degradación de la mujer y con todos los oprobios de la humanidad está ahí, a nuestra vista; y apenas si ha dado un paso que prometa levantarla de su abatimiento. El Asia menor, las costas de Palestina, de Egipto, el África entera están delante de nosotros, en la situación deplorable, en la degradación lastimosa, que contrastan vivamente con sus grandes recuerdos, La América, después de cuatro siglos de perenne comunicación con nosotros, se halla todavía en el atraso que gran parte de sus fuerzas intelectuales y de sus recursos naturales están aún por explotar.

Llena de vida la Europa, rica de medios, rebosante de vigor y energía, ¿cómo es posible que haya quedado circunscrita a los límites en que se encuentra? Si fijamos profundamente nuestra consideración sobre este lamentable fenómeno, el cual es bien extraño que no haya llamado la atención de la filosofía de la historia, descubriremos su causa en que la Europa ha carecido de unidad, por consiguiente su acción al exterior se ha ejercido sin concierto, Y por tanto sin eficacia.

Se está ensalzando continuamente la utilidad de la asociación; se está ponderando su necesidad para alcanzar grandes resultados; y no se advierte que siendo aplicable este principio a las naciones como a los individuos, tampoco pueden aquéllas prometerse el producir grandes obras, si no se someten a esta ley general.

Cuando un conjunto de naciones, nacidas de un mismo origen y sometidas por largos siglos a las mismas influencias, han llegado a desenvolver su civilización dirigidas y dominadas por un mismo pensamiento, la asociación entre ellas llega a ser una verdadera necesidad: son una familia de hermanos; y entre hermanos la división y la discordia produce peores efectos que entre personas extrañas.

411 No quiero yo decir que fuera posible una concordia tal entre las naciones de Europa, que viviesen en paz perpetua unas con otras, y procediesen con entera armonía en todas las empresas que acometieran sobre las demás partes del globo; pero sin entregarse a tan hermosas ilusiones, imposibles de realizar, queda no obstante fuera de duda que a pesar de las desavenencias particulares entre nación y nación, a pesar de la mayor o menor oposición de intereses en lo interior y exterior, podía la Europa conservar una idea civilizadora, que levantándose sobre todas las miserias y pequeñeces de las pasiones humanas, las condujese a conquistar mayor ascendiente, asegurando y aprovechando la influencia sobre las demás regiones del mundo.

En la interminable serie de guerras y calamidades que afligieron a la Europa durante la fluctuación de los pueblos bárbaros, existía esa unidad de pensamiento; y merced a ella, de la confusión brotó el orden, de las tinieblas surgió la luz. En la dilatada lucha del cristianismo con el islamismo, ora en Europa, ora en África, ora en Asia, esa misma unidad de pensamiento sacó triunfante la civilización cristiana, a pesar de las rivalidades de los príncipes, y de los desórdenes de los pueblos. Mientras existió esa unidad, la Europa conservaba una fuerza transformadora: todo cuanto ella tocaba, tarde o temprano se hacía europeo.

El corazón se aflige al considerar el desastroso acontecimiento que vino a romper esa unidad preciosa, torciendo el camino de nuestra civilización, y amortiguando lastimosamente su fuerza fecundante; congoja da, por no decir despecho, el reflexionar que cabalmente la aparición del Protestantismo coincidió con los momentos críticos en que la Europa, recogiendo el fruto de largos siglos de incesante trabajo e inauditos esfuerzos, se presentaba robusta, vigorosa, espléndida, y levantada como un gigante descubría nuevos mundos, tocando con una mano el Oriente, con otra el Occidente.

Vasco de Gama, doblando el cabo de Buena Esperanza, había mostrado el derrotero de las Indias orientales y abierto la comunicación con pueblos desconocidos; Cristóbal Colón con la flota de Isabel surcaba los mares de Occidente, descubría un mundo, y plantaba en tierras desconocidas el estandarte de Castilla.

Hernán Cortés, a la cabeza de un puñado de bravos, penetraba en el corazón de nuevos continentes, se apoderaba de su capital, y empleando armas nunca vistas por aquellos naturales, se les presentaba como un dios lanzando rayos. En todos los puntos de Europa se desplegaba una actividad inmensa; el espíritu emprendedor se desenvolvía en todos los corazones: había sonado la hora en que se abría a los pueblos europeos un nuevo horizonte de poder y de gloria, cuyos límites no alcanzaba la vista.

412 Magallanes atravesando impávido el estrecho que había de unir el Occidente con el Oriente, y Sebastián de Elcano volviendo a las orillas españolas, después de haber dado la vuelta al mundo, parecían simbolizar de una manera sublime que la civilización europea tomaba posesión del universo. El poder de la Media Luna se presentaba en una extremidad de Europa, pujante y amenazador, como una sombra siniestra que asoma en el ángulo de un hermoso cuadro; pero no temáis, sus huestes han sido arrojadas de Granada, el ejército cristiano acampa en las costas de África, el pendón de Castilla tremola sobre los muros de Orán; en el corazón de España está creciendo en la oscuridad el prodigioso Niño que al dejar los juegos de la infancia desbaratará los últimos esfuerzos de los moros de España con los triunfos de Alpujarras, y un momento después abatirá para siempre el poderío musulmán en las aguas de Lepanto.

El desarrollo de la inteligencia competía con el auge de la pujanza. Erasmo revolvía todas las fuentes de la erudición, asombraba al mundo con sus talentos y su saber, y paseaba de un extremo a otro de Europa su gloriosa nombradía. El insigne español Luís Vives rivalizaba con el sabio de Roterdam, y se proponía regenerar las ciencias dando nuevo curso al entendimiento. En Italia fermentaban las escuelas filosóficas, apoderándose con avidez de las luces traídas de Constantinopla; el genio de Dante y del Petrarca se iba perpetuando en distinguidos sucesores; la patria de Taso hacía resonar sus acentos como trina -el ruiseñor a la venida de la aurora; mientras la España embriagada de sus triunfos, ufana y orgullosa de sus conquistas, cantaba como un soldado que reposa sobre un montón de trofeos en el campo de la victoria.

¿Qué es lo que podía resistir a tanta superioridad, a tanta brillantez, a tanto poderío? La Europa, segura ya de su existencia contra todos los enemigos, disfrutando de un bienestar cuyo aumento debía progresar cada día, gozando de leves e instituciones mejores que cuantas se habían visto hasta aquella época, y cuya perfección y complemento podía encomendarse sin inquietud a la lenta acción de los siglos; la Europa, repito, colocada en situación tan próspera y lisonjera, debía acometer la obra de civilizar el mundo. Los mismos descubrimientos que se estaban haciendo todos los días indicaban que el momento oportuno había llegado ya: numerosas flotas conducían con los guerreros conquistadores a ya: misioneros apostólicos que iban a sembrar el precioso grano, que desenvuelto con el tiempo, debía producir el árbol a cuya sombra se acogieran las nuevas naciones. Así se comenzaba el generoso trabajo, que bendito por la Providencia había de civilizar la América, el África y el Asia.

413 Entretanto resonaba ya en el corazón de Germania la voz del apóstata que iba a introducir la discordia en el seno de pueblos hermanos.

La disputa comienza, los ánimos se exaltan, la irritación llega a su colmo; se acude a las armas, la sangre corre a torrentes; y el hombre encargado por el abismo de atraer sobre la tierra esa nube de calamidades, puede contemplar antes de su muerte el horrible fruto de sus esfuerzos, e insultar con impudente y cruel sonrisa a la humanidad lastimada.

Así nos figuramos a veces al genio del mal abandonando su lóbrega morada y su trono sentado entre horrores, presentándose de improviso sobre la faz del globo, derramar por todas partes la desolación y el llanto, pasear su mirada atroz sobre un campo de desolación, y hundirse en seguida en las eternas tinieblas.

Extendido por Europa el cisma de Lutero, la acción de los europeos sobre los pueblos del resto del mundo se debilitaba de tal manera que las halagüeñas esperanzas que habían podido concebirse se disipaban en un momento como vanas ilusiones. Por de pronto, la mayor parte de las fuerzas intelectuales, morales y físicas quedaba condenada a emplearse, a consumirse dolorosamente en la lucha trabada entre pueblos hermanos.

Las naciones que habían conservado el Catolicismo, se veían precisadas a concentrar todos sus recursos, toda su acción y energía, para hacer frente a los impíos ataques con que las combatían los nuevos sectarios, así en el terreno de la discusión como en los campos de batalla; al paso que las contagiadas con los nuevos errores se encontraban en una especie de vértigo, que no les dejaba ver otros enemigos que los católicos, otra empresa digna de sus esfuerzos que el abatimiento v la destrucción de la cátedra de Roma.

Sus pensamientos no se ocupan en excogitar medios para la mejora de la suerte de la humanidad; el horizonte inmenso ofrecido a una noble ambición en los nuevos descubrimientos, no recaba siquiera que le dirijan sus miradas; sólo hay para ellas una obra justa, santa, necesaria, y es el echar por tierra la autoridad del pontífice romano.

Con esta disposición de los ánimos, se debilitó y esterilizó el ascendiente tomado por los europeos sobre las naciones que se iban descubriendo y conquistando. Cuando éstos abordaban a las nuevas playas, ya no se encontraban allí como hermanos, ni como generosos rivales estimulados por noble emulación, sino como enemigos implacables, encarnizados, y que por diferencias de religión se estaban librando tan sangrientas batallas, como hacerlo pudieran jamás cristianos y musulmanes.

414 El nombre de la religión cristiana que había sido por espacio de tantos siglos el símbolo de la paz, y que en la víspera del combate sabía presentarse entre los adversarios, obligarlos a deponer su rencor y a convertir en abrazo fraternal el odio y la venganza, el nombre de la religión divina que había servido de bandera a esos pueblos para triunfar de las huestes mahometanas, ese mismo nombre desfigurado, rasgado por manos sacrílegas, se convirtió entonces en materia de enemistad y de discordia.

Europa después de cubierta de sangre y de luto, se llevó el escándalo a los pueblos incautos, que presenciaban aturdidos las miserias, el espíritu de división, los rencores, la maledicencia, reinantes entre esos mismos hombres a quienes ellos habían llegado a mirar como de una raza superior, como semidioses.

Las fuerzas de Europa no se aunaron ya en adelante para ninguna de aquellas empresas colosales que formaron la gloria de los siglos anteriores.

 El misionero católico, que regaba con su sudor y su sangre los bosques de la América o de la India, podía contar con algunos de los medios de que dispusiese la nación a que pertenecía, si ésta había permanecido católica; pero no le alentaba la esperanza de que la Europa entera, asociándose a la obra de Dios, viniese a sostener las misiones con el auxilio de sus recursos. Sabía, al contrario, que un número considerable de europeos le calumniaba, le insultaba sin cesar, discurriendo todos los medios imaginables para impedir que la palabra del Evangelio prendiese en el nuevo campo, y aumentase en algún sentido la reputación de la Iglesia Católica y el poder de los papas.

Hubo un tiempo en que las profanaciones de los infieles en el Santo Sepulcro, y las vejaciones sufridas por los peregrinos que le visitaban, bastaron a levantar la indignación de todos los pueblos cristianos, que alzando el grito de a las armas se arrojaron en masa en pos de la huella del solitario, que los conducía a vengar los ultrajes hechos a la religión, y los malos tratamientos de que fueran víctimas algunos de sus hermanos.

Después de la herejía de Lutero todo cambió: la muerte de un religioso sacrificado en lejanos países, sus tormentos y martirio, tantas sublimes escenas en que se reproducían vivamente el celo y la caridad de los primeros siglos de la Iglesia, todo esto era menospreciado, ridiculizado, por hombres que se apellidaban cristianos, por indignos descendientes de aquellos héroes, que derramaron su sangre bajo los muros de la Ciudad Santa.

415 Para concebir toda la extensión del daño acarreado bajo este aspecto por el Protestantismo, figurémonos por un momento que él no hubiese aparecido, y conjeturemos en esta hipótesis el curso de los acontecimientos. En primer lugar, toda la atención, todos los recursos, todas las fuerzas que la España empleó para hacer frente a las guerras religiosas promovidas en el continente hubieran podido abocarse sobre el nuevo mundo.

Lo propio habría sucedido con la Francia, con los Países Bajos, con la Inglaterra, y otros reinos poderosos; y esas naciones que divididas han podido ofrecer a la historia páginas tan gloriosas y brillantes, si se hubiesen mancomunado en su acción sobre los nuevos países, la habrían ejercido con tanto vigor y energía que nada hubiera podido contrarrestar su prepotencia arrolladora.

 Figuraos por un momento que todos los puertos, desde el Báltico hasta el Adriático, envían sus misioneros al Oriente y al Occidente, como lo hacían la Francia, el Portugal, la España y la Italia, que todas las grandes ciudades de Europa son otros tantos centros donde se reúnen hombres y medios para acudir a este objeto, figuraos que todos estos misioneros llevan una misma mira, van dominados por un mismo pensamiento, ardiendo en un mismo deseo de la propagación de una misma fe: dondequiera que se encuentren se reconocen por hermanos, por colaboradores en una misma obra; todos sometidos a una misma autoridad, todos predicando una misma doctrina, y practicando un mismo culto: ¿no os parece ver la religión cristiana obrando en una escala inmensa, y alcanzando en todas partes los más señalados triunfos?

La nave que llevara a regiones lejanas la colonia de hombres apostólicos, pudiera desplegar sin recelo sus velas: y en descubriendo en el confín del horizonte el pabellón de alguna de las naciones de Europa, no debía temer encontrarse con enemigos: estaba segura de hallar amigos y hermanos dondequiera que hallase europeos.

Las misiones católicas, a pesar de tantos obstáculos nacidos del espíritu turbulento del Protestantismo, llevaron a cabo las más arduas empresas, y realizaron prodigios que forman una bella página de la historia moderna; pero es imposible no ver cuánto más se habría hecho si a la Italia, a la España, al Portugal, a la Francia se hubiesen asociado la Alemania entera, las Provincias Unidas, la Inglaterra y las otras naciones del Norte. Esta asociación era natural, no podía faltar, a no haberla desbaratado el cisma de Lutero.

Y es además digno de notarse que este acontecimiento funesto no sólo impidió la asociación, sino que hizo que las mismas naciones católicas no pudiesen emplear la mayor parte de sus medios en la grande obra de convertir y regenerar el mundo, precisándolas a permanecer de continuo sobre las armas, a causa de las guerras religiosas y discordias civiles.

416 En aquella época, los institutos religiosos parecían llamados a ser como el brazo de la religión; que solidada en Europa, y satisfecha de la regeneración social que acababa de producir, hubiera extendido su acción a las naciones infieles.

Echando una ojeada sobre el curso de los acontecimientos de los primeros siglos de la Iglesia, y comparándolos con los de los tiempos modernos, salta a la vista que debe haber mediado alguna causa poderosa que se ha opuesto en los últimos siglos a la propagación de la fe. Nace el cristianismo, se extiende rápidamente sin ningún auxilio de los hombres, a pesar de todos los esfuerzos de los príncipes, de los sabios, de los sacerdotes idólatras, de las pasiones, de toda la astucia del infierno.

Data de ayer, y ya se muestra poderoso y dominante en todos los puntos del imperio romano; pueblos de diferentes lenguas, de diversas costumbres, de distinto grado de civilización abandonan el culto de los dioses falsos, y abrazan la religión de Jesucristo. Los mismos bárbaros, esos pueblos indóciles, indomables, como alazán que no sufriera todavía el freno, escuchan a los misioneros que se les envían, inclinan su cabeza, y en la embriaguez de la conquista y de la victoria se someten a la religión de los vencidos v conquistados.

El cristianismo se ha encontrado en los siglos modernos con dominio exclusivo sobre la Europa, y sin embargo no ha llegado a introducirse de nuevo en esas costas de África y de Asia, que están a su vista. Verdad es que la América en su mayor parte se ha hecho cristiana; pero observad que los pueblos de aquellas regiones fueron conquistados, que las naciones conquistadoras establecieron allí gobiernos que han durado siglos, que las naciones europeas inundaron el nuevo mundo con sus soldados y colonias, que de esta suerte una porción considerable de América es una especie de importación de Europa, y por tanto la transformación religiosa de aquellos países no se parece a la que se verificó en los primeros siglos de la Iglesia.

 Volved los ojos al Oriente, allí donde las armas europeas no Van alcanzado una prepotencia decisiva, y ved lo que sucede: los pueblos yacen aún sometidos a religiones falsas; el cristianismo no ha podido abrirse paso; y si bien los misioneros católicos han logrado fundar algunos establecimientos más o menos considerables, la semilla preciosa no ha prendido bastante en la tierra para producir los frutos ansiados con tan ardiente caridad y procurados con tan heroico celo.

De vez en cuando los rayos de la luz han penetrado hasta el corazón de los grandes imperios del Japón y de la China; momentos ha habido en que podían concebirse halagüeñas esperanzas; pero esas esperanzas se disiparon; la ráfaga de luz desapareció como una brillante exhalación en las profundidades de un cielo tenebroso.

417 ¿Cuál es la razón de esta impotencia? ¿Cuál es la causa de que en los primeros siglos fuese tanta la fuerza fecundante, y no lo haya sido en los últimos? Dejemos aparte los hondos secretos de la Providencia, no queramos investigar los arcanos incomprensibles de los caminos de Dios; pero en cuanto es dado al débil hombre alcanzar la verdad por los indicios de la historia de la Iglesia, y conjeturar remotísimamente los designios del Eterno por las señales que él se ha complacido en comunicarnos, podemos aventurar nuestra opinión sobre hechos, que por más que pertenezcan a un orden superior, no dejan sin embargo de estar sujetos a un curso regular que el mismo Dios ha establecido.

El apóstol San Pablo dice que la fe viene del oído y pregunta cómo puede oírse si no hay quien predique, cómo puede predicarse si no hay quien envíe; de lo que se deduce, que las misiones son cosa necesaria para la conversión de los pueblos; pues que Dios no ha querido, hacer a cada paso nuevos milagros, enviando legiones de ángeles para evangelizar a las naciones que viven privadas de la luz de la verdad.

Previas estas observaciones, añadiré que lo que ha faltado para la conversión de las naciones infieles ha sido la organización de misiones en extensa escala; misiones que, por la abundancia de sus medios y el número y calidades de sus individuos, estuviesen a la altura de su grande objeto.

Reparase que las distancias son inmensas, que los pueblos a quienes es necesario dirigirse están desparramados en muchos países, viviendo bajo la influencia de preocupaciones, de leyes, de climas los más rebeldes al espíritu del Evangelio. Para hacer frente a tan vastas atenciones, para salvar las grandes dificultades que salían al encuentro, era necesaria una verdadera inundación de misioneros; de otra suerte, el resultado era muy dudoso, la subsistencia de los establecimientos cristianos muy precaria, y la conversión de las grandes naciones poco probable, a no mediar alguno de aquellos grandes golpes de la Providencia, de aquellos prodigios que cambian en un instante la faz de la tierra.

 Prodigios que Dios no repite a menudo, y que a veces no otorga a las más ardientes oraciones de los santos.

Para formar cabal concepto sobre lo que ha sucedido en los últimos siglos, atendamos a lo que sucede actualmente. ¿Qué les falta a las naciones infieles? ¿Cuál es el incesante clamor de los hombres celosos que se ocupan en la propagación del Evangelio? ¿No se oyen de continuo lamentos sobre la escasez de obreros, sobre los pocos recursos de que se dispone para proporcionarles medios de subsistencia?

418  ¿No es esta necesidad la que se ha propuesto socorrer la asociación que se ha formado entre los católicos de Europa?

Esa organización de las misiones en una grande escala es la que se hubiera realizado, a no venir el Protestantismo a impedirla. Los pueblos europeos, hijos predilectos de la Providencia, tenían el deber y mostraban también la decidida voluntad de procurar por todos los medios posibles que los demás pueblos del mundo participasen de los beneficios de la fe; desgraciadamente esta fe se debilitó en Europa, fue entregada al capricho de la razón humana, y desde entonces se hizo imposible lo que antes era muy hacedero, muy fácil; y permitiendo la Providencia tan aciaga calamidad, permitió también que se aplazase para mucho más tarde la venida de aquel día feliz, en que naciones desconocidas entrasen en gran número en el redil de la Iglesia.

Dirán quizás algunos que el celo de nuestros tiempos no es el celo de los primeros siglos del cristianismo; y que ésta es una de las razones de que no se haya llegado a convertir a las naciones infieles. No entraré en parangones sobre esta materia, ni diré nada de lo mucho que en este particular podría decir; presentaré tan sólo una sencilla observación, que desbarata de un golpe la dificultad propuesta. El divino Salvador, para enviar a sus discípulos a la predicación del Evangelio, quiso que renunciasen cuanto tenían y le siguiesen.

 El mismo divino Salvador, indicándonos la seña infalible de la verdadera caridad, nos dice que no la hay mayor que el dar la vida por sus hermanos: los misioneros católicos de los tres últimos siglos han renunciado todas sus cosas, han abandonado su patria, sus familias, sus comodidades, todo cuanto puede interesar sobre la tierra el corazón del hombre; han ido a buscar a los infieles en medio de los mas inminentes peligros; y en todos los ángulos del mundo han sellado con su sangre su ardor por la conversión ele sus hermanos, por la salvación de las almas.

Semejantes misioneros creo que son dignos de alternar con los primeros siglos de la Iglesia; todas las declamaciones, todas las calumnias, nada pueden contra la triunfante evidencia de estos hechos. La Iglesia de los primeros siglos se hubiera honrado, como la de nuestros tiempos, con San Francisco Javier y los mártires del Japón.

Esta abundancia de misioneros de que hemos hablado, la tuvo la Iglesia para la conversión del mundo antiguo y del mundo bárbaro. En el momento de su aparición, las lenguas de fuego del Cenáculo, la muchedumbre de estupendos prodigios suplieron el número, multiplicaron los hombres; naciones muy diferentes oyendo a un mismo predicador, le oían al mismo tiempo cada cual en su lengua.

419 Pero después del primer impulso con que la Omnipotencia desplegando sus recursos infinitos se había propuesto aterrar el infierno, las cosas siguieron el curso ordinario; y para un mayor número de conversiones, fue menester mayor número de misioneros.

Los grandes focos de fe y de caridad, las muchas iglesias de Oriente y Occidente suministraban en abundancia los hombres apostólicos necesarios para la propagación de la fe; ejército sagrado, que tenía a sus inmediaciones una imponente reserva para suplir su falta, el día que las enfermedades, las fatigas o el martirio debilitasen sus filas.

En Roma había el centro de ese gran movimiento; pero Roma para darle impulso no necesitaba de flotas que transportasen las santas colonias a la distancia de millares de leguas; no necesitaba reunir los costosos medios para subsistir las misiones en playas desiertas, en países del todo desconocidos; cuando el misionero se ponía a los pies del Santo Padre pidiéndole su bendición apostólica, podía el Sumo Pontífice enviarle en paz y dejarle partir con solo el cayado.

 Sabía que el misionero iba a atravesar países cristianos, y que al entrar en los idólatras, no quedaban muy lejos los príncipes ya convertidos, los obispos, los sacerdotes, los pueblos fieles que no negarían sus auxilios a quien iba a sembrar la divina palabra en las regiones inmediatas.

Abandono con entera confianza al juicio de los hombres sensatos las reflexiones que acabo de hacer sobre el daño causado a la influencia europea por el cisma protestante. Abrigo la convicción profunda de que dicha influencia recibió entonces un golpe terrible; y que sin este funesto acontecimiento, otra sería en la actualidad la situación del mundo.

 Es posible que padezca alguna ilusión sobre este particular; pero yo preguntaré al simple buen sentido si no es verdad que la unidad de acción, la unidad de principios, la unidad de miras, la reunión de medios, la asociación de los agentes, son en todas las empresas el secreto de la fuerza y la más segura garantía de feliz resultado; yo preguntaré si no es el Protestantismo quien rompió esa unidad, quien hizo imposible esa reunión, quien hizo impracticable esa asociación. Estos son hechos indudables, claros como la luz del día, recientes, son de ayer; cuál es la consecuencia que de aquí se infiere, lo vean la imparcialidad, el buen sentido, el simple sentido común, si es que andan acompañados de buena fe.

Para todo hombre pensador, es evidente que la Europa no es lo que hubiera sido sin la aparición del Protestantismo; y por cierto no es menos claro que los resultados de la influencia civilizadora de ese gran conjunto de naciones no han correspondido a lo que prometía el principio del siglo XVI.

 Gloríense enhorabuena los protestantes de haber dado a la civilización europea una nueva dirección, gloríense de haber enflaquecido el poder espiritual de los papas, extraviando del santo redil a millones de almas; gloríense de haber destruido en los países de su dominación los institutos religiosos, de haber hecho pedazos la jerarquía eclesiástica y de Haber arrojado la Biblia en medio de turbas ignorantes, asegurándolas para entenderla las luces de la inspiración privada, o diciéndoles que bastaba el dictamen de la razón; siempre será cierto que la unidad de la religión cristiana ha desaparecido de entre ellos, que carecen de un centro de donde puedan arrancar los grandes esfuerzos, que no tienen un guía, que andan como rebaño sin pastor, fluctuantes con todo viento de doctrina, y que están tocados de una esterilidad radical para producir ninguna de las grandes obras que tan a manos llenas ha producido y produce el Catolicismo.

Siempre será cierto que con sus eternas disputas, sus calumnias, sus ataques contra el dogma y la disciplina de la Iglesia, la han obligado a mantenerse en actitud de defensa, a combatir por espacio de tres siglos, robándole de esta suerte un tiempo precioso, y unos medios que hubiera podido aprovechar para llevar a cabo los grandes proyectos que meditaba, y cuya ejecución comenzaba ya tan felizmente.

Si el dividir los ánimos, el provocar discordias, el excitar guerras, el convertir en enemigos a pueblos hermanos, el hacer de un banquete de una gran familia de naciones una arena de encarnizados combatientes, si el procurar el descrédito de los misioneros que van a predicar el Evangelio a las naciones infieles, si el ponerles todos los obstáculos imaginables, si el echar mano de todos los medios para inutilizar su caridad y su celo; si todo este conjunto es un mérito, este mérito lo tiene el Protestantismo; pero sí es un cúmulo de plagas para la humanidad, de esas plagas es responsable el Protestantismo.

Cuando Lutero se llamaba encargado de una alta misión decía una verdad terrible, espantosa, que él mismo no comprendía.

Los pecados de los pueblos llenan a veces la medida del sufrimiento del Altísimo; el estrépito de los escándalos del hombre sube hasta el cielo y demanda venganza; el Eterno, en su cólera formidable, lanza sobre la tierra una mirada de fuego; suena entonces en los arcanos infinitos la hora fatal, y nace el hijo de perdición, que ha de cubrir el mundo de desolación y de luto. Como en otro tiempo se abrieron las cataratas del cielo para borrar el linaje humano de la faz de la tierra, así se abre la urna de las calamidades que el Dios de las venganzas reserva para el día de su ira.

El hijo de perdición levanta su voz y aquel es el momento señalado al comienzo de la catástrofe.

 El espíritu del mal recorre la superficie del globo llevando sobre sus negras alas el eco de aquella voz siniestra. Un vértigo incomprensible se apodera de las cabezas; los pueblos tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen; en medio de su delirio, los mas horrendos precipicios les parecen caminos llanos, apacibles, sembrados de flores; llaman bien al mal y mal al bien; beben la copa emponzoñada con un ardor febril; el olvido de todo lo pasado, la ingratitud por todos los beneficios, se apoderan de los entendimientos y de los corazones; la obra del genio del mal queda consumada; el príncipe de los espíritus rebeldes puede hundirse de nuevo en sus tenebrosos dominios, y la humanidad ha aprendido con una lección terrible que no se provoca impunemente la indignación del Todopoderoso.

 

NOTA 21

He atribuido al Cristianismo la suavidad de costumbres de que disfruta la Europa; y cómo, a pesar de haber decaído en el último siglo las creencias religiosas, ha durado, sin embargo, esta misma suavidad, y se ha elevado todavía a más alto punto; es menester hacerse cargo de ese contraste, que a primera vista parece destruir lo que llevo establecido.

Es necesario no olvidar la diferencia indicada ya en el texto, entre costumbres muelles y costumbres suaves; lo primero es un defecto; lo segundo, una calidad preciosa; lo primero dimana del enervamiento del ánimo, del enflaquecimiento del cuerpo y del amor de los placeres; lo segundo trae su origen de la preponderancia de la razón, del predominio del espíritu sobre el cuerpo, del triunfo de la justicia sobre la fuerza y del derecho sobre el hecho.

En las costumbres actuales hay una buena parte de verdadera suavidad, pero no es poco lo que tiene de molicie; y esto último no lo han tomado por cierto de la religión, sino de la incredulidad, que no extendiendo sus ojos más allá de esta vida, hace olvidar los altos destinos del espíritu y hasta su misma existencia entroniza el egoísmo, despierta y aviva de continuo la sed de los placeres y hace al hombre esclavo de sus pasiones.

Pero, en lo que nuestras costumbres tienen de suave, se conoce a la primera ojeada que lo deben al Cristianismo, pues que todas las ideas y sentimientos en que se funda dicha suavidad llevan el sello cristiano. La dignidad del hombre, sus derechos, la obligación de tratarle con el debido miramiento, de dirigirse antes a su espíritu por medio de la razón, que a su cuerpo por la violencia; la necesidad de mantenerse cada cual en la ética de sus deberes, respetando las propiedades y personas de los denlas; todo ese conjunto de principios, de donde nace la verdadera suavidad de costumbres, es debido en Europa a la influencia cristiana, que, luchando largos siglos con la barbarie y la ferocidad de los pueblos invasores logró destruir el si tema de violencia que éstos habían generalizado.

Como la filosofía ha tenido cuidado de cambiar los antiguos nombres, consagrados por la religión, y autorizados con el uso de muchos siglos, acontece que hay ciertas ideas, que aun cuando sean hijas del Cristianismo, sin embargo, apenas se las reconoce como tales, a causa de que andan disfrazadas con traje mundano. ¿Quién ignora que el mutuo amor de los hombres, la fraternidad universal, son ideas enteramente debidas al Cristianismo? ¿Quién no sabe que la antigüedad pagana no las conocía, ni las columbraba siquiera? No obstante, este mismo afecto, que antes se apellidaba caridad, porque ésta era la virtud de que debía proceder, ahora se cubre siempre con otros nombres y como que se avergüenza de presentarse en público con ninguna apariencia religiosa.

Pasado el vértigo de atacar la religión cristiana, se confiesa abiertamente que a ella es debida el principio de la fraternidad universal, pero el lenguaje ha quedado infecto de la filosofía volteriana, aun después del descrédito en que ésta ha caído. De aquí resulta que muchas veces no apreciamos debidamente la influencia cristiana en la sociedad que nos rodea, y que atribuimos a otras causas, fenómenos cuyo origen se encuentra evidentemente en la religión.

La sociedad actual, por más indiferente que sea, tiene de la religión más de lo que comúnmente pensamos; se parece a aquellos hombres que han salido de una familia ilustre, donde los buenos principios y una educación esmerada se trasmiten como un patrimonio de generación en generación: aun en medio de sus desórdenes, de sus crímenes, y hasta de su envilecimiento conservan en su porte y modales algunas rasgos que manifiestan su hidalga cuna.

 

Nota 22

He citado algunas disposiciones con­ciliares que bastan para dar una idea del sistema observado por la Iglesia con la idea de reformar y suavizar las costumbres en varias partes de este volumen ya se ha podido notar cuán inclinado me hallo a recordar esta clase de monumentos; y advertiré aquí que a esto me inducen dos motivos

primero, tratando de comparar el Protestantismo con el Catolicismo, creo que el mejor medio de retratar el verdadero espíritu de éste y de se­ñalar su influjo en la civilización eu­ropea es percatarle obrando; y esto se logra aduciendo las providencias que los papas y los concilios iban tomando, según lo exigían las circuns­tancias;

segundo, atendido el curso que los estudios históricos van siguien­do en Europa, generalizándose cada día más el gusto de apelar, no a las historias, sino a los monumentos his­tóricos, conviene tener presente que la colección de concilios es de la mayor importancia, no sólo en el orden religioso y eclesiástico, sino también en el social y político; por manera que la historia de Europa se trunca monstruosamente, o por mejor decir, se destruye del todo, si se prescinde de lo que arrojan las colecciones de los concilios.

 Por esta causa es muy útil, y en no pocas materias basta necesario, el revolver dichas colec­ciones, por más que de esto retraigan su desmesurado volumen, y el fastidio que a veces se engendra en el ánimo al encontrarse con cien y cien cosas, que para nuestros tiempos ca­recen de interés. Las ciencias, sobre todo las que tienen por objeto la so­ciedad, no conducen a resultados sa­tisfactorios, sino después de penosos trabajos; lo útil se encuentra a me­nudo mezclado y confundido con lo inútil; y la más rica preciosidad se descubre a veces al lado de un obje­to repugnante; pero en la naturaleza, ¿se encuentra por ventura el oro sin haber revuelto informes masas de tierra?

Los que se han empeñado en en­contrar entre los bárbaros del Norte el germen de algunas preciosas cali­dades de la civilización europea, sin duda que debieran haberles atribuído también la suavidad de costumbres modernas, dado que en apoyo de esa paradoja podían echar mano de un hecho, por cierto algo más especioso, del que les ha servido para hacer ho­nor a los germanos del realce de la mujer en Europa. Hablo de la conoci­da costumbre de abstenerse en cuanto les era posible de la aplicación de pe­nas corporales, castigando con simples multas los delitos más graves. Nada más a propósito para inducir a creer que aquellos pueblos tenían una feliz disposición a la suavidad de costum­bres, supuesto que aun en su barbarie empleaban tan templadamente el dere­cho de castigar, excediendo a las na­ciones más civilizadas y cultas. Mi­rada la cosa bajo este punto de vis­ta, más bien parece que con la influen­cia cristiana sobre los bárbaros, las costumbres se endurecieron y que no se suavizaron, pues que la aplicación de penas corporales se hizo general, y no se escaseó la de muerte.

Pero, fijando atentamente la consi­deración en esta particularidad del có­digo criminal de los bárbaros, echa­remos de ver que tan lejos está de revelar adelanto en la civilización ni suavidad de costumbres, que, antes bien, es la más evidente prueba de su atraso, y el más vehemente indicio de la dureza y ferocidad que entre ellos reinaban.

En primer lugar, por lo mismo que entre los bárbaros se cas­tigaban los delitos por medio de mul­tas o, como se decía, por composi­ción, se conoce que la ley atendía más bien a la reparación de un daño que al castigo de un crimen, circunstancia que muestra de lleno cuán en poco era tenida la moralidad de la acción, pues que no tanto se atendía a lo que ella era en sí, como el daño que producía.

Esto no era un elemento de civiliza­ción, sino de barbarie, porque tendía nada menos que a desterrar del mun­do la moralidad. La Iglesia combatió este principio, tan funesto en el orden público como en el privado, introdu­ciendo en la legislación criminal un nuevo orden de ideas que cambió completamente su espíritu.

En esta parte, M. Guizot ha hecho a la Iglesia católica la debida justicia; complázcome en reconocerlo y en consignarlo aquí, transcribiendo sus propias palabras. Después de haber ]lecho notar la diferencia que media­ba entre las leyes de los visigodos sa­lidas en buena parte de los concilios de Toledo, y las otras leyes bárbaras, y de haber observado la inmensa su­perioridad de las ideas de la Iglesia en materia de legislación, de justicia, y de todo lo concerniente a la investiga­ción de la verdad y al destino de los hombres, dice: "En materia criminal, la relación de las penas con los deli­tos esta determinada (en las leves de los visigodos) por nociones filosóficas y morales bastante justas, descúbrense los esfuerzos de un legislador ilustrado que lucha contra la violencia y la irreflexión de las costumbres bárbaras; hallaremos de esto un ejemplo muy notable comparando el título De cede et morte hominum con las leyes co­rrespondientes de los demás pueblos.

En las otras legislaciones, lo único que parece constituir el delito es el daño, y el objeto de la pena es la repara­ción material que resulta de la compo­sición; pero entre los visigodos se busca en el crimen su elemento moral y verdadero: la intención.

Los varios grados de criminalidad: el homicidio absolutamente involuntario, el come­tido por inadvertencia, por provo­cación, con premeditación o sin ella, son clasificados y definidos igualmente bien, a poca diferencia, que en nues­tros códigos, y las penas están seña­ladas en una proporción bastante equi­tativa.

No satisfecha con esto la jus­ticia del legislador, intentó abolir, o al memos atenuar, la diversidad de va­lor legal establecida entre los Hombres por las otras leves bárbaras, no con­servándose otra distinción que la de libre y de esclavo. Con respecto a los libres, la pena no varía ni por el origen ni por el rango del muerto, sino úni­camente por los diversos grados de culpabilidad del asesino.

Tocante a los esclavos, no atreviéndose a quitar enteramente a los dueños el derecho de vida y. muerte, procuró restringir­le, sujetándole a un procedimiento pú­blico y, regular. El texto de la ley merece ser citado.

"Si no debe quedar impune ningún culpable o cómplice de un crimen, con mucha mas razón debe ser castigado quien haya cometido un homicidio con malicia y ligereza. Por lo que, ha­biendo algunos dueños que en su or­gullo dan muerte a sus esclavos, sin que éstos hayan cometido falta alguna, conviene extirpar del todo semejante licencia, y ordenar que la presente ley sea eternamente observada por todos. Ningún dueño ni dueña podrá dar muerte a ninguno de sus esclavos, va­rones o hembras ni a otro de sus dependientes, sin preceder juicio publico.

Si un esclavo u otro sirviente cometen un crimen que pueda acarrear­le pena capital, si, amo, o si, acusa­dor, darán inmediatamente noticia del suceso al juez del lugar donde se ha cometido el delito, o al conde, o al duque.

Discutido el asunto, si el cri­men queda probado, el culpable su­frirá la pena de muerte merecida, apli­cándosela el mismo juez o el propio dueño, pero haciéndose de tal suerte, que si el juez no quiere cuidar de la ejecución, extenderá por escrito la sentencia de pena capital, y enton­ces el amo será dueño de quitar la vida al esclavo, o de perdonársela. A la verdad, si el esclavo por una fatal audacia, resistiendo a su señor, ha in­tentado herirle, con arma, piedra, o de otra suerte, y éste defendiéndose, mata en su cólera al esclavo, no será reo de la pena de homicidio, pero será nece­sario probar que el hecho ha sucedido así, y esto, por el testimonio o el ju­ramento de los esclavos, varones o hembras, que habrán estado presentes, o por el juramento del autor del he­cho.

Cualquiera que por pura malicia matare a su esclavo por su propia ma­no o la de otro sin preceder juicio público, será declarado infame, inca­paz de ser testigo, y obligado a vivir el resto de sus días en el destierro y en la penitencia, pasando sus bienes a sus más próximos parientes llamados por la ley a sucederle". (Por. Jud. L. VI. Tit. V. L. 12). (GUIZOT, "Historia general de la civilización europea". Lección 6).

Con mucho gusto he copiado este texto de M. Guizot, por ser una con­firmación de lo que acabo de decir sobre la influencia de la Iglesia con respecto a suavizar las costumbres, y de lo que llevo asentado en otra par­te, tocante a lo mucho que ella con­tribuyó a mejorar la suerte de los es­clavos, restringiendo las excesivas fa­cultades de los dueños. Allí dejé pro­bada esta verdad con abundantes do­cumentos, y- por consiguiente no ne­cesito insistir aquí en demostrarla, pas­tando a mi propósito en la actualidad el hacer observar que M. Guizot está completamente de acuerdo en que la Iglesia moralizó la legislación de los bárbaros, haciendo que en los delitos no se considerase únicamente el daño que causaban, sino la malicia que en­volvían, es decir, elevando la acción del orden físico al moral, y dando a las penas el verdadero carácter de tal­es, no permitiendo que quedasen en la línea de una reparación material.           

Por donde se echa de ver que el sistema criminal de los bárbaros, que a primera vista parecía indicar un adelanto en la civilización, procedía del escaso ascendiente que entre ellos te­nían los principios morales, y de que las miras del legislador se elevaban muy poco sobre el orden puramente material.

Todavía hay otra observación que hacer en este punto, y es que la mis­ma lenidad con que se castigaban los delitos es la mejor prueba de la facili­dad con que se cometían.

Cuando en un país son muy raros los asesinatos, las mutilaciones, y otros atentados se­mejantes, son mirados con horror, y quien de ellos se haga culpable es cas­tigado con severidad. Pero cuando el delito se repite a cada paso, pierde in­sensiblemente su fealdad y negrura, se acostumbran a su repugnante aspecto, no sólo los perpetradores, sino tam­bién los demás, y entonces el legis­lador se siente naturalmente llevado a tratarle con indulgencia.

Esto nos lo demuestra la experiencia de cada día; y no será difícil al lector el encontrar en la sociedad actual repetidos delitos a que podría ser aplicable la observa­ción que acabo de hacer. Entre los bárbaros era común el apelar a las vías de hecho, no sólo contra las pro­piedades, sino también contra las per­sonas; por cuya razón era muy natu­ral que ese linaje de delitos no fuesen mirados con la aversión y hasta horror con que lo son en un pueblo, donde habiendo prevalecido las ideas de ra­zón, de justicia, de derecho, de ley, no se concibe siquiera cómo pueda subsis­tir una sociedad, donde cada cual se considere facultado para hacerse justicia por si mismo.

Así es que las ley en contra esos delitos debían naturalmente ser benignas, contentándose el legislador con la reparación del daño, sin cuidar mucho de la culpabilidad del perpetrador. Esto tiene íntimas rela­ciones con lo dicho más arriba sobre la conciencia pública, porque el legis­lador es siempre, más o menos, el órga­no de esta misma conciencia.

Cuando en una sociedad una acción es mirada como   un crimen horrendo no puede el legislador señalarle una pena benigna, y, al contrario, no le es po­sible castigar con mucho rigor lo que la sociedad absuelve o excusa. Una que otra vez se alterará esta propor­ción, una que otra vez desaparecerá dicha armonía; pero bien pronto las cosas volverán a su curso regular, apar­tándose del camino que seguían con violencia.

 Siendo las costumbres muy castas y puras, hay delitos que andan cubiertos de execración e infamia, pe­ro, en llegando a ser muy corrompi­das, los mismos actos, o son mirados como indiferentes, o cuando más, ca­lificados de ligeros deslices.

En un pueblo donde las ideas religiosas ejer­zan mucho predominio, la violación de todo cuanto está consagrado al Señor es mirado como un horrendo atenta­do, digno de los mayores castigos; pe­ro en otro, donde la incredulidad haya hecho sus estragos, la misma viola­ción no llegará a la esfera de los delitos comunes, y lejos de atraer so­bre el culpable la justicia de la ley, mucho será si le acarrea una ligera corrección de la policía.

El lector no encontrará inoportuna esa digresión sobre la legislación cri­minal de los bárbaros, si advierte que tratándose de examinar la influencia del Catolicismo en la civilización eu­ropea, es indispensable atender a los otros elementos que en la formación de ella se han combinado. De otra suerte sería imposible apreciar debida­mente la respectiva acción que en bien o en mal ha cabido a cada uno de ellos, y por tanto, no se sacaría en lim­pio la parte que puede vindicar como exclusivamente propia la Iglesia, ni re­solver la gran cuestión promovida por los partidarios del Protestantismo, so­bre las pretendidas ventajas acarreadas por éste a las sociedades modernas. Las naciones bárbaras son uno de esos elementos , y por esta causa es preciso ocuparse de ellas con tanta frecuencia.

Nota 23 

En los siglos medios, casi todos los monasterios y colegios de canónigos tenían anejo un hospital, no sólo para Hospedar peregrinos, sino también pa­ra el sustento y alivio de pobres y enfermos.

No cabe más hermoso símbo­lo de la religión cubriendo con su velo todo linaje de infortunios, que el ver convertidas en asilo de miserables las casas consagradas a la oración y a la práctica de las más sublimes vir­tudes.

Cabalmente esto se verifica en aquellas épocas en que el poder públi­co no sólo carecía de la fuerza y luces necesarias para plantear una buena ad­ministración con que acudir al soco­rro de los necesitados, sino que ni aun alcanzaba a cubrir con su égida los más sagrados intereses de la sociedad. Por donde se ve que cuando todo era impotente, la religión era todavía ro­busta y fecunda; cuando todo perecía, la religión no sólo se conservaba, sino que fundaba establecimientos inmorta­les.

Y nótese bien lo que repetidas veces hemos observado ya, a saber, que la religión que estos prodigios obraba, no era una religión vaga, abs­tracta, no era el Cristianismo de los protestantes, sino la religión con todos sus dogmas, su disciplina, su jerar­quía, su pontífice supremo, en una pa­labra, la Iglesia católica.

Tan lejos estuvo la antigüedad de imaginar que el socorro del infortu­nio pudiese encomendarse a sola la administración civil, o a la caridad in­dividual, que antes bien, corno se ha indicado ya, se consideró como muy conveniente que los hospitales estuvie­sen sujetos a los obispos, es decir, que se procuro que el ramo de beneficencia pública se entroncase en cierto modo con la jerarquía de la Iglesia; y es que por antigua disciplina, los hospitales estaban sujetos a los obis­pos, en lo espiritual y en lo temporal, sin atenderse al estado clerical o se­glar de las personas que cuidaban del establecimiento, ni tampoco si se ha­bía erigido o no por mandato del obispo.

No es éste el lugar de referir las vicisitudes que sufrió esta disciplina, ni las varias causas que las motivaron; bastando observar que el principio fundamental, es decir, la intervención de la autoridad eclesiástica en los es­tablecimientos de beneficencia, ha que­dado siempre en salvo, y que nunca la Iglesia ha consentido que se la des­pojase del todo de tan hermoso privi­legio.

Nunca ha creído que pudiese mirar con indiferencia los abusos que en este punto se introdujesen en per­juicio de los desgraciados; y así es que se ha reservado cuando menos el dere­cho de acudir al remedio de los males que resultasen de la malicia o indolen­cia de los administradores.

A este pro­pósito podernos notar que el concilio de Viena establece que si los adminis­tradores de un hospital, clérigos o le­gos, se portan con desidia en el desem­peño de su cargo, procedan contra ellos los obispos, reformando y restau­rando el hospital, por autoridad pro­pia, si no fuere exento, y si lo fuere, por delegación pontificia.

El concilio de Trento otorgó también a los obis­pos la facultad de visitar los hospita­les, hasta como delegados de la Sede Apostólica, en los casos concedidos por el derecho, prescribiendo además que los administradores, clérigos o le­gos, den cada año cuentas al ordina­rio del lugar, a no ser que se hubiese prevenido lo contrario en la funda­ción, y ordenando que si por privi­legio, costumbre, o estatuto particular, las cuentas debiesen presentarse a otro que al ordinario, al menos se reúna éste a los que hayan de recibirlas.

Prescindiendo de las varias modifica­ciones que en esta parte hayan podido introducir las leyes y costumbres de diferentes países, queda siempre en claro cuál ha sido la vigilancia de la Iglesia sobre el punto de beneficen­cia, y que su espíritu y sus máximas la han impelido a entrometerse en esta clase de negocios, ora dirigiéndolos ex­clusivamente, ora acudiendo al reme­dio del mal que veía introducirse.

La potestad civil reconoció los motivos de esa caritativa y santa ambición, así vemos que el emperador Justiniano no repara en conceder a los obispos un poder público sobre los hospitales. Conformándose en esta parte a la dis­ciplina de la Iglesia, y a lo reclamado por la conveniencia pública.

Hay en este punto un hecho nota­ble, que es necesario consignar aquí señalando su provechosa influencia; ha­blo de haber sido considerados los bienes de los hospitales como bienes eclesiásticos. Esto, que a primera vis­ta pudiera parecer indiferente, está muy lejos de serlo, pues de esta manera quedaban esos bienes con los mismos privilegios de la Iglesia, cubriéndose con una inviolabilidad que les era tanto mas necesaria, cuanto eran difíciles los tiempos y fecundas las tropelías y usurpaciones.

 La Iglesia que por mucha que fuese la turbación pública, conservaba no obstante, grande autoridad y ascendiente sobre los gobiernos y los pueblos, tenía de esta manera un título muy poderoso y expedito para cubrir con su protección los bienes de los hospitales, salvándolos en cuanto era dable de la rapacidad de los poten­tados codiciosos.

Y no se crea que es­ta doctrina se introdujera con algún designio torcido, ni que fuese una no­vedad inaudita esa especie de manco­munidad entre la Iglesia y los pobres; muy al contrario, esa mancomunidad se hallaba de tal modo en el orden regular, y tenían tanto fundamento en las relaciones de aquélla con éstos, que así como vemos que los bienes de los hospitales eran considerados como eclesiásticos, así por un contraste no­table, los bienes de la Iglesia fueron llamados bienes de pobres.

En tales términos se expresan sobre este punto los santos padres, y de tal manera se habían filtrado en el lenguaje estas doctrinas, que tratándose posterior­mente de resolver la cuestión canóni­ca sobre la propiedad de los bienes de la Iglesia, cuando unos la atribuían directamente a Dios, otros al Papa, otros al clero, no faltaron algunos que señalaron como verdaderos propieta­rios a los pobres.

Ciertamente que esta opinión no era la más conforme a los principios de derecho, pero el solo verla figurar en el campo de la polémica da lugar a graves conside­raciones.

NOTA 24

He procurado, en cuanto ha cabido en mis alcances, aclarar las ideas so­bre la tolerancia presentando esta importante materia bajo un punto de vista poco conocido; para mayor ilus­tración de la misma, diré dos pala­bras sobre la intolerancia religiosa y la civil, cosas enteramente distintas, por más que Rousseau afirme resuel­tamente lo contrario.

La intolerancia religiosa o teológica consiste en aque­lla convicción que tienen todos los católicos de que la única religión ver­dadera es la católica. La intolerancia civil consiste en no sufrir en la socie­dad otras religiones distintas de la católica.

Bastan estas dos definiciones para dejar convencido a cualquiera que no carezca de sentido común, que no son inseparables las dos clases de intolerancia, siendo muy dable que hombres firmemente convencidos de la verdad del Catolicismo, sufran a los que, o tienen diferente religión, o no profesan ninguna.

La intoleran­cia religiosa es un acto del entendi­miento, inseparable de la fe, pues que, quien cree firmemente que su re­ligión es verdadera, necesariamente ha ele estar convencido de que es la úni­ca que lo es, pues que la verdad es una.

La intolerancia civil es un acto de la voluntad, que rechaza a los hom­bres que no profesan la misma reli­gión, y tiene diferentes resultados, se­gún la intolerancia está en el indivi­duo o en el gobierno.

Al contrario, la tolerancia religiosa es la creencia de que todas las religiones son verdade­ras, lo que bien explicado significa que no hay ninguna que lo sea, pues que no es posible, que cosas contra­dictorias sean verdaderas al mismo tiempo. La tolerancia civil es el con­sentir que vivan en paz los hombres que tienen religión distinta, y que, lo propio que la intolerancia, produ­ce también diferentes efectos, según está en el individuo o en el gobierno.

Esta distinción que por su claridad y sencillez está al alcance de las in­teligencias más comunes fué, sin em­bargo, desconocida por Rousseau, ase­gurando que era una vana ficción, una quimera irrealizable. y que las dos in­tolerancias no podían separarse una de otra.

Si Rousseau se hubiese con­tentado con observar que generalizada en un país la intolerancia religiosa, es decir, como arriba se ha explicado, la firme convicción de que una religión es verdadera, se ha de manifestar así en el trato particular como en la le­gislación cierta tendencia a no sufrir a los que piensan de otro modo, sobre todo cuando éstos son en número muy

reducido, su observación hubiera sido muy fundada, y hubiera coincidido con la opinión que llevo manifestada sobre este punto, cuando me he pro­puesto señalar el curso natural que si­guen en esta materia las ideas y los hechos; pero Rousseau no mira las cosas bajo este aspecto, sino que diri­giendo sus tiros al Catolicismo, afirma que las dos especies de intolerancia son inseparables, porque "es imposible vivir en paz con gentes a quienes se cree condenadas, y amarlas sería abo­rrecer al Dios que las castiga". No es posible llevar más allá la mala fe; en efecto, ¿quién le ]la dicho a Rou­sseau que los católicos creen conde­nado a nadie mientras vive, y, que amar a un Hombre extraviado sería aborrecer a Dios? ¿Podía ignorar, que antes al contrario, es un precepto in­dispensable, es un dogma, para todo católico, el deber de amar a todos los hombres? ¿Podía ignorar lo que saben hasta los niños por los primeros rudimentos de la doctrina cristiana, que estarnos obligados a amar al pró­jimo como a nosotros mismos, y que por la palabra prójimo se entienden todos los que han alcanzado el cielo, o pueden alcanzarle, de cuyo núme­ro no se excluye a nadie mientras vi­ve?

 Dirá Rousseau, que al menos es­tarnos en la convicción de que si mueren en aquel mal estado se con­denan, pero no advierte, que lo mis­mo pensamos de los pecadores, aun­que su pecado no sea el de here­jía y, sin embargo, nadie ha soñado jamás que los católicos justos no pue­dan tolerar a los pecadores, y. de que se consideren obligados a odiarlos. No se ha visto religión que más interés manifieste para convertir a los malos; y tan lejos está la Iglesia católica de enseñar que se deba aborrecerlos, que antes bien, en los púlpitos, en los li­bros, en la conversación se repiten mil veces las palabras con que Dios nos manifiesta su voluntad de que los pecadores no perezcan, que quiere su conversión y su vida, que hay más alegría en el ciclo por uno de ellos que haga penitencia, que por noventa y. nueve justos que no necesitan ha­cerla.

Y no se crea que este hombre que así se expresaba contra la intolerancia de los católicos, fuese partidario de una completa tolerancia; muy al con­trario, en la sociedad, tal corno él la imaginaba, quería que no se tolerasen, no los que no profesasen la religión verdadera, sino los que se apartasen de aquélla que al poder civil le plu­guiese determinar.

"Mas, dejando apar­te, dice, las consideraciones políticas, vengamos al derecho, y fijemos los principios sobre este punto importan­te. El derecho que el pacto social da al soberano sobre los vasallos, no ex­cede, como ya he dicho, los lími­tes de la utilidad pública.

Los vasallos no deben dar cuenta al soberano de sus opiniones, sino en cuanto ellas in­teresan a la comunidad.

Al estado le importa que cada ciudadano tenga una religión que le haga amar sus deberes; pero los dogmas de esa religión no interesan ni al estado ni a sus miem­bros, sino en cuanto se refieren a la moral y a los deberes, que el que los profesa está obligado a cumplir para con los otros.

Por lo demás, cada uno puede tener las opiniones que le aco­moden, sin que pertenezca al sobera­no entender sobre esto; porque como no tiene competencia en el otro mun­do, sea cual fuere la suerte de los va­sallos en la otra vida, esto no es asunto del soberano, con tal que en ésta sean buenos ciudadanos.

Hay, pues, una profesión de fe, puramente civil, cuyos artículos pertenece al so­berano fijar, no precisamente como dogmas de religión, sino como senti­mientos de sociabilidad, sin los que es imposible ser buen ciudadano y fiel vasallo.

Sin poder obligar a nadie a creerlos, puede desterrar del estado al que no los crea, no como impío sino como insociable, como incapaz de arriar sinceramente las leyes y la jus­ticia, de sacrificar en caso necesario la vida a su deber. Si alguno, después de haber reconocido públicamente es­tos dogmas, se conduce como si no los creyera, sea castigado con pena de muerte, porque ha cometido el mayor de los crímenes y mentido delante de las leyes" (Contr. Soc., L. 4, c. 8).

Tenemos, pues, que en último resul­tado viene a parar la tolerancia de Rousseau, a facultar al soberano para fijar los artículos de fe, otorgándole el derecho de castigar con el destie­rro y hasta con la muerte, a los que, o no se conformen con las decisiones del nuevo Papa, o se aparten de ellas después de haberlas abrazado.

Extraña como parece la doctrina de Rousseau, no lo es tanto sin embargo que no entre en el sistema general de todos los que no reconocen la supremacía de un poder en materias religiosas. Rechazan esta supremacía cuando se trata de atribuirla a la Iglesia católica, o a su jefe, y por una contradicción la más chocante la conceden a la po­testad civil.

Está curioso Rousseau, cuando al desterrar o matar al que se aparte de la religión formada por el soberano, no quiere que estas penas se le apliquen como impío, sino corno insociable; Rousseau seguía un impul­so, en él muy natural, de no querer que sonase en algo la impiedad, en tratando de la aplicación de castigos; pero al hombre que sufriese el destie­rro o pereciese en un cadalso, ¿qué le importaba el nombre dado a su cri­men?

En el mismo capítulo, se le es­capó a Rousseau una expresión que revela de un golpe adónde se ende­rezaba con tanto aparato de filosofía. "El que se atreva a decir: fuera de la Iglesia no hay salud, debe ser echado del estado". Lo que en otros términos significa, que la tolerancia debe ser pa­ra todo el mundo, excepto para los católicos.

 Se ha dicho que el Contrato Social fué el código de la revolución francesa; y en verdad que ésta no echó en olvido lo que respecto de los ca­tólicos le prescribe el tolerante legis­lador. Pocos son en la actualidad los que se atreven a declararse discípulos del filósofo de Ginebra; bien que al­gunos de sus vergonzantes sectarios le prodiguen todavía desmesurados elo­gios; pero confiados en el buen sen­tido del linaje humano debemos espe­rar que la posteridad en masa confir­mará la nota con que todos los hom­bres de bien han señalado al sofista trastornador, y al impudente autor de las Confesiones.

Comparado el Protestantismo con el Catolicismo, me he visto precisado a tratar de la intolerancia, porque éste es uno de los cargos que con más frecuencia se hacen a la religión católica; pero en obsequio de la verdad debo advertir que no todos los protestantes han predicado una tolerancia univer­sal, y que muchos de ellos han reco­nocido el derecho de reprimir y cas­tigar ciertos errores.

Grocio, Puffen­dorf y otros que rayan muy, alto entre los sabios de que se gloría el Protes­tantismo, han estado de acuerdo en este punto, siguiendo el dictamen de toda la antigüedad, que se conformó siempre con estos principios, así en la teoría corno en la práctica.

Se ha cla­mado contra la intolerancia de los ca­tólicos, como si ellos la hubiesen en­señado al mundo, como si fuera un monstruo horrendo que en ninguna parte se criara sino allí donde reina la iglesia católica. Cuando no otras ra­zones, al menos la buena fe exigía que se recordase que el principio de la tolerancia universal no había sido re­conocido en ninguna parte del mun­do; y que así en los libros de los filó­sofos, como en los códigos de los legisladores, se encontraba consignado con más o menos dureza el principio de la intolerancia.

Ora se quisiese con­denar este principio como falso, ora se intentase restringirle, o dejarle sin aplicación, al menos no se debía le­vantar una acusación particular contra la Iglesia católica, por una doctrina y conducta en que se ha formado al ejemplo de la humanidad entera.

Así los pueblos cultos como los bárbaros fueron culpables, si culpa en esto hu­biera, y lejos de recaer exclusivamente la mancha sobre los gobiernos diri­gidos por el Catolicismo, y sobre los escritores católicos, debiera caer sobre todos los gobiernos antiguos, inclusos los de Grecia y de Roma; debiera caer sobre todos los sabios de la anti­güedad, inclusos Platón, Cicerón y, Séneca; debiera caer sobre los gobier­nos y, sabios modernos, inclusos los protestantes.

Teniendo esto presente, no hubieran parecido ni tan erróneas las doctrinas, ni tan negros los hechos; así se hubiera visto que la intoleran­cia, tan antigua como el mundo, no era una invención de los católicos, y que sobre todo el mundo debía recaer la responsabilidad que de ella resul­tase.

NOTA 25

Al hablar de la Inquisición de España, no me he propuesto defender todos sus actos, ni bajo el aspecto de la justicia, ni tampoco de la conveniencia pública. No desconociendo las circunstancias excepcionales en que se encontró, juzgo que hubiera procedido harto mejor si, imitando el ejemplo de la Inquisición de Roma, hubiese ahorrado el derramamiento de sangre, en cuanto le hubiese sido posible.

Podía muy bien celar por la conservación de la fe, podía prevenir los males que a la religión amenazaban de parte de moros y judíos, podía preservar la España del Protestantismo, sin desplegar ese excesivo rigor, que le mereció graves reprensiones y amonestaciones de parte de los Sumos Pontífices, que provocó reclamaciones de los pueblos, que acarreó tantas apelaciones a Roma de los encausados y condenados, y que suministró pretexto a los adversarios del Catolicismo para acusar de sanguinaria una religión que tiene horror a la efusión de sangre.

Lo repito, no es responsable la religión católica de ninguno de los excesos que en su nombre se hayan podido cometer; y cuando se habla de la Inquisición, no se deben fijar principalmente los ojos en la de España, sino en la de Roma.

Allí donde reside el Sumo Pontífice, donde se sabe cumplidamente cómo debe entenderse el principio de la intolerancia, y cuál es el uso que de él debe hacerse, allí la Inquisición ha sido en extremo benigna, indulgente, allí es el punto donde menos ha sufrido la humanidad por motivo de religión; y esto sin exceptuar ningún país, tanto aquellos donde ha existido la Inquisición como los que carecieron de ella, tanto donde predominó la religión católica como donde prevaleció la protestante. Este hecho es indudable; y para todo hom­bre de buena fe debe ser bastante pa­ra indicarle cuál es en esta materia el espíritu del Catolicismo.

Hago estas reflexiones en prueba de mi imparcialidad, y de que no desco­nozco loe males, ni dejo de confesar­los, dondequiera que los vea. Esto no embargante, deseo que no se olvi­den los hechos y observaciones que en el texto he aducido, así sobre la In­quisición en sí misma, en las dife­rentes pocas de su duración, como sobre la política de los reyes que la fundaron v sostuvieron. Por lo mis­mo copiaré aquí algunos documentos que pueden arrojar mucha luz sobre tan importante materia. He aquí en primer lugar el preámbulo de la Prag­mática de D. Fernando y D° Isabel, para la expulsión de los judío, don­de se explanan en pocas palabras los agravios que de ellos recibía la reli­gión, y los peligros que por este mo­tivo amenazaban al estado.

Libro octavo, título segundo, Lei II de la Nueva Recopilación,

"D. Fernando, i D. Isabel en Gra­nada año 1492 a 30 de marzo. Prag­mática.

Porque Nos fuimos informados que en estos nuestros Reinos avía algunos malos Christianos, que judaizaban, y apostataban de nuestra Santa Fe Ca­thólica, de lo qual era mucha cansa la comunicación de los judíos con los Cristianos; en las Cortes que hicimos en la ciudad de Toledo el año pasado de mil i quatrocientos i ochenta años, mandamos apartar los dichos Judíos en todas las Ciudades, i Villas, i Lu­gares cíe los nuestros Reinos, i Seño­ríos, en las Juderías, i lugares aparta­dos en donde viviesen, i morassen, esperando que con su apartamiento se remediaría.. Otro sí avemos procura­do, i dado orden como se Hiciese in­quisición en los dichos nuestros Rei­nos, la qual, como sabéis, ha más de doce años que se ha hecho, i hace, i por ello se han hallado muchos cul­pantes, según es notorio: i según so­mos informados de los Inquisidores, i de otras muchas personas Religiosas, i Eclesiásticas, i Seglares, consta, i pa­resce el gran daño que a los Chris­tianos se ha seguido, i sigue de la par­ticipación, conversación, i comunica­ción, que han tenido, y tienen con los Judíos, los quales se prueba, que pro­curan siempre por quantas vías más pueden de subvertir, i substraer de nuestra Santa Fe Cathólica a los Fie­les Christianos, i los apartar della, i atraer i pervertir a su dañada creen­cia, i opinión, instruyéndoles en las ceremonias, i observancia de su lei, ha­ciendo ayuntamientos donde les lean, i enseñen lo que han de creer, i guar­dar según su le¡, procurando de cir­cuncidar, a ellos, i a sus hijos, dán­doles libros por donde rezasen sus oraciones, i declarándoles los ayunos que han de ayunar, i juntándose con ellos a leer, i enseñándoles las Histo­rias de su lei, notificándoles las Pas­quas antes que vengan, i avisándoles lo que en ellas han de guardar, i ha­cer, dándoles, i llevándoles de su casa el pan cenceño, i carnes muertas con ceremonias, instruyéndoles de las co­sas que se han de apartar, assí en los comeres como en las otras cosas por observancia de su lei, i persuadiéndo­les en cuanto pueden que tengan, i guarden la lei de Moysés haciéndoles entender que no ha¡ otra le¡, i ni ver­dad salvo aquella; lo qual consta por muchos dichos, i confesiones, así de los mismos judíos, como de los que fueron pervertidos, engañados por ellos, lo qual ha redundado en gran daño, i detrimento, i oprobio de nuestra Santa Fe Cathólica; i como quiera que de mucha parte destos fui­mos informados antes de agora, i co­noscimos que el remedio verdadero de todos estos daños, e inconvenien­tes, está en apartar del todo la co­municación de los dichos Judíos con los Christianos, i echarlos de todos nuestros Reinos, quisímosnos conten­tar con mandarlos salir de todas las' Ciudades, i Villas, i Lugares del An­dalucía, donde parecía que avía hecho mayor daño, creyendo que aquello bastaría para que los de las otras Ciu­dades i Villas, i Lugares de los nues­tros Reinos, y Señoríos cessassen de hacer, i cometer lo susodicho, i por­ que somos informados que aquello, ni las justicias que se han hecho en al­gunos de los dichos judíos, que se han hallado muy culpantes en los (¡¡ellos crímenes, i delitos contra nuestra San­ta Fe Cathólica, no basta para entero remedio: para obviar y- remediar co­mo cesse tan gran oprobio, i ofensa de la Fe, i Religión Cllristiana, i por­que cada día se halla, i paresce que los dichos Judíos creen en continuar su malo, i dañado propósito adonde vi­ven, i conversan, i porque no aya lu­gar de más ofender a nuestra Santa Fe Cathólica, assí en los que hasta aquí Dios ha querido guardar, como en los que cayeron, i se enmendaron, i reduxeron a la Santa Madre Iglesia, según la flaqueza de nuestra humanidad, i sujesción diabólica, que continuo nos guerrea, ligeramente po­dría acaescer si la principal causa ces­to tío se quita, que es echar los di­ellos judíos de nuestros Reinos; y porque cuando algún grave, i detes­table crimen es cometido por algu­nos de algún Colegio, o Universidad, es razón que el tal Colegio, i Univer­sidad sea disuelto, i aniquilado, i los menores por los mayores, i los unos por los otros sean desunidos; y aquellos que pervierten el bien, i honesto vivir de las Ciudades, i Villas por conta­gio, que pueda dañar a los otros, sean expedidos de los pueblos, i aun por otras más leves causas que sean en daño de la República, quanto más por el mayor de los crímenes, i más pe­ligroso, contagioso, como lo es este: Por ende, Nos, con consejo, i parecer de algunos Prelados".

No se trata aquí de examinar si en estas inculpaciones hechas a los ju­díos pudo haber o no alguna parte de exageración, en que según todas las apariencias debía de haber en esto un gran fondo de verdad, atendida la si­tuación en que se encontraban los dos pueblos rivales. Y nótese que si bien en el preámbulo de la Pragmática se abstienen los monarcas de achacar a los judíos cien y cien otros cargos que les hacía la generalidad del pue­blo, no dejaba por esto de andar muy válida la fama de ellos, y que por con­siguiente debía influir sobremanera en agravar la situación de los judíos, y, en inclinar el ánimo de los reyes a tratarlos con dureza.

Por lo que toca a la desconfianza con que debían de ser mirados los moros y sus descendientes, a más de los hechos ya indicados, pueden toda­vía presentarse otros que manifiestan la disposición de los ánimos, que ha­cía mirar a esos hombres como si es­tuvieran en conspiración permanente contra los cristianos viejos. Cerca un siglo había transcurrido desde la con­quista de Granada, y vemos que to­davía se abrigaban recelos de que aquel reino era el centro de las ase­chanzas dirigidas por los moros con­tra los cristianos, saliendo de allí los avisos y los auxilios necesarios para que en las costas pudiesen cometerse contra personas indefensas toda clase de tropelías. Véase lo que decía Fe­lipe II, en 1567.

Libro octavo. Título segundo de la Nueva Recopilación.

Le¡ XX. Que pone graves penas a los naturales de] Reino de Granada que encubrieren, o acogieren, o fa­vorecicrcn 'Turcos, o ¡Moros, o judíos, o les dieren avisos o se escribieren con ellos.

“ D Phelipe II, en Madrid a 10 de diciembre de 1567 años.

Porque aveníos sido informados que no embargante lo que para la defen­sa, i seguridad de los mares, i costas de nuestros Reinos tenernos proveído ansí en mar, como en tierra, especial­mente en el Reino de Granada, los Turcos, Moros, Corsarios, i allende han hecho, i hacen en el dicho Reino en los puertos, i costas, i lugares ma­rítimos, ¡ cercanos a ellos, los robos, males, i daños, i captiverios de Chris­tianos, que son notorios, lo cual dix que han podido, i pueden hacer con facilidad, i seguridad, mediante el trato, e inteligencia que han tenido, i tienen con algunos naturales de la tierra, los quales los avisan, 1 guían, acogen, i encubren, i les dan favor, i ayuda, passándose algunos dellos allen­de con los dellos Moros, i Turcos, i llevando consigo sus mujeres, hijos, i ropa, i los Christianos, i ropa dellos que pueden aver, i que otros de los dichos naturales, que han sido partí­cipes, i sabidores, se quedan en la tie­rra, i no han sido, ni son castigados, ni parece que esto está proveído con el rigor, i tan entera i particularmen­te como convendría,; ai mucha difi­cultad en la averiguación, e información, i aun descuido, i negligencia en las justicias, i jueces que lo avían de inquirir i castigar; i aviéndose sobre esto tratado y platicado en el nuestro Consejo, para que se proveyese en ello, como en cosa que tanto importa al servicio de Dios nuestro Señor, i nues­tro, i bien público: i con Nos con­sultado, fué acordado que devíamos mandar dar esta nuestra Carta... etc., etc."

Pasaban los años, y la ojeriza entre los dos pueblos continuaba todavía; y a pesar de los muchos quebrantos su­fridos por la raza mahometana, no se daban por satisfechos los cristianos. Es muy probable que un pueblo que había sufrido, y estaba sufriendo tan­tas humillaciones, probaría a vengar­se; y, así no se hace tan difícil el creer la verdadera existencia de las conspi­raciones que se les achacaban. Como quiera, la fama de ellas era general, y el gobierno se hallaba seriamente alar­mado con este motivo. Léase en com­probación, lo que decía Felipe III en 1609, en la ley- para la expulsión de los moriscos.

Libro octavo. Título segundo de la Nueva Recopilación.

Lei XXV. Por lo qual fueron echa­dos los moriscos del Reino; las cau­sas que para ello hubo, i medio que se tubo en su execución.

"D. Phelipe III, en Madrid a 9 de diciembre de 1609.

Aviéndose procurado por largo dis­curso de tiempo la conservación de los moriscos en estos Reinos, i execu­tádose diversos castigos por el Santo Oficio de la Santa Inquisición, i con­cedídose muchos Edictos de gracia, no omitiendo medio, ni diligencia para instruirlos en nuestra Santa Fe, sin averse podido conseguir el fruto que se deseaba, pues ninguno se ha con­vertido, antes ha crecido su obstina­ción; i aun el peligro que amenazaba a nuestros Reinos, de conservarlos en ellos, se Nos representó por personas mui doctas, muy temerosas de Dios, de que convenía poner breve remedio; i que la dilación podría gravar nuestra Real conciencia, por hallarse muy ofendido nuestro Señor de esta gente, asegurándonos que podríamos sin ningún escrúpulo, castigarlos en las vidas, i en las haciendas, porque la continuación de sus delitos, los te­nía convencidos de herejes, i apósta­tas, i proditores de lesa Magestad Di­vina i humana; i aunque por esto pudiera proceder contra ellos con el rigor, que sus culpas merecen, toda­vía, deseando reducirlos por medios suaves, i blandos, mandé hacer en la ciudad, i Reino de Valencia una Jun­ta del Patriarca, i otros prelados, i personas doctas para que viessen lo que se podría encaminar, i disponer, aviéndose entendido que al mismo tiempo que se estaba tratando de su remedio, los de aquel Reino, i los de­ éstos pasaban adelante con su dañado intento, i sabiéndose por avisos cier­tos, i verdaderos que han enviado a Constantinopla a tratar con el Turco, i a Marruecos con el Rey Buley Fidón, que enviasen a estos Reinos las ma­yores fuerzas, que pudiesen en su ayu­da, i socorro, asegurándoles que hallarían en ellos cientos y cinquenta mil hombres tan Moros como los de Berbería, que los assistirían con las vidas, i haciendas, persuadiendo la fa­cilidad de la empresa; aviendo también intentado la misma plática con Herejes, i otros Príncipes enemigos nuestros; i atendiendo a todo lo su­sodicho, i cumpliendo con la obliga­ción que tenemos de conservar, i man­tener en nuestros Reinos la Santa Fe Cathólica Romana, i la seguridad, paz i reposo de ellos, con el parecer, i consejo de varones doctos, y de otras personas mui zelosas del servicio de Dios, i mío: mandamos que todos los Moriscos habitantes de estos Reinos, assí hombres, como mujeres, i niños de cualquier condición, etc."

He dicho que los papas procuraron ya desde un principio suavizar los ri­gores de la inquisición de España; ora amonestando a los reyes y a los Inquisidores, ora admitiendo las apelacio­nes de los encausados y condenados.

 He añadido también que la política de los reyes, quienes temían que las innovaciones religiosas no acarreasen perturbación pública, había embaraza­do a los papas para que no pudiesen llevar tan allá como hubieran desea­do sus medidas de benignidad e in­dulgencia: en apoyo de esta aserción escogeré entre otros documentos uno que manifiesta la irritación de los re­yes de España por el amparo que en Roma encontraban los encausados por la Inquisición.

Lib. 8. Tít. 3. Ley 2 de la Nueva Recopilación.

Que los condenados por la Inquisi­ción, que están aventados de estos Reinos, no vuelvan a ellos, so pena de muerte, ¡ perdimiento de bienes.

"D. Fernando, i D. Isabel en Za­ragoza a 2 de agosto año 1498. Prag­mática.

Porque algunas personas condenadas por Herejes por los inquisidores se ausentan de nuestros Reinos, i se van a otras partes, donde con falsas rela­ciones, i formas indevidas han impe­trado subrepticiamente esenciones, i absoluciones, conmisssiones, i segurida­des, i otros privilegios, a fin de se eximir de las tales condenaciones, i penas en que incurrieron, i se quedar con sus errores, i con esto tientan de volver a estos nuestros Reinos; por ende queriendo extirpar tan grande mal, mandamos que no sean ossadas las tales personas condenadas de vol­ver, ni vuelvan, ni tornen nuestros Reinos, i señoríos por ninguna vía, manera, causa, ni razón que sea, so pena de muerte y perdimiento de bie­nes: en la cual pena queremos, i man­damos que por ese mismo hecho in­curran; y, que la tercia parte de los dichos bienes sea para la persona que lo acusare i la tercia parte para la Justicia, i la otra tercia para la nues­tra Cámara; i mandamos a las dichas Justicias, i a cada una. i en cualquier dellas en sus Lugares, i jurisdicciones que cada i cuando supiesen que algu­nas de las personas susodichas estuvie­ren en algún Lugar de su jurisdic­ción, sin esperar otro requerimiento, vayan a donde la tal persona estuvie­re, i le prendan el cuerpo, y luego sin dilación executen, y hagan executar en su persona, i bienes las dichas pe­nas por Nos puestas, según que dicho es; no embargante cualesquier esen­ciones, reconciliaciones, seguridades, i otros privilegios que tengan, los qua­les en este caso, cuanto a las penas susodichas, no les pueden sufragar: i esto mandamos que hagan, i cumplan assí, so pena de perdimiento, i confis­cación de todos sus bienes: en la qual pena incurran qualesquier otras per­sonas, que a las tales personas encu­brieren, o receptaren, o supieren don­de están, i no lo notificaren a las di­chas nuestras justicias: i mandamos a cualesquier Grandes Concejos i otras personas de nuestros Reinos que den favor y ayuda a nuestras Justicias, ca­da i cuando que se la pidieran, i me­nester fuere, para cumplir y executar lo susodicho, so las penas, que las Jus­ticias sobre ellos les pusieren".

Conócese por el documento que se acaba de copiar, que ya en 1498 habían llegado las cosas a tal punto, que los reyes se proponían sostener a todo trance el rigor de la Inquisición y que se daban por ofendidos de que los papas se entrometiesen en suavizarle. Esto indica de dónde procedía la du­reza con que eran tratados los culpa­bles; y revela además una de las cau­sas por que la Inquisición de España usó algunas veces de sus facultades con excesiva severidad. Bien que no era un mero instrumento de la polí­tica de los reyes, como han dicho al­gunos; sentía más o menos la influen­cia de ella; y, sabido es que la polí­tica, cuando se trata de abatir a un adversario, no suele mostrarse dema­siado compasiva. Si la Inquisición de España se hubiese hallado entonces bajo la exclusiva autoridad y direc­ción de los papas, mucho más templa­da y benigna hubiera sido en su con­ducta.

A la sazón el empeño de los reyes de España era que los juicios de la Inquisición fuesen definitivos, y sin apelación a Roma: así lo había pedi­do expresamente al Papa la reina Isabel; y a esto no sabían avenirse los Sumos Pontífices, previendo sin duda el abuso que podría hacerse de arma tan terrible el día que le faltase el freno de un poder moderador.

Por los hechos que se acaban de apuntar queda en claro con cuánta verdad he dicho que si se excusaba la conducta de Fernando e Isabel por lo tocante a la Inquisición, no se podía acriminar a la de Felipe II, porque mas severos, mas duros, se mostraron los Reyes Católicos que no este mo­narca. Ya llevo indicado el motivo por que se ha condenado tan despia­dadamente la conducta de Felipe II, pero es necesario demostrar también por qué se ha ostentado cierto empe­ño en excusar la de Fernando e Isabel.

Cuando se quiere falsear un hecho histórico, calumniando una persona o una institución, es menester comenzar afectando imparcialidad y buena fe; para lo cual sirve en gran manera el manifestarnos indulgentes con lo mis­mo que nos proponemos condenar; pero haciéndolo de manera que esta in­dulgencia resalte como una concesión hecha gratuitamente a nuestros adver­sarios o como un sacrificio que de nuestras opiniones y Sentimientos ha­cemos, en las aras de la razón y, de la justicia que son nuestra guía v nues­tro ídolo. En tal caso predisponemos al lector u oyente a que mire la con­denación que nos proponemos pro­nunciar, como un fallo dictado por la más estricta justicia, y, en que nin­guna parte ¡la cabido ni a la pasión, ni al espíritu de parcialidad, ni a mi­ras torcidas.

 ¿Cómo dudar de la bue­na fe, del amor a la verdad de la im­parcialidad de un hombre que empie­za excusando lo que según todas las apariencias, atendidas sus opiniones, debiera anatematizar?

He aquí la si­tuación de los hombres de quienes es­tamos hablando: proponíanse atacar la Inquisición, y, cabalmente encontraban que la protectora de este tribunal, y en cierto modo la fundadora, había sido la reina Isabel, nombre esclareci­do que los españoles han pronunciado siempre con respeto, reina inmortal que es uno de los más bellos orna­mentos de nuestra historia. ¿Qué ha­cer en semejante apuro?

El medio era expedito: nada importaba que los ju­díos y los herejes hubiesen sido tra­tados con el mayor rigor en tiempo de los Reyes Católicos, nada obstaba que esos monarcas hubiesen llevado más allá su severidad que los demás que les sucedieron; era necesario ce­rrar los ojos sobre estos hechos, y excusar la conducta de aquéllos, hacien­do notar los graves motivos que los impulsaron a emplear el rigor de la justicia.

 Así se orillaba la dificultad de echar un borrón sobre la memoria de una gran reina, querida y respe­tada de todos los españoles, y se de­jaba más expedito el camino para acri­minar sin misericordia a Felipe II. Es­te monarca tenía contra sí el grito unánime de todos los protestantes, por la sencilla razón de que había sido su más poderoso adversario; y así no era difícil lograr que sobre él recayese to­do el peso de la execración. Esto des­cifra el enigma, esto explica la razón de tan injusta parcialidad, esto revela la hipocresía de la opinión, que ex­cusando a los Reyes Católicos, conde­na sin apelación a Felipe II.

Sin vindicar en un todo la política de este monarca, llevo presentadas al­gunas consideraciones, que pueden ser­vir a templar algún tanto los recios ataques que le han dirigido sus ad­versarios: sólo me falta copiar aquí los documentos a que he aludido, para probar que la Inquisición no era un mero instrumento de la política de es­te príncipe, y que el no se propuso establecer en España un sistema de os­curantismo.

Don Antonio Pérez en sus, Relacio­nes, en las notas a una carta del con­fesor del rey, fray Diego de Chaves, en la que éste afirma que el príncipe seglar tiene poder sobre la vida de sus súbditos y vasallos, dice: "No me meteré en decir lo mucho que he oído sobre la calificación de algunas pro­posiciones de éstas, que no es de mi profesión.

Los de ella se lo entende­rán luego, en oyendo el sonido; sólo diré que estando yo en Madrid, salió condenada por la Inquisición una pro­posición que uno, no importa decir quién, afirmó en un sermón en S. Hierónimo de Madrid en presencia del rey católico: es a saber: Que los reyes tenían poder absoluto sobre las per­sonas de sus vasallos, v sobre sus bie­nes. Fué condenado, demás de otras particulares penas, en que se retracta­se públicamente en el mismo lugar con todas las ceremonias de auto ju­rídico. Hízolo así en el mismo púl­pito, diciendo que él había dicho la tal proposición en aquel día.

Que él se re­tractaba de ella, como de proposición errónea. Porque, señores (así dijo re­citando por un papel), los reyes no tienen más poder sobre sus vasallos del que les permite el derecho divino y humano; y no por su libre y abso­luta voluntad. Y aun sé el que cali­ficó la proposición, y ordenó las mis­mas palabras que había de referir el reo, con mucho gusto del calificante, porque se arrancase hierba tan vene­nosa, que sentía que iba cresciendo. Bien se ha ido viendo. El maestro fray Hernando del Castillo (este nom­braré) fué el que ordenó lo que recitó el reo, que era consultor del Santo Oficio, predicador del rey, singular varón en doctrina y elocuencia, co­noscido y cstirnado mucho de su na­ción y de la italiana en particular.

De éste decía el doctor Velasco, grave persona de su tiempo, que no había vihuela en manos de Fabricio Dentici tan suave, como la lengua del maestro fray Hernández del Castillo en los oídos".

Y pág. 47 en texto: "Yo sé que las calificaron por muy escandalosas per­sonas gravísimas en dignidad, en le­tras, en limpieza de pecho cristiano, y entre ellas persona que en España tenía lugar supremo en lo espiritual, y que había tenido oficio antes en el juicio supremo de la Inquisición". Después dice que esta persona era el Nuncio de Su Santidad.

(Relaciones de Antonio Pérez). Pa­rís, 1624.

El notable pasaje de la citada carta de Felipe II al doctor D. Benito Arias Montano dice así:

"Lo que vos el Dr., etc., mi capellán, avéis de hacer en Amberes adonde os enviamos".

Fecha de Madrid, 25 de marzo de 1568. "Demás de hacer al dicho Plantino esta comodidad y buena obra, es bien que llevéis entendido, que desde aho­ra tengo aplicados los seis mil escudos que se le prestan para que como se vayan cobrando dél, se vayan em­pleando en libros para el Monasterio de San Lorenzo el Real de la orden de San Gerónimo, que yo hago edi­ficar cerca del Escorial, como sabéis. Y así habéis de ir advertido de este mi fin e intención, para que conforme a ella hagáis diligencia de recoger to­dos los libros exquisitos, así impresos como de mano, que vos (como quien también lo entiende) viéredes que se­rán convenientes, para los traer y po­ner en la librería de dicho Monaste­rio: porque esta es una de las más principales riquezas que yo querría dejar a los religiosos que en él hu­bieren de residir, como la más útil y necesaria.

Y por eso ¡le mandado tam­bién a D. Francés de Alaba, mi embajador en Francia, que procure de haber los mejores libros que pudiere en aquel reyno; y vos habéis de tener inteligencia con él sobre esto, que yo le mandaré escribir que haga lo mis­mo con vos; y que antes de comprar­los os envíe la lista de los que se hallaren, y de los precios de ellos para que vos le advirtáis de los que habrá de tomar y, dejar, y lo que podrá dar por cada uno de ellos; y que os vaya enviando a Amberes los que así fuere comprando, para que vos los reconoz­cáis, y enviéis acá todos juntos a su tiempo".

En el reinado de Felipe II, de ese monarca que se nos pinta como uno de los principales fautores del oscu­rantismo, se buscaban en los reinos extranjeros los libros exquisitos, así impresos como de mano, para traer­los a las librerías españolas; en nuestro siglo que apellidamos de ilustración, se han despojado las librerías españo­las, y, sus preciosidades han ido a pa­rar a las extranjeras.

 ¿Quién ignora el acopio que de nuestros libros y ma­nuscritos se ha hecho en Inglaterra? Consúltense los índices del Museo de Londres, y de otras bibliotecas parti­culares: el que escribe estas líneas ha­bla de lo que ha visto con sus propios ojos, y, de lo que ha oído lamentar a personas respetables. Cuando tan ne­gligentes nos mostramos en conservar nuestros tesoros, no seamos tan injus­tos y, tan pueriles que nos entreten­gamos en declamar vanamente contra aquellos mismos que nos lo legaron.

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